II.

Mil gracias doy á usted por el ejemplar que me envía de sus obras

completas. Son ocho tomos: no seis, como yo había entendido.

Después de las alabanzas, merecidas y discretas, que hacen de usted, en

prólogos, introducciones y apéndices, los Sres. D. Santiago de Liniers,

su pariente de usted; D. Valentín Gómez, D. Pedro Bofill, D. Nilo María

Fabra y D. Eduardo Bustillo, todo lo que yo diga parecerá pálido y frío.

Quiero, no obstante, decir algo, á fin de mostrar que he leído todos los

tomos y que los he leído con deleite.

Elegantemente impresos en Barcelona, y como apadrinados, aunque no lo

necesitan, por escritores peninsulares de nota, se diría que vienen á

aumentar nuestra riqueza literaria, y que, sin dejar de ser argentinos,

traen al tesoro intelectual de la Metrópoli nuevas y preciosas joyas.

No hay en la colección trabajos muy extensos. En su mayor parte son

artículos, tal vez publicados en periódicos, ó discursos, leídos ó

pronunciados, en ocasiones solemnes, en el seno de juntas ó de

asambleas.

Da unidad al conjunto la personalidad del autor; pero esta unidad, por

el estilo, por el carácter, por la fijeza y firme consecuencia de las

opiniones, no es menos evidente que la que se nota en los Ensayos de

Montaigne, de Carlyle, de Macaulay, ó del ecuatoriano Juan Montalvo.

Los asuntos no pueden ofrecer mayor variedad. Ya escribe usted crítica

literaria como Sainte-Beuve; ya de dramas y comedias como Janin y

Lemaitre; ya de música como Scudo, y ya traza graciosos y ligeros

cuadros de costumbres, como nuestros célebres Fígaro, El Solitario y El

Curioso Parlante.

En cuanto los ocho tomos contienen, luce usted su vasta lectura, su

recto criterio, su viva y espléndida imaginación; lo bondadoso é

indulgente de su índole que, más que á señalar defectos, le lleva á

descubrir y celebrar bellezas; y el fervoroso entusiasmo y el amor

entrañable con que se complace usted en realzarlas y en encomiarlas.

Yo, que me precio de ser y soy tan benigno como usted, no soy, ni con

mucho, tan entusiasta; y, lo confieso, siento cierto temor á lo

exaltado y lírico del estilo. Cuando por extraña casualidad quiero

emplearle, me parece que oigo á mi lado, arredrándome, la voz de Maese

Pedro que dice: «no te encumbres, que toda afectación es mala.» Está

claro que Maese Pedro habla conmigo, y para otros que se entusiasman ó

finjen entusiasmarse y llenan lo que escriben de flores contrahechas,

que no puede haber nada más cursi; pero Maese Pedro no habla para ni

contra usted, que es naturalísimo y sencillísimo, y que solo _florea_

cuando las flores brotan, sin que usted lo pueda remediar, _ex

abundantia cordis_. En este caso, más es de envidiar que de censurar que

las haya. Envidiable es, en todos sentidos, el ardor apasionado que hace

que nazcan estas flores.

Donde más me agrada en usted la tal poesía en prosa, que por ser natural

no condeno sino que aplaudo y envidio, es en los elogios de mujeres.

Nadie niega que es usted un estético apasionado de los buenos versos, de

la declamación y de la música, ni menos que es un fervoroso católico;

pero en mucho de lo que dice usted y en los retratos que hace de Adelina

Patti, de Sara Bernhardt, de Lucía Pastor y hasta de Santa Rosa de Lima,

creo descubrir (Dios me perdone si me equivoco) cierta morosa

delectación y cierta vehemencia de afectos, que me caen muy en gracia,

porque yo, á pesar de mis cansados años, soy todavía poco severo, pero

que tal vez censuren los varones timoratos y graves, aunque no se

atrevan á declarar que las susodichas delectación y vehemencia se

opongan á la verdad católica, ni á la moral cristiana, ni que las

anublen siquiera en lo más diminuto.

