_Miércoles 29._--“Tienes que hacer la descripción del monumento del
conde de Cavour. Puedes hacerla. Pero quién era el conde de Cavour,
no lo puedes comprender por ahora. Sabe solamente lo siguiente: fué
durante muchos años primer ministro del Piamonte; fué quien mandó el
ejército piamontés a Crimea para levantar con la victoria de Cernaia
nuestra gloria militar, caída en la derrota de Novara; fué quien
hizo bajar de los Alpes ciento cincuenta mil franceses para arrojar
a los austriacos de Lombardía; quien gobernó a Italia en el período
más solemne de nuestra revolución; quien dió en aquellos años el más
poderoso impulso a la santa empresa de la unidad de la patria con
su claro ingenio, con su constancia invencible, con su laboriosidad
fuera de los humanos límites. Muchos generales pasaron horas terribles
sobre el campo de batalla; pero él las pasó más terribles aún en su
gabinete, cuando su enorme empresa podía venirse a tierra de un momento
a otro, como frágil edificio sacudido por un terremoto; pasó horas de
lucha, noches de angustia, con la razón perturbada y la muerte en el
corazón. Este trabajo gigantesco y tempestuoso le acortó veinte años
la vida. Y, sin embargo, devorado por la fiebre que le debía llevar
al sepulcro, luchaba todavía desesperadamente con la enfermedad para
poder hacer algo por su patria. ‘Es extraño--decía con dolor, desde
su lecho de muerte--; ya no sé leer, no puedo leer’. Mientras le
sacaban sangre y la fiebre aumentaba, pensaba en Italia y decía
imperiosamente: ‘Curadme; mi mente se obscurece, necesito todas mis
facultades para poder ocuparme en graves asuntos’. Cuando estaba en
sus últimos momentos, y toda la ciudad se agitaba, y el rey no se
separaba de su cabecera, decía con angustia: ‘Tengo muchas cosas que
deciros, señor: muchas cosas que haceros ver; pero estoy enfermo, no
puedo, no puedo’; y se desconsolaba. Siempre su pensamiento febril
volaba tras del Estado, a las nuevas provincias italianas que se habían
unido a nosotros, a tantas otras cosas que quedaban por hacer. Cuando
el delirio se apoderaba de él: ‘Educad a la infancia--exclamaba entre
las angustias de la muerte--; educad a la infancia y a la juventud...
gobernad con la libertad’. El delirio crecía; la muerte se venía
encima, y él invocaba con ardientes palabras al general Garibaldi, con
el cual había tenido disentimientos, y a Venecia y Roma, que todavía no
eran libres; tenía vastas visiones del porvenir de Italia y de Europa;
soñaba con una invasión extranjera; preguntaba dónde estaban los
cuerpos de ejército y los generales; temblaba por nosotros todavía, por
su pueblo. Su mayor dolor, ¿comprendes? no era que le faltase la vida,
sino ver que se le escapaba la patria que aún tenía necesidad de él,
y por la cual había consumido en pocos años las fuerzas desmedidas de
su prodigioso organismo. Murió con el grito de batalla en la garganta,
y su muerte fué grande como su vida. Ahora, piensa un poco, Enrique,
qué es nuestro trabajo, que, sin embargo, nos parece tan pesado; qué
son nuestros dolores, nuestra misma muerte, frente a los trabajos, a
los afanes formidables, a las tremendas agonías de aquellos hombres
sobre cuyo corazón pesa un mundo. Piensa en esto, hijo, cuando pases
por delante de aquella imagen de mármol, y dile desde el fondo de tu
corazón: ‘¡Yo te glorifico!’.--_Tu padre_”.
[Ilustración]
[Illustration: ABRIL]
_Sábado 1.º_
Primero de abril. ¡Tres meses, tres meses todavía! Ha sido la mañana
de hoy una de las más hermosas del año. Estaba contento en la escuela,
porque Coreta me había dicho que iríamos pasado mañana con su padre
a ver llegar al rey, que dice _que le conoce_; y también mi madre me
había prometido llevarme el mismo día a visitar el asilo infantil de la
Carrera Valdoceo. También lo estaba porque el albañilito está mejor, y
porque ayer tarde, al pasar, el maestro dijo a mi padre; “Va bien, va
bien”. ¡Y luego hacía una mañana tan hermosa de primavera! Desde las
ventanas de la escuela se veía el cielo azul, los árboles del jardín
todos cubiertos de brotes, y las ventanas de las casas abiertas de
par en par, con los cajones y tiestos ya reverdecidos. El maestro no
se reía, porque jamás se ríe; pero estaba de buen humor, tanto, que
no se le veía la arruga recta que casi siempre tiene en medio de la
frente, y explicaba un problema, en la pizarra, bromeando. Bien se
notaba que sentía placer al respirar el aire del jardín que penetraba
por las ventanas, lleno de fresco perfume de tierra y hojas, que hacía
pensar en los paseos del campo. Mientras él explicaba, se oía en la
calle inmediata a un maestro herrero que golpeaba sobre el yunque, y
en la casa de enfrente una mujer que cantaba para dormir a un niño;
lejos, en el cuartel de la Cernaia, sonaban las trompetas. Todos
parecían contentos, hasta el mismo Estardo. En un momento, el herrero
se puso a martillar más fuertemente, y la mujer a cantar más alto. El
maestro cesó de explicar, y puso el oído atento. Luego, mirando por la
ventana, dijo lentamente: “El suelo que sonríe, una madre que canta,
un hombre honrado que trabaja, muchachos que estudian... ¡Oh qué cosas
tan hermosas!”. Cuando salimos de la clase, vimos que todos los demás
estaban también alegres; marchaban todos en fila marcando fuertemente
el paso y cantando, como en víspera de vacaciones; las maestras
jugueteaban; la de la pluma roja saltaba siguiendo a sus niños como una
colegiala; los padres de los muchachos hablaban entre sí, riéndose, y
la madre de Crosi, la verdulera, tenía en la cesta muchos ramitos de
violetas, que llenaban de aroma el salón de espera. Yo nunca he sentido
tanto contento al ver a mi madre que me aguardaba en la calle, y se lo
dije según corría a su encuentro: “Estoy alegre: ¿qué ocurre para que
esté tan contento hoy?”. Y mi madre me respondió, sonriendo, que era la
bella estación y la conciencia tranquila.