La historia de la cinta colorada es muy curiosa. Al principio fué una

divisa que adoptaron los entusiastas; mandóse después llevarlo a todos

para que _probase la uniformidad_ de la opinión. Se deseaba obedecer,

pero al mudar de vestido se olvidaba. La policía vino en auxilio de la

memoria. Se distribuían mazorqueros por las calles, y sobre todo en las

puertas de los templos, y a la salida de las señoras se distribuían sin

misericordia zurriagazos con vergas de toro. Pero aún quedaba mucho que

arreglar. ¿Llevaba uno la cinta negligentemente anudada?, ¡vergazos!;

era unitario. ¿Llevábala chica?, ¡vergazos!; era unitario. ¿No la

llevaba?, ¡degollarlo por contumaz! No paró ahí ni la solicitud del

Gobierno ni la educación pública. No bastaba ser federal ni llevar la

cinta, que era preciso además que ostentase el retrato del ilustre

restaurador sobre el corazón, en señal de amor _intenso_, y los letreros

_mueran los salvajes inmundos unitarios_[28]. ¿Creeríase que con esto

estaba terminada la obra de envilecer a un pueblo culto y hacerle

renunciar a toda dignidad personal? ¡Ah!, todavía no estaba bien

disciplinado. Amanecía una mañana en una esquina de Buenos Aires un

figurón pintado en papel con una cinta flotante de media vara. En el

momento que alguno la veía, retrocedía despavorido llevando por todas

partes la alarma, entrábase en la primer tienda y salía de allí con una

cinta de media vara. Diez minutos después toda la ciudad se presentaba

en las calles, cada uno con su cinta flotante de media vara de largo.

Aparecía otro día otro figurón con una ligera alteración en la cinta, la

misma maniobra.

Si alguna señorita se olvidaba del moño colorado, la policía le pegaba

_gratis_ uno en la cabeza ¡con brea derretida! ¡Así se ha conseguido

uniformar la opinión! ¡Preguntad en toda la República Argentina si hay

uno que no sostenga y crea que es federal...! Ha sucedido mil veces que

un vecino ha salido a la puerta de su casa, y visto barrida la parte

fronteriza de la calle, al momento ha mandado barrer, le ha seguido su

vecino, y en media hora ha quedado barrida toda la calle entera,

creyéndose que era una orden de la policía. Un pulpero iza una bandera

por llamar la atención, velo el vecino, y temeroso de ser tachado de

tardo por el gobernador, iza la suya, ízanla los del frente, ízanla en

toda la calle, pasa a otras y en un momento queda empavesado Buenos

Aires. La policía se alarma, inquiere qué noticia tan fausta se ha

recibido que ella ignora, sin embargo... ¡Y éste era el pueblo que

rendía a 11.000 ingleses en las calles y mandaba después cinco ejércitos

por el continente americano a caza de españoles!

Es que el terror es una enfermedad del ánimo que aqueja a las

poblaciones, como el cólera morbo, la viruela, la escarlatina. Nadie se

libra al fin del contagio. Y cuando se trabaja de diez años consecutivos

para inocularlo, no resisten al fin ni los ya vacunados. ¡No os riáis,

pues, pueblos hispanoamericanos al ver tanta degradación! ¡Mirad que

sois españoles, y la inquisición educó así a la España! Esta enfermedad

la traemos en la sangre. ¡Cuidado, pues!

Volvamos a tomar el hilo de los hechos. Facundo entró triunfante en

Tucumán y regresó a La Rioja pasados unos pocos días, sin cometer actos

notables de violencia y sin imponer contribuciones. Es que la

regularidad constitucional de Rivadavia había formado una conciencia

pública que no era posible arrastrar de un golpe.

Facundo regresa a La Rioja; pero enemigo de la Presidencia que lo ha

comisionado para deponer a La Madrid, Quiroga no sabía qué decir

fijamente sobre el motivo de esta oposición a la Presidencia, lo que es

muy natural. Él mismo no podría haberse dado cuenta de ello. «Yo no soy

federal--decía siempre--, que soy tonto.» «¿Sabe usted--decía una vez a

don Dalmacio Vélez--, por qué, he hecho la guerra? ¡Por esto!» Y sacaba

una onza de oro. Mentía Facundo.

Otras veces decía: «Carril, gobernador de San Juan, me hizo un desaire

desatendiendo mi recomendación por Carita, y me eché por eso en la

oposición al Congreso.» Mentía.