Por otra parte, como usted no es menos vehemente y exaltado en sus

amores y en sus alabanzas á otros objetos más altos y menos materiales

que la mujer, me inclino á dar por cierto que hasta los más penitentes

anacoretas perdonarán á usted lo que señalo, suponiendo que sea defecto

ó más bien exceso.

Dudo mucho de que haya argentino más patriota que usted, ni americano

tampoco más amante de América: pero esto no entibia el amor de usted por

la madre España. Sea prueba de este amor el siguiente elocuentísimo

párrafo: «Saludadas Cádiz la pulcra, Jerez la laboriosa, Sevilla la

poética, Córdoba la morisca, Valencia la fecunda, Barcelona la grande,

Zaragoza la heróica, Madrid la histórica y coronada villa, cumple á mi

lealtad declarar que América está envanecida de haber tenido por madre á

la nación invicta que cantaba lo divino y lo humano con la lira de Lope

y Calderón; pintaba lo místico y lo profano con los pinceles de Murillo

y de Velázquez; esculpía el ideal de la eterna belleza con el cincel de

Cano y Montañés; fustigaba las costumbres con la pluma de Cervantes y

Quevedo, y clavaba el Lábaro del Redentor y la pica de sus soldados en

lo conocido y desconocido de la tierra.»

Estos elogios, reconcentrados aquí sintéticamente para España, se

derraman asimismo con profusión generosa sobre los artistas y escritores

de nuestra nación y de nuestros días, y muy particularmente sobre Tamayo

y Baus, Echegaray y Rafael Calvo.

Ni se crea por esto que usted es todo de almibar. Si no lo amargo, lo

picante de la sátira sazona con frecuencia los escritos de usted y pone

relieve en varios cuadros cómicos ó burlescos. El que se titula _El

convite Barrientos_ es un modelo en su género. Acaso exagere usted la

caricatura para provocar más la risa, pero siempre se ve la verdad, y, á

pesar de la exageración, se reconoce la fidelidad de los retratos.

Los cuadros de costumbres y las descripciones de usted son casi siempre

ó divertidas ó interesantes: y para nosotros tienen además el atractivo

de lo peregrino é inaudito que se combina con lo familiar, castizo y

propio: nos representan escenas, lances y actos, en un mundo distinto

del cual el Atlántico nos separa, animados y ejecutados por personas, en

parte extrañas también, pero que proceden de nosotros, hablan nuestro

idioma y llevan nuestros apellidos y nuestra sangre.

Las obras de usted no son sólo de mero pasatiempo y de crítica artística

y literaria. Las hay que encierran muy sana y ortodoxa filosofía y que

son didácticas y ricas en noticias y documentos de no corto valer. En mi

sentir, lo mejor en este género es un elogio fúnebre del Pontífice Pío

IX, donde pone usted toda la ardiente religiosidad de su alma; la vida

de Don Félix Frías, modelo de patriotas y de republicanos, ejemplo de

caridad inagotable y dechado de fe católica; y por último, el estudio

biográfico y la brillante apología que hace usted de su antepasado Don

Santiago de Liniers. A mi ver, así para todo español, como para todo

argentino de corazón, este héroe es más simpático y admirable en su

derrota y en su muerte que en medio de sus triunfos contra los ingleses,

en 1806 y 1807; que en la expulsión de los ingleses de Buenos Aires y en

la ulterior defensa de aquella plaza, hazañas tan hermosamente cantadas

por Maury y por Gallego.

Liniers más motivo tenía de quejas que de gratitud al gobierno de

España. Depuesto del mando se hallaba, cuando sobrevino la revolución, y

fiel á su bandera como militar pundonoroso, se alzó en armas, en favor

de la Metrópoli y del Rey contra los insurgentes colonos. Desbandada

pronto la gente que acaudillaba, Liniers cayó en poder de los

insurgentes, quienes le fusilaron en compañía de Allende, Moreno,

Rodríguez y D. Juan Gutiérrez de la Concha, capitán de navío y

Gobernador intendente de Córdoba de Tucumán. Antes de que los tiradores

disparasen, dijo Liniers en alta voz: «Morimos orgullosos de nuestra

fidelidad al Rey y á España.»

¿Cómo extrañar, por muy argentino y por muy republicano que usted sea,

que se enorgullezca de la heróica vida y mas heróica muerte de tan

ilustre antepasado?

