Acaso consista esta diferencia en que Ud. se deja guiar en s

BIBLIOTECA DE AUTORES CÉLEBRES

I

OBRAS DE DON JUAN VALERA

DE VENTA EN ESTA CASA

PEPITA JIMÉNEZ; octava edición; un volumen

en 12.º 2,50 ptas.

LAS ILUSIONES DEL DOCTOR FAUSTINO;

dos volúmenes en 12.º 5 »

DAFNIS Y CLOE (traducción del griego); un

volumen en 12.º 3 »

ESTUDIOS CRÍTICOS; segunda edición; tres

volúmenes en 12.º 9 »

DISERTACIONES Y JUICIOS LITERARIOS;

dos volúmenes en 12.º 6 »

CUENTOS Y DIÁLOGOS; un volumen en 12.º 2,50 »

ALGO DE TODO: un ídem íd. 2,50 »

PASARSE DE LISTO; un ídem íd. 2,50 »

POESÍA Y ARTE DE LOS ÁRABES EN ESPAÑA

Y SICILIA (traducción del alemán);

tres volúmenes en 12.º 9 »

DOÑA LUZ; un volumen en 8.º 2,50 »

TENTATIVAS DRAMÁTICAS; un ídem íd. 2,50 »

CANCIONES, ROMANCES Y POEMAS; un

ídem íd. 5 »

CUENTOS, DIÁLOGOS Y FANTASÍAS; un

ídem íd. 5 »

NUEVOS ESTUDIOS CRÍTICOS; un ídem íd. 5 »

PEPITA JIMÉNEZ y EL COMENDADOR

MENDOZA; un ídem íd. 5 »

DOÑA LUZ y PASARSE DE LISTO; un ídem íd 5 »

APUNTES SOBRE EL NUEVO ARTE DE

ESCRIBIR NOVELAS; un tomo en 8.º de

263 páginas 3 »

* * * * *

Á la primera serie de las =Cartas americanas= de D. Juan Valera seguirá

muy en breve un tomo conteniendo poesias inéditas del gran poeta D. José

Zorrilla.

Para los tomos sucesivos de esta _Biblioteca_ contamos con obras de los

Sres. D. José Zorrilla, don Juan Facundo Riaño, D. Gaspar Núñez de Arce,

don Manuel del Palacio, D. Ramón Rodriguez Correa, D. Jacinto Octavio

Picón, D. Salvador Rueda y otros.

BIBLIOTECA DE AUTORES CÉLEBRES

CARTAS AMERICANAS

DON JUAN VALERA

PRIMERA SERIE

[Illustration]

MADRID

FUENTES Y CAPDEVILLE

M DCCC LXXXIX

ES PROPIEDAD

MANUEL MINUESA DE LOS RÍOS, IMPRESOR

Miguel Servet, 13--Teléfono 651

AL EXCMO. SEÑOR

Don Antonio Cánovas del Castillo

Mi querido amigo: Como pobre muestra de la buena amistad que, desde hace

años, me une á Ud., y de la gratitud que le debo por el benigno prólogo

que escribió para mis novelas, dedico á Ud. este librito, donde van

reunidas algunas de mis cartas sobre literatura de la América española.

Espero que sea Ud. indulgente conmigo y que acepte gustoso la ofrenda, á

pesar de su corta ó ninguna importancia.

Yo entiendo, sin afectación de modestia, que mi trabajo es ligerísimo;

pero la intención que me mueve y el asunto de que trato le prestan

interés, del cual Ud., que con tanto fruto cultiva la historia política

de nuestra nación, sabrá estimar el atractivo.

Breve fué la preponderancia de los hombres de nuestra Península en el

concierto de las cinco ó seis naciones europeas que crearon la moderna

civilización y por toda la tierra la difundieron; mas, á pesar de la

brevedad, la preponderancia fué gloriosa y fecunda. Completamos casi,

gracias á navegantes y descubridores atrevidos y dichosos, el

conocimiento del planeta en que vivimos; ampliando el concepto de lo

creado, despertamos é hicimos racional el anhelo de explorarlo y de

explicarlo por la ciencia; abrimos y entregamos á la civilización

inmensos continentes é islas; y luchamos con fe y con ahinco, ya que no

con buena fortuna, porque la excelsa y sacra unidad de esa civilización

no se rompiera.

Nuestra caída fué tan rápida y triste como portentosa fué nuestra

elevación por su prontitud y magnificencia. Tiempo há que usted, con

tanto saber como ingenio crítico, procura investigar las causas. Yo, por

mi parte, ora me inclino á imaginar que lo colosal del empeño nos agotó

las fuerzas; ora que por combatir en favor de principios que iban á

sucumbir, sucumbimos con ellos; ora que la perseverante energia de la

voluntad nos dió el imperio, en momento propicio, cuando por la

invención de la pólvora y de la imprenta prevalecieron las calidades del

espíritu sobre la fuerza material y bruta; imperio, que perdimos pronto,

cuando vino á prevalecer otra fuerza, también material, aunque más

alambicada: la que nace de las riquezas, creadas por la industria y por

el trabajo metódico, bien ordenado, y combinado con el ahorro, en todo

lo cual no descollamos nunca.

No son mías, sino en muy pequeña parte, esta atrevida opinión y esta más

atrevida explicación de tan alto punto histórico: son de aquel

discretísimo fraile dominicano Tomás Campanella, que dice: _At postquam

astutia plus valuit fortitudine, inventaeque typographiae et tormenta

bellica, rerum summa rediit ad hispanos, homines sane impigros, fortes

et astutos._

Como quiera que sea, nuestra decadencia llegó, á mi ver, á su colmo, en

el primer tercio de este siglo, cuando acabó de desbaratarse el imperio

que habíamos fundado, naciendo de la separación de las colonias muchas

independientes Repúblicas.

Continuas guerras civiles, y estériles y sangrientas revoluciones, aquí

y allí, nos trajeron á tan mísero estado, que nuestros corazones se

abatieron, y del abatimiento nació la recriminación desdeñosa.

Los americanos supusieron que cuanto malo les ocurría era transmisión

hereditaria de nuestra sangre, de nuestra cultura y de nuestras

instituciones. Algunos llegaron al extremo de sostener que, si no

hubiéramos ido á América y atajado, en su marcha ascendente, la cultura

de Méjico y del Perú, hubiera habido en América una gran cultura

original y propia. Nosotros, en cambio, imaginamos, ya que las razas

indígenas y la sangre africana, mezclándose con la raza y sangre

españolas, las viciaron é incapacitaron; ya que bastó á los criollos el

pecado original del españolismo para que, en virtud de ineludible ley

histórica, estuviesen condenados á desaparecer y perderse en otras razas

europeas, más briosas y entendidas.

