_Lunes 13._--El niño que vive en el patio de la verdulera, que
pertenece a la sección primera superior, como mi hermano, ha muerto.
La maestra Delcato vino el sábado por la tarde llena de aflicción a
dar la noticia al maestro; inmediatamente Garrón y Coreta se ofrecieron
para llevar el ataúd. Era un muchachito excelente: la semana anterior
había ganado la medalla; quería mucho a mi hermano, y le había
regalado una hucha rota; mi madre le hacía caricias siempre que lo
encontraba. Usaba una gorra con dos tiras de paño rojo. Su padre es
mozo de estación. Ayer tarde, domingo, a las cuatro y media, fuimos
a su casa para acompañarle hasta la iglesia. Viven en un piso bajo.
Ya había en el patio muchos niños de su sección con sus madres, y
cinco o seis maestros con cirios, y algunos vecinos. La maestra de la
pluma roja y la Delcato habían entrado dentro y las veíamos por una
ventanita abierta, que estaban llorando, y a la madre del niño, que
sollozaba fuertemente. Dos señoras, madres de dos compañeros de escuela
del muerto, habían llevado sendas guirnaldas de flores. A las cinco en
punto nos pusimos en camino. Iba delante un muchacho que llevaba la
cruz, luego el cura, luego la caja, una caja muy pequeña, ¡pobre niño!,
cubierta de paño negro, y sujetas alrededor las guirnaldas de las dos
señoras. A un lado del paño negro habían prendido la medalla y tres
menciones honoríficas que el muchacho había ganado aquel año. Conducían
el ataúd Garrón, Coreta y dos muchachos del patio. Detrás de la caja
venía, en primer lugar, la Delcato, que lloraba como si el muerto fuera
hijo suyo; detrás otras maestras, y luego los muchachos, entre los
cuales había algunos muy pequeños, con sus ramitos de violetas en la
mano, y miraban al féretro absortos, dando la otra mano a sus madres,
que llevaban las velas por ellos. Oí que uno de éstos decía: “¿Y ahora
ya no vendrá más a la escuela?”. Cuando la caja salió del patio un
grito desesperado salió de la ventana: era la madre del niño, a quien
hicieron retirar al interior en seguida. En la calle encontramos a los
muchachos de un colegio, que iban de dos en dos, y al ver el féretro
con la medalla y las maestras, se quitaron todos sus gorras. ¡Pobre
chiquitín! ¡Se fué a dormir para siempre con su medalla! Ya no veremos
más su gorrilla con las tiras rojas. Estaba bueno, y a los cuatro días
murió. El último hizo un esfuerzo para levantarse y poder escribir su
trabajo de Gramática, y se empeñó en que le habían de poner la medalla
sobre la cama, temiendo que se la cogiesen. ¡Nadie te la quitará ya,
pobre niño! ¡Adiós, adiós! ¡Siempre nos acordamos de ti en la sección
Bareti! ¡Ángel, duerme en paz!