La más extensa de las obras de usted, si pudiera considerarse como una

sola obra, serían los dos tomos de viajes; pero, en realidad, estos dos

tomos contienen cinco obras distintas: el viaje de Buenos Aires á

Santiago de Chile, pasando por Montevideo, Córdoba, Altagracia, la

Pampa, Achiras, San Luis y Mendoza, y salvando los Andes; el regreso á

Buenos Aires, embarcado, por el estrecho de Magallanes; la excursión á

las Sierras del Tandil, con la descripción de _la piedra movediza_,

monumento acaso de una edad remota, y parecido á otros que de tiempo

inmemorial subsisten en nuestras regiones europeas, y por último, las

dos obras, en mi sentir mucho más importantes, que llevan por título _De

Corrientes á Cumbarití_ y _De Valparaiso á la Oroya_.

_De Corrientes á Cumbarití_ es un extraño escrito, pintura naturalmente

poética de uno de los países más hermosos del mundo y documento

histórico de grandísimo interés, ya que un testigo ocular describe en

él, con vivos colores y conmovido acento, el fin de una guerra obstinada

y sangrienta, en que el Paraguay quedó vencido. Son por cierto de

admirar la devoción y la valentía de los paraguayos en defender su

patria. He oído afirmar, y, aunque haya en ello exageración, es tremenda

alabanza, que, al terminar la guerra, apenas quedaban á vida hombres de

armas tomar en aquella República. Y es más admirable aun que fuera un

tirano como el Presidente López quien tan generoso entusiasmo

infundiese.

Todo se explica, no obstante, cuando se considera la bondad, el brío, el

candor y la condición enérgica y sufrida á la vez de los guaraníes, que

constituyen la inmensa mayoría de aquel pueblo. Sobre tales prendas, que

los guaraníes tienen por naturaleza, vienen á ponerse la severa

disciplina de los jesuítas que los cristianizaron y el espíritu de

obediencia que acertaron á inspirarles.

Al leer la sencilla y conmovedora narración hecha por usted de la

tragedia, que puso término á la tiranía de López, acudí á leer de nuevo

libros que ya tenía casi olvidados, para explicarme la mal empleada

heroicidad de los paraguayos: para hallar sus antecedentes y fundamento.

El Padre Antonio Ruiz Montoya escribió y publicó en Madrid, en 1639, su

_Conquista espiritual_. En este libro se expone cómo fueron los

guaraníes convertidos por los jesuítas. Otro Padre tradujo el libro en

guaraní, exornándole con más milagros. La traducción portuguesa del

manuscrito guaraní, dada á luz por el literato brasileño Almeida

Nogueira, nos ofrece la clave de todo. La aparición frecuente entre

aquellos salvajes y la convivencia con ellos de ángeles y de demonios, y

la repetida resurrección de difuntos, que venían á contar cuanto habían

visto en el cielo y todas las delicias que allí se gozaban, y los

tormentos espantosos y eternos del infierno, debieron de fanatizar

aquellos ánimos sencillos predisponiéndolos á obedecer ciegamente á los

Padres, á fin de ganar la gloria y de no padecer penas tan atroces é

interminables.

Acaso fué conveniente entonces aquel despilfarro de lo sobrenatural. Por

él se logró infundir en los fieros corazones de los indios bravos la

moral cristiana, y apartarlos de los vicios y de los crímenes y

supersticiones de su pasada vida selvática. Por él, ó sea haciendo

prodigios, humillaron los Padres á los _payés_ ó hechiceros, que también

los hacían. Pero tal vez aquella educación religiosísima predispuso por

demás á los indios á una docilidad y sumisión llenas de peligros,

contribuyendo á hacer posible el advenimiento al poder del tremebundo

Doctor Francia.

Los jesuítas habían regimentado y subordinado la valentía de los indios,

empleándola como un arma, contra españoles y portugueses.

