_Martes 27._--Mientras nosotros estábamos en el teatro de Víctor
Manuel, mi pobre maestra agonizaba. Murió a las dos. El director
estuvo ayer mañana a darnos la noticia en la escuela. Y añadió: “Los
que de vosotros hayan sido alumnos suyos, saben qué buena era y cuánto
quería a los niños; fué una madre para ellos. ¡Ahora ya no existe!
Una terrible enfermedad venía consumiéndola hacía mucho tiempo. Si no
hubiese tenido que trabajar para ganarse el pan, se hubiera curado, o,
a lo menos, su vida acaso se habría podido prolongar algunos meses con
el descanso de una licencia. Pero quiso estar entre sus niños hasta
el último día. El sábado 17 por la tarde, se despidió de ellos con la
seguridad de no volver a verlos, les aconsejó, besó a todos y se fué
sollozando. ¡Ya ninguno volverá a verla! Niños, acordaos de ella”.
El pequeño Precusa, que había sido alumno suyo de enseñanza primaria
superior, inclinó la cabeza sobre el banco y se echó a llorar. Ayer
tarde, después de clase, fuimos todos juntos a la casa mortuoria para
acompañar el cadáver a la iglesia. Había en la calle un carro fúnebre
con dos caballos, y mucha gente alrededor que hablaba en voz baja. El
director, los maestros y las maestras de nuestra escuela, y también de
otras secciones donde ella había enseñado años atrás, estaban todos
allí, los niños de su clase; llevados de la mano por sus madres, iban
con velas; y muchísimos de otras, y unas cincuenta muchachas de la
sección Bareti, bien con coronas, bien con ramitos de rosas en la
mano. Sobre el ataúd habían colocado ya muchos ramos de flores, y
pendiente del carro una corona grande de siemprevivas, con la siguiente
inscripción en caracteres negros: _A su maestra, las antiguas alumnas
de la cuarta_. Bajo esta corona grande iba colocada otra pequeña,
llevada por sus niños. Se veían entre la multitud muchas criadas de
servicio enviadas por sus amos, con velas, y dos lacayos de librea con
antorchas encendidas; un señor, rico, padre de un alumno de la maestra,
había hecho ir su carruaje, forrado de seda azul. Todos se apiñaban
ante la puerta. Varias niñas enjugaban sus ojos llenos de lágrimas.
Estuvimos esperando largo rato en silencio. Finalmente, bajaron la
caja. Cuando algunos niños vieron la mortaja, se echaron a llorar,
y comenzó a gritar uno, como si sólo en aquel momento se hubiera
penetrado de que su maestra había muerto dando unos sollozos tan
convulsivos, que tuvieron que retirarle. La procesión se puso en orden
lentamente y comenzó a moverse: Iban primero las hijas del Refugio de
la Concepción, vestidas de verde; luego, las hijas de María, de blanco
con lazos azules; luego, los sacerdotes; detrás del carro, los maestros
y las maestras, los alumnos de la primera superior y los demás, y, por
fin, la muchedumbre en tropel. La gente se asomaba a las ventanas y
las puertas, y al ver a todos los muchachos y la corona, decían: “Es
una maestra”. Aun entre las mismas señoras que acompañaban a los más
pequeños, había algunas que lloraban. Así que llegamos a la iglesia,
bajaron la caja del carro y la pusieron en el centro de la nave,
delante del altar mayor; las maestras depositaron en ella sus coronas,
los niños la cubrieron de flores, y la gente toda que se había colocado
alrededor, con las hachas encendidas, en medio de la obscuridad del
templo, comenzó a cantar las oraciones. En seguida el sacerdote dijo el
último _amén_, apagaron todas las hachas y salieron apresuradamente,
quedándose sola la maestra. ¡Pobre maestra, tan buena como ha sido
conmigo, tan paciente, con tantos años como ha trabajado! Ha dejado sus
pocos libros a los alumnos, a uno un tintero, a otro un cuadrito, todo
lo que poseía. Dos días antes de morir, dijo al director que no dejase
ir a los más pequeños acompañándola, porque no quería que llorasen.
Ha hecho siempre el bien, ha sufrido, ha muerto. ¡Infeliz maestra, ha
quedado sola en la obscura iglesia! ¡Adiós! ¡Adiós para siempre, mi
buena amiga, dulce y triste recuerdo de mi infancia...!