¡Qué noche!... ¡Qué tortura!
Es horrorosa la agonía de un ser todavía lleno de vida y de pensamiento,
luchando con un mal inflexible que le tiene en un suplicio, viendo el
abismo abierto y cayendo en él sin flaqueza...
A las diez ha tenido una crisis horrible seguida de una larga postración
semejante al sueño. Elena, arrodillada al lado de la cama, rezaba
silenciosamente con un amoroso ardor de pena y de fe que la
transfiguraba. Yo la envidiaba muy de veras...
--Elena... hija mía...
La joven se levantó y acercó la mejilla a aquellos labios moribundos,
que la besaron.
Después, el enfermo, dijo con voz débil:
--Oigo como un ruido de campanas... ¿Será que sueño?
--Son las campanas de Nochebuena, que tocan a la misa del gallo.
--¡Triste Nochebuena para ti, pobre hija mía!
Se quedó un gran rato silencioso y con la mano de Elena entre la suya.
Por fin, dijo con más fuerza:
--Desde que estás aquí, Elena, has sido mi alegría, la alegría de la
casa... Quiero decírtelo hoy, como obsequio de Pascua... Es preciso que
sepas que todos los días he bendecido tu presencia...
Su palabra era firme, aunque un poco anhelosa y entrecortada.
Elena se inclinaba más y más hacia él, para no perder nada de su
despedida suprema, y sus lágrimas caían en las pobres manos paralizadas
del enfermo, que ya no podían estrechar las suyas.
La voz de Lacante se volvió más fuerte y más solemne:
--Hija mía, escucha lo que voy a decirte: tu dolor me ha vencido y ha
triunfado de mis resistencias... No quiero dejarte en el corazón un
dolor del que sé que nunca te curarías... Quiero morir en tu misma fe y
en tu misma esperanza...
Elena dio un grito ahogado, indescriptible, y cayó de rodillas con las
manos juntas.
Lacante continuó:
--Te dejaré el gozo sobrenatural de un lazo invisible que nos tendrá
unidos en la gran noche próxima...
Después de unos instantes de silencio, durante los cuales pareció que
recogía sus fuerzas, siguió diciendo:
--No puedo decir que no tengo dudas. ¿Qué sabemos de lo que nadie
conoce?... Mi espíritu está a obscuras... Pero quisiera creer... hace ya
mucho tiempo... Este deseo es lo que ofrezco a Dios, si quiere
contentarse con él...
--Papá querido, la Escritura dice: «Paz a los hombres de buena
voluntad.» La fe la da Dios.
--Bien, hija mía... Puede ser. Pídesela para mí, tú que tienes puro el
corazón. Mañana harás lo necesario; está convenido.
Su cara descompuesta miró a Elena unos instantes.
--¿Estás contenta de mí?
Otra crisis más aguda me hizo acercarme a la cama.
En este momento está más tranquilo, pero la postración es completa y
espantosa.
Elena reza y llora en silencio.
Acabo de separarme de ella para escribirte. No tengo esperanza de que se
salve nuestro amigo.
La misma noche, a la una.
Nuevo ataque, más terrible y más corto. Respira con trabajo y cada
aliento parece un gemido.
Nos ha mirado tristemente y ha dicho:
--¡Qué trabajo cuesta morir y qué duro es separarnos!
A medida que le abandonan las fuerzas está más propenso al
estremecimiento.
Estábamos cada uno a un lado de la cama. De pronto me incliné hacia este
querido amigo y cogiendo la mano de Elena, le dije:
--¿Quiere usted dármela, padre mío, si ella consiente después?
El moribundo respondió:
--Es todo mi deseo.
Elena no se movió ni dijo nada. No sabe más que llorar.
A las dos.
No llegará al día.
La marca del dedo fatal se ha impreso en sus facciones, siniestramente
modeladas.
La vida se apaga.
Ya no es permitida la duda.
Me he aproximado a Elena y me la he llevado a cierta distancia.
--Elena, está muy malo.
No comprendió al pronto y me preguntó si se había perdido toda la
esperanza.
--¡Ay! sí... No verá el día que va a venir...
Elena vaciló como herida del rayo y tuve que sostenerla un momento...
Después se irguió, sin lágrimas, y me dijo angustiada:
--Si muere antes del día, no se cumplirá su deseo supremo... Usted lo ha
oído; quiere morir en la fe cristiana...
--Lo he oído.
--En nombre del Cielo, Máximo, corra usted a la iglesia más próxima...
Yo moví la cabeza.
--Apenas le quedan unos momentos de vida... Sea usted valerosa... Dios
lo tendrá en cuenta...
Pero, de pronto, tuve una inspiración:
--Elena, usted misma puede realizar la obra de salvación. El tiempo
apremia...
--¡No me atrevo!...
La infeliz temblaba, quebrantada por la emoción, y yo la conduje al lado
del moribundo.
--¡Padre! ¡Padre querido! Dime otra vez que quieres ser cristiano...
Al oír aquella voz, Lacante abrió los ojos, la miró largamente, como si
volviera de una región lejana y quisiera penetrarse del sentido de las
palabras.
Después, sus labios rígidos pronunciaron con lentitud:
--Sí, quiero.
Elena se volvió hacia mí.
--Ya lo ha oído usted... ¡Hágalo usted cristiano, Máximo!
Yo contesté con toda sinceridad:
--No soy digno.
Le presenté agua en un vaso y ella lo cogió con mano firme. Alzó los
ojos al Cielo en una muda invitación, y vertió unas gotas en aquella
frente bañada de sudor, pronunciando las palabras litúrgicas:
«Yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»
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No soy místico, pero te lo juro, sentí en aquel momento pasar por mis
venas el calofrío de lo divino, y me pareció que se abría el Cielo por
encima de aquella estancia de agonía.
Las campanas de Nochebuena estaban tocando a la misa del alba.
Lacante está en letargo. Te estoy escribiendo a su lado. Su respiración
fatigosa se acorta de minuto en minuto.
A las tres.
Todo acabó. Nuestro buen Lacante ha dejado de existir.