Es casi seguro que tenían los jesuítas razón. Muchos de los primeros

aventureros, que iban á América, eran unos desalmados, de aquellos por

quienes pudo decir el poeta:

La codicia en los brazos de la suerte

Se arroja al mar, la ira á las espadas,

Y la ambición se ríe de la muerte.

pero no era el medio mejor de amansarlos, y de procurar que los indios

fraternizasen con ellos, el hacer que los indios formasen de ellos el

concepto que expresan las siguientes palabras, tomadas de la traducción

del manuscrito guaraní: «gente que sólo cuida de hacer cosas ruines, que

destroza y mata; y, si alguien quiere librarse en balde de ser su

esclavo, es maltratado como animal.»

Cobraron, sin duda, los indios recelo y odio contra los europeos, y así

los jesuítas lograron que se prestasen para no pervertirse á vivir

secuestrados de todo trato y comercio exterior y que tan valerosamente

combatieran bajo el mando de ellos contra las armas de España y Portugal

reunidas; contienda que sirvió de cuadro á uno de los episodios de la

más graciosa novela de Voltaire y de asunto al bello poema de J. Basilio

de Gama, inspirado cantor de Lindoya.

Sin duda esta educación jesuítica valió al Doctor Francia para ejercer

su tiranía inaudita cuando nuestras colonias se emanciparon.

No me atrevo yo á decidir si aquella paz ignorante, aquel aislamiento

paraguayo y aquel despotismo del Doctor Francia fueron peores

que las incesantes guerras civiles, los pronunciamientos y

contra-pronunciamientos y los tiranuelos feroces que hubo en muchas

repúblicas hispano-americanas. Digo sólo que el Paraguay progresó menos,

aunque no hubo en él sacudimientos, ni trastornos: vivió tan aislado que

nadie podía penetrar en él sin exponerse á quedar allí para siempre,

como el sabio Bompland compañero de Humboldt: y que, muerto el Doctor

Francia, le sucedió el Doctor López, manteniendo á los paraguayos bajo

el mismo régimen, si bien con férula ó vara menos dura.

Allá por los años de 1850, no sé quien persuadió á López, y López se

dejó persuadir, de que debía abrir el Paraguay al comercio y trato

humanos. Y López envió á su hijo á Europa de Ministro Plenipotenciario

ubicuo, y de Europa fueron diplomáticos al Paraguay á celebrar tratados

de comercio.

A no dudarlo, López quiso desde entonces para su patria cierto progreso

y cierta ilustración, que se fuesen logrando con pausa. Con mayor fuerza

de voluntad hubo de quererlo su hijo, que había viajado por Europa, y

que heredó la presidencia de su padre.

Fuesen, pues, las que fuesen las causas de la guerra, que brasileños y

argentinos hicieron al Paraguay, y cuya terminación, al espirar el año

de 1869, usted tan elocuentemente describe, lo más que podrá afirmarse

es que dicha guerra fué justa; que ni el Brasil ni ustedes la pudieron

evitar; pero, francamente, yo no quiero considerarla un triunfo de la

civilización y de la libertad sobre la barbarie y la tiranía; tiranía y

barbarie hubieran acabado sin tanto estrago, aunque con mayor lentitud.

No valía para adelantar aquellos bienes por algunos años pagar el

adelanto con tal profusión de muertes, gastos y destrozos.

Aquí, en España, tenemos un libro muy divertido que retrata fiel y

cándidamente, en mi sentir, lo que era el Paraguay bajo la presidencia ó

dominio del primer López. Si en España hubiese más afición á la lectura,

el libro de que hablo sería muy leído: se hubieran hecho de él muchas

ediciones. Quien le lee, ríe con gana y de veras de los lances,

aventuras y observaciones del Sr. D. Ildefonso Antonio Bermejo, autor

del libro, que pasó en el Paraguay cuatro ó cinco años al servicio del

tirano. Cómicos y muy raros casos refiere, pero hay tal tono de buena

fe, tan sincero y espontáneo estilo en todo, que ni por un instante

asaltan dudas sobre la escrupulosa veracidad del relato.

Todo él, y más aún la gloriosa defensa que hicieron los paraguayos de

sus hogares y aun del mismo tirano, nos los presentan como mucho más

simpáticos que los que á fuego y sangre fueron á pulirlos, á libertarlos

y á hacerlos felices y cultos.

