En la casa de sus huéspedes jamás se consiguió sentarlo a la mesa común;

en la escuela era altivo, huraño y solitario; no se mezclaba con los

demás niños sino para encabezar actos de rebelión y para darles de

golpes. El _magister_, cansado de luchar con este carácter indomable, se

provee una vez de un látigo nuevo y duro, y enseñándolo a los niños,

aterrados, «éste es--les dice--para estrenarlo en Facundo». Facundo, de

edad de once años, oye esta amenaza y al día siguiente la pone a prueba.

No sabe la lección, pero pide al maestro que se la tome en persona,

porque el pasante lo quiere mal. El maestro condesciende; Facundo comete

un error, comete dos, tres, cuatro; entonces el maestro hace uso del

látigo, y Facundo, que todo lo ha calculado, hasta la debilidad de la

silla en que su maestro está sentado, dale una bofetada, vuélcalo de

espaldas, y entre el alboroto que esta escena suscita, toma la calle y

va a esconderse en ciertos parrones de una viña, de donde no se le saca

sino después de tres días. ¿No es ya el caudillo que va a desafiar más

tarde a la sociedad entera?

Cuando llega a la pubertad, su carácter toma un tinte más pronunciado.

Cada vez más sombrío, más imperioso, más selvático, la pasión del juego,

la pasión de las almas rudas que necesitan fuertes sacudimientos para

salir del sopor que las adormeciera, domínalo irresistiblemente a la

edad de quince años. Por ella se hace una reputación en la ciudad; por

ella se hace intolerable en la casa en que se le hospeda; por ella, en

fin, derrama por un balazo dado a un Jorge Peña el primer reguero de

sangre que debía entrar en el ancho torrente que ha dejado marcado su

pasaje en la tierra.

Desde que llega a la edad adulta, el hilo de su vida se pierde en un

intrincado laberinto de vueltas y revueltas por los diversos pueblos

vecinos; oculto unas veces, perseguido siempre, jugando, trabajando en

clase de peón, dominando todo lo que se le acerca y distribuyendo

puñaladas. En San Juan muéstranse hoy en la esquina de los Godoyes

tapias pisadas por Quiroga. En La Rioja las hay de su mano en Fiambalá.

Él enseñaba otras en Mendoza en el lugar mismo en que una tarde hacía

traer de sus casas a veintiséis oficiales de los que capitularon en

Chacón para hacerlos fusilar, en expiación de los manes de Villafañe; en

la campaña de Buenos Aires también mostraba algunos momentos de su vida

de peón errante. ¿Qué causas hacen a este hombre, criado en una casa

decente, hijo de un hombre acomodado y virtuoso, descender a la

condición del gañán, y en ella escoger el trabajo más estúpido, más

brutal, en el que sólo entra la fuerza física y la tenacidad? ¿Será que

el tapiador gana doble sueldo y que se da prisa para juntar un poco de

dinero?

Lo más ordenado que de esta vida obscura y errante he podido recoger, es

lo siguiente: Hacia el año 1806 vino a Chile con un cargamento de grana

de cuenta de sus padres. Jugólo con la tropa y los troperos, que eran

esclavos de su casa. Solía llevar a San Juan y Mendoza arreos de ganado

de la estancia paterna, que tenían siempre la misma suerte; porque en

Facundo era el juego una pasión feroz, ardiente, que le resecaba las

entrañas. Estas adquisiciones y pérdidas sucesivas debieron cansar las

larguezas paternales, porque al fin interrumpió toda relación amigable

con su familia. Cuando era ya el terror de la República, preguntábale

uno de sus cortesanos: «¿Cuál es, general, la parada más grande que ha

hecho en su vida?» «Sesenta pesos»--contestó Quiroga con indiferencia;

acababa de ganar, sin embargo, una de doscientas onzas. Era, según lo

explicó después, que en su juventud, no teniendo sino sesenta pesos, los

había perdido juntos a una sota.

Pero este hecho tiene su historia característica. Trabajaba de peón en

Mendoza en la hacienda de una señora, sita aquélla en el Plumerillo.

Facundo se hacía notar hacía un año por su puntualidad en salir al

trabajo y por la influencia y predominio que ejercía sobre los demás

peones. Cuando éstos querían hacer falla para dedicar el día a una

borrachera, se entendían con Facundo, quien lo avisaba a la señora,

prometiéndole responder de la asistencia de todos al día siguiente, la

que era siempre puntual. Por esta intercesión llamábanle los peones el

padre.

