en la escuela era altivo, huraño y solitario; no se mezclaba con los
demás niños sino para encabezar actos de rebelión y para darles de
golpes. El _magister_, cansado de luchar con este carácter indomable, se
provee una vez de un látigo nuevo y duro, y enseñándolo a los niños,
aterrados, «éste es--les dice--para estrenarlo en Facundo». Facundo, de
edad de once años, oye esta amenaza y al día siguiente la pone a prueba.
No sabe la lección, pero pide al maestro que se la tome en persona,
porque el pasante lo quiere mal. El maestro condesciende; Facundo comete
un error, comete dos, tres, cuatro; entonces el maestro hace uso del
látigo, y Facundo, que todo lo ha calculado, hasta la debilidad de la
silla en que su maestro está sentado, dale una bofetada, vuélcalo de
espaldas, y entre el alboroto que esta escena suscita, toma la calle y
va a esconderse en ciertos parrones de una viña, de donde no se le saca
sino después de tres días. ¿No es ya el caudillo que va a desafiar más
tarde a la sociedad entera?
Cuando llega a la pubertad, su carácter toma un tinte más pronunciado.
Cada vez más sombrío, más imperioso, más selvático, la pasión del juego,
la pasión de las almas rudas que necesitan fuertes sacudimientos para
salir del sopor que las adormeciera, domínalo irresistiblemente a la
edad de quince años. Por ella se hace una reputación en la ciudad; por
ella se hace intolerable en la casa en que se le hospeda; por ella, en
fin, derrama por un balazo dado a un Jorge Peña el primer reguero de
sangre que debía entrar en el ancho torrente que ha dejado marcado su
pasaje en la tierra.
Desde que llega a la edad adulta, el hilo de su vida se pierde en un
intrincado laberinto de vueltas y revueltas por los diversos pueblos
vecinos; oculto unas veces, perseguido siempre, jugando, trabajando en
clase de peón, dominando todo lo que se le acerca y distribuyendo
puñaladas. En San Juan muéstranse hoy en la esquina de los Godoyes
tapias pisadas por Quiroga. En La Rioja las hay de su mano en Fiambalá.
Él enseñaba otras en Mendoza en el lugar mismo en que una tarde hacía
traer de sus casas a veintiséis oficiales de los que capitularon en
Chacón para hacerlos fusilar, en expiación de los manes de Villafañe; en
la campaña de Buenos Aires también mostraba algunos momentos de su vida
de peón errante. ¿Qué causas hacen a este hombre, criado en una casa
decente, hijo de un hombre acomodado y virtuoso, descender a la
condición del gañán, y en ella escoger el trabajo más estúpido, más
brutal, en el que sólo entra la fuerza física y la tenacidad? ¿Será que
el tapiador gana doble sueldo y que se da prisa para juntar un poco de
dinero?
Lo más ordenado que de esta vida obscura y errante he podido recoger, es
lo siguiente: Hacia el año 1806 vino a Chile con un cargamento de grana
de cuenta de sus padres. Jugólo con la tropa y los troperos, que eran
esclavos de su casa. Solía llevar a San Juan y Mendoza arreos de ganado
de la estancia paterna, que tenían siempre la misma suerte; porque en
Facundo era el juego una pasión feroz, ardiente, que le resecaba las
entrañas. Estas adquisiciones y pérdidas sucesivas debieron cansar las
larguezas paternales, porque al fin interrumpió toda relación amigable
con su familia. Cuando era ya el terror de la República, preguntábale
uno de sus cortesanos: «¿Cuál es, general, la parada más grande que ha
hecho en su vida?» «Sesenta pesos»--contestó Quiroga con indiferencia;
acababa de ganar, sin embargo, una de doscientas onzas. Era, según lo
explicó después, que en su juventud, no teniendo sino sesenta pesos, los
había perdido juntos a una sota.
Pero este hecho tiene su historia característica. Trabajaba de peón en
Mendoza en la hacienda de una señora, sita aquélla en el Plumerillo.
Facundo se hacía notar hacía un año por su puntualidad en salir al
trabajo y por la influencia y predominio que ejercía sobre los demás
peones. Cuando éstos querían hacer falla para dedicar el día a una
borrachera, se entendían con Facundo, quien lo avisaba a la señora,
prometiéndole responder de la asistencia de todos al día siguiente, la
que era siempre puntual. Por esta intercesión llamábanle los peones el
padre.
