XXXVI[1]

[1] Discurso leído en la fiesta que dió el _Mundo Gráfico_ á

beneficio de los soldados heridos en campaña.

Señoras y señores:

Si yo creyera que habíais tomado en serio el anuncio de esta, que

mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni disertación, y no ha

de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y al tiempo,

no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón

al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El

arte de escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las

dificultades de ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos

con reglas fijas.

Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en su casa á un

glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó:

«Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poeta?» Y el poeta le contestó

sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»

De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto, puede asegurarse lo

mismo. O es muy fácil ó es imposible.

¿Quiere esto decir que el estudio no sirva de nada, que el arte sea un

don ajeno á todo esfuerzo, á toda voluntad; que el verdadero artista

sea inconsciente y en su obra se limite á ser instrumento, poco menos

material que los materiales, y como dice la Escritura: «La voz sea de

Jacob; pero la mano de Esaú»?

Cierto que, sin ser fatalistas, es preciso creer en una predestinación.

Basta leer la vida de los grandes hombres de la Humanidad, basta con

observar nuestra propia vida para comprender cómo hay en toda criatura

una predisposición natural que le inclina, sin forzarle, como dicen los

teólogos, hacia una dirección espiritual determinada, y cómo hasta los

sucesos de nuestra vida que más parecen apartarnos de nuestro camino,

al fin vienen á ser como atajos de ventaja, y sin ellos veríamos que

algo faltaba á nuestra vida y no hubiéramos llegado tan seguros y tan

experimentados al derechero camino de nuestro propósito.

Sin esta inclinación natural, sin esta predestinación, ¿comprenderíamos

el ejercicio de algunas profesiones necesarias á la soberana armonía

del mundo? Si por libre elección procediéramos, todos elegiríamos las

profesiones más brillantes.

Ved una orquesta, por ejemplo; todos comprenderéis que haya quien

sea director, hasta violín, lleguemos hasta el clarinete; ¡pero el

bombo y los platillos!, ¿quien comprende que puedan tocarse sin una

predestinación irresistible? Y no obstante, como es preciso que haya

bombo y platillos para el perfecto conjunto instrumental, admiremos la

sabiduría infinita que no inclinó á todos los hombres al violín ó la

batuta. ¡Y desgraciados los pueblos en que todos quieren ser directores

de orquesta!

Que sobre la natural predisposición es preciso el estudio, ¿quién lo

duda? No creáis nunca en eso que llaman inspiración. Hay artistas

que prefieren pasar por geniales á pasar por estudiosos. Quieren dar

á sus obras la importancia de lo sobrenatural: «Yo no he estudiado

nada--afirman;--yo no sé cómo escribo, yo no sé cómo pinto...» No lo

creáis; son coqueterías de artista. Alguien dijo que el genio era una

gran paciencia; yo me atrevería á decir que el genio es siempre el

premio de un gran trabajo.

Ahora que, el trabajo del artista, es muchas veces lo más parecido á la

holganza. El artista pasea, el artista está tumbado, el artista fuma

ó saborea una taza de café; el artista, al parecer, no hace nada. Los

que andan como azacanes por la vida en trabajos de actividad material,

pasan por delante de él y sonríen despectivos: ¡Que buena vida! El

artista, tal vez pudoroso, ¿como convencerá al afanado de que aquel su

holgar es trabajo contra la vulgar opinión?--¿No se hace nada?--¡Phs!

Ya lo ve usted; nada.--Pero en esos aparentes ocios fueron engendradas

las grandes obras del espíritu; porque todo es trabajo para el artista,

siempre en actividad su conciencia, siempre al atisbo su percepción,

siempre vibrantes sus nervios... tan vibrantes, que muchas veces saltan

y se quiebran y en vez del bien templado acorde y la dulce armonía,

es el desgarrado desconcierto de la locura ó es el silencio pavoroso

de la muerte. ¡El arte de escribir! El más perfecto sería el que

llegara á comunicar esa exaltación de nuestro espíritu sin necesidad de

expresarnos con palabras.

Escribir es una limitación, como lo es toda obra, como lo es todo lo

creado. Sí; la creación es una resta del infinito; como toda obra es

una resta del espíritu creador del artista. Por eso, lo mejor de una

obra no es lo que está en ella, sino lo que de ella se escapa para ir á

sumarse al espíritu infinito.

Ved, pues, si es difícil espiritualizar materializando. Y eso es la

obra del escritor y eso es la creación. Somos los hombres como vasos

en que fué recogida un poco de agua de un mar espiritual infinito. El

mar se ignoraba en su infinidad y quiso conocerse, ganar conciencia

así limitado. Nuestra labor espiritual no es otra cosa: reintegrar una

conciencia á lo infinito inconsciente.

A pesar mío, he hablado demasiado en serio. La ocasión que aquí me

trajo á interrumpir por unos instantes el grato esparcimiento de esta

noche, era para mí seguridad de vuestra benevolencia.

Yo sí quisiera, en esta noche, poseer absoluto dominio del arte de

escribir para unir todos los corazones españoles en un solo sentimiento

de amor á nuestros hermanos. El nos juntó aquí esta noche, y por la

expresión de este material sentimiento hasta sería ofensa daros las

gracias.

Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente de otras muchas

en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios donde

la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que

luchan y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen

deberes penosos, ¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para

el triunfo glorioso de España en tan difícil empresa, si mucho importa

que nosotros confiemos en los que allá combaten, importa más que ellos

confíen en los que aquí quedamos. Al ¡alerta! de aquellos campamentos

en tierra extraña ha de responder el ¡alerta está! de la tierra

española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde ellos están

está con ellos toda España.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 41 / 52 题