Facundo, al fin de un año de trabajo asiduo, pidió su salario, que

ascendía a sesenta pesos; montó en su caballo sin saber adónde iba, vió

gente en una pulpería, desmontóse y alargando la mano sobre el grupo que

rodeaba al tallador, puso sus sesenta pesos a una carta; perdiólos y

montó de nuevo marchando sin dirección fija, hasta que a poco andar, un

juez Toledo, que acertaba a pasar a la sazón, le detuvo para pedirle su

papeleta de conchavo.

Facundo aproximó su caballo en ademán de entregársela, afectó buscar

algo en su bolsillo, y dejó tendido al juez de una puñalada. ¿Se vengaba

en el juez de la reciente pérdida? ¿Quería sólo saciar el encono de

gaucho malo contra la autoridad civil y añadir este nuevo hecho al

brillo de su naciente fama? Lo uno y lo otro. Estas venganzas sobre el

primer objeto que se presentaba, son frecuentes en su vida. Cuando se

apellidaba general y tenía coroneles a sus órdenes, hacía dar en su

casa, en San Juan, doscientos azotes a uno de ellos por haberle ganado

mal, decía; a un joven doscientos azotes, por haberse permitido una

chanza en momentos en que él no estaba para chanzas; a una mujer en

Mendoza que le había dicho al paso, «adiós mi general», cuando él iba

enfurecido porque no había conseguido intimidar a un vecino tan

pacífico, tan juicioso, como era valiente y gaucho, doscientos azotes.

Facundo reaparece después en Buenos Aires, donde en 1810 es enrolado

como recluta en el regimiento de _Arribeños_ que manda el general

Ocampo, su compatriota, después presidente de Charcas. La carrera

gloriosa de las armas se abría para él con los primeros rayos del sol de

Mayo; y no hay duda que con el temple de alma de que estaba dotado, con

sus instintos de destrucción y carnicería, Facundo, moralizado por la

disciplina y ennoblecido por la sublimidad del objeto de la lucha,

habría vuelto un día del Perú, Chile o Bolivia, uno de los generales de

la República Argentina, como tantos otros valientes gauchos que

principiaron su carrera desde el humilde puesto del soldado. Pero el

alma rebelde de Quiroga no podía sufrir el yugo de la disciplina, el

orden del cuartel, ni la demora de los ascensos. Se sentía llamado a

mandar, a surgir de un golpe, a crearse él solo a despecho de la

sociedad civilizada, en hostilidad con ella, una carrera a su modo,

asociando el valor y el crimen, el gobierno y la desorganización. Más

tarde fué reclutado para el ejército de los Andes, y enrolado en

_Granaderos a caballo_; un teniente García lo tomó de asistente, y bien

pronto la deserción dejó un vacío en aquellas gloriosas filas. Después

Quiroga, como Rosas, como todas esas víboras que han medrado a la

sombra de los laureles de la patria, se ha hecho notar por su odio a los

militares de la independencia, en los que uno y otro han hecho una

horrible matanza.

Facundo, desertando de Buenos Aires, se encamina a las provincias con

tres compañeros. Una partida le da alcance; hace frente, libra una

verdadera batalla, que permanece indecisa por algún tiempo, hasta que,

dando muerte a cuatro o cinco, puede continuar su camino, abriéndose

paso todavía a puñaladas por entre otras partidas que hasta San Luis le

salen al paso. Más tarde debía recorrer este mismo camino con un puñado

de hombres, disolver ejércitos en lugar de partidas, e ir hasta la

Ciudadela famosa de Tucumán a borrar los últimos restos de la República

y del orden civil.

Facundo reaparece en los Llanos en la casa paterna. A esta época se

refiere un suceso que está muy válido y del que nadie duda. Sin embargo,

en uno de los manuscritos que consulto, interrogado su autor sobre este

mismo hecho, contesta: «Que no sabe que Quiroga haya tratado nunca de

arrancar a sus padres dinero por la fuerza»; y contra la tradición

constante, contra el asentimiento general, quiero atenerme a este dato

contradictorio. ¡Lo contrario es horrible! Cuéntase que habiéndose

negado su padre a darle una suma de dinero que le pedía, acechó el

momento en que padre y madre durmieran la siesta, para poner aldaba a la

pieza donde estaban, y prender fuego el techo de paja con que están

cubiertas por lo general las habitaciones de los Llanos[25].

