Allá por los años de 1896 a 1900 se puso en moda el género de la
autobiografía. Varios ingenios, en su mayoría pertenecientes a los
gremios militar, político y literario, dieron la señal redactando
interesantes y amenos _Recuerdos_, que serán de seguro consultados con
fruto por los actuales y futuros historiadores.
Yo fuí entonces un caso de contagio de la general epidemia. Para
complacer a algunos amigos que deseaban saber en qué condiciones
se desarrolló mi modesta actividad científica, resolví escribir la
historia de una vida vulgar, tan pobre de peripecias atrayentes como
fértil en desilusiones y contrariedades.
Además de aportar el consabido _documento humano_, me proponía ofrecer
al público un caso de _psicología individual_ y cierta crítica razonada
de nuestro régimen docente. En el _Prólogo advertencia_, que precedía
al primer tomo, decíamos con leves variantes:
«Contendrá este libro, más que narración de actos, exposición de
sentimientos e ideas. En él se reflejará sintéticamente la serie de
las reacciones mentales, provocadas en el autor por el choque de la
realidad del mundo y de los hombres.
»Enseñan Taine (entonces Taine estaba a la moda) y otros modernos
críticos, que el hombre es función del medio físico y moral que le
rodea. Referir las ideas que le guiaron y los afectos que le movieron,
es tanto como mostrar los efectos casi necesarios del ambiente,
las causas mecánicas de la obra realizada; pero es también, y muy
señaladamente, poner en evidencia los gérmenes de error, de atraso
o de progreso existentes en el medio social; es señalar los vicios
de la enseñanza y de la educación; y es, en fin, por lo que toca a
nuestro caso particular, marcar los obstáculos contra los cuales se
estrella a menudo la juventud cuando, a impulsos de generosa ambición,
pretende, en la modesta esfera de sus aptitudes, colaborar en la magna
y redentora empresa de la cultura patria.
»Tal es la justificación de la presente obrilla. Ahí está también,
según yo pienso, el único y menguado interés que mi autobiografía
puede inspirar a aquellas personas sinceramente preocupadas del arduo
problema de la educación nacional.
»No busque, pues, aquí el lector aventuras estupendas, narraciones
pintorescas, ni arranques pasionales. Quien sienta, como el toro,
atracción por lo rojo, debe leer vidas de caudillos, historias de
héroes.
»Una vida de aventuras implica exceso y variación continua de la acción
y de su escenario, al revés de lo que reclama la labor del espíritu,
que a imitación de la naturaleza sólo puede producir en la calma, el
silencio y la obscuridad.
»Pero una vida, por sencilla que sea, es un haz complejísimo de
ideas, de sentimientos y de sucesos, frecuentemente contradictorios e
ilógicos, solamente enlazados y armonizados por la continuidad de una
conciencia personal. Imposible será, pues, sin faltar a la sinceridad
o sin trazar un cuadro incompleto y excesivamente objetivo, dejar
de reflejar en un escrito de este género los diversos y sucesivos
estados mentales del autor acerca de sus convicciones o sus dudas en
materias religiosas, filosóficas, científicas y hasta sociológicas y
artísticas...
»Si algún psicólogo o educador se toma la molestia de recorrer estas
páginas, podrá ver en ellas un caso típico de educación romántica;
siendo de notar la curiosa circunstancia de que semejante educación
fué muy principalmente obra personal y tuvo la significación de una
reacción compensadora excesiva contra los gustos y cultura, harto
utilitarios y positivistas, que padres y maestros quisieron imponer al
autor.
»Cumplióse en mí cierto principio de mecánica moral que podría llamarse
_ley de la inversión de los efectos_. Esta ley, que padres y maestros
debieran tener muy presente para no extremar ciertas tesis ni imponer
con celo exagerado determinados gustos e inclinaciones (con lo que se
evitarían resultados contraproducentes), explica cómo las voluntades
más indisciplinadas y los revolucionarios más radicales han salido tan
a menudo del seno de las corporaciones religiosas.
»Desde otro punto de vista, una biografía sincera, aun referente a
persona tan vulgar e indigna de los honores de la historia como yo,
encierra algún interés para el pensador. La vida es, ante todo, lucha.
La inteligencia se adapta a las cosas, pero éstas se adaptan también a
la inteligencia. La teoría del medio moral no lo explica todo; en el
resultado final de la educación entra por mucho el carácter individual,
es decir, la energía específica traída del fondo histórico de la
raza. Es para nosotros indudable que el hombre nace con un cerebro
casi siempre algo original en su organización, porque la naturaleza,
preocupada ante todo del progreso de la especie, cuida de no repetirse
demasiado; y así, a cada generación cambia sus tipos, desarrollando
en ellos inclinaciones diferentes. Mas el medio social, gran demagogo
de la vida, propende, en virtud de cierta contrapresión deformante,
a uniformarnos, achicándonos o elevándonos según la energía mental
nativa, con la mira de transformar el carácter disonante traído del
seno del protoplasma humano, en un producto uniforme, anodino, especie
de diagonal o término medio entre todas las tendencias divergentes.
»Pero ni gobiernos, ni familias, ni educadores, pueden crear, a pesar
de las más exquisitas precauciones, un medio moral rigurosamente
idéntico para todos; de donde resulta que las discrepancias y los
estridores surgen por todas partes. Constreñida entre las mallas de la
educación burguesa, la naturaleza reclama de vez en cuando sus fueros,
y asistida por esas desigualdades irremediables del ambiente social,
por el azar de las impresiones personales o el choque de lecturas
imprudentes, hace surgir diariamente, para preocupación de maestros y
tormento de padres, espíritus rebeldes, celosos de su individualidad
y resueltos a defenderse de los efectos aplanadores del rodillo
igualitario.
