I.

Muy estimado señor mío: En Washington y en Nueva York conocí y traté al

Sr. Flores, actual presidente de esa república, cuyo ameno y franco

trato me ganó la voluntad, haciéndome yo desde entonces muy amigo suyo y

lisonjeándome de que él también lo es mío. En Bruselas, en París y aquí

en Madrid, hemos vuelto á vernos, afirmándose más la amistad que ya nos

profesábamos.

Cuando el Sr. Flores partió de aquí para América á ocupar el alto puesto

al que le han elevado sus merecimientos y la voluntad de sus

conciudadanos me prometió enviarme las mejores producciones literarias

de su país. Con gusto he visto que los cuidados y desvelos del gobierno

y de la política no le han hecho olvidar su promesa. El Sr. Flores me ha

enviado directamente algunos libros, y además ha excitado á usted á que

me envíe sus obras, por todo lo cual debo estar y estoy muy agradecido

al señor Flores.

A usted también le agradezco mucho las remesas, y sobre todo la última,

que más que ninguna otra me ha interesado.

El libro de usted titulado _Ojeada histórico-crítica sobre la poesía en

el Ecuador_, contiene noticias curiosas y muestra, además, el talento de

escritor que usted posee y sus ideas y opiniones sobre puntos de la

mayor importancia; pero lo que más me ha agradado es _Cumandá_.

_Cumandá_ es una preciosa novela. Ni Cooper ni Chateaubriand han pintado

mejor la vida de las selvas ni han sentido ni descrito más poéticamente

que usted la exuberante naturaleza, libre aún del reformador y

caprichoso poder del hombre civilizado.

Impaciente estaba yo de hacer detenido examen de las obras de usted, y

en particular de la mencionada novela, cuando leí en _La Epoca_,

acreditado y juicioso periódico de esta capital, una muy grave acusación

contra usted. Acusa á usted _La Epoca_ de odiar á España y de haberlo

probado en varias ocasiones que cita.

Luego añade: «Nuestro amigo D. Juan Valera puede tomar nota de este

sucedido para sus notables _Cartas Americanas_.»

Confieso que la lectura del suelto de _La Epoca_ me disgustó no poco.

Harto sé yo que el odiar á España, aunque sea injusto, y el agraviarla,

aunque es indigno y odioso, no impide que, en todo lo demás, las cosas

sean como son, y no de otro modo; ni destruye el valor literario y

poético de _Cumandá_, ni el talento y la discreción que en la _Ojeada_ y

en otras obras de usted se advierten. Sin embargo, mi gratitud hacia

usted por haberme enviado los libros no podía menos de enfriarse, á ser

cierto que era un enemigo de mi patria quien me los enviaba, y mis

alabanzas á dichos libros, aunque fuesen alabanzas merecidas, habían de

sonar mal en mi boca y ser algo contrarias al patriotismo de que

blasonamos los españoles.

No me tranquilizaba yo con parodiar á Quintana aplicando á este caso

aquello de

«Inglés te aborrecí, héroe te admiro:»

y diciendo: repruebo la conducta y las malas pasiones de usted con

respecto á España: pero no puedo menos de celebrar á usted por sus

escritos.

Yo preferiría creer y hacer creer que los pecados de usted contra España

no son tan grandes como _La Epoca_ supone. Movido de este deseo voy á

ver si le logro en parte, empezando por defender á usted de la

acusación, hasta donde pueda, antes de hablar por extenso de sus obras

literarias, si bien de sus obras literarias tengo que hablar desde un

principio, ya que en ellas aspiro á encontrar demostraciones claras de

que usted no aborrece á España ni á los españoles.