Sus enemigos decían: «Tenía muchas acciones en la Casa de la Moneda, y

propusieron venderla al Gobierno Nacional en 300.000 pesos. Rivadavia

rechazó esta propuesta porque era un robo escandaloso, y Facundo se

alistó desde entonces entre sus enemigos.» El hecho es cierto, pero no

fué éste el motivo.

Créese que cedió a las sugestiones de Bustos e Ibarra para oponerse,

pero hay un documento que acredita lo contrario. En carta que escribía

al general La Madrid en 1832, le decía: «Cuando fuí invitado por los muy

nulos y bajos Bustos e Ibarra, no considerándoles capaces de hacer

oposición con provecho al déspota presidente don Bernardino Rivadavia,

los desprecié; pero habiéndome asegurado el edecán del finado Bustos,

coronel don Manuel del Castillo, que usted estaba de acuerdo en este

negocio y era el más interesado en él, no trepidé un momento en

decidirme a arrostrar todo compromiso, contando únicamente con su espada

para esperar un desenlace feliz... ¡Cuál fué mi chasco...!»

No era federal, ni ¡cómo había de serlo! Qué, ¿es necesario ser tan

ignorante como un caudillo de campaña para conocer la forma de gobierno

que más conviene a la República? Cuanta menos instrucción tiene un

hombre, ¿tanta más capacidad es la suya para juzgar de las arduas

cuestiones de la alta política? Pensadores como López, como Ibarra, como

Facundo, ¿eran los que con sus estudios históricos, sociales,

geográficos, filosóficos, legales, iban a resolver el problema de la

conveniente organización de un Estado? ¡Eh!... Dejemos esas torpezas a

don Juan Manuel Rosas, que sabe que, clavando a los hombres un trapo

colorado en el pecho, las cuestiones están resueltas. Dejemos a un lado

las palabras vanas con que con tanta imprudencia se han burlado de los

incautos. Facundo dió contra el Gobierno que lo había mandado a

Tucumán, por la misma razón que dió contra Aldao, que lo mandó a La

Rioja. Se sentía fuerte y con voluntad de obrar; impulsábalo a ello un

instinto ciego, indefinido, y obedecía a él; era el comandante de

campaña, el gaucho malo, enemigo de la justicia civil, del orden civil,

del hombre decente, del sabio, del frac, de la _ciudad_, en una palabra.

La destrucción de todo esto le estaba encomendada de lo alto, y no podía

abandonar su misión.

Por este tiempo una singular cuestión vino a complicar los negocios. En

Buenos Aires, puerto de mar, residencia de 16.000 extranjeros, el

Gobierno propuso conceder a estos extranjeros la libertad de cultos, y

la parte más ilustrada del clero sostuvo y sancionó la ley; los

conventos fueron secularizados y rentados los sacerdotes. En Buenos

Aires este asunto no metió bulla, porque eran puntos éstos en que las

opiniones estaban de acuerdo; las necesidades eran patentes. La cuestión

de libertad de cultos es en América una cuestión de política y de

economía. Quien dice libertad de cultos, dice inmigración europea y

población. Tan no causó impresión en Buenos Aires, que Rosas no se ha

atrevido a tocar nada de lo acordado entonces, y es preciso que sea un

absurdo inconcebible aquello que Rosas no intente.

En las provincias, empero, ésta fué una cuestión de religión, de

salvación y condenación eterna. ¡Imagináos cómo la recibiría Córdoba! En

Córdoba se levantó una inquisición. San Juan experimentó una sublevación

_católica_, porque así se llama el partido para distinguirse de los

_libertinos_, sus enemigos. Sofocada esta revolución en San Juan, sábese

un día que Facundo está a las puertas de la ciudad con una bandera negra

dividida por una cruz sanguinolenta, rodeada de este lema: _¡Religión o

muerte!_

¿Recuerda el lector que he copiado de un manuscrito que Facundo _nunca

se confesaba, ni oía misa, ni rezaba, y que él mismo decía que no creía

en nada_? Pues bien: el espíritu de partido aconsejó a un célebre

predicador llamarlo el _Enviado de Dios_ e inducir a la muchedumbre a

seguir sus banderas. Cuando este mismo sacerdote abrió los ojos y se

separó de la cruzada criminal que había predicado, Facundo decía que

nada más sentía que no haberlo a las manos para darle seiscientos

azotes.

