_Martes 14._--A eso de las dos, el grandísimo teatro estaba lleno:
el patio, las galerías, los palcos, la escena, todo rebosando; se
veían miles de caras de muchachos, señoras, maestros, trabajadores,
mujeres del pueblo, niños. Era un movimiento de cabezas y de manos, un
vaivén de plumas, lazos y rizos; un murmullo nutrido y jovial que daba
verdadera alegría al alma. El teatro estaba adornado con pabellones
de tela roja, blanca y verde. En el patio habían hecho dos escaleras:
una a la derecha, por la cual los premiados debían subir al escenario;
otra a la izquierda por donde debían bajar después de haber recibido
el premio. Delante, en el escenario, había una fila de sillones rojos,
y del respaldo del que ocupaba el centro pendía una linda corona de
laurel; en el fondo, un trofeo de banderas; a un lado una mesa con
tapete verde, sobre la cual estaban todos los diplomas, atados con
lazos tricolores. La orquesta estaba en su sitio; los maestros y las
maestras llenaban la mitad de la primera galería, que les había sido
reservada; las butacas estaban atestadas de cientos de muchachos que
habían de cantar, con los papeles de música en la mano. Por todas
partes veíase ir y venir maestros y maestras, que arreglaban las filas
de los premiados, y a las madres, que daban el último toque a los
cabellos y a las corbatas de sus hijos.
Apenas entré con mi familia en el palco, vi en el de enfrente a la
maestrita de la pluma roja, que reía, con sus graciosos hoyuelos en
las mejillas, y con ella a la maestra de mi hermana y a la _monjita_,
vestida de negro, y a mi buena maestra de la sección superior; pero
tan pálida, ¡pobrecilla!, y tosiendo tan fuerte que se oía por todas
partes. Mirando al patio me encontré en seguida con la simpática carota
de Garrón y la cabecita rubia de Nelle pegada al hombro de Garrón. Algo
más allá vi a Garofi, con su nariz de gavilán, que se agitaba mucho por
recoger listas impresas de los que iban a ser premiados y de las cuales
había reunido un gran fajo para hacer, sin duda, algún tráfico de los
suyos... que mañana sabremos. Cerca de la puerta estaba el vendedor
de leña con su mujer, ambos vestidos de día de fiesta, y su hijo, que
tiene tercer premio en la sección segunda; me quedé maravillado al ver
que no llevaba la gorra de piel de gato y el chaleco de punto de color
de chocolate: estaba vestido como un señorito. En la galería alcancé
a ver por un momento a Votino, con un gran cuello bordado; luego
desapareció. También estaba en un palco del proscenio, lleno de gente,
el capitán de artillería, el padre de Roberto, el niño de las muletas,
el pobre cojo.
Al dar las dos la banda tocó, y en el mismo momento subieron por la
escalerilla de la derecha el alcalde, el gobernador, el asesor y muchos
otros señores, vestidos todos de negro, que se fueron a sentar en los
sillones rojos colocados delante del escenario. La banda cesó de tocar.
Se adelantó el director de las escuelas de canto, batuta en mano. A una
señal suya todos los muchachos del patio se pusieron en pie; a otra,
comenzaron a cantar. Eran setecientos los que cantaban una bellísima
canción, setecientas voces de muchachos, ¡qué hermoso coro! Todos
escucharon inmóviles; era un canto dulce, límpido, lento, que parecía
canto de iglesia; cuando callaron todos aplaudieron; después reinó
completo silencio. La distribución iba a comenzar. Mi maestrillo de
la sección segunda se había adelantado ya, con su cabeza rubia y sus
avispados ojos, para leer los nombres de los premiados. Se esperaba
que entrasen los doce muchachos para presentar los diplomas. Los
periódicos habían publicado ya que serían chicos pertenecientes a todas
las provincias italianas. Todos lo sabían y los esperaban, mirando con
curiosidad al sitio por donde debían entrar el alcalde y los demás
señores; en todo el teatro imperaba profundo silencio...
De repente aparecen a la carrera, deteniéndose en el proscenio, en
correcta formación y sonrientes. Todo el teatro, tres mil personas,
se levantan y prorrumpen a la vez en un aplauso, que más bien parecía
el estallido de un trueno. Los muchachos parecen desconcertados en
el primer momento. “¡Ahí tenéis a Italia”, dijo una voz desde el
escenario. Inmediatamente reconocí a Coraci, el calabrés, vestido como
siempre, de negro. Un señor del municipio, que estaba con nosotros y
conocía a todos, se los iba indicando a mi madre: “Aquel pequeño rubio
es el representante de Venecia. El romano es aquel otro alto y con el
pelo rizado”. Había dos o tres vestidos de señoritos; los demás eran
hijos de artesanos, pero bien ataviados y limpios. El florentino, que
era el más pequeño llevaba una faja azul en la cintura. Pasaron todos
delante del alcalde, quien fué besando en la frente uno a uno, mientras
otro señor que estaba al lado le iba diciendo, por lo bajo y sonriendo,
los nombres de las ciudades: “Florencia, Nápoles, Bolonia, Palermo...”,
y a cada uno que desfilaba, el teatro entero aplaudía. Luego se
colocaron al lado de la mesa verde para ir cogiendo los diplomas; el
maestro comenzó a leer la lista, diciendo las secciones las clases y
los nombres, comenzando a subir por su orden los premiados.