Reza un añejo y cruel refrán: _la letra con sangre entra_. Hay

desventuras ineludibles. Ocasión se ofrece á cada paso de repetir la tan

repetida exclamación virgiliana: _Sunt lacrimæ rerun_; pero la verdad es

que con tantas guerras y tan atroces como tienen ustedes en América

desde que son independientes y libres, pierden ustedes no poca autoridad

y crédito para vituperar las ferocidades de sus tatarabuelos los

españoles que fueron á civilizar el Nuevo Mundo en los pasados siglos.

El horrible método de acabar con la tiranía de López y de llevar la

civilización á aquella tierra fertilísima, arranca de su piadoso corazón

de usted, entre otras, estas sentidas voces:

«Fermenta la putrefacción sobre una alfombra de flores marchitada por la

pólvora. Cubre aquellos cadáveres, contraídos por los dolores,

despedazados por la metralla ó desfigurados por la corrupción, un cielo

espléndido del cual parece descender la vida. La selva impenetrable, el

árbol frondoso, el agua estancada, parecen exigir al hombre su fuerza y

su inteligencia para cumplir la misión que Dios le confiara. Pero el

brazo del hombre ha sido abatido por la espada. Su cuerpo corrompido

yace mezclado con los corceles muertos en la batalla. Solamente Job,

colocado en medio de la miseria y podredumbre de la muerte, podría

cantar en términos apropiados la desolación del Paraguay.»

A estas y á otras no menos conmovedoras lamentaciones de usted sólo

tengo que añadir mi deseo de que la paz restaure las fuerzas y sane y

cicatrice las heridas que han tenido ustedes que hacer al Paraguay para

que sea libre y más civilizado.

La obra de usted, que cito la última, _De Valparaíso á la Oroya_, es la

mejor de todas, en mi sentir, ó al menos la que me ha causado impresión

más honda y más grata. Me parece amenísimo libro de viaje. El estilo de

usted, animado y pintoresco, tiene la fuerza de trasladar en espíritu

al lector á los lugares que va usted recorriendo y que tan bien

describe. Más de sesenta autores, antiguos y modernos, ha consultado

usted para componer su libro. Cada uno de ellos informará más

circunstanciadamente, ya sobre las antigüedades é historia del Perú, ya

sobre su geografía, fauna, flora y demás recursos y naturales riquezas,

ya sobre su industria y su comercio: pero pocos ofrecerán al lector un

conjunto tan variado é interesante. Su trabajo de usted es

principalmente el resultado de la inspección ocular y de sus recuerdos,

los cuales, avivados por la fantasía y el talento del escritor, producen

en quien lee la ilusión de que visita con usted aquel magnífico país.

Son bellísimas las descripciones de Arequipa, del Misti, del Cuzco y sus

ruinas, de la ciudad de los reyes, del valle de Lurín y del antiguo

templo del Dios Pachacamac.

La pintura que hace usted del esplendor y florecimiento de Lima, la

alegría de sus habitantes, la hermosura y gracia de sus mujeres, la

riqueza de sus templos, la gala, el lujo y las joyas de su aristocracia,

el tesoro artístico, en cuadros y antiguallas, que guardan el Museo

Nacional, y las colecciones de los señores Ortiz de Ceballos y Dávila

Condemarín, todo nos encanta y nos enorgullece á los españoles, ya que

acertamos á fundar tan brillante colonia y á llevar á ella nuestra

civilización y nuestras costumbres. Bastante nos apesadumbran y nos

ponen contritos la consideración y la pena, que usted no deja de

estimular, de las crueldades y actos vandálicos de Pizarro y los otros

conquistadores: pero, sin poderlo remediar, tal vez para que sea menor

el remordimiento colectivo, porque no quiero yo entrar en discusiones,

nos sentimos inclinados á no creer por completo en tantas maravillas y

en tantos bienes como se supone que hubo en el Perú, durante el imperio

de los Incas. No me entra en la cabeza que hubiese entonces tantos

millones de indios, hoy desaparecidos, ni menos que los indios que

quedan sean más rudos y más miserables adorando á Cristo que adorando al

sol, al Inca su pariente y al Dios Pachacamac, sobre cuyo nombre,

condiciones, atributos y naturaleza, se funda sutil teodicea. Mucho me

inclino á sospechar que la tal teodicea ha sido mejorada y hermoseada

por la imaginación de personas ilustradas de nuestra edad ó por

misioneros candorosos que quisieron descubrir en ella los rastros de la

predicación de Santo Tomás ó de otro apóstol, que acertó á llegar hasta

allí.

