UNA DESGRACIA

_Viernes 21._--Ha empezado el año con una desgracia. Al ir esta mañana

a la escuela, refiriendo a mi padre las palabras del maestro, vimos de

pronto la calle llena de gente que se apiñaba delante del colegio.

Mi padre dijo al punto: “Una desgracia. Mal empieza el año”. Entramos

con gran trabajo. El conserje estaba rodeado de padres y de muchachos,

que los maestros no conseguían hacer entrar en las clases, y todos

se encaminaban hacia el cuarto del director, oyéndose decir: “¡Pobre

muchacho! ¡Pobre Roberto!”. Por cima de las cabezas, en el fondo de

la habitación llena de gente, se veían los quepís de los guardias

municipales y la gran calva del señor director; después entró un

caballero con sombrero de copa, y todos dijeron: “Es el médico”. Mi

padre preguntó a un profesor: “¿Qué ha sucedido?”. “Le ha pasado la

rueda por el pie”, respondió. “Se ha roto el pie--dijo otro--. Era un

muchacho de la clase segunda, que yendo a la escuela por la calle de

Dora Grosa, y viendo a un niño de la primera elemental, escapado de la

mano de su madre, caer en medio del arroyo a pocos pasos de un ómnibus

que se echaba encima, acudió valientemente en su auxilio, lo cogió y lo

puso en salvo; pero no habiendo estado listo para retirar el pie, la

rueda del ómnibus le había pasado por encima. Es hijo de un capitán de

artillería”. Mientras nos contaban esto, entró, como loca, una señora

en la habitación, abriéndose paso: era la madre de Roberto, a la cual

habían llamado; otra señora salió a su encuentro, y, sollozando, le

echó los brazos al cuello: era la madre del otro niño, del salvado.

Ambas entraron en el cuarto y se oyó un desesperado grito: “¡Oh,

Roberto mío, hijo mío!”. En aquel momento se detuvo un carruaje delante

de la puerta, y poco después se presentó el director con el muchacho

en brazos, que apoyaba la cabeza sobre el hombro de aquél, pálido y

cerrados los ojos. Todos permanecimos callados: se oían los sollozos

de las madres. El director se detuvo un momento y levantó al muchacho

con sus dos brazos para que lo viera la gente, y entonces, maestros,

maestras, padres y muchachos exclamaron todos a un tiempo: “¡Bravo,

Roberto! ¡Bravo, pobre niño!”, y le enviaban saludos los maestros,

y los muchachos que estaban allí cerca le besaban manos y brazos:

él abrió los ojos y murmuró: “¡Mi cartera!”. La madre del chiquillo

salvado se la enseñó llorando y le dijo: “¡Te la llevo yo, hermoso;

te la llevo yo!”. Y al decirlo sostenía a la madre del herido, que se

cubría la cara con las manos. Salieron, acomodaron al muchacho en el

carruaje, y el coche partió. Entonces entramos todos silenciosos en la

escuela.

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