¿Qué había sido de Facundo entretanto? En la Tablada lo había dejado

todo: armas, jefes, soldados, reputación; todo, excepto la rabia y el

valor. Moral, gobernador de La Rioja, sorprendido por la noticia de

tamaño descalabro, se aprovecha de un ligero pretexto para salir fuera

de la ciudad, dirigiéndose hacia Los Pueblos, y desde Sañogasta dirige

un oficio a Quiroga, cuya llegada supo allí, ofreciéndole los recursos

de la provincia. Antes de la expedición a Córdoba las relaciones entre

ambos jefes de la provincia, gobernador nominal y caudillo, el mayordomo

y el señor, habían aparecido resfriadas. Facundo no había encontrado

tanto armamento como el que resultaba de los cómputos que podían hacerse

sumando el que existía en la provincia en tal época, más el traído de

Tucumán, de San Juan, de Catamarca, etc. Otra circunstancia singular

agrava las sospechas que en el ánimo de Quiroga pesan contra el

gobernador. Sañogasta es la casa señorial de los Doria Dávila, enemigos

de Facundo, y el gobernador, previendo las consecuencias que el espíritu

suspicaz de Facundo deducirá de la fecha y lugar del oficio, lo data en

Uanchin, punto distante cuatro leguas. Sabe, empero, Quiroga que es de

Sañogasta de donde le escribía Moral, y toda duda queda aclarada.

Bárcena, un instrumento odioso de matanza que él ha adquirido en

Córdoba, y Fontanel, salen con partidas a recorrer Los Pueblos y prender

a todos los vecinos acomodados que encuentren. La batida, sin embargo,

no ha sido feliz; la caza ha husmeado a los lebreles, y huye despavorida

en todas direcciones. Las partidas volvieron con sólo once vecinos que

fueron fusilados en el acto. Don Inocencio Moral, tío del gobernador,

con dos hijos, uno de catorce años de edad y el otro de veinte; Ascueta,

Gordillo, Cantos, chileno; Sotomayor, Barrios, otro Gordillo, Corro,

transeúnte de San Juan, y Pasos, fueron las víctimas de aquella jornada.

El último, don Mariano Pasos, había experimentado ya en otra ocasión el

resentimiento de Quiroga. Al salir para una de sus expediciones, había

dicho aquél a un señor Rincón, comerciante como él, al ver el desaliño y

desorden de las tropas: «¡Qué gente para ir a pelear!» Sabido esto por

Quiroga, hace llamar a ambos aristarcos, cuelga al primero en un pilar

de las casas de Cabildo, y le hace dar doscientos azotes, mientras que

el otro permanece con los calzones quitados para recibir su parte, de

que Quiroga le hace merced. Más tarde, este desgraciado fué gobernador

de La Rioja, y muy adicto al general.

El gobernador Moral, sabiendo lo que le aguardaba, huyó, pues, de la

provincia, bien que más tarde recibió setecientos azotes por ingrato;

pues este mismo Moral es el que participó de los 18.000 pesos arrancados

a Dorrego.

Aquel Bárcena de que hablé antes fué el encargado de asesinar al

comisionado de la Compañía inglesa de minas. Le he oído yo mismo los

horribles pormenores del asesinato, cometido en su propia casa,

apartando a la mujer y a los hijos para que dejasen paso a las balas y a

los sablazos. Este mismo Bárcena era el jefe de la mazorca que acompañó

a Orive a Córdoba, y que en un baile que se daba en celebración del

triunfo sobre Lavalle, hacía rodar por el salón las cabezas

ensangrentadas de tres jóvenes cuyas familias estaban allí. Porque debe

tenerse presente que el ejército que vino a Córdoba en persecución de

Lavalle traía una compañía de mazorqueros, que llevaban al costado

izquierdo la cuchilla convexa, a manera de una pequeña cimitarra, que

Rosas mandó hacer exprofeso en las cuchillerías de Buenos Aires para

degollar hombres.

