He ido a casa de Estardo, que vive enfrente de la escuela, y he sentido
verdaderamente envidia al ver su biblioteca. No es en manera alguna
rico; no puede comprar muchos libros, pero conserva con gran cuidado
los de la escuela y los que le regalan sus padres; y, además, cuantos
cuartos le dan los pone aparte y los gasta en la librería; de este modo
ha reunido ya una pequeña biblioteca, y cuando su padre ha advertido
esta afición, le ha comprado un bonito estante de nogal con cortinas
verdes y ha hecho encuadernar todos los volúmenes en los colores que
a él más le gustan. Así, ahora, él tira de un cordoncito, la cortina
verde se descorre y se ven tres filas de libros de todos colores, muy
bien arreglados, limpios, con los títulos en letras doradas en el lomo:
libros de cuentos, de viajes y de poesías, y algunos ilustrados con
láminas. Él sabe combinar perfectamente los colores; pone los volúmenes
blancos junto a los encarnados, los amarillos al lado de los negros,
y junto a los blancos los azules, de modo que se vean de lejos y
presenten buen aspecto; luego se divierte variando las combinaciones.
Ha hecho un catálogo y está como el de un bibliotecario. Siempre anda a
vueltas con sus libros, limpiándoles el polvo, hojeándolos, examinando
sus encuadernaciones: hay que ver con qué cuidado los abre con sus
manos chicas y regordetas, soplando las hojas; parece que todos están
nuevos todavía. ¡Yo, en cambio, tengo tan estropeados los míos! Para
él cada libro nuevo que compra es una delicia abrirlo, ponerlo en su
sitio y volver a tomarlo para mirarle por todos lados y guardarlo
después como un tesoro. No hemos visto otra cosa en una hora. Tiene los
ojos malos de tanto leer. Estando yo allí entró en el cuarto su padre,
que es grueso y tosco como él, y tiene la cabeza como la suya. Le dió
dos o tres palmadas en el cuello, y me dijo con aquel vocerrón: “¿Qué
me dices de esta cabeza de hierro? Es testarudo; llegará a ser algo:
yo te lo aseguro”. Y Estardo entornaba los ojos al recibir aquellas
rudas caricias, como un perro de caza. Yo no sé por qué, pero no me
atrevo a bromear con él; no me parece cierto que tenga solamente un
año más que yo; y cuando me dijo: “Hasta la vista”, en la puerta, con
aquella cara redonda siempre bronceada, poco me faltó para responderle:
“Beso a usted la mano”, como a un caballero. Se lo dije después a mi
padre en casa: “No lo comprendo. Estardo no tiene talento, carece de
buenas maneras, su figura es casi ridícula, y, sin embargo, me infunde
respeto”. Respondió mi padre: “Porque es un carácter”. Y añadí yo: “En
una hora que he estado con él no ha pronunciado cincuenta palabras, no
me ha enseñado un juguete, no se ha reído una vez, y, sin embargo, he
estado tan contento”. “Porque lo estimas”, añadió mi padre.