No hay que echar á mala parte nuestra ingratitud con los grandes
hombres. Se ha dicho que la ingratitud es la independencia del corazón.
Entre nosotros no es sino la independencia del cerebro. Nuestra
ingratitud sólo es olvido, y somos olvidadizos por pereza.
Como la soberanía nacional en unos cuantos políticos de profesión,
delegamos gustosos la facultad de discurrir, con tal de molestarnos lo
menos posible.
Cuando admiramos ó cuando dejamos de admirar, no hay que tomar en
serio nuestro entusiasmo ó nuestro desvío. Nada es convicción, todo es
comodidad.
Así, no hay gloria duradera entre nosotros. Y no por combatida, por
ignorada. La crítica, aunque fuera para negar, ya sería conocimiento,
pero ya sería molestia. Es mejor suprimir.
La fama de todo gran escritor, por glorioso que sea, padece un
eclipse peligroso: cuando extirpada la generación de sus admiradores
contemporáneos, se suceden otras nuevas generaciones, solicitadas por
nuevos nombres y nuevas glorias; cuando la obra es vieja y aún no es
antigua; cuando ya no es actualidad y aún no es historia; cuando ya no
creemos en el Revilla que la celebró en su tiempo y aún no llegó para
ella el Menéndez y Pelayo que haya de consagrarla á nuestra admiración
definitiva.
La gloria de Campoamor ha podido tener este eclipse. Los jóvenes
dejaron de admirarle porque era el mejor pretexto para no leerle. Lo
mismo ha sido con Víctor Hugo, con Lamartine, con otros muchos.
Apenaba la escasez de estudios biográficos y críticos de Campoamor
y de sus obras. Entristece que el poeta de las mujeres no tenga una
edición de sus obras, elegante, artística, digna de ser ofrecida á una
mujer como regalo. Las mujeres ¡ingratas! dejaron morir al poeta sin
ofrecerle el homenaje de su admiración y de su cariño.
Ahora, patrocinada por leales amigos, se abre una suscripción para
erigir un monumento al poeta. Las hijas de aquellas madres que amó
tanto, como él decía, ¿se acordarán del poeta? «Me besan hoy como se
besa á un santo»; exclamaba con ternura de abuelo, en el noble ocaso de
su vida.
Las jóvenes de ahora no besan á los poetas ni los tienen por santos,
y á los santos tampoco los besan, se los comen. Como no ande en ello
batuta eclesiástica, poco puede esperarse de las damas aristocráticas y
de las jóvenes distinguidas.
De este modo, como decía Hamlet, bien puede asegurarse que la memoria
del más ilustre hombre vivirá cuatro días, y eso si fué fundador de
iglesias, que si no, podrá decirse como del caballito de palo se canta:
¡Ya murió el caballito de palo,
y ya le olvidaron así que murió!
Sería muy triste que sólo contribuyeran los hombres al monumento que ha
de perpetuar las glorias del poeta de las mujeres, del que poetizó el
dolor en femenino con nombre de dolora.
Andrés González Blanco ha redimido culpas de la juventud literaria
de nuestros días con un magistral estudio sobre Campoamor; libro de
crítica seria, sin impresionismos, sin nerviosidades; un estudio todo
serenidad, como corresponde á uno de los pocos poetas españoles del
siglo XIX, que ha de hallar, por lo menos cada veinte años, un crítico
de entendimiento que lea sus obras y sepa imponerlas á la admiración de
los que no leen.
En España, este público que no lee nunca es el que más sostiene el
esplendor de las glorias literarias; como la multitud que nunca piensa,
el esplendor de las religiones.
* * * * *
Los deportistas de nuestra Sierra del Guadarrama se oponen á la
construcción de un Sanatorio para tuberculosos.
El deportista ha leído á Nietzche; el deportista no tiene compasión.
Como aquel hombre frío, del que habla Wordsworth en una poesía, capaz
de estudiar botánica sobre la sepultura de su madre, el deportista
considera el mundo como un inmenso campo de recreo. Si su afición
es el automóvil, quisiera que el mundo fuera una inmensa carretera
asfaltada y que hasta los cráneos de los transeuntes fueran de asfalto
para deslizarse con suavidad sobre ellos.
Sobre la Sierra han puesto sus grandes patines dominadores. Bien está
que se expongan por gusto á romperse la cabeza en un ejercicio tan
saludable y tan útil en España; pero ¡exponerse, por sensiblerías
impropias de hombres fuertes, á contagiarse de tuberculosis! Una cosa
es tener valor ante un riesgo seguro, y otra ante un riesgo imaginario.
Sí sabe uno cómo puede matarse, pero ¡cómo puede morir!
En este caso, los higienistas se ven combatidos con sus propias armas.
¡Se ha exagerado tanto el peligro de los contagios! Ya es casi heroísmo
acercarse á un enfermo.
Lo que debieron considerar esos intratables deportistas opuestos á la
construcción del Sanatorio en el Guadarrama es que, más vale prevenir
y curar á los tuberculosos en un Sanatorio apropiado, que no vivir de
continuo entre ellos sin medios de evitar el contagio. ¿Es el nombre
lo que asusta? Pues si en el edificio de la Sierra puede escribirse:
Sanatorio, por todo Madrid puede escribirse: Foco. Véase lo que es
preferible y dónde es mayor el peligro.