Pero lo que hay de averiguado es que su padre pidió una vez al Gobierno

de La Rioja que lo prendieran para contener sus demasías, y que Facundo,

antes de fugarse de los Llanos, fué a la ciudad de La Rioja, donde a la

sazón se hallaba aquél, y cayendo de improviso sobre él, le dió una

bofetada, diciéndole: «¿Usted me ha mandado prender? ¡Tome, mándeme

prender ahora!», con lo cual montó en su caballo y partió a galope para

el campo. Pasado un año, preséntase de nuevo en la casa paterna, échase

a los pies del anciano ultrajado, confunden ambos sus sollozos, y entre

las protestas de enmienda del hijo y las reconvenciones del padre, la

paz queda restablecida, aunque sobre base tan deleznable y efímera.

Pero su carácter y hábitos desordenados no cambian, y las carreras y el

juego, las correrías del campo, son el teatro de nuevas violencias, de

nuevas puñaladas y agresiones, hasta llegar, al fin, a hacerse

intolerable para todos e insegura su posición. Entonces un gran

pensamiento viene a apoderarse de su espíritu, y lo anuncia sin empacho.

El desertor de los _Arribeños_, el soldado de _Granaderos a caballo_,

que no ha querido inmortalizarse en Chacabuco y en Maipú, resuelve ir a

reunirse a la montonera de Ramírez, vástago de la de Artigas, y cuya

celebridad en crímenes y en odio a las ciudades a que hace la guerra, ha

llegado hasta los Llanos y tiene lleno de espanto a los gobiernos.

Facundo parte a asociarse a aquellos filibusteros de la Pampa, y acaso

la conciencia que deja de su carácter e instintos, y de la importancia

del refuerzo que va a dar a aquellos destructores, alarma a sus

compatriotas, que instruyen a las autoridades de San Luis, por donde

debía pasar, del designio infernal que lo guía. Dupuy, gobernador

entonces (1818), lo hace aprehender, y por algún tiempo permanece

confundido entre los criminales vulgares que las cárceles encierran.

Esta cárcel de San Luis, empero, debía ser el primer escalón que había

de conducirlo a la altura a que más tarde llegó. San Martín había hecho

conducir a San Luis un gran número de oficiales españoles de todas

graduaciones de los que habían sido tomados prisioneros en Chile. Sea

hostigados por humillaciones y sufrimientos, sea que previesen la

posibilidad de reunirse de nuevo a los ejércitos españoles, el depósito

de prisioneros se sublevó un día, y abrió la puerta de los calabozos a

los reos ordinarios, a fin de que le prestasen ayuda para la común

evasión. Facundo era uno de estos reos; no bien se vió desembarazado de

las prisiones, cuando enarbolando el _macho_ de los grillos, abre el

cráneo al español mismo que se los había quitado, hiende por entre el

grupo de los amotinados y deja una ancha calle sembrada de cadáveres en

el espacio que ha querido recorrer. Dícese que el arma de que usó fué

una bayoneta, y que los muertos no pasaron de tres; Quiroga, empero,

hablaba siempre del _macho_ de los grillos y de catorce muertos.

Acaso es ésta una de esas idealizaciones con que la imaginación poética

del pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal que tanto admira;

acaso la historia de los grillos es una traducción argentina de la

quijada de Sansón, el Hércules hebreo; pero Facundo lo aceptaba como un

timbre de gloria, según su bello ideal, y _macho_ de grillos o

bayoneta, él, asociándose a otros soldados y presos a quienes su ejemplo

alentó, logró sofocar el alzamiento y reconciliarse por este acto de

valor con la sociedad y ponerse bajo la protección de la patria,

consiguiendo que su nombre volase por todas partes ennoblecido y lavado,

aunque con sangre, de las manchas que lo afeaban. Facundo, cubierto de

gloria, mereciendo bien de la patria y con una credencial que acredita

su comportación, vuelve a La Rioja y ostenta en los Llanos entre los

gauchos los nuevos títulos que justifican el terror que ya empieza a

inspirar su nombre, porque hay algo de imponente, algo que subyuga y

domina en el premiado asesino de catorce hombres a la vez.

