Hace unos días llegué a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle
algunas notas que me había pedido. Lacante había ido a una reunión del
_Diario de los Sabios_, y no encontré en su despacho más que a Elena,
muy ocupada en acabar una carta.
--¿A quién escribe usted con tanta aplicación?--le pregunté sentándome
enfrente de ella.
Elena me enseñó el sobre.
--Al padre Jalavieux.
Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunión.
--¿Y qué le dice usted que tan largo es? ¿Los pecados mortales?
--No, por cierto. Podían equivocarse de camino y... figúrese usted. Las
cartas se pierden algunas veces.
--Enséñeme usted la carta, ¿quiere usted?
--No.
--¿Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?
Elena titubeó.
--No son precisamente secretos...
--¿Qué son, entonces?
--Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.
--¿No tiene usted bastante confianza en mí para decírmelas?
La muchacha bajó la cabeza sin responder.
Estaba tan linda con aquel aspecto de confusión juvenil y sincera, que
quise divertirme en continuar la broma.
--¿No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas,
por sus sentimientos?...
--Sé que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de
esto, bien puede usted interesarse por mí.
--A causa de eso y otras muchas razones además, Elena. La quiero a usted
ya... como a una hermanita.
--¡Oh! mejor--exclamó la muchacha con cándida alegría.
--En ese caso enséñeme usted su carta como lo haría si tuviese yo la
suerte de ser su hermano.
Elena movió la cabeza y se puso grave.
--No... no puedo. Me parece que sería faltar a las consideraciones
debidas al señor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que
él lo sepa.
--He ahí un escrúpulo sutil... Por otra parte, ese señor no lo sabrá.
--¿Qué importa? La ofensa existiría aunque fuese ignorada... Puede que
esté yo en un error, pero lo siento así.
Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo
me incliné rápidamente y se la quité.
--Ahora--dije poniéndola lejos para que no pudiera cogérmela,--soy dueño
de sus secretos de usted, señorita Elena.
Echéme a reír al ver la indignación que había en su mirada por mi audaz
atentado, y mientras me reía, mis ojos se fijaron casualmente en esta
frase: «He visto una señorita muy linda a la que desearía querer mucho,
pero...» Esta última palabra, aunque muy legible todavía, había sido
tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tomó para mí una
singular importancia.
--¿Es a la señorita de Grevillois a la que encuentra usted tan
linda?--le dije enseñándole el párrafo de lejos.
--No quiero responder a usted.
Elena parecía enfadada y volvía la cabeza para no verme.
--Si me responde usted, le devolveré la carta.
--Sí, es esa señorita.
Cogió la carta, que le devolví, y se apresuró a meterla en el sobre.
--¿Qué quería decir ese «pero» que ha borrado usted?
--Eso no tiene importancia, puesto que lo he borrado.
--Quisiera saber qué tiene usted que reprochar a esa amable persona.
Elena me miró con fijeza.
--¿Le interesa a usted mucho esa amable persona?
--Lo que me interesa, Elena, es la manera que usted tiene de juzgar las
personas... Me gustaría penetrar en su alma, tan secreta y prudente, y
aprovecho para ello todas las ocasiones que se presentan...
Una coqueta no hubiera dejado de hacer con este motivo unas cuantas
monadas; pero Elena, que es demasiado sencilla y natural, reflexionó
unos instantes y me dijo con acento de sincero pesar:
--Quisiera responder a usted; pero no debo, en conciencia. Sería injusto
comunicarle una impresión poco favorable, cuando a mí misma me ha
parecido bastante precipitada y superficial para no querer atenerme a
ella.
Insistí yo, secretamente picado y deseoso de saber qué podía reprochar a
mi amada Luciana, pero se negó obstinadamente a responder.
--No, no; estaría muy mal. No insista usted, porque perderá el tiempo.
Vi que, en efecto, sería inútil insistir, pues su cara había tomado una
expresión de dulce resolución, contra la cual se veía que no prevaldría
ningún esfuerzo.
Y, como se trataba de Luciana, aquella resistencia me mortificó.
--Decididamente, es usted demasiado perfecta, señorita Elena, y su
conciencia se alarma demasiado fácilmente... La caridad cristiana gana
mucho cuando no se la exhibe con cierta pedantería... Aquí están las
notas que deseaba su padre de usted. Sírvase usted entregárselas cuando
vuelva.