Llegado a San Juan, los principales de la ciudad, los magistrados que no

habían fugado; los sacerdotes, complacidos por aquel auxilio divino,

salen a encontrarlo, y en una calle forman dos largas filas. Facundo

pasa sin mirarlos; síguenle a la distancia, turbados, mirándose unos a

otros en la común humillación, hasta que llegan al centro de un potrero

de alfalfa, alojamiento que el general pastor, este _hicso_ moderno,

prefiere a los adornados edificios de la ciudad. Una negra que lo había

servido en su infancia se presenta a ver a su Facundo; la sienta a su

lado, conversa afectuosamente con ella, mientras que los sacerdotes, los

notables de la ciudad, están de pie, sin que nadie les dirija la

palabra, sin que el jefe se digne despedirlos.

Los _católicos_ debieron quedar un poco dudosos de la importancia e

idoneidad del auxilio que tan inesperadamente les venía. Pocos días

después, sabiendo que el cura de la Concepción era _libertino_, mandó

traerlo con sus soldados, vejarlo en el tránsito, ponerle una barra de

grillos, mandándole prepararse para morir. Porque han de saber mis

lectores chilenos que por entonces había en San Juan sacerdotes

_libertinos_, curas, clérigos, frailes, que pertenecían al partido de la

Presidencia. Entre otros, el presbítero Centeno, muy conocido en

Santiago, fué, con otros seis, uno de los que más trabajaron en la

reforma eclesiástica. Mas era necesario hacer algo en favor de la

religión para justificar el lema de la bandera. Con laudable fin escribe

una esquelita a un sacerdote amigo suyo, pidiéndole consejo sobre la

resolución que ha tomado, dice, de fusilar a todas las autoridades, en

virtud de no haber decretado aún la devolución de las temporalidades.

El buen sacerdote, que no había previsto lo que importa armar el crimen

en nombre de Dios, tuvo por lo menos escrúpulo sobre la forma en que se

iba a hacer reparación, y consiguió que se les dirigiese un oficio

pidiéndoles u ordenándoles que así lo hiciesen.

¿Hubo cuestión religiosa en la República Argentina? Yo lo negaría

redondamente si no supiese que cuanto más bárbaro, y, por tanto, más

religioso es un pueblo, tanto más susceptible es de preocuparse y

fanatizarse. Pero las masas no se movieron espontáneamente, y los que

adoptaron aquel lema, Facundo, López. Bustos, etc., eran completamente

indiferentes. Esto es capital. Las guerras religiosas del siglo XV en

Europa son mantenidas de ambas partes por creyentes sinceros, exaltados,

fanáticos y decididos hasta el martirio, sin miras políticas, sin

ambición. Los puritanos leían la Biblia en el momento antes del combate,

oraban y se preparaban con ayunos y penitencias. Sobre todo, el signo en

que se conoce el espíritu de los partidos es que realizan sus propósitos

cuando llegan a triunfar, aun más allá de donde estaban asegurados antes

de la lucha. Cuando esto no sucede hay decepción en las palabras.

Después de haber triunfado en la República Argentina el partido que se

apellida católico, ¿qué ha hecho por la religión o los intereses del

sacerdocio?

Lo único, que yo sepa, es haber expulsado a los jesuítas y degollado

cuatro sacerdotes respetables en Santos Lugares[29], después de haberles

desollado vivos la corona y las manos; poner al lado del Santísimo

Sacramento el retrato de Rosas y sacarlo en procesión bajo de palio.

¿Cometió jamás profanaciones tan horribles el partido _libertino_? El

partido ultracatólico, ¿ha desechado jamás la cooperación del

jesuitismo?

Pero ya es demasiado detenerme sobre este punto. Facundo en San Juan

ocupó su tiempo en jugar, abandonando a las autoridades el cuidado de

reunirle las sumas que necesitaba para resarcirse de los gastos que le

imponía la defensa de la religión. Todo el tiempo que permaneció allí

habitó un toldo en el centro de un potrero de alfalfa, y ostentó, porque

era ostentación meditada, el _chiripá_. Reto e insulto que hacía a una

ciudad donde la mayor parte de los ciudadanos cabalgaban en silla

inglesa, y donde los trajes y gustos bárbaros de la campaña eran

detestados, por cuanto es una provincia exclusivamente agricultora.

