(Á DON JUAN ENRIQUE LAGARRIGUE)
I
Muy amable y simpático señor mío: Hace ya mucho tiempo que recibí, con
fina dedicatoria manuscrita, un ejemplar de la importante _Circular
religiosa_, que imprimió y publicó usted en Santiago de Chile, en el día
6 de Descartes del año 98 de la Gran Crisis, fecha que, en nuestra
vulgar cronología, corresponde al día 13 de octubre de 1886.
No extrañe usted mi largo silencio ni le atribuya á desdén.
Su obra de usted fué leída al punto por mí con avidez y curiosidad, y
releída luego varias veces con interés que ha ido siempre en aumento.
Bien dijo el que dijo que el estilo es el hombre. Yo doy tal valer á la
máxima, y me guío de tal suerte por ella, que creo conocer á usted, con
solo leerle, como si le hubiera tratado íntimamente toda mi vida. Hay,
en cuanto usted expone, la más profunda convicción, el entusiasmo más
fervoroso y el más puro amor por el bien de todo el humano linaje, por
donde yo me persuado de que, en esa república, haga usted ó no
prosélitos, ha de ser usted considerado como varón virtuosísimo y
excelente, respetado y querido por todos sus conciudadanos.
Cuando el Caballero del Verde Gabán, yendo de camino con D. Quijote y
Sancho, explicó á éstos su modo de vivir, sentir y pensar, Sancho le
halló tan bueno y tan ajustado, según diríamos ahora, á sus ideales, que
penetrando hasta sus entrañas las frases del Caballero, se las
derritieron de ternura y se las encendieron en afectos de amistad y
veneración, movido de los cuales se apeó del asno y fué á besar los pies
á aquel bendito hidalgo, á quien calificó y preconizó de santo á la
gineta. Algo parecido me ocurrió á mí cuando hube leído la _Circular_ de
usted; y, abandonando mi espíritu sus vulgares ocupaciones, desechando
sus cuidados prosáicos y mezquinos, apeándose también de su asno, saltó
por montes y valles, atravesó el Atlántico, pasó la línea equinoccial,
corrió por toda la extensión de la América del Sur, voló por cima de los
Andes y llegó hasta la ciudad y casa de usted (calle de la Moneda, núm.
9), donde dió á usted un abrazo muy apretado. Pero, como esta visita y
esta muestra de mis simpatías se hicieron por arte etérea, ni usted ni
el público se habrán percatado de nada, y así no juzgo excusado escribir
á usted, aunque tarde, y hablar de las ideas y planes de usted, cuya
bondad me seduce, aunque de su realización me quepan dudas.
¿Quién sabe si lo que yo diga podrá ser útil por algún lado? Acaso valga
mi escrito para divulgar en España el sistema de usted y ganarle
parciales; acaso para remover inconvenientes; acaso para disipar estas ó
aquellas de las dudas que, como he dicho, me asaltan.
Los sistemas y pensamientos de los hombres son ó parecen mayores vistos
desde lejos. Hay en ello algo de más mágico que en la linterna mágica.
¿Cómo negar que Augusto Comte y su positivismo han ejercido y ejercen
aún grande influjo en toda Europa? Difundida por el laborioso,
infatigable, fecundo y sabio Emilio Littré, la doctrina del maestro se
dilata, desde París, por todas las regiones de la tierra; pero el
talento crítico, frío y excesivamente razonador de Littré, despoja de
fervor la doctrina y hace que llegue tibia hasta nosotros, como la
claridad de la luna. En cambio, en la mente de usted, como rayos de sol
en espejo ustorio, convergen y se reúnen todas las llamas y fogosidades
de Augusto Comte, que, reflejadas así, abrasan, funden y volatilizan los
corazones.
Es más, y vuelvo á mi símil de la linterna mágica; lo que pensado y
expuesto en París por Augusto Comte, visto de cerca, me parece pequeño,
como es pequeña la figurilla pintada en el vidrio, toma en el espíritu
de usted colosales y magníficas proporciones, como el espectro que va á
larga distancia á proyectarse en cándido muro.
En las elocuentes páginas de la _Circular_ de usted palpitan brío tan
noble, amor tan entrañable del bien de la humanidad y fe tan poderosa,
que á pesar de mi maldito escepticismo hay momentos en que me dejo
arrebatar y traspongo, parodiando á Moisés, á la cumbre del monte Nebo,
y me parece que descubro la tierra prometida, ó por mejor decir, que veo
renovada toda la faz de la tierra y que la nueva Jerusalem baja
engalanada del cielo con vestiduras relucientes de fiesta sin fin y de
perenne consorcio.