Saludé y me fui.
Elena hizo un movimiento como para retenerme, pero nada dijo sin
embargo.
Y nos separamos enfadados.
Máximo de Cosmes a su hermano.
...Diversos obstáculos me han impedido ir a casa de Lacante durante
varios días. Ayer, jueves, día de la comida semanal, me fui temprano
para poder hablar con él tranquilamente.
Elena estaba sola en la salita, y me salió al encuentro con expresión de
cándida ansiedad.
--¿Todavía enfadado?--me preguntó, y su voz, su mirada, su hermosa
mirada, pues no se puede negar que tiene unos ojos admirables, todo, en
su joven fisonomía y en su actitud, parecía implorar.
Yo no pude fingir un descontento que tenía ya olvidado, y respondí:
--Nada de eso... ¿Cómo guardar rencor a una niña como usted?
Le dí la mano, la tomó, y antes de que yo pudiera preverlo ni impedirlo,
me la besó...
Si te crees que el beso de aquellos lindos y frescos labios me produjo
un inmenso placer, te engañas. Ese beso me ocasionó sorpresa y
confusión, además del secreto chasco de sentir bajo su candor un
sentimiento de inconsciente veneración. Y, ¡qué diablo! si es hermoso el
ser venerable, y honroso el ser venerado, con todo, la cosa es, a mi
edad, un poco desconsoladora.
Lacante, con gran estupefacción de todos, nos anunció aquella noche que
se va a instalar en el campo. Si lo conocieras como yo, comprenderías lo
que tiene de revolucionaria esa extraña decisión. Hace mucho tiempo que
nos dejaste y que estás corriendo por el mundo de las embajadas, para
darte cuenta de la fijeza proverbial de las costumbres de nuestro amigo.
Piensa que nunca ha viajado para no separarse de sus libros y de su
mesa.
Aquel espíritu tan curioso se ha condenado a no conocer nada del vasto
mundo más que por la lectura y por su maravillosa intuición de las
cosas. Así fue que le hicimos repetir varias veces su declaración.
Parece ser que es la Marquesa la que ha provocado esta revolución, que
ella sola aprovechará, pues la casita que Lacante ha alquilado en
Vaucresson está muy cerca de su «Villa del Lys.» Ha convencido a Lacante
de que el aire puro de los bosques es necesario para el completo
restablecimiento de Elena, y acaso tiene razón, pues la convaleciente
tarda en recobrar sus colores. Este arreglo me agrada desde que he
sabido que Luciana y su madre están invitadas para fin del verano en la
«Villa del Lys.» La Marquesa quiere que Luciana le haga su retrato en
miniatura y dar al mismo tiempo a Elena una amiga joven y distinguida
que dispense provisionalmente a Lacante de la necesidad de buscarle una
señora de compañía. Todo está habilidosamente combinado en favor de los
intereses de la Marquesa, que no puede pasarse sin Lacante.
Es asombrosa la influencia que ha tomado esta mujer sobre un hombre de
una inteligencia notable, de una penetración extremadamente sutil y
dotado de un sentido tan distinguido de lo delicado y de lo raro. Ella
es pesada y ruda, sin conjunto ni elegancia natural. A pesar de los
artificios de la modista y del peluquero, sigue ordinaria, tiesa y
evidentemente salida de los almacenes de productos químicos de su señor
padre. Y su espíritu está en armonía con su cuerpo. Tiene inteligencia,
pero vulgar, y sus ideas, que ella quiere presentar como superiores,
son todas prestadas y reflejas, no se apoyan en nada personal y sólo
descansan en el vacío. Tiene opiniones generalmente extremas, porque se
figura que pensar fuera del sentido común es colocarse en la categoría
de las almas privilegiadas. Sus juicios son duros e inflexibles, porque
su escasa vista no distingue los matices, pero pronuncia sus sentencias
en voz baja e indiferente, por haber oído decir que es de buen tono no
animarse por nada. Tiene pocos o ningunos principios, y pasa, sin
embargo, por haberse mostrado virtuosa en más de una circunstancia. Pero
emplea una especie de ostentación en adornarse con la amistad de
Lacante, cuyo alcance parece que trata de acentuar.
Y es que así conviene a su vanidad. Con cierta instrucción y alguna
memoria, quiere echarlas de ingeniosa, y puedes pensar cuánto contribuye
a su reputación la presencia habitual de Lacante y cuánto se la
envidian.
