_Martes 22._--Su hijo era voluntario del ejército cuando murió; por
eso el director va siempre a la plaza a ver pasar los soldados cuando
salimos de la escuela. Ayer pasaba un regimiento de infantería, y
cincuenta muchachos se pusieron a saltar alrededor de la música,
cantando y llevando el compás con las reglas sobre la cartera. Nosotros
estábamos en un grupo, en la acera, mirando: Garrón, oprimido entre su
estrecha ropa, mordía un pedazo de pan; Votino, aquél tan elegantito,
que siempre está quitándose las motas; Precusa, el hijo del forjador,
con la chaqueta de su padre; el calabrés; el _albañilito_; Crosi, con
su roja cabeza; Franti, con su aire descarado, y también Roberto, el
hijo del capitán de artillería, el que salvó al niño del ómnibus, y
que ahora anda con muletas. Franti se echó a reír de un soldado que
cojeaba. Pero de pronto sintió una mano sobre el hombro; se volvió; era
el director. “Óyeme--le dijo al punto--: burlarse de un soldado cuando
está en las filas, cuando no puede vengarse ni responder, es como
insultar a un hombre atado; es una villanía”. Franti desapareció. Los
soldados pasaban de cuatro en cuatro, sudando y cubiertos de polvo, y
las puntas de las bayonetas resplandecían con el sol. El director dijo:
“Debéis querer mucho a los soldados. Son nuestros defensores; ellos
irían a hacerse matar por nosotros si mañana un ejército extranjero
amenazase nuestro país. Son también muchachos, pues tienen pocos más
años que vosotros, y también van a la escuela; hay entre ellos pobres
y ricos, como entre nosotros sucede, y vienen también de todas partes
de Italia. Vedlos; casi se les puede reconocer por la cara: pasan
sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Éste es un regimiento
veterano, de los que han combatido en 1848. Los soldados no son ya
aquéllos; pero la bandera es siempre la misma. ¡Cuántos habrán muerto
por la patria alrededor de esa bandera veterana antes que naciérais
vosotros!”. “Ahí viene”, dijo Garrón. Y en efecto, se veía ya cerca
la bandera, que sobresalía por cima de las cabezas de los soldados.
“Haced una cosa, hijos--dijo el director--: saludad con respeto la
bandera tricolor”. La bandera, llevada por un oficial, pasó delante
de nosotros, rota y descolorida, con sus corbatas sobre el asta.
Todos a un tiempo llevamos la mano a las gorras. El oficial nos miró
sonriendo y nos devolvió el saludo con la mano. “Bueno, muchachos”,
dijo uno detrás de nosotros. Nos volvimos a verle; era un anciano que
llevaba en el ojal de la levita la cinta azul de la campaña de Crimea;
un oficial retirado. “¡Bravo!--dijo--; habéis hecho una cosa que os
enaltece”. Entretanto, la banda del regimiento volvía por el fondo de
la plaza, rodeada de una turba de chiquillos, y cien gritos alegres
acompañaban los sonidos de las trompetas, como un canto de guerra.
“¡Bravo!--repitió el veterano oficial mirándonos--. El que de pequeño
respeta la bandera, sabrá defenderla cuando sea mayor”.