_Martes 24._--“Puesto que el cuento del _Tamborcillo_, ha conmovido tu
corazón te será fácil hoy escribir bien el tema de examen: _¿Por qué se
ama a Italia?_ ¿Por qué quiero a Italia? ¿No se te ocurren en seguida
cien respuestas? Amo a Italia porque mi madre es italiana; porque la
sangre que corre por mis venas es italiana; porque italiana es la
tierra donde están sepultados los muertos que mi madre llora y los que
venera mi padre; porque la ciudad donde he nacido, la lengua que hablo,
los libros que me instruyen, mi hermano, mi hermana, mis compañeros,
el gran pueblo en que vivo, la bella naturaleza que me rodea, todo lo
que veo, lo que adoro, lo que estudio, lo que admiro, es italiano. ¡Oh!
¡Tú no puedes sentir aún en toda su intensidad ese grande afecto! Lo
sentirás cuando seas hombre, cuando al volver de largo viaje, después
de prolongada ausencia y asomándote una mañana a la cubierta del buque,
veas en el horizonte las azules montañas de tu país; lo sentirás,
entonces, en la impetuosa onda de ternura que te llenará de lágrimas
los ojos y te arrancará un grito del corazón. Lo sentirás en alguna
gran ciudad lejana, en el impulso del alma que te empujará, entre la
multitud desconocida, hacia un obrero obscuro del cual hayas oído,
pasando a su lado, una palabra italiana. Lo sentirás en la indignación
dolorosa y profunda que te hará subir la sangre a la cabeza cuando
oigas injuriar a tu país a algún extranjero. Lo sentirás más violento
y más vivo el día en que la amenaza de un pueblo enemigo levante una
tempestad de fuego sobre tu patria y veas brillar las armas por todas
partes, correr los jóvenes a alistarse a las filas, los padres besar a
los hijos, diciendo: ‘¡Ánimo!’, y las madres despedir a los jóvenes,
gritando: ‘¡Vence!’. Lo sentirás, como una alegría divina si tuvieses
la suerte de ver regresar a tu ciudad los regimientos diezmados,
rendidos, destrozados, terribles, con el brillo de la victoria en los
ojos y las banderas atravesadas por las balas, seguidos de un convoy
interminable de valientes que asoman sus cabezas vendadas y sus brazos
sin manos en medio de la multitud loca que los cubre de flores, de
bendiciones y de vítores. ¡Ah, comprenderás entonces el amor a la
patria; entonces lo sentirás tú, Enrique mío! Es cosa tan grande y
tan sagrada, que si un día yo te viese regresar salvo de una batalla
en que se ha peleado por ella; salvo tú, que eres mi carne y mi alma,
y supiese que habías conservado la vida porque te habías escondido
huyendo de la muerte, yo, tu padre, que te recibo con gritos de alegría
cuando vuelves de la escuela, te recibiría con sollozos de angustia,
y no podría quererte ya, y moriría con aquel puñal clavado en el
corazón.--_Tu padre_”.