El mal concepto que formamos unos de otros, al transcender de la

desunión política, estuvo á punto de consumar el divorcio mental,

cimentado en el odio y hasta en el injusto menosprecio.

Miras y proyectos ambiciosos, renacidos en España, en ocasiones en que

esperábamos salir de la postración, como los conatos de erigir un trono,

en el Ecuador ó en Méjico, para un príncipe ó semipríncipe español, y

empresas y actos impremeditados, como la anexión de Santo Domingo, la

guerra contra Chile y el Perú y la expedición á Méjico, aumentaron la

malquerencia de la metrópoli y de las que fueron sus colonias.

Durante este período, si la cultura inglesa hubiese sido más

comunicativa, hubiera penetrado en las repúblicas hispano-americanas;

pero no lo es, y así apenas se sintió su influjo. Francia, por el

contrario, ejerció poderosamente el suyo, que es tan invasor, é informó

el movimiento intelectual y fomentó el progreso de la América española,

aunque sin borrar, por dicha, ni desfigurar su ser castizo y las

condiciones esenciales de su origen.

Hoy parecen ó terminados ó mitigados, tanto en América como en España,

aquella fiebre de motines y disturbios, y aquel desasosiego incesante

de la soldadesca, movida por caudillos ambiciosos, no siempre ilustrados

y capaces, y aquel malestar que era consiguiente.

Más sosegados y menos miserables, así los pueblos de la América española

como los de esta Península, se observan con simpática curiosidad,

deponen los rencores, confían en el porvenir que les aguarda; y, sin

pensar en alianzas ni confederaciones que tengan fin político práctico,

pues la suma de tantas flaquezas nada produciría equivalente á los

medios y recursos de cualquiera de los cuatro ó cinco Estados que

predominan, piensan en reanudar sus antiguas relaciones, en estrechar y

acrecentar su comercio intelectual, y en hacer ver que hay en todos los

países de lengua española cierta unidad de civilización que la falta de

unidad política no ha destruído.

Así va concertándose algo á modo de liga pacífica. Para los

circunspectos y juiciosos es resultado satisfactorio el reconocer que la

literatura española y la hispano-americana son lo mismo. Contamos y

sumamos los espíritus, y no el poder material, y nos consolamos de no

tenerle. Todavía, después de la raza inglesa, es la española la más

numerosa y la más extendida por el mundo, entre las razas europeas.

A restablecer y conservar esta unidad superior de la raza no puede

desconocerse que ha contribuído como nadie la Academia Española. Las

Academias correspondientes, establecidas ya en varias Repúblicas, forman

como una confederación literaria, donde el centro académico de Madrid,

en nombre de España, ejerce cierta hegemonía, tan natural y suave, que

ni engendra sospechas, ni suscita celos ó enojos.

En esta situación, se diría que nos hemos acercado y tratado. Apenas hay

libro, que se escriba y se publique en América, que no nos le envíe el

autor á los que en España nos dedicamos á escribir para el público. Yo,

desdo hace seis ó siete años, recibo muchos de estos libros, pocos de

los cuales entran aún en el comercio de librería, aquí desgraciadamente

inactivo.

Cualquiera que procure darlos á conocer entre nosotros, creo yo que

presta un servicio á las letras, y contribuye á la confirmación de la

idea de unidad, que persiste, á pesar de la división política.

La América española dista mucho de ser mentalmente infecunda.

Desde antes de la independencia compite con la metrópoli en fecundidad

mental. En algunos países, como en Méjico, se cuentan los escritores por

miles, antes de que la República se proclamase. Después, y hasta hoy, la

afición á escribir y la fecundidad han crecido. En ciencias naturales y

exactas, y en industria y comercio, la América inglesa, ya

independiente, ha florecido más; pero en letras es lícito decir sin

jactancia que, así por la cantidad como por la calidad, vence la

América española á la América inglesa.

Tal vez se acuse á la América española de exuberancia en la poesía

lírica; pero ya se advierten síntomas de que esto habrá de remediarse,

yendo parte de la savia que hoy absorbe el lirismo á emplearse en

vivificar otras ramas del árbol del saber y del ingenio. La crítica, la

jurisprudencia, la historia, la geografía, la lingüística, la filosofía

y otras severas disciplinas cuentan ya en América con hábiles,

laboriosos y afortunados cultivadores. Baste citar, en prueba, y según

acuden á mi memoria, los nombres de Alamán, Calvo, García Icazbalceta,

Bello, Montes de Oca, Rufino Cuervo, Miguel Antonio Caro, Arango y

Escandón, Francisco Pimentel, Liborio Cerda y Juan Montalvo.

Mis cartas carecen de verdadera unidad. Son un conato de dar á conocer

pequeñísima parte de tan extenso asunto. Las dirijo á autores que me han

enviado sus libros. No son obra completa, sino muestra de lo que he de

seguir escribiendo, si el público no me falta. Como noticias y juicios

aislados, sólo podrán ser un día un documento más para escribir la

historia literaria de _las Españas_ en el siglo presente. Porque las

literaturas de Méjico, Colombia, Chile, Perú y demás repúblicas, si bien

se conciben separadas, no cobran unidad superior y no son literatura

general hispano-americana, sino en virtud de un lazo, para cuya

formación es menester contar con la metrópoli.

En fin, tal cual es este librito, yo tengo verdadera satisfacción en

dedicársele á Ud., aprovechando esta ocasión de reiterarle el testimonio

de la gratitud que le debo y de la amistad que siempre le he

consagrado.

CARTAS AMERICANAS

SOBRE VÍCTOR HUGO

_27 de Febrero de 1888._

Á UN DESCONOCIDO

Muy señor mío: La carta que Ud. me dirige, ocultando su nombre, llegó á

mi poder pocos días há con el periódico en que viene inserta, _La

Miscelánea_, revista literaria y científica que se publica en Medellín,

república de Colombia. A pesar de lo indulgente, fino y hasta cariñoso

que está Ud. conmigo, lo cual me lisonjea en extremo, no he de negar,

aunque lo achaque Ud. á soberbia, que me han dolido sus impugnaciones y

que me siento picado y estimulado á replicar á ellas. Ya hace meses que

recibí otra revista colombiana, que también me impugnaba y por el mismo

motivo. El que escribió este otro artículo en contra mía y le publicó en

la revista de Bogotá titulada _El Telegrama_, daba su nombre: era el Sr.

Rivas Groot, á quien debe Ud. de conocer.

A él y á Ud. voy á contestar en esta carta, á ver si logro justificarme.