¿Qué motivo tuvo Quiroga para estas atroces ejecuciones? Dícese que en

Mendoza dijo a Oro que su único objeto había sido aterrar. Cuéntase que,

continuando las matanzas en la campaña sobre infelices campesinos, sobre

el que acertaba a pasar por Atiles, campamento general, uno de los

Villafañes le dijo con el acento de la compasión, del temor y la

súplica: «¿Hasta cuándo, mi general?» «No sea usted bárbaro--contestó

Quiroga--; ¿cómo me rehago sin esto?» He aquí su sistema todo entero: el

terror sobre el ciudadano para que abandone su fortuna; el terror sobre

el gaucho para que con su brazo sostenga una causa que ya no es la suya;

el terror suple a la falta de actividad y trabajo para administrar,

suple al entusiasmo, suple a la estrategia, suple a todo. Y no hay que

alucinarse: el terror es un medio de gobierno que produce mayores

resultados que el patriotismo y la espontaneidad. La Rusia lo ejercita

desde los tiempos de Iván, y ha conquistado todos los pueblos bárbaros;

los bandidos de los bosques obedecen al jefe que tiene en su mano esta

coyunda que domeña las cervices más altivas. Es verdad que degrada a

los hombres, los empobrece, les quita toda elasticidad de ánimo; que un

día, en fin, arranca a los Estados lo que habrían podido dar en diez

años; pero, ¿qué importa todo esto al Zar de las Rusias, al jefe de

bandidos o al caudillo argentino?

Un bando de Facundo ordenó que todos los habitantes de la ciudad de La

Rioja emigrasen a los Llanos, so pena de la vida, y esta orden se

cumplió al pie de la letra. El enemigo implacable de la _ciudad_ temía

no tener tiempo suficiente para ir matando poco a poco, y le da el golpe

de gracia. ¡Qué motiva esta inútil emigración? ¿Temía Quiroga? ¡Oh, sí!

¡Temía en este momento! En Mendoza levantaban un ejército los unitarios,

que se habían apoderado del Gobierno; Tucumán y Salta estaban al Norte,

y al Oriente Córdoba, la Tablada y Paz; estaba, pues, cercado, y una

batida general podía, al fin, _empacar_ al Tigre de los Llanos.

Facundo había hecho alejar sus ganados hacia la cordillera, mientras que

Villafañe acudía a Mendoza con fuerzas en apoyo de los Aldaos, y él

aglomeraba sus nuevos reclutas en Atiles. Estos terroristas tienen

también sus momentos de terror; Rosas también lloraba como un chiquillo

y se daba contra las murallas cuando supo la revolución de Chascomús, y

once enormes baúles entraban en su casa para recoger sus efectos, y

embarcarse una hora antes de que le llegara la noticia del triunfo de

Alvarez. ¡Pero, por Dios! ¡No asustéis nunca a los terroristas! ¡Ay de

los pueblos desde que el conflicto pasa! Entonces son las matanzas de

septiembre y la exposición en el mercado de pirámides de cabezas

humanas.