Antes de que la Academia Española eligiese á usted académico

correspondiente, por lo cual en el suelto citado la censura _La Epoca_,

había usted escrito no poco en prosa y en verso, haciéndose merecedor de

aquella honra; pero usted, con extraordinaria modestia, no lo consideró

así y creyó que debía hacer algo que fuese testimonio de su gratitud y

de que la Academia no había hecho una elección desacertada. Entonces

escribió usted _Cumandá_ y se la dedicó al director de la Academia ó más

bien á la Academia misma, ya que usted ruega al director que presente la

obra á la Academia, y termina diciendo: «Ojalá merezca su simpatía y

benevolencia, y la mire siquiera como una florecilla extraña, hallada en

el seno de ignotas selvas, y que, á fuer de extraña, tenga cabida en el

inapreciable ramillete de las flores literarias de la madre patria.»

En las pocas palabras del texto que copio hay una serie de afirmaciones

contrarias á ese odio que á usted atribuyen. Admira usted y ensalza

nuestra literatura; desea que su novela tenga cabida en ella, como

florecilla extraña y selvática que se pone en _inapreciable_ ramillete

de ricas flores; y llama, por último, _madre patria_ á esa España, á

quien suponen que usted odia.

Resulta, además, que _Cumandá_, que es á mi ver de lo más bello que como

narración en prosa se ha escrito en la América española, debe su ser al

deseo de usted de mostrar á la Academia su gratitud y suficiencia; todo

lo cual redunda en gloria de España y es nuevo lazo de amistad entre

ella y su antigua colonia, hoy República del Ecuador.

Convengo, á pesar de lo dicho, en que no basta la prueba aducida para

justificar á usted. El ánimo de todo hombre es inconsecuente y voltario.

Pudo usted en aquella ocasión ser muy _hispanófilo_, sin dejar de ser

_misohispano_ en otras mil ocasiones.

La cuestión, no sólo por el caso singular de usted, sino por lo que

tiene de general, merece ser tratada y dilucidada. Cedo, pues, al

prurito de decir algo sobre ella. Esto hará sin duda que mis cartas á

usted sean más en número y más extensas de lo que yo había pensado.

Espero que usted y el público tendrán la paciencia de leerlas.

Lo primero que noto es que las relaciones entre España y los americanos

emancipados tienen que ser muy diversas de las relaciones entre yankees

é ingleses. Entre los yankees no hay ó hay apenas elemento indígena. Ora

porque los indios del territorio de los Estados Unidos fuesen más rudos

é incivilizables, ora porque los europeos colonos, de raza inglesa,

tuviesen menos caridad y menos paciencia y arte para domesticar, ello es

lo cierto que no hay entre los yankees muy numerosa población india

reducida al vivir culto y político, ni hay tanto mestizo de europeo y de

indio como en las que fueron posesiones españolas. De aquí que á nadie

se le ocurriese ni se le pudiese ocurrir entre los yankees, cuando se

sustrajeron al dominio de la Gran Bretaña, la estrafalaria idea de que

aquello era algo á modo de _reconquista_, como cuando los egipcios

echaron á los hicsos, ó los españoles echaron á los moros, ó los griegos

del Africa y del Peloponeso se libertaron de los turcos.

En cambio, en casi todas las Repúblicas hispano-americanas se ha dicho,

en verso y en prosa, algo de que la guerra de emancipación fué guerra de

independencia y reconquista. El inca Huaina-Capac se aparece al poeta

Olmedo, cuando celebra éste la Victoria de Junin sobre los españoles, y

le profetiza la nueva victoria que los insurgentes han de alcanzar

después en Ayacucho, como si los insurgentes fuesen indios y no

españoles también, y como si tratasen de restablecer el antiguo imperio

peruano y no repúblicas católicas, según el gusto y las doctrinas

europeas.

De aquí nacen motivos de enojo en abundancia y dificultades á montones,

que hacen el trato entre españoles é hispano-americanos en extremo

vidrioso ó sujeto á quiebras. Si les decimos que son españoles como

nosotros suelen picarse, porque desean ser algo distinto y nuevo, y si

no todos, muchos se pican también si los creemos indios ó semi-indios.

Hay en los hispano-americanos, aun en los más discretos y sabidos, mil

injustas contradicciones.