No es posible que Ud. se figure bien cuánto nos halaga, á los que en

esta Península, donde se lee poquísimo, nos dedicamos á la literatura,

que por esas regiones transatlánticas nos lean ustedes y nos hagan algún

caso.

Así es que deseamos conservar el buen concepto en que Uds. tan

generosamente nos tienen, y defendernos de cualquiera inculpación que

tire á menoscabarle.

Usted y el Sr. Rivas Groot me acusan de Zoilo; de que procuro rebajar el

mérito de Víctor Hugo. Pero aunque fuera así, ¿es Víctor Hugo

inexpugnable y está por cima de toda crítica? Los fallos que se han dado

en su favor, ¿son tan sin apelación que le dejen más á salvo de todo

ataque que á Calderón ó á Shakspeare, pongo por caso? Pues bien: el

valor de estos dos insignes poetas ha sido de harto distinta manera

ponderado y tasado. ¿Qué distancia no hay entre el mediano aprecio que

concede Sismondi á Calderón y la idolatría con que le veneran Schack y

ambos Schlegel? ¿Seguiremos á Voltaire y á Moratín, ó á Emerson y á

Carlyle, para marcar los grados de entusiasmo que debe inspirarnos el

autor de _Hamlet_?

La verdad es que si hay una inconcusa filosofía del arte, una estética

perenne, no se funda en ella hasta ahora ningún inalterable código

universal, ó sea ordenada recopilación de reglas con sujeción á las

cuales se ejerza la crítica. Y aun dado que el código exista, yo creo

que ha de ser difícil de interpretar y de aplicar, cuando tanta

discrepancia se nota en los juicios, no ya sobre un singular autor, sino

sobre siglos enteros de la literatura de todas las naciones.

Hasta hace pocos años la critica ilustrada afirmaba que casi toda

literatura era bárbara é insufrible, salvo en los cuatro siglos de

Pericles, Augusto, León X y Luis XIV, á los cuales correspondían las

cuatro Poéticas de Aristóteles, Horacio, Vida y Boileau. Ahora hemos

venido á dar en el extremo contrario. El _Mahabarata_, el _Ramayana_,

los _Edas_ y el _Nibelungenlied_, parecen á muchos mejor que la

_Eneida_, y el _Minnegesang_ mejor que las Odas de Píndaro y del

Venusino.

Sin duda que se ha adelantado mucho en Estética. Sin duda que la

erudición ha traído de remotos países ó ha desenterrado del polvo de las

Bibliotecas ignorados tesoros literarios. Idiomas, civilizaciones

enteras, himnos, dramas, epoyeyas, todo ha vuelto á la luz. Ha habido y

hay renacimiento universal y cosmopolita. Pero ¿no recela Ud. que tanta

novedad nos deslumbre y atolondre? ¿No podremos decir, citando lo del

antiguo romance,

Con la grande polvareda

Perdimos á don Beltrane?

Y este don Beltrane, en el caso presente, ¿no será quizás el sentido

común, ó, mejor dicho, el recto y reposado juicio?

La crítica antes no era tan profunda: no se fundaba en filosofías, que

el crítico á menudo no entiende, sino que se fundaba en cualquiera de

las cuatro ya citadas Poéticas, ó en todas ellas, á cuyos preceptos,

convengo en que muy literalmente interpretados, solía ceñirse el que

criticaba; pero hoy se va éste por los cerros de Úbeda, arma un

caramillo de sutilezas, abre abismos rellenos de inefables sentimientos

y pensamientos, y se empeña en convencernos de todo lo que se le antoja,

haciéndonos tragar como sublimidades mil rarezas y como maravillas del

_genio_ mil extravagancias.

Contra estas extravagancias y rarezas, que yo no quiero tragar, y de

cuya bondad no logra nadie convencerme, es contra lo que yo voy. A

Víctor Hugo, aunque abunda en ellas como el conjunto de mil autores de

los más extravagantes, yo le celebro, tal vez en demasía. Yo he llegado

á decir que pongo á Víctor Hugo en el trono como rey de los poetas de

nuestro siglo por su fecundidad, por su pujanza de imaginación y por

otras prendas, si bien Goethe era más profundo y más sabio; y Leopardi,

que también sabía más, era más elegante, y más sentido, y más limpio y

hermoso en la forma; y Manzoni y Whittier y Quintana, más firmes,

constantes, fieles y sinceramente convencidos en sus opiniones y

doctrinas; y Zorrilla, más espontáneo, más rico de frescura y menos dado

á rebuscar pomposidades enormes para llamar la atención.

Sin rayar en delirio no se puede hacer mayor elogio de Víctor Hugo, á

pesar de las cortapisas. Ni Ud. ni el Sr. Rivas Groot debieran ponerme

pleito, sino los aficionados de Espronceda, de Heine, de Shelley, de

Byron, de Moore, de Tennyson, de Garrett, de Miskiewicz, de Lermontoff,

de Puschkin y de tantos otros á quienes dejo tamañitos.

Y no hay contradicción en mí, como supone el Sr. Rivas Groot. Si hay

contradicción, está en la misma naturaleza de las cosas. Ni yo me

contradigo elogiando en general y tratando luego, en los pormenores, de

hacer añicos el ídolo que he levantado. El ídolo quedaría en pie, aunque

de mi voluntad dependiese derribarle; pero lo que hay en él de feo y de

deforme no se lo quitarán de encima sus más elocuentes adoradores.

¿Fué ó no fué Góngora un excelente é inspirado poeta? ¿Quién se atreverá

á negar que lo fué? Sus romances, sus letrillas, algunos sonetos, la

canción á la Invencible Armada, dan de ello claro é irrefragable

testimonio. Hasta en el _Polifemo_ y en las _Soledades_ su ingenio

resplandece. Pero ¿será menester, á fin de no incurrir en contradicción,

cerrar los ojos y no ver los desatinos, las extravagancias y el perverso

gusto que afean las _Soledades_, el _Polifemo_ y otras obras de mi

egregio paisano?

Hágase Ud. cuenta de que Víctor Hugo es algo semejante: es un Góngora

francés de nuestros días. Ha escrito más que Góngora, y ha tenido más

aciertos, y ha creado más bellezas que Góngora; pero también ha dicho

muchísimos más disparates. Si me pusiera yo á sacarlos á relucir, ni en

cuatro ó cinco tomos gordos lo conseguiría. Me remito, por lo tanto, y

para abreviar, á los que ya puse en mis _Apuntes sobre el nuevo arte de

escribir novelas_. Si todo lo citado allí no es desatinado, por la forma

ó por el fondo, ó por forma y fondo á la vez, sin duda que soy yo el

desatinado, y no discuto y me doy por vencido. Al público imparcial y

juicioso apelo. Aquí sólo voy á replicar á las razones que da Ud. para

demostrar que dos ó tres de esas frases, que cito yo como grotescas,

encierran pensamientos profundos y son como un pozo de insondables

filosofías.

