(ÚLTIMO CUENTO MENSUAL)
Hace muchos años, cierta mañana del mes de diciembre, zarpaba del
puerto de Liverpool un gran buque que llevaba a bordo más de doscientas
personas, entre ellas setenta hombres de tripulación.
El capitán y casi todos los marineros eran ingleses. Entre los
pasajeros se encontraban varios italianos: tres caballeros, un
sacerdote y una compañía de músicos.
El buque iba a la isla de Malta. El tiempo estaba borrascoso.
Entre los viajeros de tercera clase a proa se contaba un muchacho
italiano, de doce años aproximadamente, pequeño para su edad, pero
robusto: un hermoso rostro de siciliano, audaz y severo. Estaba solo,
cerca del palo trinquete, sentado sobre un montón de cuerdas, al lado
de una maletilla usada que contenía su equipaje, y sobre la cual se
apoyaba.
Tenía el rostro moreno y el cabello negro y rizado, que casi le caía
sobre la espalda. Estaba vestido pobremente, con una manta destrozada
sobre los hombros y una vieja bolsa de cuero colgada.
Miraba a su alrededor pensativo, a los pasajeros, al barco, a los
marineros que pasaban corriendo y al inquieto mar.
Tenía el aspecto de un muchacho que acababa de experimentar una gran
desgracia de familia: cara de niño y expresión de hombre. Poco después
de la salida, uno de los marineros, un italiano, con el cabello gris,
apareció a proa conduciendo de la mano una muchacha y parándose delante
del pequeño siciliano, le dijo: “Aquí tienes una compañera de viaje,
Mario”. Después se marchó. La muchacha se sentó sobre el montón de
cuerdas, al lado del chico. Se miraron. “¿Adónde vas?”, le preguntó
el siciliano. La muchacha respondió: “A Malta, por Nápoles”. Después
añadió: “Voy a reunirme con mi padre y mi madre, que me esperan; me
llamo Julia Fagiani”. El muchacho permaneció callado. Después de
algunos minutos, sacó de la bolsa pan y frutas secas; la chica tenía
bizcochos; comieron. “¡Alegría!--gritó el marinero italiano pasando
rápidamente--. ¡Ahora empieza una danza!”.
El viento crecía y el barco cabeceaba con fuerza. Pero los dos
muchachos, que no se mareaban, no tenían miedo. La muchacha sonreía.
Representaba casi la misma edad que su compañero; pero era más alta,
morena, delgada, algo enfermiza y vestida más que modestamente. Tenía
el cabello cortado y recogido, un pañuelo encarnado alrededor de la
cabeza, y en las orejas zarcillos de plata.
Mientras comían, se contaban sus asuntos. El muchacho no tenía ni
padre ni madre. Su padre, trabajador, había muerto en Liverpool pocos
días antes, dejándolo solo, y el cónsul italiano lo había mandado a
su país, a Palermo, donde le quedaban parientes lejanos. La muchacha
había sido conducida a Londres el año antes con una tía viuda que la
quería mucho, y a la cual sus padres (que eran pobres), se la habían
dejado por algún tiempo, confiados en la promesa de la herencia; pero
pocos meses después la tía había muerto aplastada por un vehículo, sin
dejar un céntimo; y entonces también ella había recurrido al cónsul que
la había embarcado para Italia. Los dos habían sido recomendados al
marinero italiano. “Así--concluyó la niña--mi padre y mi madre creían
que volvería rica, y, al contrario, vuelvo pobre. Pero me quieren mucho
de todas maneras, y mis hermanos también. Cuatro tengo, todos pequeños;
yo soy la mayor de casa, y los visto. Tendrán mucha alegría al verme.