Facundo, al fin de un año de trabajo asiduo, pidió su salario, que
ascendía a sesenta pesos; montó en su caballo sin saber adónde iba, vió
gente en una pulpería, desmontóse y alargando la mano sobre el grupo que
rodeaba al tallador, puso sus sesenta pesos a una carta; perdiólos y
montó de nuevo marchando sin dirección fija, hasta que a poco andar, un
juez Toledo, que acertaba a pasar a la sazón, le detuvo para pedirle su
papeleta de conchavo.
Facundo aproximó su caballo en ademán de entregársela, afectó buscar
algo en su bolsillo, y dejó tendido al juez de una puñalada. ¿Se vengaba
en el juez de la reciente pérdida? ¿Quería sólo saciar el encono de
gaucho malo contra la autoridad civil y añadir este nuevo hecho al
brillo de su naciente fama? Lo uno y lo otro. Estas venganzas sobre el
primer objeto que se presentaba, son frecuentes en su vida. Cuando se
apellidaba general y tenía coroneles a sus órdenes, hacía dar en su
casa, en San Juan, doscientos azotes a uno de ellos por haberle ganado
mal, decía; a un joven doscientos azotes, por haberse permitido una
chanza en momentos en que él no estaba para chanzas; a una mujer en
Mendoza que le había dicho al paso, «adiós mi general», cuando él iba
enfurecido porque no había conseguido intimidar a un vecino tan
pacífico, tan juicioso, como era valiente y gaucho, doscientos azotes.
Facundo reaparece después en Buenos Aires, donde en 1810 es enrolado
como recluta en el regimiento de _Arribeños_ que manda el general
Ocampo, su compatriota, después presidente de Charcas. La carrera
gloriosa de las armas se abría para él con los primeros rayos del sol de
Mayo; y no hay duda que con el temple de alma de que estaba dotado, con
sus instintos de destrucción y carnicería, Facundo, moralizado por la
disciplina y ennoblecido por la sublimidad del objeto de la lucha,
habría vuelto un día del Perú, Chile o Bolivia, uno de los generales de
la República Argentina, como tantos otros valientes gauchos que
principiaron su carrera desde el humilde puesto del soldado. Pero el
alma rebelde de Quiroga no podía sufrir el yugo de la disciplina, el
orden del cuartel, ni la demora de los ascensos. Se sentía llamado a
mandar, a surgir de un golpe, a crearse él solo a despecho de la
sociedad civilizada, en hostilidad con ella, una carrera a su modo,
asociando el valor y el crimen, el gobierno y la desorganización. Más
tarde fué reclutado para el ejército de los Andes, y enrolado en
_Granaderos a caballo_; un teniente García lo tomó de asistente, y bien
pronto la deserción dejó un vacío en aquellas gloriosas filas. Después
Quiroga, como Rosas, como todas esas víboras que han medrado a la
sombra de los laureles de la patria, se ha hecho notar por su odio a los
militares de la independencia, en los que uno y otro han hecho una
horrible matanza.
Facundo, desertando de Buenos Aires, se encamina a las provincias con
tres compañeros. Una partida le da alcance; hace frente, libra una
verdadera batalla, que permanece indecisa por algún tiempo, hasta que,
dando muerte a cuatro o cinco, puede continuar su camino, abriéndose
paso todavía a puñaladas por entre otras partidas que hasta San Luis le
salen al paso. Más tarde debía recorrer este mismo camino con un puñado
de hombres, disolver ejércitos en lugar de partidas, e ir hasta la
Ciudadela famosa de Tucumán a borrar los últimos restos de la República
y del orden civil.
Facundo reaparece en los Llanos en la casa paterna. A esta época se
refiere un suceso que está muy válido y del que nadie duda. Sin embargo,
en uno de los manuscritos que consulto, interrogado su autor sobre este
mismo hecho, contesta: «Que no sabe que Quiroga haya tratado nunca de
arrancar a sus padres dinero por la fuerza»; y contra la tradición
constante, contra el asentimiento general, quiero atenerme a este dato
contradictorio. ¡Lo contrario es horrible! Cuéntase que habiéndose
negado su padre a darle una suma de dinero que le pedía, acechó el
momento en que padre y madre durmieran la siesta, para poner aldaba a la
pieza donde estaban, y prender fuego el techo de paja con que están
cubiertas por lo general las habitaciones de los Llanos[25].