Á Nuestro Señor Jesucristo se le representa simbólicamente bajo el

nombre de _león_ y bajo la figura de _cordero_. Es el León de Judá, es

el Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo; pero ambos nombres

están ya consagrados: por cerca de veinte siglos el de _cordero_, y el

de _león_ por mucho más: lo menos desde los tiempos de Isaías. Ambos

nombres de _león_ y de _cordero_ responden á un simbolismo propio de las

lenguas y costumbres del antiguo Oriente. Y en el día de hoy no chocan,

antes gustan, bien empleados, aunque no se apliquen á Cristo. De un

militar animoso y fuerte se dice que es un león, y de un joven inocente

y manso se puede decir, en son de elogio, que es un cordero. Pero, señor

desconocido, por las ánimas benditas, ¿habilita esto y faculta á nadie

para llamar también á Cristo _inmensa lechuza de luz y de amor_, aunque

en francés sea más eufónico que en castellano el nombre de lechuza? Las

comparaciones de dioses, de héroes, de semidioses y hasta de hombres con

animales no se aguantan hoy, ni se oyen sin risa, como no sean de las ya

consagradas por miles de años, ó de las que se hacen con suma habilidad,

entre las cuales no es posible poner la de lechuza aplicada á Cristo,

aunque la lechuza sea emblema de vigilancia, de sabiduría y de otras

cosas muy estimables. En lo antiguo había cierta candidez que consentía

esto; pero ¿cómo tomar hoy la misma venia? Homero compara á los

guerreros á las moscas, que acuden á un tarro de leche, y á las grullas,

que van á combatir á los pigmeos, y compara á Ulises con un carnero

lanudo, y á Ayax, defendiendo el cuerpo de Patroclo, á pesar de tanto

troyano como embiste y cae sobre él, á un burro terco y hambriento, que

sigue pastando, á pesar de los muchos villanos armados de estacas que le

sacuden para alejarle del pasto. Todo esto es precioso, y nos hace

muchísima gracia en Homero; pero ¿quién no se burlaría ó se indignaría

si comparásemos hoy á Napoleón I á un carnero lanudo, y á Daoiz y á

Velarde, que se defienden con igual obstinación que Ayax, á lo mismo que

Homero compara á Ayax?

Además, Víctor Hugo no se limita á comparar. Con su estilo enfático hace

más: transforma. No es Cristo como una lechuza ó semejante á una

lechuza, sino que es lechuza.

Sobre otra de mis citas trata Ud. de darme una lección, pero sin motivo.

El vocablo francés _crachat_ significa vulgarmente placa de comendador ó

de caballero gran cruz. Convenido. ¿Cómo he de ignorar yo esto, por

poquísimo francés que sepa? Lo que me sucedió es que al traducir

_L’univers étoilé est un crachat de Dieu_,

hallé más grotesca aún la traducción que usted hace que la que yo hice.

Yo no podía figurarme al Padre Eterno de uniforme, con sus grandes

cruces colgando, y hasta con espadín y sombrero de tres picos. Vea usted

por qué no traduje que el cielo estrellado era la placa de Dios. Pase

porque sea el cielo estrellado el manto de Dios, su vestidura, su

túnica; pero su _crachat_....., vamos, esto es ya demasiado. Todavía, á

pesar del alto concepto metafísico y todo espiritual que hoy tenemos de

Dios, se consiente que, por la larga costumbre, nos le representemos,

valiéndonos de imagen material, como un anciano venerable, con luengas y

flotantes vestiduras. Lo que no se puede sufrir es representarle con

uniforme de ministro y con placas, aunque sean estas placas soles. Sin

duda que uniforme y placas tan desmedidos tienen cierta sublimidad

matemática, y corresponden á la inmensidad de Dios por lo extenso; pero

hay bastante grosería materialista y risible en figurarse á Dios así,

como un ser excesivamente corpulento y vestido á la moda de nuestros

días.

Además, habiendo en francés la palabra _placa_, valerse de la palabra

_crachat_, más innoble y muy anfibológica, me pareció tan fuera de lo

que se usa, que no quise yo persuadirme de que Víctor Hugo hacía de Dios

un _Monsieur décoré_. Entendí, pues, que la intención de Víctor Hugo era

la de buscar, no la sublimidad matemática extensa, sino la sublimidad

dinámica, y traduje suavizando, y aun creo que no traduje mal, _El cielo

estrellado es un esputo de Dios_. La imagen tiene de esta suerte sabor á

poema indio, y hace más grande y poderoso á Dios escupiendo el mundo

que llevándole colgado en el uniforme como una venera.

Más natural que llevar colgado el universo, es en un Dios creador

lanzarle de su boca. Algo, aunque al revés, recuerdo yo haber leído en

el _Ramayana_. Siva, el dios destructor, se encoleriza contra los

sesenta mil hijos del rey Sagara y de su legitima esposa Sumatis,

hermana de Garuda, rey de los pájaros, porque estos príncipes han hecho

doscientas mil insolencias y travesuras, y, sin respeto ni consideración

á las tortugas y elefantes colosales que sostienen la pesadumbre del

mundo, han bajado al abismo. Entonces Siva da un resoplido con las

narices, y los sesenta mil héroes quedan reducidos á ceniza.

En edades primitivas, cuando, para el vulgo al menos, la idea de la

Divinidad tenía no poco de infantil, es esto extremadamente sublime;

pero en nuestra edad, el poeta que nos quiera representar á Dios

valiéndose de imágenes materiales, por gigantescas que sean, se expone,

á mi ver, á dar en lo ridículo al ir á buscar lo sublime.

En resolución, y como Ud. mismo declara, yo elogio mucho á Víctor Hugo.

La diferencia entre usted y el Sr. Rivas Groot por un lado, y yo por

otro, está en que yo le elogio á pesar de sus pecados, y Ud. y su

compatriota encarecen el elogio hasta declararle impecable.

Acaso consista esta diferencia en que Ud. se deja guiar en sus juicios

por una estética muy encumbrada, mientras que yo, aunque gusto de la

estética, y creo que para cierta crítica afirmativa es indispensable,

todavía estimo los antiguos preceptos de las Poéticas, fundadas sólo

acaso en el sentido común, en el buen gusto y en la observación y el

estudio, y creo que dichos preceptos, si no valen para descubrir

bellezas y sublimidades, son infalibles y seguros en lo tocante á

señalar los verdaderos defectos. Y es indudable que estos defectos deben

señalarse, sobre todo en los autores famosos, á quienes suelen imitar

los que empiezan, imitando con más frecuencia los extravíos, porque son

más fáciles de imitar.