Lo más asombroso es que a él le guste, pues no es posible que se haga
ilusiones sobre lo que vale la señora. Pero esos demonios de escépticos
y de «ironistas» no necesitan ilusión y toman de cada cual lo bueno que
tiene, sin ocuparse de lo demás.
Hay varias cosas que le han gustado en la Marquesa de Oreve y alrededor
de ella. En primer lugar, la atmósfera de lujo y de elegancia en que
vive. Sabes tan bien como yo que Lacante es de una familia de las más
modestas y que ha conocido en su juventud la estrechez y las
vulgaridades de las existencias necesitadas, la fealdad de los mueblajes
de ocasión y el olorcillo de las alcobas demasiado pobladas, en las que
se mezclan las emanaciones de las camas con las de la cocina. Ha comido
en mesas en que un hule hacía de mantel y en vajillas desportilladas.
Fuera ya de la familia y durante las languideces de sus largos comienzos
en la república de las letras, ha sufrido trabajos y hasta ayunado, más
ávido entonces de libros que de bienestar, aunque llevando en sí mismo,
oculto y comprimido, el sentido de las cosas bellas, delicadas y
exquisitas.
El prestigio y la influencia encantadora de tales cosas se apoderó de él
al entrar en la existencia íntima de los Oreve y en aquella casa de una
suntuosidad elegante, en la que sus consejos y su innato buen gusto han
introducido refinamientos de arte. Las atenciones de la de Oreve ganaban
a sus ojos con estar adornadas de alhajas, de sedas y de encajes y hasta
su título de Marquesa tenía como un perfume de polvos «_a la maréchale_»
que le hacían retroceder un siglo, lo que gustaba a su imaginación
curiosa del pasado. Puede ser también que lo conquistase el culto
entusiasta de la Marquesa y su admiración fecunda en adulaciones, pues
los más listos se dejan atrapar por ellas. La vanidad del uno y del
otro, aunque desde puntos de vista diferentes, ha podido ser el lazo de
esa amistad tan desproporcionada en apariencia. La verdad es, sí, que
los afectos más tiernos se cansan algunas veces, la vanidad subsiste
siempre por lo mismo que nunca se harta.
¿Se sabe jamás en qué consiste el atractivo de dos seres, el uno hacia
el otro? Los mismos que le experimentan no se dan cuenta de ello muchas
veces.
También el Marqués ha contribuido a mantener esa rara intimidad. La
solemnidad beatífica con que encubre su nulidad, sus manos cuidadas de
ocioso, sus pretensiones de resolver las cuestiones de etiqueta
diplomática, porque fue en otro tiempo simple agregado a la legación de
Berna, y hasta ese pueril conocimiento de las genealogías aristocráticas
que le permite jugar con los grandes nombres como un chicuelo con las
tabas, todo ese conjunto de necedades divierte a Lacante y completa el
decorado.
El Marqués, por su parte, encuentra natural, conveniente y ajustado en
todo a las tradiciones, que un literato coma a su mesa, y sea el amigo
íntimo de su mujer. La satisfacción que le inspira el espejo cuando
contempla en él la palidez aristocrática de su cara, a la que sirven de
marco unas patillas escasas pero bien peinadas, su ancha frente y hasta
su cabellera bermeja e indisciplinada, no le permiten sospechar nada
malo por la familiaridad de Lacante en su casa, y acaso, tiene razón. En
todo caso, sería verdaderamente difícil suponer ahora nada incorrecto en
tales relaciones.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Puesto que usted me lo permite, querido y respetable padre, y hasta me
lo pide con insistencia, voy a continuar, con toda sinceridad y
confianza, el relato de mis impresiones. Debo decirle, ante todo, que
procuro adaptarme a sus consejos no juzgando demasiado de prisa a las
personas que me rodean.
Tiene usted razón al decir que un cambio brusco de localidad puede
producir dos efectos contrarios y casi igualmente peligrosos: o una
especie de entusiasmo por la novedad de las cosas y de las personas, o
una tristeza que exagera la crítica. Con este último sentimiento es con
el que yo tengo que luchar y así lo procuro desde que usted me lo ha
advertido.
¡Es todo aquí tan diferente de lo que estaba acostumbrada a ver y a
conocer en Quimper!