Quedaban en La Rioja, no obstante de la orden de Facundo, una niña y un

sacerdote: la Severa y el padre Colina. La historia de la Severa

Villafañe es un romance lastimero, es un cuento de hadas en que la más

hermosa princesa de sus tiempos anda errante y fugitiva, disfrazada de

pastora unas veces, mendigando un asilo y un pedazo de pan otras, para

escapar a las asechanzas de algún gigante espantoso, de algún

sanguinario Barba Azul. La Severa ha tenido la desgracia de excitar la

concupiscencia del tirano, y no hay quien le valga para librarse de sus

feroces halagos. No es sólo virtud lo que la hace resistir a la

seducción: es repugnancia invencible, instintos bellos de mujer delicada

que detesta los tipos de la fuerza brutal, porque teme que ajen su

belleza. Una mujer bella trocará muchas veces un poco de deshonor propio

por un poco de la gloria que rodea a un hombre célebre, pero de esa

gloria noble, y alta, que para descollar sobre los hombres no necesita

de encorvarlos ni envilecerlos, a fin de que en medio de tanto matorral

rastrero pueda alcanzarse a ver el arbusto espinoso y descolorido. No es

otra la causa de la fragilidad de la piadosa Mme. Maintenon, la que se

atribuye a Mme. Roland, y tantas otras mujeres que hacen el sacrificio

de su reputación por asociarse a nombres esclarecidos. La Severa resiste

años enteros. Una vez escapa de ser envenenada por su tigre en una pasa

de higo; otra, el mismo Quiroga, despechado, toma opio para quitarse la

vida. Un día se escapa de las manos de los asistentes del general, que

van a extenderla de pies y manos en una muralla para alarmar su pudor;

otro, Quiroga la sorprende en el patio de su casa, la agarra de un

brazo, la baña en sangre y bofetadas, la arroja por tierra y con el

tacón de su bota le quiebra la cabeza. ¡Dios mío! ¿No hay quien

favorezca a esta pobre niña? ¿No tiene parientes? ¿No tiene amigos? ¡Sí

tal! Pertenece a las primeras familias de La Rioja; el general Villafañe

es su tío; tiene hermanos que presencian estos ultrajes; hay un cura que

la cierra la puerta cuando viene a esconder su virtud detrás del

santuario. La Severa huye al fin a Catamarca y se encierra en un

beaterio. Dos años después pasaba por allí Facundo, y manda que se abra

el asilo y la superiora traiga a su presencia a las reclusas. Una hubo

que dió un grito al verlo y cayó exánime. ¿No es éste un lindo romance?

¡Era la Severa!

Pero vamos a Atiles, donde se está preparando un ejército para ir a

recobrar la reputación perdida en la Tablada, porque no se trata sino de

reputación de gaucho cargador. Dos unitarios de San Juan han caído en su

poder: un joven Castro y Calvo, chileno, y un Alejandro Carril. Quiroga

le pregunta a éste: «¿Cuánto da por su vida?» «Veinticinco mil

pesos»--contesta--. «¿Y usted, cuánto da?»--dice al otro--. «Yo sólo

puedo dar cuatro mil; soy comerciante y nada más poseo.» Se conoce, en

efecto, que es comerciante. Mandan traerse las sumas de San Juan, y ya

hay treinta mil pesos para la guerra, reunidos a tan poca costa.

Mientras el dinero llega, Facundo los aloja bajo un algarrobo; los ocupa

en hacer cartuchos, pagándoles dos reales diarios por su trabajo.

El Gobierno de San Juan tiene conocimiento de los esfuerzos que la

familia de Carril hace para mandar el rescate a aquel Duguesclin que no

ha hallado oro bastante para apreciarse a sí mismo, y se aprovecha del

descubrimiento. Gobierno de ciudadanos, aunque federal, no se atrevía a

fusilar ciudadanos y se siente impotente para arrancar dinero a los

unitarios. El Gobierno intima orden de salir para Atiles a los presos

que pueblan las cárceles; las madres y las esposas saben lo que

significa Atiles, y unas primero, otras después, logran reunir las sumas

pedidas para hacer volver a sus deudos del camino que conduce a la

guarida del tigre. Así, Quiroga gobierna a San Juan con sólo su nombre

terrorífico.