Sólo me queda por decir que agradezco á usted mucho las muestras de

afecto y de estimación que me da en su carta, la cual, aunque no sea

sino por esto, no he querido dejar sin contestación.

EL PERFECCIONISMO ABSOLUTO

_12 de Marzo de 1888._

Á D. JESÚS CEBALLOS DOSAMANTES

I

Muy estimado señor mío: Con grande contento y satisfacción de amor

propio he recibido la carta de Ud. y el ejemplar, que la acompañaba, del

interesante libro que Ud. acaba de publicar en esa ciudad de México, y

cuyo título es _El perfeccionismo absoluto. Bases fundamentales de un

nuevo sistema filosófico._

Harto bien comprendo el enorme disgusto de usted, después de haber

condenado todas las creencias de sus mayores, renegado de ellas y

quedándose sin fe en nada, sin religión y sin filosofía. Pero si lo que

Ud. piensa ahora no es ilusión, nunca el refrán _no hay mal que por bien

no venga_ pudo ser traído más á cuento. Lícito es afirmar entonces que

la tristísima situación de ánimo en que Ud. se puso, sus dudas y

negaciones ultracartesianas, y el vago y vacilante punto de apoyo que

sólo sostenía, al borde de un abismo el inseguro ingenio de Ud., fueron

á modo de trampolín, que dió empuje á dicho ingenio para brincar y

encaramarse á una altura adonde en balde han aspirado á subir los

sabios, desde Pitágoras, ó desde mucho antes, hasta nuestros días.

El triunfo de que Ud. se jacta es tan estupendo, es tan soberbio el

_eureka_ de Ud., y es tan precioso el hallazgo, que no ha de extrañar

Ud. ni tomar á mal que yo dude de todo y no acepte nada sin examen.

Usted me honra y me lisonjea mucho consultándome; pero me consulta á

titulo de escéptico, y yo desempeñaría pérfidamente mi papel si no

mostrase mi escepticismo, en lo esencial al menos.

En lo restante, para no pecar de prolijo, voy á convenir con Ud., y aun

voy á ir más allá: voy á dar por demostrado é innegable, así lo que Ud.

supone descubierto ya por la ciencia experimental, como las hipótesis

plausibles que Ud. aventura.

De esta suerte, Ud. y yo coincidiremos en la idea que de todo el

universo formamos, y en la marcha que siguen cuantas cosas hay en él, y

principalmente el humano linaje, aproximándose cada vez más á la

perfección.

Yo sé poquísimo de ciencias naturales y exactas; pero el saber de los

otros suplirá mi saber, y yo me fiaré de lo que Ud. y otros aseguren, y

lo tomaré por cierto.

No es del caso entrar en pormenores. Voy á decir, en resumen, lo que

tenemos averiguado.

En el espacio infinito hay innumerable muchedumbre de soles. Poco nos

importa determinar aquí si estos soles giran en torno de otros soles

centrales, se están quietos, ó qué es lo que hacen. Nuestro sol, que es

medianejo, no ha de ser privilegiado ni el único que gaste el lujo de

tener planetas y cometas. Luego habrá de fijo planetas y cometas en

otros soles, y cada uno de ellos formará un sistema solar. Como el globo

en que vivimos, con ser bastante ruin, tiene plantas, animales y

hombres, no podemos negar, sin injusticia y sin soberbia, plantas,

animales y hombres á los otros planetas de nuestro sol, y á los planetas

de otros soles, y á los soles mismos. El modo de vivir, los usos y

costumbres y el ser orgánico de los vivientes serán muy diversos en cada

astro, porque el clima debe de serlo también; pero en cuanto á entender

y á discurrir, por todas partes habrá identidad. En todas partes, tres y

dos serán cinco; dos cosas iguales á una tercera, serán iguales entre

sí; nada podrá ser y no ser al mismo tiempo, etc.

En lo que nos diferenciaremos será en la cantidad y no en la calidad del

entendimiento. Podemos presumir que en tal planeta están más atrasados

que en éste, y en tal otro están más adelantados. Y podemos presumir

también que hay castas de animales racionales, en otros planetas,

superiores por naturaleza á los que aquí hay; ya que, aun aquí mismo, en

la tierra, hay castas de hombres más listos y capaces que otros, pues no

hemos de negar que los ingleses, por ejemplo, son, hasta por naturaleza,

y no sólo por educación, superiores á los zulúes.

Dadas ya esta variedad y abundancia de seres que vemos, columbramos ó

suponemos, y con asiento nosotros en este teatro, donde asistimos á un

espectáculo que no tiene fin, ni en el espacio, ni en el tiempo, ó, si

le tiene, va más allá ese fin de la más audaz imaginación y no sólo de

los ojos, tratemos de explicar el origen del espectáculo mismo, si

origen tuvo, y cuál podrá ser su término ó su desenlace, si alguna vez

le tiene. Si hacemos bien esto, construiremos, sin duda, una filosofía

verdadera, y por lo tanto perenne, lo cual no será sólo para mera

curiosidad, sino será asunto de inmenso interés para todos los hombres,

ya que nos hará ver claro cuál es nuestro destino futuro y las causas y

propósitos de cuanto existe.

Yo creo que, á pesar del telescopio y del espectroscopio, no estamos aún

muy al corriente de lo que pasa en el universo, y que, por arte

experimental ó de observación, sólo conocemos del universo un mezquino

rinconcillo, y éste mal y de modo somero. Me allano, no obstante, á

aceptar con Ud. lo que Ud., no por experiencia, sino por analogía

infiere, y doy por verdad el progreso como ley cósmica.

Dice Ud. que nada sale de la nada, y que la sustancia, la materia prima,

lo que es, llámese como se llame, existe _ab aeterno_. Sea así. Aunque

se me ocurre una grave dificultad, no quiero reparar en ella. Toda la

sustancia ha estado en el caos hasta que el universo empezó á formarse.

Salió del caos el calor, salió la luz y empezó el progreso. Si

supusiésemos ó imaginásemos que antes de este universo progresivo, y

antes del caos, hubo algún otro universo que volvió á dicho caos, todo

nuestro sistema se hundiría. Adiós, progreso seguro, infalible y sin

fin. Así como pudo destruirse otro universo anterior, podría éste

destruirse también, y entonces todas nuestras esperanzas de inmortalidad

saldrian hueras. Volveríamos al caos todos. Decidamos, pues, que no ha

habido ni podido haber otro universo sino el presente, y que antes de él

sólo hubo caos eterno, hasta que, hará un millón, un billón ó más de

años, se le antojó al caos organizarse, convertirse en universo y ser

progresista.