Y no es que todo fuera allí para mí gozo y dulzura. Usted, señor cura,
conocía a mi pobre tía, y aunque no quisiera decir nada que pareciese un
reproche a su memoria, sabe, sin embargo, que era severa, y, a veces,
hasta un poco gruñona. Detestaba el ruido y el movimiento y me obligaba
a estar inmóvil y muda a su lado, cuando tanto hubiera yo querido
moverme y hablar. Decía que hay que saber aburrirse, porque la vida no
es una expedición de placer.
A pesar de esto, me quería y me cuidaba bien, y como siempre me estaba
recordando que yo no tenía madre y que mi padre no se cuidaba de mí, la
encontraba muy buena por tenerme a su lado y soportar mis defectos, y
estaba tan acostumbrada a ella, a sus maneras un poco rudas y a sus
manías, que cuando murió, no sabía qué hacer de mi vida sin ella.
También estaba muy hecha a aquellas costumbres tan metódicas: a misa por
la mañana, el almuerzo a las diez, la comida a las seis, y entre uno y
otra, lo más delicioso del día, que era la merienda de pan y fruta, que
se me permitía comer en el jardín, corriendo, saltando y hasta trepando
a los árboles, lo que no era muy bonito para una joven.
¡Cómo me gustaba aquel jardín, con sus cuadros de huerta, con sus orlas
de flores rodeadas de boj, con sus musgosos y viejos manzanos, sus
rosales grandes como árboles y la parra y las campanillas azules que
vestían la fachada de la casa! También tenía cariño a aquel destartalado
caserón, en el que corrían los ratones por delante del indolente gato,
que les dejaba correr.
¡Y qué bien me parecían los amigos de mi tía cada uno en su género!
Aquel señor de Tintellier y aquella señora de Rech, empaquetada en su
traje de seda granate, y su hermana Malvina, tan sentimental, de cuyos
largos «arrepentimientos» se burlaba usted, señor cura, con un poco de
malicia, que también me gustaba.
Después había allí la Catedral. ¡Qué a mis anchas me encontraba en su
gran nave obscura, tan sonora, por la que corrían ruidos que no se
pueden expresar, bajo aquella bóveda alta y misteriosa y entre aquellos
severos pilares por los que parecía que circulaban los ángeles! Y los
sonidos del órgano que subían, subían, entre nubes de incienso, y
parecía que me arrebataban con ellos... ¡Cuánto me agradaba todo
aquello! Sólo el recordarlo me conmueve y me ocupo en hablar a usted de
esto en vez de describirle mi nueva vida.
Aquí todo ha cambiado, y cada variación que echo de ver es como un muro
de olvido que se levanta y me separa de aquellas cosas del tranquilo
pasado. No sólo han cambiado el cuadro exterior y las personas, sino
también, y sobre todo, la atmósfera en que se agita la gente a mi
alrededor y en la que me siento como aturdida de perfumes desconocidos y
embriagadores, tan diferentes de los sanos olores de mi ciudad natal,
como las esencias en que aquí se impregnan las señoras son distintas del
aroma de las violetas y de las rosas. Todo me parece artificial y
contrahecho, las figuras, las fisonomías, las actitudes, las
conversaciones, los sentimientos... Parece que, aquí, todo el mundo
desconfía de la Naturaleza y trabaja para alejarse de ella; y todos
viven con tal soltura en estas sutiles complicaciones, que estoy al
verlos estupefacta, sin aliento y anonadada. Me cuesta trabajo
comprender y no soy comprendida. Tomo en serio simples chistes, y cuando
digo con sinceridad lo que me viene en mientes, todos se asombran o se
ríen. Hay veces en que parece que me encuentran ingenio, siendo así que,
sencillamente, no han comprendido lo que yo quería decir. Este perpetuo
error me cansa. He rogado a mi padre que me preste unos cuantos libros
de literatura y de historia; cuando esté acostumbrada a los asuntos que
son el objeto habitual de la conversación, acaso mi inteligencia será
más flexible y más despierta y pareceré menos tonta. Lo malo es aquí (se
va usted a reír, señor cura, y, sin embargo, es la verdad), que yo no
soy bastante joven. Todas las personas que me rodean saben reír y
bromear y como yo no sé, debo de parecer terriblemente fastidiosa. Esto
me da pena, porque tengo mucho amor propio, y lo siento además por mi
padre. También él, se lo aseguro a usted, es demasiado joven para mí.
