[1] Discurso leído en la fiesta que dió el _Mundo Gráfico_ á
beneficio de los soldados heridos en campaña.
Señoras y señores:
Si yo creyera que habíais tomado en serio el anuncio de esta, que
mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni disertación, y no ha
de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y al tiempo,
no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón
al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El
arte de escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las
dificultades de ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos
con reglas fijas.
Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en su casa á un
glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó:
«Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poeta?» Y el poeta le contestó
sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»
De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto, puede asegurarse lo
mismo. O es muy fácil ó es imposible.
¿Quiere esto decir que el estudio no sirva de nada, que el arte sea un
don ajeno á todo esfuerzo, á toda voluntad; que el verdadero artista
sea inconsciente y en su obra se limite á ser instrumento, poco menos
material que los materiales, y como dice la Escritura: «La voz sea de
Jacob; pero la mano de Esaú»?
Cierto que, sin ser fatalistas, es preciso creer en una predestinación.
Basta leer la vida de los grandes hombres de la Humanidad, basta con
observar nuestra propia vida para comprender cómo hay en toda criatura
una predisposición natural que le inclina, sin forzarle, como dicen los
teólogos, hacia una dirección espiritual determinada, y cómo hasta los
sucesos de nuestra vida que más parecen apartarnos de nuestro camino,
al fin vienen á ser como atajos de ventaja, y sin ellos veríamos que
algo faltaba á nuestra vida y no hubiéramos llegado tan seguros y tan
experimentados al derechero camino de nuestro propósito.
Sin esta inclinación natural, sin esta predestinación, ¿comprenderíamos
el ejercicio de algunas profesiones necesarias á la soberana armonía
del mundo? Si por libre elección procediéramos, todos elegiríamos las
profesiones más brillantes.
Ved una orquesta, por ejemplo; todos comprenderéis que haya quien
sea director, hasta violín, lleguemos hasta el clarinete; ¡pero el
bombo y los platillos!, ¿quien comprende que puedan tocarse sin una
predestinación irresistible? Y no obstante, como es preciso que haya
bombo y platillos para el perfecto conjunto instrumental, admiremos la
sabiduría infinita que no inclinó á todos los hombres al violín ó la
batuta. ¡Y desgraciados los pueblos en que todos quieren ser directores
de orquesta!
Que sobre la natural predisposición es preciso el estudio, ¿quién lo
duda? No creáis nunca en eso que llaman inspiración. Hay artistas
que prefieren pasar por geniales á pasar por estudiosos. Quieren dar
á sus obras la importancia de lo sobrenatural: «Yo no he estudiado
nada--afirman;--yo no sé cómo escribo, yo no sé cómo pinto...» No lo
creáis; son coqueterías de artista. Alguien dijo que el genio era una
gran paciencia; yo me atrevería á decir que el genio es siempre el
premio de un gran trabajo.
Ahora que, el trabajo del artista, es muchas veces lo más parecido á la
holganza. El artista pasea, el artista está tumbado, el artista fuma
ó saborea una taza de café; el artista, al parecer, no hace nada. Los
que andan como azacanes por la vida en trabajos de actividad material,
pasan por delante de él y sonríen despectivos: ¡Que buena vida! El
artista, tal vez pudoroso, ¿como convencerá al afanado de que aquel su
holgar es trabajo contra la vulgar opinión?--¿No se hace nada?--¡Phs!
Ya lo ve usted; nada.--Pero en esos aparentes ocios fueron engendradas
las grandes obras del espíritu; porque todo es trabajo para el artista,
siempre en actividad su conciencia, siempre al atisbo su percepción,
siempre vibrantes sus nervios... tan vibrantes, que muchas veces saltan
y se quiebran y en vez del bien templado acorde y la dulce armonía,
es el desgarrado desconcierto de la locura ó es el silencio pavoroso
de la muerte. ¡El arte de escribir! El más perfecto sería el que
llegara á comunicar esa exaltación de nuestro espíritu sin necesidad de
expresarnos con palabras.
Escribir es una limitación, como lo es toda obra, como lo es todo lo
creado. Sí; la creación es una resta del infinito; como toda obra es
una resta del espíritu creador del artista. Por eso, lo mejor de una
obra no es lo que está en ella, sino lo que de ella se escapa para ir á
sumarse al espíritu infinito.
Ved, pues, si es difícil espiritualizar materializando. Y eso es la
obra del escritor y eso es la creación. Somos los hombres como vasos
en que fué recogida un poco de agua de un mar espiritual infinito. El
mar se ignoraba en su infinidad y quiso conocerse, ganar conciencia
así limitado. Nuestra labor espiritual no es otra cosa: reintegrar una
conciencia á lo infinito inconsciente.
A pesar mío, he hablado demasiado en serio. La ocasión que aquí me
trajo á interrumpir por unos instantes el grato esparcimiento de esta
noche, era para mí seguridad de vuestra benevolencia.
Yo sí quisiera, en esta noche, poseer absoluto dominio del arte de
escribir para unir todos los corazones españoles en un solo sentimiento
de amor á nuestros hermanos. El nos juntó aquí esta noche, y por la
expresión de este material sentimiento hasta sería ofensa daros las
gracias.
Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente de otras muchas
en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios donde
la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que
luchan y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen
deberes penosos, ¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para
el triunfo glorioso de España en tan difícil empresa, si mucho importa
que nosotros confiemos en los que allá combaten, importa más que ellos
confíen en los que aquí quedamos. Al ¡alerta! de aquellos campamentos
en tierra extraña ha de responder el ¡alerta está! de la tierra
española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde ellos están
está con ellos toda España.