Aquí tropiezo con otra dificultad; pero voy á dar un rodeo para pasar

adelante y no quedarme atascado en medio del camino.

En el caos estaban, en potencia, en germen, el calor, la luz, la vida,

la inteligencia, la conciencia, etc.; pero desde el germen al

desarrollo, desde la potencia al acto, hay una distancia, hay un abismo

que no se rellena con el tiempo sólo. Por muchísimos siglos que pongamos

entre un ser que casi es no ser, entre el caos ó la materia prima y el

universo de ahora, no pondremos puente, y será menester dar un salto

audaz é inexplicable.

En el caos estaba el germen de todo, como en la bellota está el germen

de la encina; pero, así como la bellota se quedará bellota y no llegará

á ser encina nunca si no le dan jugos la tierra, el agua y el aire, y

luz y calor el sol, así también el caos se hubiera quedado caos sin algo

extraño que moviese sus gérmenes. Ponga Ud. el caos como quien pone un

huevo; pero, si alguien no le empolla, huevo se quedará y no saldrá de

él pajarillo. Repito, con todo, que yo soy de buen componer, y hago la

vista gorda, y paso porque el caos, por sí y ante sí, sin nada de fuera

que lo sacuda, tiene en un momento memorable el capricho de organizarse

y de dejar de ser caos.

Lo primero que el caos saca entonces de sí mismo es una cosa que Ud.

llama _agente cósmico_ ó _causa creadora_, como si dijéramos, un

_demiurgo_.

Raro é inexplicable ser es este _demiurgo_. Tiene poder é inteligencia,

y no es persona. Desde que aparece hasta hoy, su inteligencia y su poder

van creciendo, pero sin llegar nunca á la personalidad y á la

conciencia. La conciencia y la personalidad sólo aparecen en nosotros y

sólo están en nosotros: los hombres.

Mucho queda que andar al caos y al _demiurgo_ ó agente cósmico, que en

él reside, para llegar á producirnos, á nosotros, seres humanos. Dejo de

señalar aquí los pasos que dan caos y _demiurgo_; y si alguien quiere

saberlos, le remito á la _Historia de la creación de los seres

organizados_, donde Ernesto Haeckel lo explica todo con tanta

puntualidad y exactitud como si hubiera seguido la pista al _demiurgo_ y

hubiera presenciado sus hábiles é inteligentes, aunque inconscientes,

operaciones.

Baste saber en compendio que, allá en la edad primordial, nuestro padre

común fué el _protoplasma_, organismo sin órganos: un moco, con perdón

sea dicho. Este moco, que no era moco de pavo, va progresando, á través

de las edades, y llega á ser gusano, con forma de saco. A fuerza de

trabajar y luchar por la vida, consigue luego el gusano tener vértebras,

pero sin cráneo ni sesos aún. Luego se proporciona cráneo y sesos. Más

tarde adquiere mamas ó tetas. En seguida vienen los marsupiales,

transición entre el ovíparo y el vivíparo. Síguese el animal que ya pare

de veras, y de aquí el mono, y luego el mono catarrinio y con cola,

durante el período eoceno; el catarrinio pierde, en el mioceno, la cola;

y, por último, en el periodo plioceno, surge el hombre pitecoide,

_alalo_ ó sin palabra. De este hombre pitecoide nacen luego, siguiendo

el progreso, los _ulotrixos_, ó gente de pelo crespo, y los

_lisotrixos_, ó gente de pelo liso; y de éstos, todas las razas humanas,

de las cuales las más bien dotadas, hasta hoy, parecen ser las

_euplocamas_, ó de cabello suave y con bucles; y de estas gentes

_euplocamas_, las más nobles son las que vinieron á establecerse á

orillas del Mar Mediterráneo, á saber: semitas, vascos, indo-europeos y

caucásicos.

Yo acepto todo esto como si no hubiese la menor objeción que hacer.

Tenemos, pues, los datos para nuestra filosofía. Filosofemos.

El progreso es evidente y constante.

Desde la monera, desde el protoplasma, desde el moco, hemos llegado á un

organismo tan complicado como el de nuestro cuerpo, y en él, por vez

primera, ha aparecido la persona, la conciencia y la reflexión, por cuya

virtud nos entendemos á nosotros mismos y á todo lo que es ó puede ser

fuera de nosotros.

¿Acabará aquí el progreso, ó seguirá adelante? Seguirá adelante. La

historia de la humanidad lo demuestra. Ahí están todos los primores,

lindezas, galas y artefactos, leyes, vestimentas, casas y música, que

hemos inventado, desde que dejamos de ser _alalos_ y rompimos á hablar,

hasta hoy, que tenemos telégrafo, teléfono, fotografía, torpedos y

dinamita.

Lo extraño es, y vuelvo á uno de mis temas, que el _agente cósmico_, la

_causa creadora_, como usted la llama también, haga todo esto con

sabiduría estúpida, y sin saber lo que hace; pues si lo supiera, diría

con más razón que Virgilio: _Sic vos non vobis_. Da inteligencia, da

personalidad, da mil cosas más, y se queda sin nada. La antigua

sentencia que reza, _nemo dat quod in se non habet_, pierde aquí todo su

valor.

Pero si la conciencia y la personalidad no están en el _agente cósmico_

y están sólo en cada uno de nosotros, seres humanos, como quiera que

nosotros vivimos unos cuantos años y nos morimos luego, la ley del

progreso se realizará en todo, menos en la conciencia y en la

personalidad individuales.

Usted quiere que dicha ley se cumpla en todo, y para ello afirma que una

vez que tenemos persona y conciencia, y aun antes, en la sustancia donde

la conciencia y la persona están en preparación, hay inmortalidad. Según

Ud., de la materia más sutil y etérea se forman concreciones y

organismos sutilísimos, y éstas son las almas de todo; las cuales almas

van progresando, educándose y pasando de unos cuerpos en otros, desde

el helecho, por ejemplo, hasta el cuerpo de Darwin. Así este ser sutil

logra aprenderlo todo por experiencia y desenvuelve sus facultades.

Si estos cuerpos fluidos y etéreos son indestructibles, equivalen á lo

que antes llamábamos almas. Así se destruye el dualismo que se ponía

entre espíritu y materia. Y á la verdad, como ni de la materia ni del

espíritu conocemos la esencia, y sólo sabemos de ellos por los atributos

y efectos, yo no quiero, ni debo por lo pronto, suscitar disputa.