Una campaña más todavía sobre Tucumán contra el general La Madrid

completó el _debut_ o exhibición de este nuevo emir de los pastores. El

general La Madrid había vuelto al gobierno de Tucumán sostenido por la

provincia, y Facundo se creyó en el deber de desalojarlo. Nueva

expedición, nueva batalla, nueva victoria. Omito sus pormenores, porque

en ellos no encontraremos sino pequeñeces. Un hecho hay, sin embargo,

ilustrativo. La Madrid tenía en la batalla del Rincón 110 hombres de

infantería; cuando la acción se terminó, habían muerto 60 en la línea, y

excepto uno, los 50 restantes estaban heridos. Al día siguiente La

Madrid se presenta de nuevo a combatir, y Quiroga le manda uno de sus

ayudantes, desnudo, a decirle simplemente que la acción principiaría por

los 50 prisioneros que deja indicados, y una compañía de soldados

apuntándoles, con cuya intimación La Madrid abandonó toda tentativa de

hacer ninguna resistencia.

En todas estas tres expediciones en que Facundo ensaya sus fuerzas, se

nota todavía poca efusión de sangre, pocas violaciones de la moral. Es

verdad que se apodera en Tucumán de ganados, cueros, suelas, e impone

gruesas contribuciones en especies metálicas; pero aun no hay azotes a

los ciudadanos, no hay ultrajes a las señoras; son los males de la

conquista, pero aun sin sus horrores; el sistema pastoril no se

desenvuelve sin freno y con toda la ingenuidad que muestra más tarde.

¿Qué parte tenía el Gobierno legítimo de La Rioja en estas expediciones?

¡Oh! Las formas existen aún, pero el espíritu estaba todo en el

comandante de campaña. Blanco deja el mando, harto de humillaciones, y

Agüero entra en el Gobierno. Un día Quiroga raya su caballo en la puerta

de su casa, y le dice: «Señor gobernador: vengo a avisarle que estoy

acampado a dos leguas con mi escolta.» Agüero renuncia. Trátase de

elegir nuevo gobernador, y a petición de los vecinos, él se digna

indicarles a Galván. Recíbele éste, y en la noche es asaltado por una

partida; fuga, y Quiroga se ríe mucho de la aventura. La Junta de

representantes se componía de hombres que ni leer sabían.

Necesita dinero para la primera expedición a Tucumán, y pide al tesorero

de la Casa de la Moneda 8.000 pesos por cuenta de sus acciones, que no

había pagado; en Tucumán pide 25.000 pesos para pagar a sus soldados,

que nada reciben, y más tarde pasa la cuenta de 18.000 pesos a Dorrego

para que le abone los costos de la expedición que había hecho por orden

del gobernador de Buenos Aires. Dorrego se apresura a satisfacer tan

justa demanda. Esta suma se la reparten entre él y Moral, gobernador de

La Rioja, que le sugerió la idea; seis años después daba en San Juan 700

azotes al mismo Moral, en castigo de su ingratitud.

Durante el gobierno de Blanco, se traba una disputa en una partida de

juego. Facundo toma de los cabellos a su contendor, lo sacude y quiebra

el pescuezo. El cadáver fué enterrado y apuntada la partida: «Muerto de

muerte natural.» Al salir para Tucumán, manda una partida a casa de

Zárate, propietario pacífico, pero conocido por su valor y su desprecio

a Quiroga; sale aquél a la puerta, y apartando a la mujer e hijas, lo

fusilan, dejando a la viuda el cuidado de enterrarlo. De vuelta de la

expedición, se encuentra con Gutiérrez, ex gobernador de Catamarca y

partidario del Congreso, y le insta que vaya a vivir a La Rioja, donde

estará seguro. Pasan ambos una temporada en la mayor intimidad; pero un

día que le ha visto en las carreras rodeado de gauchos amigos, lo

prenden, dándole una hora para prepararse a morir. El espanto reina en

La Rioja; Gutiérrez es un hombre respetable, que se ha granjeado el

afecto de todos. El presbítero doctor Colina, el cura Herrera, el padre

provincial Tarrima, el padre Cernadas, guardián de San Francisco, y el

padre prior de Santo Domingo, se presentan a pedirle que al menos dé al

reo tiempo para testar y confesarse. «Ya veo--contestó--que Gutiérrez

tiene aquí muchos partidarios. ¡A ver! ¡Un ordenanza! Lleve a estos

hombres a la cárcel y que mueran en lugar de Gutiérrez.» Son llevados,

en efecto; dos se echan a llorar a gritos y a correr para salvarse; a

otro le sucede algo peor que desmayarse; los otros son puestos en

capilla. Al oír la historia, se echa a reír Facundo y los manda poner en

libertad.