«Las leyes de Indias, dicen, las Ordenanzas de Carlos V, las de D.

Fernando de Aragón y de doña Isabel la Católica eran buenas y

protectoras. Desde que el Papa declaró en una bula que los hijos de

América eran hombres, los reyes de España dictaron leyes para ampararlos

y favorecerlos; pero burlándose de esas leyes los colonos españoles

maltrataron á los indios, los azotaron, los humillaron y los hicieron

trabajar hasta morir, como si fuesen acémilas, etcétera, etc.» Al decir

esto, los americanos de ahora no advierten que ellos son los que se

condenan, si no son indios puros. Los que dictaron las leyes protectoras

estaban aquí, y por aquí se han quedado; pero los verdugos codiciosos y

empedernidos de los indios, lo probable es que, salvo raras excepciones,

se quedasen todos por allá, y que esos antiespañoles, declamadores

acerbos por pura filantropía, no sean otros sino sus descendientes.

Tiene mucha gracia la disculpa á que acuden ustedes para explicar lo

poco que han hecho por los indios en los sesenta ó setenta años que

llevan de independencia. «Hemos abolido las _mitas_, dicen ustedes,

hemos suprimido el tributo personal y hemos desechado el azote.» Pero

¿se debe esto á la independencia, ó al progreso de la cultura y de la

moralidad entre todos los pueblos cristianos? ¿Es posible que alguien

crea de buena fe que si el Ecuador y Colombia fuesen hoy aún colonias

españolas habría allí _mitas_, tributo personal, servidumbre y azotes?

Independiente la que fué América española, lo mismo que si no fuese aún

independiente, ya no puede haber ni hay esclavitud en ella. Los indios

son libertos de la ley. Pero añade su ilustre compatriota de usted Juan

Montalvo, á quien me complazco en citar, «son esclavos del abuso y de la

costumbre.» En seguida describe elocuentemente los malos tratos y las

faenas á que someten aún al indio en el Ecuador, y acaba por exclamar:

«Si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado

_El Indio_, y haría llorar al mundo.» Y esto lo dice Juan Montalvo más

de medio siglo después de que ese indio y el inca Huaina Capac

triunfaron en Ayacucho de los pícaros españoles. Los españoles, no

obstante, siguen teniendo la culpa de todo, aunque vencidos. Juan

Montalvo lo declara: «No--dice;--nosotros no hemos hecho este sér

humillado, estropeado moralmente, abandonado de Dios y de la suerte: los

españoles nos le dejaron hecho y derecho, como es y como será por los

siglos de los siglos.»

Lo absurdo de este sofista declamador no merecería respuesta, si no

estuviese algo del mismo sentimiento en la masa de la sangre de no pocos

hispano-americanos, que así escupen contra el cielo y les cae encima:

porque si son indios de sangre se declaran humillados, moralmente

estropeados y abandonados de Dios por los siglos de los siglos: y si

son españoles, reos de la muerte moral y de la condenación perpetua é

irremediable de millones de séres humanos; y si son mestizos, son

abominable amalgama de español y de indio, de la raza degradada y del

cruel y tiránico verdugo que acertó á degradarla para siempre.

Juan Montalvo dijo su frase, por decir una frase, sin saber lo que

decía. No la hubiera dicho si la hubiera reflexionado: pero Juan

Montalvo, y otros como él, y á veces usted entre ellos, por obra y

gracia de su americanismo, creen otra cosa que los predispone contra

nosotros, y, cuando creen ustedes esta cosa, es cuando apunta el odio

contra España de que _La Epoca_ acusaba á usted.

Creen ustedes y sostienen que América, en el momento en que los

españoles la descubrieron, estaba progresando con plena autonomía, y

próxima á crear y á difundir una magnífica civilización original y

propia, cuyos focos principales estaban en los imperios de Méjico y del

Perú y entre los chibchas de Nueva Granada: pero la llegada de los

feroces españoles detuvo el desarrollo de esa civilización y ahogó en

sangre y destruyó con fuego sus gérmenes todos.