Si Ud. da al alma humana todos los caracteres y atributos que al

espíritu dábamos antes; si usted reconoce que es una, indivisible,

sutilísima é inmortal, nada importa el nombre. Llamémosla, pues, cuerpo

fluido, ya que este cuerpo ha de correr con más que eléctrica velocidad,

por donde venga á ser como ubicuo, y ha de sustraerse á la corrupción y

á la muerte, y ha de cruzar el éter y toda la amplitud de los cielos, y

ha de conocer y ha de amar cuanto en ellos se contiene de bueno,

verdadero y hermoso.

Muy bien me parece además que estas almas, para ir ascendiendo á la

perfección, necesiten de más de una vida, y hasta considero razonable la

sospecha que tiene Ud. de que el Flammarión de ahora sea Giordano Bruno

redivivo, y de que el benemérito repúblico Benito Juárez, á quien tanto

debe la democracia y autonomía mexicanas, no haya sido otro sino el rey

ó emperador Cuauhtemoc, de gloriosa memoria.

Lo que se me resiste bastante es eso de que nuestra alma sea neutra, y

ora se encarne en cuerpo de mujer, ora en cuerpo de hombre. Alguna

fuerza tiene el raciocinio que Ud. hace de que, si fuéramos hombres ó

mujeres siempre, no sabríamos por experiencia sino la mitad de lo que

hay que saber; pero, ¿qué quiere Ud.?....., á pesar de todo, me repugnan

esos cambalaches.

Noto ahora que mi carta va siendo demasiado larga; y como tengo

muchísimo que decir aún sobre su libro de Ud., lo dejo para otras, y

termino ésta asegurando á Ud. que ha de quedar menos disgustado de lo

que me queda por decir que de lo que he dicho hasta ahora. De todos

modos soy su atento y seguro servidor y deseo ser su amigo.

* * * * *

_19 de Marzo de 1888._

II

Muy estimado señor mío: Á pesar de todo mi escepticismo, es tanto lo que

me agrada y consuela eso que Ud. asegura de que tenemos un cuerpo fluido

inmortal, que me inclino muchísimo á darlo por probado.

No se contenta Ud. con aducir argumentos teóricos en favor de tal

aserto, sino que sostiene que la existencia de dichos cuerpos fluidos,

sutiles é indivisibles (que, si Ud. me permite, seguiremos llamando

almas, por ser más breve), se sabe por experiencia; esto es, que desde

muy antiguo estamos en comunicación con las almas, y que no es delirio,

sino realidad, la _psicogogia_ ó nigromancia: el arte de evocar á los

muertos y de traerlos á que hablen con los vivos. Las historias profanas

y sagradas están llenas de casos semejantes. Saúl evoca, por medio de la

Pitonisa de Endor, la sombra ó alma de Samuel; Pausanias de Bizancio, la

de su querida Cleonice; y Periandro, la de su esposa Melisa. Con el

andar del tiempo, parece que este arte ha adelantado mucho, y hoy se

llama _espiritismo_.

Yo no he de negar aquí el _espiritismo_; pero he de apuntar ciertas

dudas que me asaltan.

Esos espíritus ó cuerpos tenues, imperceptibles á nuestros sentidos, en

el estado normal de éstos, ¿por qué han de ser precisamente almas

humanas separadas de sus cuerpos? ¿No podrán ser otro linaje de seres?

Como Ud. desecha toda religión positiva, yo me guardaré bien de suponer,

ni por medio minuto, que puedan ser diablos ó ángeles; pero ¿por qué no

serán duendes, ondinas, sílfides, driadas, gnomos, ó algo así? Ya que

Ud. da por segura la existencia de esos cuerpos orgánicos, tenues y

etéreos, debe Ud. ser consecuente y no creer que los tales cuerpos sólo

se crían para envainarse en cuerpos sólidos humanos y animarlos. ¿Por

qué no los ha de haber que vaguen por el aire, ó penetren en las

entrañas de la tierra, ó vivan en el seno de los mares, y hasta en la

luz y en el fuego, y desdeñen encerrarse en ese forro ó guardapolvo de

nuestros cuerpos sólidos y visibles? Ello es que las historias están

llenas también de amores, amistades y tratos de estos seres con personas

de nuestra especie, que han tenido bastante perspicacia y agudeza en los

ojos ó en los oídos para verlos ó para hablar con ellos.

El padre Fuente la Peña ha escrito con buen tino sobre estas relaciones

de hombres y de mujeres con entes racionales no humanos, y por lo común

invisibles, que viven en nuestro planeta. Y más singular y luminosamente

ha tratado el asunto, en una obra eruditísima, el reverendo padre

Sinistrari del Ameno. Aseguro á Ud. que son divertidísimos los verídicos

amoríos que refiere este último padre de mujeres con duendes y de

hombres con sílfides y salamandras. ¿Quién sabe si el precioso cuento de

Carlos Nodier, del duende escocés enamorado de la joven casada, será un

sucedido?

Pero, en fin, para facilitar nuestra filosofía, demos por de ningún

valer las objeciones anteriores, y declaremos que los tales cuerpos

fluidos, inteligentes y con conciencia, sólo se crían para informar

nuestros cuerpos sólidos; y que dichos cuerpos fluidos, que son

inmortales, ó están cesantes y de bureo y huelga hasta colarse en un

cuerpo nuevo, ó están empaquetados, _incorporados_ y en activo servicio.

Da Ud. tales señas y tales pruebas sobre dichos cuerpos fluidos, que es

menester creer ó reventar, como vulgarmente se dice.

El gran sabio inglés Guillermo Crookes, de la Sociedad Real de Londres,

acude muy á tiempo en auxilio de Ud. con su _radiómetro_. La sustancia

contenida en el tubo de vidrio del aparato llega al más asombroso estado

de rarefacción, y despliega entonces sus propiedades y su energía. Esto

es lo que llaman _materia radiante_, pero inorgánica. Y Ud. raciocina

con excelente lógica al suponer que hay otra _materia radiante_

orgánica, y que de ella están confeccionadas nuestras almas. Esta

_materia radiante_ orgánica ha de ser más difícil de estudiar, á causa

de su extrema sutileza; pero, á lo que Ud. asegura, el citado sabio

Guillermo Crookes, que rarifica la materia, acertó á condensar un

espíritu que iba de tapadillo á oir sus lecciones, y logró hacerle

patente á los ojos de todos sus discípulos. Siete fotógrafos que estaban

allí, con sendas máquinas ó cámaras oscuras, sacaron retratos del

espíritu desde diversos puntos de vista.