Por desgracia no es todo oro lo que reluce, y quién sabe si encajará
aquí como de molde la manoseada cita que dice:
¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!
Casi todos los preceptos que impone usted al género humano para que
alcance sus más gloriosos destinos, son, á mi ver, tan sanos y
beatificantes que no hay más que pedir, y si los siguiésemos sería el
mundo un paraíso; pero aquí está el toque de la dificultad: en que usted
va á predicar en desierto, como predicó mi santo y otros, en que nadie
va á hacer caso de usted y en que todos van á continuar en sus vicios y
malas mañas.
A usted se le antoja todo muy llano con tal de que el egoísmo se
convierta en altruísmo; pero ¿de qué medio nos valdremos para hacer esta
conversión? Yo no quisiera calumniar la naturaleza humana; yo reconozco,
aplaudo y proclamo los arranques generosos de que es capaz; pero ¿no
habrá en el fondo de nuestro sér algo de radicalmente egoísta? ¿Por qué
pasa siempre por axiomática la sentencia de que la caridad bien ordenada
empieza por uno mismo, sentencia que no pocas personas avillanan
transformándola en esta otra: cada cual arrima el ascua á su sardina?
Usted mismo destruye, contradice ó menoscaba el altruísmo en la
sentencia capital que pone al frente de su bello discurso. Vivamos, dice
usted, para los demás: la familia, la patria, la humanidad.
Con esto concede usted cierta predilección á la patria sobre la
humanidad, y á la familia sobre la patria, de suerte que mientras más
estrecho es el círculo de los objetos amados, y más exclusivo es, y más
cerca está de nuestra persona, como si fuese emanación ó irradiación de
la persona misma, más activo es el amor que se le consagra. No hay
razón, pues, para que la progresión de amor quede incompleta, sin el
término que en el texto de usted le falta, y que viene á ponerse en él,
natural y forzosamente, traído por dialéctica impersonal é
irresistible. Así es que el que lea el precepto y se decida á seguirle
dirá en el fondo de su conciencia: yo amo y quiero amar á la humanidad y
comprendida en la humanidad á la patria, y comprendida en la patria á mi
familia, y comprendida en mi familia á mi persona. Con lo cual es
indudable que todo irá comprendido en el amor de la humanidad como en
superior predicamento: pero sucederá que mientras más alto y comprensivo
sea el término en esta escala de lo amable, más vacío estará de razones
y motivos para ser amado, ya que cada uno de los atributos que
constituyen las diferencias es en lo amable una razón y un motivo más
para que lo amemos.
Amaremos á la humanidad por mil razones; pero dentro de la humanidad
está la patria, para cuyo amor hay, sobre las mil, quinientas razones
más; y dentro de la patria, la familia, con otras nuevas quinientas
razones, lo menos, y dentro de la familia, uno mismo, con todas las
razones que hay para amar á la humanidad, á la patria y á la familia, y
además con nuevas razones, fundadas en aquellos predicados ó atributos
que me diferencian, distinguen y determinan dentro de la humanidad, de
la patria y de la familia. Resulta, pues, que el altruísmo es falso, que
no se da dialécticamente, que sólo puede amarse uno á sí mismo sobre
todas las cosas, como no sea á Dios á quien ame. En mi sentir, uno puede
amar más que á sí mismo, no sólo á Dios, sino á todas sus criaturas,
cuando las ama por amor de Dios; pero sin este amor de Dios, uno se ama
á sí mismo más que á nadie.
Entiéndase que hablo, según dialéctica: con fundamento racional. Yo no
niego que el ateo teórico ó práctico, el ateo que niega á Dios ó que le
arrincona y neutraliza, arda en caridad, que él llama altruísmo, pero
sostengo que entonces, con inconsecuencia dichosa y bella, ama á los
demás séres por amor de Dios, sin saberlo, y negando á Dios, y no viendo
el lazo misterioso que le une con los demás séres, y que es Dios y no
puede ser sino Dios.
En este caso, la efusión generosa del amor, que se sobrepone al egoísmo,
provendrá de cierta inclinación sublime, de cierto ímpetu instintivo, de
cierto ciego impulso del alma que nos lance á la devoción, al
sacrificio, á buscar el bien de los demás, aun á costa del propio bien:
pero un sistema tan sabio como el de Augusto Comte no debe ni puede
fundarse en esto. Además, si el altruísmo fuese instintivo y congénito,
no sería educable ó asequible por educación. ¿Cómo íbamos á convertir en
altruísta al que fuese egoísta _a nativitate_?