No hay que buscar este pensamiento en otros autores. Usted le expresa á

menudo. Todo iba muy bien por ahí. La conquista de Tupac Yupanqui había

civilizado el reino de Quito. Los _aravicos_, ó sea los poetas en

lengua quichua, pululaban ahí lo mismo que en el Cuzco. La lengua

quichua era un prodigio, un simbólico tesoro de misteriosas filosofías.

Sólo el vocablo Pachacamac, con que en lengua quichua se designa á Dios,

contiene sutil y profunda teodicea que el mero análisis gramatical

descubre. Esta lengua había llegado á la perfección antes de la venida

de los españoles. Según usted «se prestaba á la entonación de la oda

heroica, á las vehementes estrofas del himno sacro, á la variedad de la

poesía descriptiva, á los arranques del amor, á toda necesidad, á todo

carácter y condición de metro, desde el festivo y punzante epigrama

hasta el grave y dilatado género de la escena.» Claro está, pues, que

los indios hasta literatura dramática tenían, y que el teatro era una de

las más nobles diversiones de la corte de los incas.

El florecimiento literario y el desenvolvimiento intelectual eran, pues,

notables entre los peruanos y quiteños: pero llegaron los españoles y

aquello fué el acabóse. Apenas quedó rastro de nada. «El poder

exterminador de la conquista, exclama usted, arrancó de raíz el genio

poético de los indios, y en su lugar hizo surgir de los abismos el

espectáculo de la desolación y del espanto. El numen de la armonía no

pudo vivir entre los vicios y la depravación de la gente española.»

Infiérese de aquí que, no contentos los españoles con destruir la

civilización indígena americana, despojaron á los indios de su inocencia

y los pervirtieron.

Esta mentida y decantada inocencia de América, que celebra Quintana en

una de sus mejores odas, me trae á la memoria un terrible pasaje de la

_Crónica del Perú_ de Pedro de Cieza, que presenta Leopardi en apoyo de

su negro pesimismo y desesperada misantropía.

«Los caciques de este valle de Nore--dice--buscaban por las tierras de

sus enemigos todas las mujeres que podían; las cuales, traídas á sus

casas, usaban con ellas como con las suyas propias, y si se empreñaban

de ellos, los hijos que nacían los criaban con mucho regalo hasta que

cumplían doce ó trece años: y desde esta edad, estando bien gordos, los

comían con gran sabor, etc.» Y añade después: «Háceme tener por cierto

lo que digo ver lo que pasó con el licenciado Juan de Vadillo (que en

este año está en España, y si le preguntan lo que digo dirá ser verdad),

y es que la primera vez que entraron cristianos españoles en estos

valles, que fuimos yo y mis compañeros, vino de paz un señorete que

había por nombre Nabonuco y traía consigo tres mujeres; y viniendo la

noche, las dos de ellas se echaron á la larga encima de un tapete ó

estera y la otra atravesada para servir de almohada, y el indio se echó

encima de los cuerpos de ellas muy tendido, y tomó de la mano otra mujer

hermosa.

...Y como el licenciado Juan de Vadillo le viese de aquella suerte,

preguntóle que para qué había traído aquella mujer que tenía de la mano;

y mirándole al rostro el indio, respondió mansamente que para comerla...

...Vadillo, oído esto, mostrando espantarse, le dijo:--¿Pues cómo siendo

tu mujer has de comerla?--El cacique, alzando la voz, tornó á responder

diciendo:--Mira, mira, y aun el hijo que pariere tengo también de

comer.--Supo además Vadillo, por dicho de indios viejos, que «cuando los

naturales de aquel valle iban á la guerra, á los indios que prendían

hacían sus esclavos, á los cuales casaban con sus parientas y vecinas, y

los hijos que habían en ellas aquellos esclavos los comían; y que

después que los mismos esclavos eran muy viejos, y sin potencia para

engendrar, los comían también á ellos.» Verdad es que Cieza explica con

cierto candor la _inocencia_ de estos indios antropófagos, ya que el

serlo «más lo tenían por valentía que por pecado.»