Entraré de puntillas... ¡Qué malo está el mar!”. Después le preguntó
al muchacho: “¿Y tú? ¿Vas a vivir con tus parientes?”. “¿Sí...? si
quieren”, respondió. “¿No te quieren bien?”. “No lo sé”. “Yo cumplo
trece años en Navidad”, dijo la muchacha. Luego empezaron a charlar del
mar y de la gente que había alrededor. Todo el día estuvieron reunidos,
cambiando de cuando en cuando alguna palabra. Los pasajeros creían que
eran hermano y hermana. La niña hacía media; el muchacho meditaba. El
mar seguía picado. Por la noche, en el momento de separarse, para ir
a dormir, la niña dijo a Mario: “Que duermas bien”. “¡Nadie dormirá
bien, pobres niños!”, exclamó el marinero italiano, al pasar corriendo
llamado por el capitán. El muchacho iba a responder a su amiga: “Buenas
noches”, cuando un golpe inesperado de mar lo lanzó con violencia
contra un banco. “¡Madre mía...! ¡Que se ha hecho sangre ...!”, gritó
la chica, echándose sobre él.
Los pasajeros que escapaban para abajo, no hicieron caso. La niña
se arrodilló junto a Mario, que estaba aturdido de la contusión; le
lavó la frente, que sangraba, y quitándose el pañuelo rojo, se lo ató
alrededor de la cabeza, y al estrechar la frente contra su pecho para
anudar las puntas del pañuelo atrás, le quedó una mancha de sangre en
el vestido amarillo, sobre el cinturón. Mario se repuso y se levantó.
“¿Te sientes mejor?”, preguntó la muchacha. “Ya no tengo nada”,
contestó. “Duerme bien”, dijo Julia. “Buenas noches”, respondió Mario.
Y bajaron, por dos escaleras próximas, a sus respectivos dormitorios.
El marinero había acertado en su augurio. No se habían dormido aún
cuando se desencadenó horrorosa tormenta.
Fué como un asalto inesperado de tremendas olas, que en pocos momentos
despedazaron un palo y se llevaron tres de las barcas sujetas a la grúa
y cuatro bueyes que estaban a proa, como si hubieran sido hojas secas.
En el interior del buque reinaba confusión y espanto indescriptibles:
un ruido, una batahola de gritos, de llantos y de plegarias, que hacían
erizar el cabello. La tempestad fué aumentando su furia toda la noche.
Al amanecer creció más. Las olas formidables, azotando el barco de
través, rompían sobre cubierta y destrozaban, barrían, revolvían en el
mar todas las cosas.
La plataforma que cubría la máquina se rompió, y el agua se precipitó
dentro con estrépito terrible; los fuegos se apagaron, los maquinistas
huyeron, grandes arroyos impetuosos penetraron por todas partes. Una
voz fuerte gritó: “¡A la bomba!”. Era la voz del capitán. Los marineros
se lanzaron a la bomba. Pero un rápido golpe de mar, rompiéndose contra
el buque por detrás, destrozó parapetos y escotillas y echó dentro un
torrente de agua.
Todos los pasajeros, más muertos que vivos, se habían refugiado
en el salón. De allí a poco apareció el capitán. “¡Capitán!,
¡Capitán!--gritaban todos a la vez--. ¿Qué se hace? ¿Cómo estamos? ¿Hay
esperanza? ¡Salvavidas!”. El capitán esperó a que todos callasen, y
dijo: “Resignémonos”. Una sola mujer lanzó un grito: “¡Piedad!”.
Ninguno pudo hablar. El terror los había petrificado a todos. Mucho
tiempo pasó en silencio sepulcral. Todos se miraban con el rostro
blanco. El mar, horroroso, se enfurecía cada vez más. El buque
cabeceaba pesadamente.
En un momento dado, el capitán intentó echar al mar una lancha de
salvación: cinco marineros entraron en ella; pero las olas la volcaron,
y dos de ellos se sumergieron, uno de los cuales era el italiano;
los otros, con mucho trabajo, consiguieron agarrarse a las cuerdas y
volver a salir. Después de esto, los mismos marineros perdieron toda
esperanza. Dos horas después, el buque estaba ya sumergido en el agua
hasta la altura de la borda.