»Esto sentado, resulta interesante averiguar en virtud de qué
influencias quedó desvirtuada y sin efecto, para ciertos díscolos
temperamentos, la obra de la presión colectiva, y pudieron mantenerse,
con leves e insuficientes adaptaciones, las agudas aristas traídas
de la cantera orgánica, a despecho del perenne batir del oleaje
social, que tiende a transformar todas las cabezas en cantos rodados,
igualmente lisos, redondos y movedizos.
* * * * *
»Faltaría a la sinceridad que debo a mis lectores si no confesara que,
además de las razones expuestas, me han impulsado también a componer
este librito móviles egoístas. Cuando el hombre ha entrado en el último
cuarto de la vida y siente ese molesto rechinar de piezas desgastadas
por el uso y aun por el abuso; cuando los sentidos pierden aquella
admirable precisión y congruencia que tuvieron en la edad juvenil,
convirtiéndose en averiados instrumentos de física... gusta saborear el
recuerdo de los tiempos plácidos y luminosos de la juventud; de aquella
dichosa edad en que la máquina, pulida y rozagante como recién salida
de la fábrica, podía funcionar a todo vapor, derrochando entusiasmo y
energías, al parecer inagotables. ¡Época feliz en que la naturaleza se
nos ofrecía cual brillante espectáculo cuajado de bellezas; en que la
ciencia se nos aparecía como espléndida antorcha capaz de disipar todos
los enigmas del Cosmos, y la filosofía como el verbo infalible de la
tradición y de la experiencia, destinada a mostrarnos, para consuelo y
tranquilidad de la existencia, los gloriosos títulos de nuestro origen
y la grandeza de nuestro destino!
»¡Sí, repetimos, cuando se llega a cierta edad nadie puede sustraerse
a esa nostalgia de fuerza y de vida que nos arrastra, como burlando
la ley inexorable del tiempo, a vivir otra vez nuestra juventud,
contemplada desde el áureo castillo de nuestros recuerdos, donde
buscamos ese calor de humanidad y de afecto que el viejo no encuentra
ya en el medio social, cruelmente frío y positivista para los inválidos
del tiempo y los prometidos de la muerte! Los jóvenes sobre todo miran
al anciano con antipatía; considéranle como obstáculo perenne a su
legítima ambición, acaparador egoísta de puestos y honores oficiales...
»Una advertencia antes de terminar. Ha dicho Renan “que no es
posible hacer la propia biografía como se hace la de los demás. Lo
que de uno mismo se dice es siempre poesía”. El gran Goethe encabeza
también su autobiografía con el significativo subtítulo de _Poesía y
Realidad_. En igual pensamiento se han inspirado artistas como Wagner,
filósofos como Stuart Mill, naturalistas como C. Vogt, etc., y entre
nosotros, dramaturgos como Echegaray, y pensadores como Unamuno.
Todos han formado el ramillete de sus recuerdos con las flores más
bellas escogidas en las márgenes, no siempre verdes y floridas, del
accidentado camino de la vida. Y con mayor razón deberemos inspirarnos
en él las medianías, los grises y monótonos obreros de la ciencia y de
la enseñanza.»
* * * * *
Hasta aquí el prólogo de 1901, de que entresacamos solamente los
párrafos más significativos.
Como se ve, nuestro propósito era escribir una autobiografía con
tendencias filosóficas y pedagógicas.
Hoy, transcurridos dieciocho años, me sorprendo un poco de mis
arrogancias de entonces. Engolfado hasta la preocupación en estudios de
índole analítica, mi cultura psicológica y literaria dejaba harto que
desear. Había leído poco o nada de los admirables educadores ingleses
y franceses. Mi documentación era, pues, demasiado deficiente para dar
cima a la empresa acometida. Si hoy debiera repensar y redactar este
libro, adoptaría de seguro plan, tendencia y estilo diferentes.
Pero carezco del vagar necesario para refundir por completo el viejo
texto. En la edición actual me he limitado, por consiguiente, a
sanearlo un poco, abreviando digresiones, condensando o descartando
desahogos líricos y filosóficos asaz inoportunos, y limando el estilo
sin tocar esencialmente a lo fundamental del relato.
En algunos capítulos aparecen adiciones introducidas con la doble
intención de hacer menos ingrata la lectura y de mitigar en lo posible
las monótonas descripciones de travesuras estudiantiles, en el fondo
bastante vulgares y corrientes. Se han multiplicado también los
grabados.
A pesar de las referidas correcciones y adiciones, el contenido del
primer volumen de los RECUERDOS dista mucho de ser comparable, a los
fines educativos, con la materia del segundo. Poco me falta hoy para
pensar que su valor pedagógico es francamente negativo.
Mas considerando que el indulgente lector ha agotado una primera
edición, sin contar las aparecidas en dos Revistas literarias[1],
me animo a sacar a luz esta segunda, confiando en que el público la
acogerá con igual bondadoso interés que la anterior.
[1] Apareció allá por los años de 1900 a 1903 en _Nuestro Tiempo_
y en la _Revista de Aragón_.
_Madrid, Junio de 1917._
[Ilustración]