Sin declamación ni sentimentalismo, aun suponiendo al español de

entonces, y sobre todo al aventurero que iba á América, vicioso,

depravadísimo, ignorante y cruel, todavía queda el peor de estos

españoles muy por bajo de los indios salvajes ó semisalvajes, en vicios,

depravación, crueldad é ignorancia.

No es posible, por devastadores y malvados y fanáticos que supongamos á

los españoles del tiempo de la conquista, que hiciesen desaparecer de

la tierra americana y del alma y de la memoria de los indios todos los

primores de su civilización, si en alguna parte los hubo.

Para Méjico no deja usted de traer á cuento el auto de fe que de muchos

manuscritos ó pinturas simbólicas hizo el arzobispo D. Juan de

Zumárraga; pero ni ahí, ni en el Perú, hubo ni Zumárraga ni Omar que

incendiase las bibliotecas, y sin embargo, ¿dónde están las odas, los

dramas, las filosofías y las teologías que del Perú y del primitivo

reino de Quito nos han conservado los doctos? Sólo cita usted una

composición poética quichua sin atreverse á decir terminantemente que

sea anterior á la venida de los españoles. Sin duda la compuso algún

indio ya algo civilizado, á imitación de los versos de Castilla. Dice

usted que es una poesía sencilla y graciosa que nos da idea de la

genuina poesía de los antiguos indios. La poesía es breve, y ya es una

ventaja. Consta de 76 sílabas, ó sea de 19 versos de á 4. Tres versos

acaban en _munqui_ y dos en _súnqui_, y un verso entero es _cunuñunun_,

por el cual se puede presumir lo melodioso de los otros.

Los tales versos son la única reliquia que ostenta usted de la genuina

civilización de esas tierras, donde no sólo había _aravicos_ ó poetas,

sino también _amautas_ ó sabios y filósofos.

Las coplas que trae usted además en lengua quichua, y la lamentación

sobre la muerte de Atahualpa son ya de nuestro tiempo: obra de los

_amautas_ y _aravicos_, que no se sepultaron como se sepultaron los más

de ellos, «por no ver, como usted dice, las atrocidades de los blancos.»

En suma, si fuésemos á dar crédito á los primeros capítulos de la

_Ojeada_ de usted, España no llevó á América la civilización y la ley de

gracia, sino la barbarie y todos los vicios. Nosotros empujamos á esa

sociedad «en el abismo de tinieblas y de males, del cual la habían

sacado la inteligencia, el raro tino político y la gran fuerza de

voluntad de los incas;» lanzamos sobre América «una tempestad de vicios

y crímenes;» y tratamos de aniquilar en todas partes los elementos de

vida intelectual,» é hicimos «desaparecer la cultura de los indios entre

el humo y los vapores de la matanza.»

Todo esto lo decía usted en 1868. Si después no hubiera usted modificado

sus opiniones, _La Epoca_ tendría razón en la advertencia que me hizo:

usted odiaría á los españoles, y no sin fundamento, aunque erróneo.

Desde 1868, usted ha cambiado mucho, como ya se verá. Por otra parte,

aunque usted no hubiera cambiado, _Cumandá_ no dejaría de ser una

preciosa novela.

Antes, sin embargo, de hablar de _Cumandá_, quiero yo decir á usted

algunas razones más para ver si desarraigo de su espíritu los restos que

aun queden en él de ese fundamento erróneo que le movió á odiarnos como

nación. Lo que es individualmente, yo calculo que no nos quiere usted

mal, y por mi parte le estimo y aun me inclino á ser amigo de usted, á

pesar de los errores, que supongo pasados.

Nuevas cartas americanas · 第 20 / 44 题