Estas escenas con los sacerdotes son frecuentes en el _Enviado de Dios_.

En San Juan hace pasearse un negro vestido de clérigo; en Córdoba a

nadie desea coger sino al doctor Castro Barros, con quien tiene que

arreglar una cuenta; en Mendoza anda con un clérigo prisionero con

sentencia de muerte, y es sentado para ser fusilado; en Atiles hace lo

mismo con el cura de Alguia; en Tucumán con el prior de un convento. Es

verdad que a ninguno fusila; eso estaba reservado a Rosas, jefe también

del partido católico, pero los veja, los humilla, los ultraja, lo que no

estorba que todos los viejos y las beatas dirijan sus plegarias al cielo

por que dé la victoria a sus armas.

Pero la historia de Gutiérrez no concluye aquí. Quince días después

recibe orden de salir desterrado con escolta. Llegado que hubo a un

alojamiento, se enciende fuego para cenar, y Gutiérrez se comide a

soplarlo. El oficial le descarga un palo; sucédense otros, y los sesos

saltan por los alrededores. Un chasque sale inmediatamente, avisando al

gobernador Moral, que habiendo querido fugarse el reo... El oficial no

sabía escribir, y entre las provisiones de viaje había traído desde La

Rioja el oficio cerrado.

Estos son los acontecimientos principales que ocurren durante los

primeros ensayos de fusión de la República que hace Facundo; porque éste

es un simple ensayo; todavía no ha llegado el momento de la alianza de

todas las fuerzas pastoras, para que salga de la lucha la nueva

organización de la República. Rosas es ya grande en la campaña de Buenos

Aires, pero aun no tiene nombre ni títulos; trabaja, empero; la agita,

la subleva. La Constitución dada por el Congreso es rechazada de todos

los pueblos en que los caudillos tienen influencia. En Santiago del

Estero se presenta el enviado en traje de etiqueta, y lo recibe Ibarra

en mangas de camisa y _chiripá_. Rivadavia renuncia, _en razón de que la

voluntad de los pueblos está en oposición_, «¡pero el vandalaje os va a

devorar!», añade en su despedida. ¡Hizo bien en renunciar! Rivadavia

tenía por misión presentarnos el constitucionalismo de Benjamín Constant

con todas sus palabras huecas, sus decepciones y sus ridiculeces.

Rivadavia ignoraba que cuando se trata de la civilización y la libertad

de un pueblo, un Gobierno tiene ante Dios y ante las generaciones

venideras arduos deberes que desempeñar, y que no hay caridad ni

compasión en abandonar a una nación por treinta años a las devastaciones

y a la cuchilla del primero que se presente a despedazarla y degollarla.

Los pueblos en su infancia son unos niños que nada preven, y es preciso

que los hombres de alta previsión y de alta comprensión les sirvan de

padre. El vandalaje nos ha devorado, en efecto, y es bien triste gloria

el vaticinarlo en una proclama y no hacer el menor esfuerzo por

estorbarle.

CAPÍTULO V.

GUERRA SOCIAL.--LA TABLADA

«Il y a un quatrième élément qui

arrive, ce sont les barbares, ce

sont des hordes nouvelles, qui

viennent se jeter dans la société

antique avec une compléte fraîcheur

de moeurs, d'âme et d'esprit;

qui n'ont rien fait, qui sont prêts à

tout recevoir avec toute l'aptitude

de l'ignorance la plus docile, et la

plus naïve.»

LHERMINIER.

La Presidencia ha caído en medio de los silbos y las rechiflas de sus

adversarios. Dorrego, el hábil jefe de la oposición en Buenos Aires, es

el amigo de los Gobiernos del interior, sus fautores y sostenedores en

la campaña parlamentaria en que logró triunfar. En el exterior, la

victoria parece haberse divorciado con la República, y aunque sus armas

no sufren desastres en el Brasil, se siente por todas partes la

necesidad de la paz. La oposición de los jefes del interior había

debilitado al ejército, destruyendo o negando los contingentes que

debían reforzarlo. En el interior reina una tranquilidad aparente; pero

el suelo parece removerse, y rumores extraños turban la quieta

superficie. La Prensa de Buenos Aires brilla con resplandores

siniestros; la amenaza está en el fondo de los artículos que se lanzan

diariamente oposiciones y Gobierno.