Aquí termina la vida privada de Quiroga, de la que he omitido una larga

serie de hechos que sólo pintan el mal carácter, la mala educación y los

instintos feroces y sanguinarios de que estaba dotado. Sólo he hecho uso

de aquéllos que explican el carácter de la lucha, de aquéllos que entran

en proporciones distintas, pero formados de elementos análogos, en el

tipo de los caudillos de las campañas que han logrado al fin sofocar la

civilización de las ciudades, y que últimamente han venido a completarse

en Rosas, el legislador de esta civilización tártara, que ha ostentado

toda su antipatía a la civilización europea en torpezas y atrocidades

sin nombre aún en la historia.

Pero aún quédame algo por notar en el carácter y espíritu de esta

columna de la Federación. Un hombre literato, un compañero de infancia y

de juventud de Quiroga que me ha suministrado muchos de los hechos que

dejo referidos, me incluye en su manuscrito, hablando de los primeros

años de Quiroga, estos datos curiosos: «que no era ladrón antes de

figurar como hombre público; que nunca robó, aun en sus mayores

necesidades; que no sólo gustaba de pelear, sino que pagaba por hacerlo

y por insultar al más pintado; _que tenía mucha aversión a los hombres

decentes_; que no solía tomar licor nunca; que de joven era muy

reservado, y no sólo quería infundir miedo, sino aterrar, para lo que

hacía entender a hombres de su confianza que tenía agoreros o era

adivino; que con los que tenía relación los trataba como esclavos; _que

jamás se ha confesado, rezado ni oído misa_; que cuando estuvo de

general lo vió una vez en misa; que él mismo le decía que no creía en

nada». El candor con que estas palabras están escritas revela su verdad.

Toda la vida pública de Quiroga me parece resumida en estos datos. Veo

en ellos el hombre grande, el hombre genio a su pesar, sin saberlo él,

el César, el Tamerlán, el Mahoma. Ha nacido así y no es culpa suya; se

abajará en las escalas sociales para mandar, para dominar, para combatir

el poder de la ciudad, la partida de la policía. Si le ofrecen una plaza

en los ejércitos la desdeñará, porque no tiene paciencia para aguardar

los ascensos, porque hay mucha sujeción, muchas trabas puestas a la

independencia individual, hay generales que pesan sobre él, hay una

casaca que oprime el cuerpo y una táctica que regla los pasos; ¡todo

esto es insufrible! La vida de a caballo, la vida de peligros y

emociones fuertes han acerado su espíritu y endurecido su corazón; tiene

odio invencible, instintivo, contra las leyes que lo han perseguido,

contra los jueces que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esa

organización de que se ha sustraído desde la infancia y que lo mira con

prevención y menosprecio. Aquí se eslabona insensiblemente el lema de

este capítulo: «Es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún a

contener o a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda su

energía, entregándose a toda su impetuosidad.» Ese es el carácter del

género humano y así se muestra en las campañas pastoras de la República

Argentina. Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conoció

sujeción de ningún género; su cólera era la de las fieras; la melena de

sus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos

en guedejas, como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se

enronquecía y sus miradas se convertían en puñaladas.

Dominado por la cólera mataba a patadas estrellándole los sesos a N por

una disputa de juego; arrancaba ambas orejas a su querida porque le

pedía una vez 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él;

abría a su hijo Juan la cabeza de un hachazo porque no había forma de

hacerlo callar; daba de bofetadas en Tucumán a una linda señorita a

quien ni seducir ni forzar podía. En todos sus actos mostrábase el

hombre bestia aún, sin ser por eso estúpido y sin carecer de elevación

de miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido;

pero este gusto era exclusivo, dominante, hasta el punto de arreglar

todas las acciones de su vida a producir el terror en torno suyo, sobre

los pueblos como sobre los soldados, sobre la víctima que iba a ser

ejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de manejar

los resortes del gobierno civil, ponía el terror como expediente para

suplir el patriotismo y la abnegación; ignorante, rodeándose de

misterios y haciéndose impenetrable, valiéndose de una sagacidad

natural, una capacidad de observación no común y de la credulidad del

vulgo, fingía una presciencia de los acontecimientos que le daba

prestigio y reputación entre las gentes vulgares.

