_17 de enero._--Hoy a las dos, apenas habíamos entrado en la escuela,
el maestro llamó a Deroso, el cual se puso junto a la mesa, enfrente
de nosotros; con su acento sonoro, alzando cada vez más su clara voz
y con el semblante animado, empezó: “Cuatro años hace que en este
día, y a esta misma hora, llegaba delante del panteón, en Roma, el
carro fúnebre que conducía el cadáver de Víctor Manuel II, primer rey
de Italia, muerto después de veintinueve años de reinado, durante
los cuales, la gran patria italiana, despedazada en siete Estados
y oprimida por extranjeros y tiranos, había obtenido su unidad,
independiente y libre; después de veintinueve años de reinado, que
había ilustrado y dignificado con su valor, con su lealtad, con el
atrevimiento en los peligros, con la prudencia en los triunfos, con
la constancia en la adversidad. Llegaba el carro fúnebre cargado de
coronas, después de haber recorrido toda Roma bajo una lluvia de
flores, entre el silencio de una inmensa multitud enternecida, venida
a la capital de todas partes de Italia; precedido de generales y
de príncipes, seguido de un cortejo de inválidos, de un bosque de
banderas, de los representantes de trescientas ciudades, de todo lo
que representa la gloria y al poderío de un pueblo, llegó delante
del templo augusto donde le esperaba la tumba. En este momento, doce
coraceros sacaron el féretro del carro. Entonces la Italia daba el
último adiós a su rey muerto, a su viejo rey, a quien tanto había
querido; el último adiós a su caudillo, a su padre, a los veintinueve
años más afortunados y gloriosos de historia patria: ¡momento grande y
solemne! La mirada, el alma de todos, iba del féretro a las banderas
enlutadas de los ochenta regimientos de Italia, llevadas por ochenta
oficiales formados en batalla a su paso; porque Italia estaba allí
en aquellas ochenta enseñas que recordaban millares de muertos,
torrentes de sangre nuestras glorias más sagradas, nuestros más santos
sacrificios, nuestros dolores más tremendos. El féretro, llevado
por coraceros, pasó, y entonces se inclinaron todas a tiempo, como
haciendo un saludo, las banderas de los nuevos regimientos, las viejas
banderas rotas en Goito, Pastrengo, Santa Lucía, Novara, Crimea,
Palestro, San Martín y Castelfidardo: cayeron ochenta velos negros;
cien medallas chocaron contra el féretro, y aquel estrépito sonoro y
confuso que hizo estremecerse a todos, fué como un sonido de cien voces
humanas, que decían a un tiempo: ‘¡Adiós, buen rey, valiente monarca,
leal soberano! Tú vivirás en el corazón de tu pueblo mientras el sol
alumbre a Italia’. Después las banderas se volvieron a levantar hacia
el cielo, y el rey Víctor Manuel, entró en la inmortal gloria del
sepulcro”.