Apenas habían subido los primeros, cuando comenzó a oírse detrás del
escenario una música muy suave de violines, que duró todo el tiempo que
tardaron en desfilar los agraciados; tocaba un aire gracioso y siempre
igual, que semejaba un murmullo de muchas voces apagadas: las voces
de todas las madres y de todos los maestros y maestras, como si todos
juntos diesen a una consejos, suplicasen y regañasen amorosamente.
Mientras tanto los premiados pasaban uno tras otro delante de los
señores sentados, que les presentaban los diplomas y les decían alguna
palabra afectuosa, o les hacían alguna caricia. Cada vez que algún
pequeñuelo pasaba, los muchachos de las butacas y de las galerías
aplaudían; lo mismo cuando se presentaba alguno de aspecto pobre o que
tuviera los cabellos rizados o fuera vestido de encarnado o de blanco.
Entre ellos había algunos de la sección primera superior que, una vez
en el escenario, se confundían y no sabían dónde volverse, provocando
la risa en todo el teatro; uno de ellos que apenas medía tres palmos,
con un gran nudo de cinta encarnada en la espalda, le costaba trabajo
andar, se enredó en la alfombra y cayó; el gobernador lo levantó y
fué motivo para risas y aplausos generales. Otro se resbaló en la
escalerilla, yendo a parar de nuevo al patio; se oyeron algunos gritos,
pero no se hizo daño. Toda clase de fisonomías fueron desfilando: caras
de traviesos, caras de asustados, caras coloradas como las cerezas
y caras siempre risueñas; apenas bajaban a las butacas, los padres
y las madres les agarraban y se los llevaban consigo. Cuando tocó
la vez a nuestra sección, ¡entonces sí que me divertí! A casi todos
conocía. Pasó Coreta, que estrenaba todo el traje, con el semblante
risueño y alegre, enseñando sus blancos dientes, y, sin embargo, ¡quién
sabe cuántos quintales de leña había ya repartido por la mañana! El
alcalde, al darle el diploma, le preguntó qué era una señal encarnada
que tenía en la frente, manteniendo entretanto la mano apoyada en el
hombro; yo busqué en el patio a su padre y a su madre, y los vi que
reían, tapándose la boca con las manos. Pasó luego Deroso, vestido de
azul, con los botones relucientes y los rizos como de oro; esbelto,
gracioso, con la frente alta, tan guapo y tan simpático, que le hubiera
dado un abrazo; todos los señores le hablaban y le dieron un apretón
de manos. El maestro pronunció después el nombre de Roberto. Y vimos
avanzar al hijo del capitán de artillería con las muletas. Cientos de
muchachos conocían el hecho; la voz se esparció en un abrir y cerrar
de ojos, y una salva de aplausos y de gritos hizo retemblar el teatro:
los hombres se pusieron en pie, las señoras agitaron los pañuelos,
y el pobre muchacho se detuvo en medio del escenario, aturdido y
tembloroso... El alcalde le hizo acercarse y le dió el premio y un
beso; y tomando del respaldo de su sillón la corona de laurel que
estaba colgada, la colocó en la almohadilla de una muleta. Le acompañó
luego hasta el palco de proscenio donde estaba su padre, el cual le
levantó en peso y le metió dentro, en medio de una gritería indecible
de bravos y de vivas. La suave música de los violines continuaba
entretanto, y los muchachos seguían pasando: los de la sección del
Consulado eran casi todos hijos de comerciantes; los de la sección
Boncompañi, muchos de ellos hijos de labradores; los de la escuela
Reniero, hijos de artesanos. Apenas concluyó el reparto de premios,
los setecientos muchachos de las butacas cantaron otro hermosísimo
himno; habló luego el alcalde; tras éste el inspector de las escuelas,
que terminó diciendo: “...No salgáis de aquí sin enviar un saludo a
los que tanto se afanan por vosotros, a los que os consagran todas
las fuerzas de su inteligencia y de su corazón, y que viven y mueren
por vosotros. Helos allí!”. Y señaló a la galería de los maestros.
Todos los muchachos de las galerías, de los palcos y de las butacas se
levantaron, señalándolos con los brazos al vitorearlos; los maestros
respondían agitando las manos, los sombreros, los pañuelos; era una
escena conmovedora. La banda tocó otra vez, y el público envió su
último saludo en un fragoroso aplauso a los doce muchachos de todas las
provincias de Italia, que se presentaron en fila en el escenario, con
los brazos entrelazados, bajo una lluvia de ramos de flores.