Es inagotable el repertorio de anecdotas de que está llena la memoria de

los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen

un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta

tintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe. ¿Qué

diferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandar

partir en dos el niño disputado, a fin de descubrir la verdadera madre,

y este otro para encontrar un ladrón? Entre los individuos que formaban

una compañía habíase robado un objeto, y todas las diligencias

practicadas para descubrir el raptor habían sido infructuosas. Quiroga

forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantos

soldados había, hace en seguida que se distribuyan a cada uno, y luego

con voz segura, dice: «Aquél cuya varita amanezca mañana más grande que

las demás, ése es el ladrón.» Al día siguiente fórmase de nuevo la

tropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de las varitas.

Un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras.

«¡Miserable!--le grita Facundo con voz aterrante--, ¡tú eres!...» Y en

efecto, él era; su turbación lo dejaba conocer demasiado. El expediente

es sencillo: el crédulo gaucho, temiendo que, efectivamente, creciese su

varita, le había cortado un pedazo. Pero se necesita cierta superioridad

y cierto conocimiento de la naturaleza humana para valerse de estos

medios.

Habíanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas las

pesquisas habían sido inútiles para descubrir al raptor. Facundo hace

formar la tropa y que desfile por delante de él, que está con los brazos

cruzados, la mirada fija, escudriñadora, terrible. Antes ha dicho: «Yo

sé quién es», con una seguridad que nada desmiente. Empiezan a desfilar,

desfilan muchos, y Quiroga permanece inmóvil; es la estatua de Júpiter

Tonante, es la imagen del Dios del Juicio Final. De repente se abalanza

sobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: «¿Dónde

está la montura?» «Allí, señor»--contesta, señalando un bosquecillo.

«Cuatro tiradores»--grita entonces Quiroga. ¿Qué revelación era ésta? La

del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez

un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo;

Facundo le interrumpe diciendo: «Ya este pícaro está mintiendo; ¡a

ver... cien azotes...!» Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno

que se hallaba presente: «Vea, patrón; cuando un gaucho al hablar esté

haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo.» Con los

azotes, el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que se

había robado una yunta de bueyes.

Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz, para

confiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron el

hombre; levanta la cara después de habérselo anunciado varias veces, lo

mira y dice continuando de escribir: «¡Eh!... ¡Ese es un miserable!

¡Pido un hombre valiente y arrojado!» Averiguóse, en efecto, que era un

patán.

De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que, al paso

que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle

una reputación misteriosa entre hombres groseros que llegaban a

atribuirle poderes sobrenaturales.

CAPÍTULO II

LA RIOJA.--EL COMANDANTE DE CAMPAÑA

The sides of the mountains enlarge

and assume an aspect at

once more grand and more barren.

By little and little the scanty vegetation

languishes and dies; and

mosse disappear, and a red burning

hue suceeds.

ROUSSEL. _Palestine._

En un documento tan antiguo como el año de 1560 he visto consignado el

nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja.

Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de San

Juan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas por

valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la

parte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblos

y Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a la

fama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el oriente se extiende

una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en

cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubierta

hasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de La

Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusalén al pie

del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanura

arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes

regulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas; a veces es

una muralla lisa con bastiones avanzados, a veces créese ver torreones y

castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de

extensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, en

despecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa que alimentó en otro

tiempo millares de rebaños.

El aspecto del país es, por lo general, desolado; el clima, abrasador;

la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace _represas_

para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He

tenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina es

parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra,

la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos,

vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se crían donde

corre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación de

montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y

erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como

los cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estas

reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los

campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no

causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial

de los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso la

vista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la

barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de

aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe, que cabalga en burros

y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggady. Lugares

hay en que la población se alimenta exclusivamente de miel silvestre y

de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El _llanista_

es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable y

más bárbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre no

lo acosa.

Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos el

aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los

recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices

orientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo la lucha de dos

familias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en los

feudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Médicis. Las

querellas de Ocampos y Dávilas forman toda la historia culta de La

Rioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder

largo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos y

gibelinos, aun mucho antes de la revolución de la independencia. De

estas dos familias han salido una multitud de hombres notables en las

armas, en el foro y en la industria, porque Dávilas y Ocampos trataron

siempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tiene

consagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró no

pocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La Logia de

Lautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señorita

Doria y Dávila, para reconciliarlas.

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