EL PRESO

_Viernes 17._--¡Ah! he aquí, seguramente, la ocurrencia más extraña

de todo el año. Ayer de mañana me llevó mi padre a los alrededores

de Moncalieri, para ver una quinta que quería tomar en arrendamiento

el verano próximo, porque este año ya no vamos a Chieri. Se encontró

que quien tenía las llaves era un maestro, el cual hace a la vez de

administrador de la finca. Nos hizo ver la casa y nos llevó luego

a su habitación, donde bebimos. Entre los vasos, en medio de la

mesa, había un tintero de madera, de forma cónica y esculpido de una

manera singular. Viendo que mi padre lo miraba atentamente, dijo el

maestro: “Aquel tintero lo tengo en mucha estima: ¡si usted supiese,

caballero, su historia!”. Y nos la contó. Hace algunos años, siendo

maestro de Turín, por todo un invierno, fuí a dar lecciones a los

presos. Explicaba las lecciones en la capilla de la cárcel, que es un

edificio redondo, alrededor de cuyos paredones, altos y desnudos, se

ven muchas ventanitas cuadradas, cerradas por dos barras de hierro en

cruz y que corresponden cada una al interior de una pequeña celda.

Daba su lección paseando por la iglesia obscura y fría; los escolares

se asomaban a aquellos agujeros con sus cuadernos apoyados en los

hierros, sin enseñar más que las caras, envueltas entre sombras; caras

escuálidas y sombrías, barbas enmarañadas y grises, ojos fijos, de

homicidas y ladrones. Entre tantos había uno, el número 78, que estaba

más atento que los demás, que estudiaba mucho y miraba siempre al

maestro con los ojos llenos de respeto y de gratitud. Era un joven de

barba negra, más bien desgraciado que criminal, ebanista, el cual, en

un ímpetu de cólera, había descargado un cepillo contra su amo, que

le perseguía de tiempo atrás, hiriéndolo mortalmente en la cabeza.

Había sido por esto condenado a varios años de reclusión. En tres

meses aprendió a leer y escribir, y siempre estaba leyendo, y cuanto

más aprendía tanto mejor se hacía y mostraba mayor arrepentimiento

por su delito. Un día, al terminar la lección, hizo señal al maestro

para que se acercase a la ventana, anunciándole con tristeza que al

día siguiente saldría de Turín para extinguir su pena en las cárceles

de Venecia; y habiéndole dicho adiós, le suplicó con voz humilde y

conmovida que le dejase tocar la mano. El maestro se la alargó, y él

se la besó: “¡Gracias! ¡Gracias!--”, le dijo, desapareciendo en el

acto. El maestro retiró su mano cubierta de lágrimas. “Desde entonces

no lo volví a ver más. Pasaron seis años. Lo que menos pensaba yo era

en aquel desgraciado--dijo el maestro--, cuando ayer por la mañana

veo que llega a casa un desconocido, con gran barba negra, un poco

entrecana ya, y malamente vestido. ‘¿Es usted, señor--me dijo--el

maestro Fulano de Tal?’. ‘¿Quién sois?’, pregunté yo. ‘Soy el preso

número 78--me contesta--; usted me enseñó a leer y a escribir, hace

seis años; si recuerda, al terminar la última lección me dió usted la

mano; ya he extinguido la pena y aquí estoy... para suplicarle que

haga el favor de aceptar un recuerdo mío, una cosilla que he hecho

en la prisión. ¿Quiere aceptarla en memoria mía, señor maestro?’. Me

quedé atónito, sin decir una palabra; y creyendo él, que acaso no

quería aceptar el regalo, me miró, como diciéndome: ‘¡Seis años de

sufrimiento no han bastado para purificar mis manos!’. Fué tal y tan

viva la expresión de dolor de su mirada, que tendí inmediatamente la

mano, y cogí el objeto. Helo aquí”. Examinamos atentamente el tintero;

parecía trabajado con la punta de un clavo, y revelaba grandísima

paciencia. Tenía esculpida encima, una pluma atravesando un cuaderno,

y escrito alrededor: _A mi maestro, Recuerdo del número 78_.--_¡Seis

años!_ Y por abajo, en pequeños caracteres: _Estudio y Esperanza_. El

maestro no dijo más; nos fuimos. En todo el trayecto desde Moncalieri

hasta Turín, no pude quitarme de la cabeza aquel preso asomado a la

ventanilla, aquel ¡adiós! al maestro, aquel pobre tintero hecho en la

cárcel, que decía tantas cosas; soñé con él por la noche, y todavía

esta mañana me parecía tenerlo delante... ¡bien lejos de imaginar la

sorpresa que me esperaba en la escuela! Apenas me había colocado en mi

nuevo banco, al lado de Deroso, y escrito el problema de Aritmética

para el examen mensual, referí a mi compañero toda la historia del

preso y del tintero, y cómo estaba hecho, con la pluma atravesada sobre

el cuaderno, con aquella inscripción alrededor: _¡Seis años!_ Deroso

se sobresaltó al oír aquellas palabras; comenzó a mirar tan pronto a

mí como a Crosi, el hijo de la verdulera, que estaba sentado en el

banco de delante, con la espalda vuelta hacia nosotros y absorto por

completo en su problema. “¡Silencio!--dijo en voz baja, cogiéndome por

un brazo.--¿No sabes? Crosi me dijo que había visto de pasada anteayer

un tintero de madera en manos de su padre, que ha vuelto de América:

un tintero cónico, trabajado a mano, con un cuaderno y una pluma. Es

aquél; seis años; decía que su padre estaba en América: en vez de

esto, estaba preso; Crosi era pequeño cuando se cometió el delito, no

lo recuerda; su madre lo engañó; él no sabe nada: ¡no se te escape ni

una sílaba de esto!”. Me quedé sin poder articular palabra y con los

ojos fijos sobre Crosi. Deroso, entonces, resolvió el problema y se lo

pasó a Crosi por debajo del banco; le dió una hoja de papel, le quitó

de las manos _El enfermero del Chacho_, cuento mensual, que el maestro

le había dado a copiar, para hacérselo él, le regaló plumas, le dió

golpecitos en la espalda y me hizo prometer, bajo palabra de honor,

que no diría nada a nadie. Cuando estuvimos fuera de la clase, me dijo

precipitadamente: “Ayer vino su padre a recogerlo, habrá venido hoy

también; haz lo que yo haga”. Salimos a la calle, y el padre de Crosi

estaba allí, algo separado: un hombre de barba negra, más bien un poco

entrecana, malamente vestido y de semblante pálido y pensativo. Deroso

apretó la mano a Crosi de modo que fuera visto, diciéndole en voz alta:

“Hasta la vista, Crosi;” y le pasó la mano por la barba; yo hice lo

mismo; pero, al hacer aquello, Deroso se puso encendido como la grana;

yo también, y el padre de Crosi nos miró atentamente con los ojos

benévolos; pero en los cuales se traslucía una expresión de inquietud y

de sospecha que nos heló el corazón.

Corazón · 第 150 / 198 题