¿Sabes que estoy celoso del interés que tomas por todo lo que se refiere
a Elena Lacante?
La pobre niña es interesante, pero yo también, qué diablo... Y tú no
parece que te das cuenta de ello.
Voy, pues, a decirte el estado de Elena. La crisis que se esperaba ha
traído un alivio de la fiebre y la muchacha empieza a revivir, a mirar
a su alrededor y a darse cuenta de las cosas. Hay todavía, sin embargo,
alteraciones y lagunas en su memoria.
Lacante es extraordinario. Aunque el médico ha recomendado el reposo y
el aislamiento a la enferma, Lacante entra diez veces al día en el
cuarto de su hija, ya con el pretexto de buscar un libro, ya con el de
cerciorarse de la buena temperatura. La fibra paternal hasta ahora
inerte y muda, ha vibrado por fin al contacto de esta débil criatura,
tan dulce en sus sufrimientos y tan linda en su doliente palidez. ¡Ah,
querido! La belleza es una maga poderosa.
Además, a Lacante le parece deliciosa la novedad del sentimiento que
experimenta a una edad en que todo se ha probado y agotado hasta las
heces. En la pureza inmaculada de tales sentimientos ¡qué irresistible
fuerza la de esas sensaciones todavía no gustadas! Lacante saborea su
encanto con una alegría temblorosa por miedo de ver agotarse ante sus
ojos ese manantial en el que sueña con apagar la sed de su vejez.
Creo que no podría ya separarse de su hija. El otro día le oí encargar
una institutriz inglesa o alemana para acompañar a Elena durante su
convalecencia... Piensa, con razón, que Polidora, con toda su buena
voluntad, no será una compañía conveniente para su hija. También me ha
hablado de un cuartito que se alquila en el mismo piso que el suyo y que
podría completar su casa. Creo que las cosas se arreglarán de ese modo,
y, realmente, puesto que la existencia de Elena no es ya un secreto para
nadie, no veo por qué se ha de privar de la alegría de su presencia.
Esto le obligará acaso a sacrificar algunas intimidades y a moderar el
tono de las conversaciones. El buen gusto no perderá nada con ello.