Ya, pues, no cabe duda. Hay seres _monocorpóreos_, como Ud. los llama,

organismos sutiles inteligentes, cuerpos fluidos vivos, que se han visto

y que hasta se han fotografiado.

Con estos cuerpos se explica todo, y el progreso individual no es

quimera. Hasta se me pasa el susto, que yo había tenido á veces, de que

todo este trabajo que estamos dando los hombres, fuese inútil para

nosotros, porque pudiese sobrevenir otra raza que fuera con relación á

nosotros lo que nosotros somos con relación al gorila, y que nos mandase

á paseo ó tal vez nos destruyese. Ahora ya importa poco esto. Nuestros

cuerpos fluidos inmortales saldrán ganando siempre, y tendrán por

estuche ó envoltura, si nueva raza aparece, cuerpos sólidos más

gallardos y primorosos.

En el movimiento ascensional y en la transformación de las especies, lo

que hay en nosotros de individual (el cuerpo fluido) saldrá siempre

mejorado.

Me parece que Ud. sabrá, como yo, que no fué Darwin el primero á quien

se le ocurrió el transformismo. Ya desde muy antiguo le habían imaginado

otros sabios. Algo indica de ello el ilustre Juan Bautista Porta en su

_Magia natural_; y todavía es más explícito, aunque vivió mucho antes,

en tiempo de León X, el elegante y docto poeta Fracastoro, el cual

expresamente predice que aun han de aparecer en su día y sazón nuevos

seres.

_Certa dies animalia terris_

_Mostrabit nova: nascentur pecudesque feracque,_

_Sponte sua, primaque animas ab origine sument._

Y para salvar la dificultad y quitarnos el recelo de que si los seres

nuevos son de naturaleza superior y titánica, nos dejen vencidos,

acoquinados y humillados, Fracastoro tiene cuidado de advertir que las

almas de estos titanes serán las mismas que ya informaron ó que informan

hoy seres de orden inferior, pues no es otra la interpretación que

debemos dar al _primaque animas ab origine sument_.

Vengan en hora buena nuevas castas más briosas y adelantadas. Nuestros

cuerpos fluidos las animarán, y cada día irán haciéndose más listos y

aprendiendo más habilidades. Lo que hasta hoy no ha logrado hacer sino

tal cual sujeto muy aventajado, lo hará en las venideras edades

cualquiera niño de la doctrina.

Hasta hoy, y va de ejemplo, sólo sabios de primera magnitud, como

Pitágoras, Apolonio de Tyana, Hermotimo de Clazomene, Miss Wilkinson,

profetisa _yankee_, y ciertos anacoretas del Tibet, aciertan á

desprenderse de sus cuerpos sólidos cuando se les antoja, y van á

millares de leguas de distancia para saber lo que sucede allí, ó para

hacer una visita á un amigo, ó para acudir á algún negocio urgente y

volverse al cuerpo sólido. En lo futuro, hasta las personas menos

distinguidas y más ignorantes harán esto con la misma facilidad con que

se beben ahora un vaso de agua. Así es que, á primera vista, como todo

se hará con maravillosa rapidez, parecerá que habremos adquirido el don

de la ubicuidad.

Otra de las gracias que luciremos, una vez desprendidos ya del cuerpo

sólido, será la de la compenetrabilidad. Nos meteremos por el ojo de una

aguja, nos filtraremos al través de un muro, podremos celebrar un

_meeting_ de miles de personas en el hueco de una cáscara de avellana.

Nuestras conversaciones ó conferencias con los cuerpos fluidos cesantes,

ó dígase con lo que vulgarmente se ha llamado hasta hoy almas de los

muertos, sombras ó manes, serán más frecuentes, fáciles y luminosas. Nos

instruiremos más de este modo; no nos costará fatiga ninguna la

evocación, y no nos aterrará la vista del espectro del difunto, como

ahora suele aterrar á los más valerosos. Sea testigo de esta verdad el

ilustre Eliphax Levi, que no pudo resistir la presencia de Apolonio, á

quien había evocado, y perdió la voz, y sintió un frío horrible, y no

pudo hacer nada de provecho, según él mismo confiesa.

Es verdad, sin embargo, que lo terrorífico de la aparición tal vez

consista en que ésta se hace por medios reprobados, apelando á la magia

y valiéndose de conjuros, á los que las sombras ó manes no pueden

desobedecer, pero que las traen harto enojadas y aun furiosas. Cuando la

evocación es natural, cortés y lícita, las sombras ó cuerpos fluidos

acuden de buen talante y de apacible humor; y hay ya bastantes hombres

de mérito que han tenido así entrevistas y conferencias amenas é

instructivas.

Usted cita muchos libros en que los señores que han tenido

conversaciones con espíritus las han redactado y publicado. Confieso

modestamente mi ignorancia: no he leído ninguno de esos libros que Ud.

cita; pero deseo leerlos, porque deben de contener mucha y alta

doctrina. No habían de molestarse los muertos en venir á hablar con los

vivos para decir tonterías y vulgaridades. Y no las dirá de seguro ese

libro, titulado _Ley de amor_, recogido por el doctor Chaves Aparicio, y

publicado por el Círculo de estudios psicológicos de San Luis de Potosí,

ya que está lleno, según Ud., de pensamientos profundos y es prueba

palmaria de la inmortalidad de nuestro ser.

Siguiendo ahora por el camino de perfección que nuestro ser lleva, creo

que, después de estas comunicaciones con los cuerpos fluidos ó

espíritus, viene, como grado superior, el adquirir la memoria y la clara

percepción de cuanto nos sucedió en las vidas pasadas, desde que

empezamos á tener conciencia, tal vez desde que fuimos hombres

pitecoides.

Los sujetos de mediano valer sólo tienen hasta hoy vaguísimos y confusos

recuerdos de sus vidas pasadas, los cuales recuerdos dan á veces cierta

luz de sí en sueños, y nos acuden y ayudan también en el estudio, ya que

hay ciencias y artes que aprendemos á escape, como si antes las

hubiéramos sabido, y otras, acaso más fáciles en absoluto, que se nos

hacen más difíciles, por la novedad completa que para nosotros tienen.

Pero si tal es el grado de progreso al que, en este punto, se ha llegado

por lo general, ya, desde muy antiguo, empezando por el Sabio de Samos,

hubo y hay hombres que recuerdan todas sus vidas, y están dotados, por

lo tanto, de la sublime prudencia y del profundo saber que da la

experiencia de miles de años.

Cartas americanas. Primera serie · 第 1 / 16 段