PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR

Mi querido amigo: Poco valen estas NUEVAS CARTAS AMERICANAS, pero me

atrevo á dedicárselas, confiado en la bondadosa indulgencia de usted que

les prestará el valer de que carecen.

Aunque mi propósito al escribirlas es puramente literario, todavía, sin

proponérmelo yo, lo literario trasciende en estos asuntos á la más alta

esfera política.

La unidad de civilización y de lengua, y en gran parte de raza también,

persiste en España y en esas Repúblicas de América, á pesar de su

emancipación é independencia de la metrópoli. Cuanto se escribe en

español en ambos mundos es literatura española, y, á mi ver, al tratar

yo de ella, propendo á mantener y á estrechar el lazo de cierta superior

y amplia nacionalidad que nos une á todos.

Es evidente que yo, que siempre fuí un crítico suave, no había de ser

severo con mis semi-compatriotas de Ultramar; pero también es evidente

que ni debo ni quiero ganarme la voluntad de nadie con lisonjas. Además,

á lo que muchos sujetos afirman, yo no sirvo para lisonjear, aunque lo

desee. Suponen que me sucede, si bien en sentido contrario, lo que á

aquel famoso profeta que fué, por orden del Rey de los hijos de Moab, á

maldecir á los hijos de Israel. Levantó siete altares, sacrificó

becerras, hizo otras ceremonias, y subió á un cerro, desde donde se

oteaba la llanura en que los israelitas tenían desplegadas sus tiendas.

Desde allí quiso maldecirlos, y Dios desató su lengua y le movió á

entonar un cántico de bendiciones. Subió luego á otro cerro, volvió á

querer maldecir y bendijo de nuevo, sin poderlo remediar. Si á mí, como

aseguran, me sucede algo parecido, ya pueden ustedes confiar en que no

hay adulación en mis alabanzas y no agradecérmelas, pues son

involuntarias. Y cuando hubiere algo de censura, deberán perdonármelo

también por el mismo motivo.

Es aún más perdonable mi censura, si se atiende á que las más veces me

induce á censurar, á pesar mío, la exageración con que algunos

escritores de por ahí, por exceso de americanismo, ponderan las

crueldades espantosas que cometieron los españoles de la conquista y

del período colonial. Si esto hubiera llegado hasta el extremo que

dichos escritores aseguran, yo no dejaría de aplaudir la maravillosa

imparcialidad histórica con que sostendrían la verdad; pero no sabría yo

disimular que, al sostenerla, arrojarían sobre ellos mayor injuria que

sobre nosotros, porque la sangre española que corre por sus venas

procede, más que la nuestra, de aquellos atroces foragidos, y la sangre

india, en lo que de indios puedan tener, es de una raza que, según

afirman Montalvo y otros, nosotros hemos envilecido y degradado para

siempre con nuestros malos tratos y con nuestra brutal tiranía.

Estas consecuencias son tan absurdas como las premisas de donde se

sacan. Así trataré de probarlo detenidamente, aunque no gusto de

polémicas, cuando replique, si tengo vagar y ánimo, á los Sres. Mera y

Merchán que han escrito contradiciéndome.

Entretanto me inclino á creer que mucho de lo que se dice contra

nosotros se dice por el prurito de aparecer muy sentimentales y muy

ilustrados á la moda de París y de Londres, sin que se advierta que ni

franceses ni ingleses fueron nunca más que nosotros humanos y benignos.

Fuera de este momentáneo extravío, el señor Mera es tan excelente sujeto

como buen escritor, y nos quiere bien. Nos aborrecería, y con razón

sobrada, si entendiese que los españoles fueron á esa otra banda para

echarlo todo á perder. Creamos, pues, como es justo, que los españoles

fueron á América para extender en ella la civilización europea, por cuya

virtud alcanzó América la potencia de igualarse con Europa y acaso de

superarla en lo futuro.

No quiero molestar á usted distrayéndole con más larga carta, de sus

importantes cuidados.

Adiós y créame siempre su afectísimo y buen amigo, q. b. s. m.,

Nuevas cartas americanas · 第 8 / 44 题