Cuando los Aldaos están fuertes en Mendoza y no han dejado en La Rioja

un solo hombre, viejo o joven, soltero o casado, en estado de llevar las

armas, Facundo se transporta a San Juan a establecer en aquella

población, rica entonces en unitarios acaudalados, sus cuarteles

generales. Llega y hace dar seiscientos azotes a un ciudadano notable

por su influencia, sus talentos y su fortuna. Facundo anda en persona al

lado del cañón que lleva la víctima moribunda por las cuatro esquinas de

la plaza, porque Facundo es muy solícito en esta parte de la

administración; no es como Rosas, que desde el fondo de su gabinete,

donde está tomando mate, expide a la mazorca las órdenes que debe

ejecutar, para achacar después al _entusiasmo federal_ del pobre pueblo

todas las atrocidades con que ha hecho estremecer a la humanidad. No

creyendo aún bastante este paso previo a toda otra medida, Facundo hace

traer a un viejecito cojo, a quien se acusa o no se acusa de haber

servido de baqueano a algunos prófugos, y lo hace fusilar en el acto,

sin confesión, sin permitirle decir ni una palabra, porque el _Enviado

de Dios_ no se cuida siempre de que sus víctimas se confiesen.

Preparada así la _opinión pública_, no hay sacrificios que la ciudad de

San Juan no esté pronta a hacer en defensa de la federación; las

contribuciones se distribuyen sin réplica, salen armas de debajo tierra;

Facundo compra fusiles y sables a quien se los presenta. Los Aldaos

triunfan de la incapacidad de los unitarios, por la violación de los

tratados del Pilar, y entonces Quiroga pasa a Mendoza. Allí era el

terror inútil; las matanzas diarias ordenadas por el fraile, de que di

detalles en su biografía, tenían helada como un cadáver a la ciudad;

pero Facundo necesitaba confirmar allí el espanto que su nombre infundía

por todas partes. Algunos jóvenes sanjuaninos han caído prisioneros;

éstos por lo menos le pertenecen. A uno de ellos manda hacer esta

pregunta: ¿Cuántos fusiles puede entregar dentro de cuatro días? El

joven contesta que si se le da tiempo para mandar a Chile a procurarlos

y a su casa para recolectar fondos, verá lo que puede hacer. Quiroga

reitera la pregunta, pidiendo que conteste categóricamente. «¡Ninguno!»

Un minuto después llevaban a enterrar el cadáver, y seis sanjuaninos más

le seguían a cortos intervalos. La pregunta sigue haciéndose de palabra

o por escrito a los prisioneros mendocinos, y las respuestas son más o

menos satisfactorias. Un reo de más alto carácter se presenta: el

general Alvarado ha sido aprehendido y Facundo lo hace traer a su

presencia.--Siéntese, general--le dice; ¿en cuántos días podrá

entregarme 6.000 pesos por su vida?--En ninguno, señor; no tengo

dinero.--¡Eh!, pero tiene usted amigos que no lo dejarán fusilar.--No

tengo, señor; yo era un simple transeúnte por esta provincia cuando,

forzado por el voto público, me hice cargo del gobierno.--¿Para dónde

quiere usted retirarse?--continúa después de un momento de

silencio.--Para donde S. E. lo ordene.--Diga usted, ¿adónde quiere

ir?--Repito que donde se me ordene.--¿Qué le parece San Juan?--Bien,

señor.--¿Cuánto dinero necesita?--Gracias, señor; no necesito. Facundo

se dirige a un escritorio, abre dos gavetas rehenchidas de oro y

retirándose le dice:--Tome, general, lo que necesite.--Gracias, señor,

nada. Una hora después el coche del general Alvarado estaba a la puerta

de su casa cargado con su equipaje y el general Villafañe, que debía

acompañarlo a San Juan, donde a su llegada le entregó 100 onzas de oro

de parte del general, suplicándole que no se negase a admitirlas.

Como se ve, el alma de Facundo no estaba del todo cerrada a las nobles

inspiraciones. Alvarado era un antiguo soldado, un general grave y

circunspecto, y poco mal le había causado. Más tarde decía de él: «Este

general Alvarado es un buen militar, pero no entiende nada de esta

guerra que hacemos nosotros.»

En San Juan le trajeron un francés, Barreau, que había escrito de él lo

que un francés puede escribir. Facundo le pregunta si es el autor de los

artículos que tanto le han herido, y con la respuesta afirmativa ¿qué

espera usted ahora?, replica Quiroga:--Señor, la muerte.--Tome usted

esas onzas y váyase enhoramala.