Físicamente tiene el aspecto bastante aviejado; es grueso, algo cargado
de espalda, muy calvo y tiene un cerquillo de cabello blanco que le hace
parecer un fraile, mucho más, con una especie de solideo redondo que
usa por casa y que completa el parecido. Con sus piernas gotosas, no
parece ciertamente un muchacho; pero su sonrisa, la movilidad de su
cara, su vivacidad, su calor de vida interior y una llama de pensamiento
que le corre de pies a cabeza, le hacen vivir en un instante, más de lo
que se vive en Quimper en diez años. No diga usted esto a nadie, señor
cura, pero en el primer momento encontré a mi padre más bien feo; ahora,
me gusta su cara de tal modo, que creo que no habría otra alguna que me
gustase más. ¡Es todo el mundo tan insignificante a su lado!...
Ciertamente, tiene el aspecto menos... ¿cómo lo diré? menos padre de
familia que el señor Ravenaz, por ejemplo, el mayordomo de cofradía que
cantaba tan fuerte en la misa mayor y hacía cantar con él a sus cuatro
hijas y siete hijos, todos dóciles a una señal de sus ojos; o que el
señor Tintellier, que sólo tiene un hijo, pero que es tan escéptico y no
ríe nunca más que con un lado de la boca, de modo que su alegría se
parece al esfuerzo de tragar algo amargo y más da lástima que envidia.
Mi padre ríe de tan buena gana, no a carcajadas, pero con tal fe e
intención, que se toma parte en su alegría aun sin saber por qué. Sus
ojos ríen al mismo tiempo que sus labios y las mejillas, la barba y
hasta las orejas parece que se divierten a la vez con lo que le hace
reír, que es, a veces, un pensamiento que ni siquiera ha dicho. Yo no
puedo separar de él la mirada, tanto me interesa y me encanta.
Tiene algunos amigos bastante agradables. Primero, don Máximo de Cosmes,
al que vio usted en Quimper y que es el favorito de mi padre. Tiene
hermosos ojos (no sé si usted lo repararía), bonitos dientes que se ven
mucho, aunque él no trata de enseñarlos, y un carácter que creo en
armonía con su cara franca y simpática. Hay otro también que me gusta
bastante, porque defiende generalmente ideas que se aproximan a las
mías. Mis ideas, señor cura, puede usted figurarse que no son inventadas
por mí, pues son las del catecismo y el Evangelio. Las de don Gerardo
Lautrec no son tan límpidas, pero son hermosas, sin embargo, y él las
sostiene con formas elegantes, con palabras lindas y musicales y con una
especie de emoción entusiasta, sin decir nunca nada que me mortifique,
mientras que noto en los demás una indiferencia hostil y hasta aversión
y desprecio declarados contra todo lo que es más sagrado para mí... Y
todavía se contienen por mi causa... He visto a don Máximo hacerles
señas y contener en sus labios palabras que iban a decir. Lo más
sorprendente es que las mujeres, muchas al menos, hablan exactamente
igual que los hombres, con el mismo atrevimiento respecto de todos los
asuntos, y acaso, con más violencia todavía.
Con toda esta charla, señor cura, no le he dicho a usted que, hace una
semana, estamos instalados en el campo, a unas leguas de París y en un
sitio delicioso, rodeado de bosques y praderas. Más bonito sería, sin
embargo, si no hubiera tantas casas, pues las hay por todas partes y eso
desfigura el paisaje. Más parece esto un arrabal que el campo.
Muy cerca de nosotros, la Marquesa de Oreve, de la que ya he hablado a
usted, tiene una hermosa casa, a la que llaman la «Villa del Lys». Aquí
se llama así a cualquier casa por pequeña que sea. La nuestra es la
«Villa Sol», nombre retumbante y pomposo para tan modesta casita. La
verdad es, sin embargo, que está bañada de sol de la mañana a la tarde,
lo que parece que es muy bueno para mi salud.
Estoy tan débil todavía, que me cansa el escribir y aquí hago punto, a
pesar de todo lo que tengo todavía que decir a usted. Otra vez será.
Bendiga usted a esta su hija, mi buen señor cura, y deséele prudencia y
salud.