Y si se me dice que las ciencias sociales y políticas, exactas y
naturales, van á ordenar tan lindamente las cosas que acaben por hacer
de suerte que el interés bien entendido esté en ser altruísta, porque el
bien general vendrá á ser el mayor bien singular mío, y todo crimen,
todo delito, toda infracción de la ley moral, no será sino un error, una
mala inteligencia de mis propios intereses, una locura, en suma, diré
que no me parece muy probable que las ciencias lleguen á conseguir
tanto; pero que, si á tanto llegasen, no llegarían al altruísmo
verdadero, sino á que el egoísmo bien entendido produjese los mismos
efectos que el altruísmo más puro. Entonces, allá en la profundidad de
cada conciencia, en las intenciones, habría devoción y caridad, ó
sórdido interés y bellaquería; pero en toda acción ejecutada, no habría
sino necedad ó discreción, cordura ó locura. Los hombres, en la vida
práctica, no serían buenos ó malos, sino tontos ó discretos, cuerdos ó
locos.
Ya ve usted que yo vengo á parar á una conclusión contraria á la de
usted. Quita usted á Dios como base de la moral, y yo concluyo, por
todos los caminos que tomo, por no hallar moral sin el concepto de Dios,
que le sirva de base. Y no por los premios y castigos con que la moral
se sanciona, lo cual es un sofisma de todos los ateístas al uso, sino
porque Dios es el objeto y el fin y la razón del amor, cuando el amor no
hace que nos amemos sobre todas las cosas. Dios es el centro de todo
bien, el foco de la caridad, la luz y el fuego, que enciende é ilumina
los corazones. Si usted le apaga nos quedamos fríos y á oscuras.
Yo me encanto de leer la purísima moral que usted predica, y que no es
otra moral sino la cristiana; pero como usted me quita á Dios y me apaga
su luz, me entran ganas de decir á usted lo que le dijeron al mono que
enseñaba la linterna mágica con la luz apagada:
¿De qué sirve tu charla sempiterna,
si tienes apagada la linterna?
No, Sr. Lagarrigue, un creyente en Dios, que hace obras de virtud, no
debe hacerlas por el egoísta interés de ganar el cielo, ni debe
abstenerse del pecado para que no le echen á freir en las calderas de
Pedro Botero, sino que debe decir á Dios:
Aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera,
y ser bueno por amor suyo, ó sea por amor del bien, no abstracto, sino
vivo y personificado en Dios. Porque ¿dónde ha visto usted que nadie se
enamore de abstracciones ó de generalidades sin sustancia?
Yo soy más positivista que usted y que Augusto Comte, en el recto
sentido de la palabra, y no me cabe en la cabeza que nadie ame lo ideal,
sino como manifestación y apariencia, imagen ó trasunto de una realidad
soberana, ni puedo convertir el nombre genérico que se da al conjunto de
todos los hombres, y que es un concepto lógico vacío, en ser individuo,
objeto de mi amor, á quien unas veces llame yo _Humanidad_, otras _Ente
Supremo_, y otras _Virgen Madre_.
Todavía comprendo yo, aunque no aplauda, que me niegue usted al real
Ente Supremo y á la Virgen Madre, real y efectiva, á quien llaman los
católicos María Santísima; pero lo que ya no se puede aguantar es que á
la gran multitud de negros, chinos, europeos, hotentotes, cafres,
indios, etc., me los sume usted bajo el denominador común de hombres y
luego me convierta en Dios y en Virgen Madre esta suma.
Enójese usted ó no conmigo, he de decirle la verdad. Me aflige ver que
un entendimiento tan delicado y alto como el de usted, un juicio tan
sano y un corazón tan recto y amoroso, se trastornen y echen á perder
por esta pícara manía que nos entró, hace siglos, á casi todos los
españoles de nación, ó casta y lengua, de seguir las modas de París. Yo
confieso y declaro, sin envidia, si bien con algún estímulo de
emulación, que en París todo se hace mejor y con más arte y gracia,
desde la cocina y los trajes hasta los libros, pero elijamos, al menos,
lo mejor con atento y atinado criterio, ya que no inventemos y hagamos
algo original, no menos divertido, y no tan disparatado.
De todos modos, el positivismo, tal como viene expuesto por usted en la
_Circular_, con superior elocuencia de lenguaje que la de Augusto Comte,
y con más poesía y entusiasmo que los de Emilio Littré, debe examinarse
y refutarse hasta donde en cartas brevísimas sea posible.