En Tucumán estaba Quiroga tendido sobre un mostrador.--¿Dónde está el

general?--le pregunta un andaluz que se ha achispado un poco para salir

con honor del lance.--Ahí dentro; ¿qué se le ofrece?--Vengo a pagar

cuatrocientos pesos que me ha puesto de contribución... ¡Como no le

cuesta nada a ese animal!--¿Conoce, patrón, al general?--Ni quiero

conocerlo, ¡forajido!--Pase adelante; tomemos un trago de caña. Más

avanzado estaba este original diálogo, cuando un ayudante se presenta, y

dirigiéndose a uno de los interlocutores:--Mi general--le dice...--¡Mi

general!...--repite el andaluz abriendo un palmo de boca--. Pues qué...

¿vos sois el general?... ¡Canario! Mi general--continúa hincándose de

rodillas--, soy un pobre diablo, pulpero...; ¡qué quiere V. S.!...; se

me arruina..., pero el dinero está pronto...; vamos..., ¡no hay que

enfadarse! Facundo suelta la risa, lo levanta, lo tranquiliza y le

entrega su contribución, tomando sólo 200 pesos prestados, que le

devuelve religiosamente más tarde. Dos años después un mendigo

paralítico le gritaba en Buenos Aires:--Adiós, mi general; soy el

andaluz de Tucumán; estoy paralítico. Facundo le dió seis onzas.

Estos rasgos prueban la teoría que el drama moderno ha explotado con

tanto brillo, a saber: que aun en los caracteres históricos más negros

hay siempre una chispa de virtud que alumbra por momentos y se oculta.

Por otra parte, ¿por qué no ha de hacer el bien el que no tiene freno

que contenga sus pasiones? Esta es una prerrogativa del despotismo como

cualquier otra.

Pero volvamos a tomar el hilo de los acontecimientos públicos. Después

de inaugurado el terror en Mendoza de un modo tan solemne, Facundo se

retira al Retamo, adonde los Aldaos llevan la contribución de 100.000

pesos que han arrancado a los unitarios aterrados. Allí está la mesa de

juego que acompaña siempre a Quiroga; allí acuden los aficionados del

partido; allí, en fin, es el trasnochar a la claridad opaca de las

antorchas. En medio de tantos horrores y de tantos desastres, el oro

circula allí a torrentes, y Facundo gana al fin de quince días los

100.000 pesos de la contribución, los muchos miles que guardan sus

amigos federales y cuanto puede apostarse a una carta. La guerra,

empero, pide erogaciones, y vuelven a trasquilar las ovejas ya

trasquiladas. Esta historia de las jugarretas famosas del Retamo, en que

hubo noche que 130.000 pesos estaban sobre la carpeta, es la historia de

toda la vida de Quiroga. «Mucho se juega, general--le decía un vecino en

su última expedición a Tucumán.--¡Eh!, ¡esto es una miseria! ¡En Mendoza

y San Juan podía uno divertirse! ¡Allá sí que corría dinero! Al fraile

le gané una noche 50.000 pesos; al clérigo Lima, otra, 25.000; ¿pero

esto?..., ¡estas son pij...!»

Un año se pasa en estos aprestos de guerra y al fin en 1830 sale un

nuevo y formidable ejército para Córdoba, compuesto de las divisiones

reclutadas en La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis. El general Paz,

deseoso de evitar la efusión de sangre, aunque estuviese seguro de

agregar un nuevo laurel a los que ya ceñían sus sienes, mandó al mayor

Paunero, oficial lleno de prudencia, energía y sagacidad, al encuentro

de Quiroga, proponiéndole no sólo la paz, sino una alianza. Créese que

Quiroga iba dispuesto a abrazar cualquier coyuntura de transacción; pero

las sujestiones de la comisión mediadora de Buenos Aires, que no traía

otro objeto que evitar toda transacción y el orgullo y la presencia de

Quiroga, que se veía a la cabeza de un nuevo ejército más poderoso y

mejor disciplinado que el primero, le hicieron rechazar las propuestas

pacíficas del modesto general Paz.

