EL INCENDIO[1]

_Jueves 11._--Esta mañana había yo concluido de copiar mi parte del

cuento _De los Apeninos a los Andes_, y estaba buscando un tema para

la composición libre que nos manda hacer el maestro, cuando oí un

griterío desacostumbrado por la escalera. Poco después entraban en casa

los bomberos, los cuales pidieron permiso a mi padre para examinar

las chimeneas y las estufas, porque se veía humo por los tejados y no

se sabía dónde era. Mi padre les autorizó, y aunque no teníamos fuego

encendido en ninguna parte, comenzaron a andar por las habitaciones y a

aplicar el oído a las paredes para oír si hacía ruido el fuego dentro

de los cañones que comunicaban con las chimeneas de la casa.

Mi padre me dijo mientras andaba por las habitaciones: Enrique, he

aquí un buen tema para tu composición; ponte a escribir lo que voy

a contarte: “Los vi trabajando hace dos años, una noche que salía

del teatro Balbo, a hora avanzada. Al entrar en la calle de Roma, vi

un resplandor raro y una turba de gente que corría: era que había

fuego en una casa. Lenguas de llamas y nubes de humo salían de las

ventanas y del tejado; hombres y mujeres aparecían y desaparecían de la

fachada exhalando gritos desesperados. Había un gran tumulto delante

del portal; la multitud gritaba: ‘¡Que se queman vivos! ¡Socorro!

¡Bomberos!’. Llegó en aquel momento un carruaje, del que bajaron

cuatro bomberos, los primeros que se encontraron en el Ayuntamiento

y los cuales se lanzaron dentro de la casa. Habían apenas entrado,

cuando se vió una cosa horrible: una señora se asomó desesperada a

una ventana del tercer piso; se agarró del antepecho, se montó en

él y permaneció así agarrada, casi suspendida en el vacío, con la

espalda fuera, encorvada bajo el humo y las llamas que, huyendo de la

habitación, casi le llegaban a la cabeza. La multitud exhaló un grito

de horror; los bomberos, detenidos por equivocación en el segundo piso,

donde había también inquilinos aterrorizados, tenían ya destrozada una

pared y se precipitaban de habitación en habitación, cuando con gritos

les advertían: ‘¡Al tercer piso, al tercer piso!’. Volaron al piso

tercero. Aquello era una ruina infernal: vigas del techo que crujían,

corredores llenos de llamas, humo que asfixiaba. Para llegar a los

cuartos donde estaban encerrados los inquilinos, no había otro camino

que el tejado. Se lanzaron en seguida arriba, y minutos después se

vió como un fantasma negro saltar sobre las tejas entre el humo: era

el jefe que había llegado primero. Pero para ir a la parte del tejado

que correspondía al cuartito cerrado por el fuego, era menester pasar

por un espacio estrechísimo, comprendido entre un alero y la fachada;

todo lo demás estaba ardiendo, y aquel pequeño trecho estaba cubierto

de nieve y de hielo, y no había adónde agarrarse. ‘¡Es imposible que

pase!, gritaba la gente desde abajo. El jefe avanzó sobre el alero del

tejado. Todos temblaban y miraban fijos, con la respiración suspendida.

‘¡Pasó!’. Una inmensa aclamación atronó el espacio. El jefe volvió

a emprender su marcha y llegó al punto amenazado; empezó a romper

furiosamente con el azadón tejas, vigas y ladrillos para abrir un

agujero y bajar por dentro. Entretanto la señora continuaba suspendida

fuera de la ventana y las llamas le llegaban a la cabeza; un minuto

más, y se hubiera arrojado a la calle. El agujero se abrió; se vió al

jefe de bomberos quitarse la ropa y meterse dentro; los otros bomberos,

reunidos ya, le siguieron. En aquel instante, una altísima escalera,

llegada entonces, se apoyó en la cornisa de la casa, delante de las

ventanas, de donde salían las llamas y alaridos de locos. Pero se creía

que ya era tarde. ‘¡Ninguno se salva!--gritaban--. ¡Los bomberos se

queman! ¡Todo ha concluido! ¡Se han muerto!’. De pronto se vió aparecer

en la ventana de la esquina la negra figura del jefe, iluminada por las

llamas de arriba abajo; la señora se le echó al cuello; él la agarró

precipitadamente con sus dos brazos, la levantó y la colocó dentro de

la habitación. De la multitud se escaparon mil y mil gritos que cubrían

el ruido del incendio: ‘Pero ¿y los demás? ¿Cómo bajarían?’. La

escalera, apoyada en el tejado por delante de otra ventana, distaba de

aquélla todavía un buen espacio. ‘¿Cómo podrían salvarlo?’. Mientras se

decía esto la gente, uno de los bomberos se echó fuera de la ventana;

puso el pie derecho en el antepecho y el izquierdo en la escalera, y

así, de pie, en el aire, se le abrazaban uno a uno los inquilinos, que

los demás le alargaban desde dentro; se los entregaba a un compañero

que había subido desde la calle y que, agarrándolos bien por donde

podía, les hacía bajar uno tras otro, ayudado por los demás bomberos

de abajo. Bajó primero la señora de la esquina, luego una niña, otra

señora y un viejo. Todos se salvaron. Después del viejo los bomberos

que quedaban dentro; el último en bajar fué el jefe, que había sido

el primero que acudió. La multitud les acogió a todos con una salva

de aplausos; pero cuando apareció el último, el avanzada de los

salvadores, el que había arrastrado a los demás a afrontar el peligro,

el que hubiera muerto seguramente si alguno hubiese tenido que morir,

el gentío lo saludó como a un triunfador, gritando y extendiendo los

brazos como en demostración cariñosa y de admiración y gratitud, y en

pocos momentos su nombre obscuro, José Robino, se repetía en todos los

labios”. “¿Has comprendido? Eso es valor, el valor del corazón, que

no razona, que no vacila, que va derecho, con los ojos cerrados y la

velocidad del rayo, adonde oye el grito de los que van a morir. Yo te

llevaré un día a las maniobras de los bomberos y te enseñaré a Robino;

porque te dará mucho gusto conocerlo, ¿no es verdad?”. Respondí que

sí. “Helo aquí”, dijo mi padre. Yo me volví de pronto. Dos bomberos,

terminado el examen, atravesaban la habitación para salir.

Mi padre me enseñó el más pequeño, el que llevaba galones y me dijo:

“Estrecha la mano del cabo Robino”. El cabo se paró y me dió la mano

sonriendo, yo se la estreché, me saludó, y salió. “Recuerda esto

bien--dijo mi padre--, porque de mil manos que estreches en tu vida,

quizás no haya diez que valgan más que la suya”.

Corazón · 第 180 / 198 题