Un espectáculo terrible se veía entretanto sobre cubierta. Las madres
estrechaban desesperadamente entre sus brazos a sus hijos; los amigos
se abrazaban y despedían; algunos bajaban a los camarotes para morir
sin ver el mar. Un pasajero se disparó un tiro en la cabeza y cayó
boca abajo sobre la escalera del dormitorio, donde expiró. Muchos se
agarraban frenéticamente unos a otros; algunas mujeres se retorcían
en convulsiones horribles. Otras estaban arrodilladas junto a un
sacerdote. Se oía un coro de sollozos, de lamentos infantiles, de voces
agudas y extrañas, y se veían por algunos lados personas inmóviles como
estatuas, estúpidas, con los ojos dilatados y sin vista, con rostro de
muertos y de locos. Los dos muchachos, Mario y Julia, agarrados a un
palo del buque, miraban al mar con los ojos fijos, como insensatos.
El mar se había aquietado un poco; pero el barco continuaba hundiéndose
lentamente. No quedaban más que pocos minutos. “¡La chalupa al agua!”,
gritó el capitán. Una chalupa, la última que quedaba, fué botada
al mar, y catorce marineros y tres pasajeros bajaron. El capitán
permaneció a bordo. “¡Baje con nosotros!”, gritaron de la barca.
“Yo debo morir en mi puesto”, respondió el capitán. “Encontraremos
un barco--le gritaron los marineros--; nos salvaremos. Baje. Está
perdido”. “Yo me quedo”. “¡Todavía hay un sitio!--gritaron entonces
los marineros volviéndose a los otros pasajeros--. ¡Una mujer!”. Una
mujer avanzó sostenida por el capitán; pero cuando vió la distancia
a que se encontraba la chalupa, no tuvo valor de dar el salto y cayó
sobre cubierta. Las otras mujeres estaban casi todas desmayadas y como
muertas. “¡Un muchacho!”, gritaron los marineros.
A aquel grito, el muchacho siciliano y su compañera, que habían
permanecido hasta entonces petrificados por sobrehumano asombro,
despertados de pronto por el instinto de la vida, se soltaron al mismo
tiempo del palo y se lanzaron al borde del buque, exclamando a una:
“¡Yo!”, procurando el uno echar atrás al otro recíprocamente, como dos
fieras furiosas: “¡El más pequeño!--gritaron los marineros--. ¡La barca
está muy cargada! ¡El más pequeño!”.
Al oír aquella palabra, la muchacha, como herida del rayo, dejó caer
los brazos y permaneció inmóvil, mirando a Mario con los ojos apagados.
Mario la miró un momento, la vió la mancha de sangre sobre el pecho,
se acordó: el relámpago de una idea divina cruzó por sus ojos. “¡El
más pequeño!, gritaron los marineros con imperiosa impaciencia--.
¡Nos vamos!”. Y entonces Mario, con una voz que no parecía la suya,
gritó: “¡Ella es más ligera! ¡Tú, Julia! ¡Tú tienes padre y madre! ¡Yo
soy solo! ¡Te doy mi sitio! ¡Anda!”. “¡Échala al mar!,” gritaron los
marineros.
Mario agarró a Julia por la cintura y la echó al mar.
La muchacha dió un grito y cayó: un marinero la cogió por un brazo y la
subió a la barca.
El muchacho permaneció derecho sobre la borda del buque con la frente
alta, con el cabello flotando al aire, inmóvil, tranquilo, sublime.
La barca se movió, y apenas tuvo tiempo para escapar del movimiento
vertiginoso del agua, producido por el buque que se hundía y que
amenazaba volcarla.
Entonces la muchacha, que había estado hasta aquel momento sin sentido,
alzó los ojos hacia el muchacho y empezó a llorar: “¡Adiós, querido
Mario!--le gritó entre sollozos con los brazos tendidos hacia él--.
¡Adiós, adiós!”. “¡Adiós!”, respondió el muchacho levantando al cielo
la mano.
La barca se alejaba velozmente sobre el mar agitado, bajo el cielo
obscuro. Nadie gritaba ya sobre el buque. El agua lamía el borde de la
cubierta. De pronto el muchacho cayó de rodillas con las manos juntas y
con los ojos vueltos al cielo. La muchacha se tapó la cara.
Cuando alzó la cabeza, echó una mirada sobre el mar.
El buque había desaparecido.
[Ilustración]
[Illustration: JULIO]