Facundo esta vez había combinado algo que tenía visos de plan de

campaña. Inteligencias establecidas en la Sierra de Córdoba habían

sublevado la población pastora; el general Villafañe se acercaba por el

Norte con una división de Catamarca, mientras que Facundo caía por el

Sur. Poco esfuerzo de penetración costó al hábil Paz para penetrar los

designios de Quiroga y dejarlos burlados. Una noche desapareció el

ejército de las inmediaciones de Córdoba; nadie podía darse cuenta de su

paradero; todos lo habían encontrado, aunque en diversos lugares y a la

misma hora.

Si alguna vez se ha realizado en América algo parecido a las complicadas

combinaciones estratégicas de las campañas de Bonaparte en Italia, es

en esta vez en que Paz hacía cruzar la Sierra de Córdoba por 40

divisiones, de manera que los prófugos de un combate fuesen a caer en

manos de otro cuerpo apostado al efecto en lugar preciso e inevitable.

La montonera, aturdida, envuelta por todas partes, con el ejército a su

frente, a sus costados, a su retaguardia, tuvo que dejarse coger en la

red que se le había tendido, y cuyos hilos se movían a reloj desde la

tienda del general.

La víspera de la batalla de Oncativo aún no habían entrado en línea

todas las divisiones de esta maravillosa campaña de quince días, en la

que habían obrado combinadamente en un frente de cien leguas. Omito dar

pormenor alguno sobre aquella memorable batalla en que el general Paz,

para dar valor a su triunfo, publicaba en el Boletín la muerte de 70 de

los suyos, no obstante no haber perdido sino 12 hombres en un combate en

que se encontraban 8.000 soldados y 20 piezas de artillería. Una simple

maniobra había derrotado al valiente Quiroga, y tantos horrores, tantas

lágrimas derramadas para formar aquel ejército, habían terminado en dar

a Facundo una temporada de jugarretas y algunos miles de prisioneros

inútiles a Paz.

CAPÍTULO VII

GUERRA SOCIAL.--CHACÓN

_Ricardo._--Un cheval! Vite un

cheval... Mon royaume pour un

cheval!

SHAKESPEARE.

Facundo, el gaucho malo de los Llanos, no vuelve a sus pagos esta vez,

que se encamina hacia Buenos Aires, y debe a esta dirección imprevista

de su fuga, salvar de caer en manos de sus perseguidores. Facundo ha

visto que nada le queda que hacer en el interior; no hay esta vez tiempo

de martirizar y estrujar a los pueblos para que no den recursos sin que

el vencedor llegue por todas partes en su auxilio.

Esta batalla de Oncativo, o la Laguna Larga, era muy fecunda en

resultados; por ella, Córdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja,

Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy quedaban libres de la dominación de

caudillos. La unidad de la República, propuesta por Rivadavia por las

vías parlamentarias, empezaba a hacerse efectiva desde Córdoba por medio

de las armas, y el general Paz, al efecto, reunió un congreso de agentes

de aquellas provincias, para que acordasen lo que más conviniera para

darse instituciones. Lavalle había sido menos afortunado en Buenos

Aires, y Rosas, que estaba destinado a figurar un papel tan sombrío y

espantoso en la historia argentina, ya empezaba a influir en los

negocios públicos y gobernaba la ciudad. Quedaba, pues, la República

dividida en dos fracciones: una en el interior, que deseaba hacer

capital de la Unión a Buenos Aires; otra en Buenos Aires, que fingía no

querer ser capital de la República, a no ser que abjurase la

civilización europea y el orden civil.