Si antes de los Incas, hacia el siglo X de nuestra era, habían tenido

los peruanos escritura hieroglífica, esta escritura se había perdido en

tiempo de los Incas, lo cual implica un retroceso en la cultura. Cuando

la aparición de los españoles, sólo había los _quipos_ ó nudos hechos

con hilos de diversos colores. Por muy ingenioso que supongamos este

arte y por muy hábiles y sagaces que fueran los _quipocamayos_ ó

interpretadores de _quipos_, me parece que es menester sobrada buena

voluntad y fe grande para aceptar como evidentes, gracias á los

_quipos_, los datos cronológicos y estadísticos sobre la duración,

riqueza y censo del imperio de los Incas y sobre la bienaventuranza de

sus súbditos, antes de la feroz conquista española. En fin, sea como

sea, el daño hecho está ya y no tiene remedio. Yo convengo en que los

aventureros, que iban de España á las Indias solían ser unos desalmados,

lo peor de cada casa: y convengo en que el Padre Valverde era un

fanático; un fraile _trabucaire_, como diríamos ahora. Pero, por amor de

Dios, ¿no se resiste ó repugna á todo recto juicio que matásemos á

disgustos y á malos tratamientos á tantos millones de séres humanos?

¿Cómo creer que déspotas como Viracocha, Pachacutec, Yupanquí,

Huayna-Capac y Huascar, hacían más dichosos á sus súbditos, fomentaban

más la población, las ciencias, las artes y la prosperidad, que los

Gobernadores y Arzobispos, enviados á Lima por los católicos reyes de

España, entre los cuales Arzobispos hubo santos y entre los cuales

Gobernadores ó Virreyes los hubo tan buenos y tan filantrópicos como el

conde de Superunda?

Sin duda que los reyes de España eran despóticos también, pero ¿cómo

habían de serlo tanto como los Incas?

En fin, la misma enormidad de la acusación que se nos hace, destruye

toda su fuerza. Sólo el apasionamiento y el afán de seguir las modas de

París bastan á explicar que se crea que, en virtud de leyes paternales y

protectoras de los indios, y yendo á Lima de Virreyes hombres eminentes,

de lo más ilustre por saber, nacimiento y servicios, Hurtados de

Mendoza, Toledos, Castros, Fernández de Córdoba, Velascos y

Portocarreros, exterminásemos millones y millones de indios en poco más

de trescientos años y convirtiésemos el Perú en un desierto.

En resolución, yo entiendo, no sólo por lo muy español, sino por lo muy

progresista que soy, que es tan absurdo y apasionado el suponer con

_saudades_ un imperio de los Incas, maravilloso de bueno, cuya bondad

destruyeron los españoles, como el imaginar una época de los Virreyes

más floreciente y feliz que la época actual, cuando emancipado é

independiente el Perú crece en población, riqueza y cultura, abre

ferrocarriles que pronto salvarán los Andes, y se dispone á ser, á pesar

de recientes contratiempos y desgracias, una grande y poderosa república

y á convertir á Lima en una de las más bellas, populosas y espléndidas

capitales del mundo.

Los capítulos sobre Chorrillos, que es el Biarritz, el Trouville ó el

Ostende peruano; y sobre la _quena_, flauta, música y canto de los

indios, son poéticos y curiosos.

Todo el libro, en suma, nos hace formar claro y hermoso concepto del

Perú, en 1873, cuando usted le visitó. Ojalá que dentro de poco, en

cercano porvenir, se vean ya realizadas para el Perú todas las

halagüeñas y fundadas esperanzas que usted hace concebir y concibe.

Y aquí termino esta larguísima carta, no sin reiterar á usted mi cordial

y cumplida enhorabuena por la publicación de sus obras reunidas.

Nuevas cartas americanas · 第 27 / 44 题