La administración Dorrego siente que el vacío empieza a hacerse en torno

suyo; que el partido de la _ciudad_, que se ha denominado federal y lo

ha elevado, no tiene elementos para sostenerse con brillo después de la

presidencia. La administración Dorrego no había resuelto ninguna de las

cuestiones que tenían dividida la República, mostrando, por el

contrario, toda la impotencia del federalismo.

Dorrego era _porteño_ antes de todo. ¿Qué le importaba el interior? El

ocuparse de sus intereses habría sido manifestarse _unitario_, es decir,

nacional. Dorrego había prometido a los caudillos y pueblos todo cuanto

podía afianzar la perpetuidad de los unos y favorecer los intereses de

los otros; elevado, empero, al Gobierno, ¿qué nos importa, decía allá en

sus círculos, que los tiranuelos despoticen a esos pueblos? ¿Qué valen

para nosotros 4.000 pesos anuales dados a López y 18.000 a Quiroga, para

nosotros, que tenemos el puerto y la Aduana que nos produce millón y

medio, que el _fatuo_ Rivadavia quería convertir en rentas nacionales?

Porque no olvidemos que el sistema de aislamiento se traduce por una

frase cortísima: cada uno para sí. ¿Pudo prever Dorrego y su partido que

las provincias vendrían un día a castigar a Buenos Aires por haberles

negado su influencia civilizadora, y que, a fuerza de despreciar su

atraso y su barbarie, ese atraso y esa barbarie habían de penetrar en

las calles de Buenos Aires, establecerse allí y sentar sus reales en el

fuerte?

Pero Dorrego podía haberlo visto, si él o los suyos hubiesen tenido

mejores ojos. Las provincias estaban ahí, a las puertas de la ciudad,

esperando la ocasión de penetrar en ella. Desde los tiempos de la

Presidencia, los decretos de la autoridad civil encontraban una barrera

impenetrable en los arrabales exteriores de la ciudad. Dorrego había

empleado como instrumento de oposición esta resistencia exterior, y

cuando su partido triunfó condecoró al aliado de extramuros con el

dictado de _Comandante general de la Campaña_. ¿Qué lógica de hierro es

ésta que hace escalón indispensable para un caudillo su elevación a

comandante de campaña? Donde no existe este andamio, como sucedía

entonces en Buenos Aires, se levanta exprofeso, como si se quisiese,

antes de meter el lobo en el redil, exponerlo a las miradas de todos y

elevarlo en los escudos.

Dorrego, más tarde, encontró que el _Comandante de Campaña_, que había

estado haciendo bambolear la Presidencia y tan poderosamente había

contribuído a derrocarla, era una palanca aplicada constantemente al

Gobierno, y que, caído Rivadavia y puesto en su lugar a Dorrego, la

palanca continuaba su trabajo de desquiciamiento. Dorrego y Rosas están

en presencia el uno del otro, observándose y amenazándose. Todos los del

círculo de Dorrego recuerdan su frase favorita: «_¡El gaucho pícaro!_»

«Que siga enredando--decía--, y el día menos pensado lo fusilo.» ¡Así

decían también los Ocampo cuando sentían sobre su hombro la robusta

garra de Quiroga!

Indiferente para los pueblos del interior, débil con su elemento federal

de la _ciudad_ y en lucha ya con el poder de la campaña que había

llamado en su auxilio, Dorrego, que ha llegado al Gobierno por la

oposición parlamentaria y la polémica, trata de atraerse a los

unitarios, a quienes ha vencido. Pero los partidos no tienen ni caridad

ni previsión. Los unitarios se le ríen en las barbas; se complotan y se

pasan la palabra: «Vacila--dicen--, dejémosle caer.» Los unitarios no

comprendían que con Dorrego venían replegándose a la _ciudad_ los que

habían querido hacerse intermediarios entre ellos y la campaña, y que el

monstruo de que huían no buscaba a Dorrego, sino a la _ciudad_, a las

instituciones civiles, a ellos mismos, que eran su más alta expresión.

Facundo · 第 10 / 24 段