La batalla aquella había dejado en descubierto otro grande hecho, a

saber: que la _montonera_ había perdido su fuerza primitiva, y que los

ejércitos de las ciudades podían medirse con ella y destruirla. Este es

un hecho fecundo en la historia argentina. A medida que el tiempo pasa,

las bandas pastoras pierden su espontaneidad primitiva. Facundo necesita

ya de terror para moverlas, y en batalla campal se presentan como

azoradas en presencia de las tropas disciplinadas y dirigidas por las

máximas estratégicas que el arte europeo ha enseñado a los militares de

las _ciudades_.

En Buenos Aires, empero, el resultado es diverso: Lavalle, no obstante

su valor, que ostenta en el Puente de Márquez y en todas partes; no

obstante sus numerosas tropas de línea, sucumbe al fin de la campaña,

encerrado en el recinto de la ciudad por los millares de gauchos que han

aglomerado Rosas y López; y por un tratado que tiene al fin los efectos

de una capitulación, se desnuda de la autoridad, y Rosas penetra en

Buenos Aires. ¿Por qué es vencido Lavalle? No por otra razón, a mi

juicio, sino porque es el más valiente oficial de caballería que tiene

la República Argentina; es el general argentino y no el general europeo;

las cargas de caballería han hecho su fama romanesca.

Cuando la derrota de Torata, o Moquegua, no recuerdo bien, Lavalle,

protegiendo la retirada del ejército, da cuarenta cargas en día y

medio, hasta que no le quedan 20 soldados para dar otras. No recuerdo si

la caballería de Murat hizo jamás un prodigio igual. Pero ved las

consecuencias funestas que trae este hecho para la República. Lavalle en

1839, recordando que la montonera lo ha vencido en 1830, abjura toda su

educación guerrera a la europea y adopta el sistema montonero. Equipa

4.000 caballos y llega hasta las goteras de Buenos Aires con sus

brillantes bandas, al mismo tiempo que Rosas, el gaucho de la Pampa, que

lo ha vencido en 1830, abjura por su parte sus instintos montoneros,

anula la caballería en sus ejércitos, y sólo confía el éxito de la

campaña a la infantería reglada y al cañón.

Los papeles están cambiados: el gaucho toma la casaca; el militar de la

independencia el poncho; el primero triunfa; el segundo va a morir

traspasado de una bala que le dispara de paso la montonera. ¡Severas

lecciones, por cierto! Si Lavalle hubiera hecho la campaña de 1840 en

silla inglesa y con el paletó francés, hoy estaríamos a orillas del

Plata arreglando la navegación por vapor de los ríos y distribuyendo

terrenos a la inmigración europea. Paz es el primer general ciudadano

que triunfa del elemento pastoril, porque pone en ejercicio contra él

todos los recursos del arte militar europeo, dirigidos por una cabeza

matemática. La inteligencia vence a la materia; el arte al número.

Tan fecunda en resultados es la obra de Paz en Córdoba; tan alto levanta

en dos años la influencia de las ciudades, que Facundo siente imposible

rehabilitar su poder de caudillo, no obstante que ya lo ha extendido por

todo el litoral de los Andes, y sólo la culta, la europea Buenos Aires,

puede servir de asilo a su barbarie.

Los diarios de Córdoba de aquella época transcribían las noticias

europeas, las sesiones de las Cámaras francesas y los retratos de

Casimir Périer, Lamartine, Chateaubriand, servían de modelos en las

clases de dibujo; tal era el interés que Córdoba manifestaba por el

movimiento europeo. Leed la _Gaceta Mercantil_, y podréis juzgar del

rumbo semibárbaro que tomó desde entonces la Prensa de Buenos Aires.

Facundo se fuga para Buenos Aires, no sin fusilar antes a dos oficiales

suyos, para mantener el orden en los que le acompañan. Su teoría del

_terror_ no se desmiente jamás: es su talismán, su paladión, sus

penates. Todo lo abandonará menos esta arma favorita.

Facundo · 第 12 / 24 段