Pero lo que hay de averiguado es que su padre pidió una vez al Gobierno
de La Rioja que lo prendieran para contener sus demasías, y que Facundo,
antes de fugarse de los Llanos, fué a la ciudad de La Rioja, donde a la
sazón se hallaba aquél, y cayendo de improviso sobre él, le dió una
bofetada, diciéndole: «¿Usted me ha mandado prender? ¡Tome, mándeme
prender ahora!», con lo cual montó en su caballo y partió a galope para
el campo. Pasado un año, preséntase de nuevo en la casa paterna, échase
a los pies del anciano ultrajado, confunden ambos sus sollozos, y entre
las protestas de enmienda del hijo y las reconvenciones del padre, la
paz queda restablecida, aunque sobre base tan deleznable y efímera.
Pero su carácter y hábitos desordenados no cambian, y las carreras y el
juego, las correrías del campo, son el teatro de nuevas violencias, de
nuevas puñaladas y agresiones, hasta llegar, al fin, a hacerse
intolerable para todos e insegura su posición. Entonces un gran
pensamiento viene a apoderarse de su espíritu, y lo anuncia sin empacho.
El desertor de los _Arribeños_, el soldado de _Granaderos a caballo_,
que no ha querido inmortalizarse en Chacabuco y en Maipú, resuelve ir a
reunirse a la montonera de Ramírez, vástago de la de Artigas, y cuya
celebridad en crímenes y en odio a las ciudades a que hace la guerra, ha
llegado hasta los Llanos y tiene lleno de espanto a los gobiernos.
Facundo parte a asociarse a aquellos filibusteros de la Pampa, y acaso
la conciencia que deja de su carácter e instintos, y de la importancia
del refuerzo que va a dar a aquellos destructores, alarma a sus
compatriotas, que instruyen a las autoridades de San Luis, por donde
debía pasar, del designio infernal que lo guía. Dupuy, gobernador
entonces (1818), lo hace aprehender, y por algún tiempo permanece
confundido entre los criminales vulgares que las cárceles encierran.
Esta cárcel de San Luis, empero, debía ser el primer escalón que había
de conducirlo a la altura a que más tarde llegó. San Martín había hecho
conducir a San Luis un gran número de oficiales españoles de todas
graduaciones de los que habían sido tomados prisioneros en Chile. Sea
hostigados por humillaciones y sufrimientos, sea que previesen la
posibilidad de reunirse de nuevo a los ejércitos españoles, el depósito
de prisioneros se sublevó un día, y abrió la puerta de los calabozos a
los reos ordinarios, a fin de que le prestasen ayuda para la común
evasión. Facundo era uno de estos reos; no bien se vió desembarazado de
las prisiones, cuando enarbolando el _macho_ de los grillos, abre el
cráneo al español mismo que se los había quitado, hiende por entre el
grupo de los amotinados y deja una ancha calle sembrada de cadáveres en
el espacio que ha querido recorrer. Dícese que el arma de que usó fué
una bayoneta, y que los muertos no pasaron de tres; Quiroga, empero,
hablaba siempre del _macho_ de los grillos y de catorce muertos.
Acaso es ésta una de esas idealizaciones con que la imaginación poética
del pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal que tanto admira;
acaso la historia de los grillos es una traducción argentina de la
quijada de Sansón, el Hércules hebreo; pero Facundo lo aceptaba como un
timbre de gloria, según su bello ideal, y _macho_ de grillos o
bayoneta, él, asociándose a otros soldados y presos a quienes su ejemplo
alentó, logró sofocar el alzamiento y reconciliarse por este acto de
valor con la sociedad y ponerse bajo la protección de la patria,
consiguiendo que su nombre volase por todas partes ennoblecido y lavado,
aunque con sangre, de las manchas que lo afeaban. Facundo, cubierto de
gloria, mereciendo bien de la patria y con una credencial que acredita
su comportación, vuelve a La Rioja y ostenta en los Llanos entre los
gauchos los nuevos títulos que justifican el terror que ya empieza a
inspirar su nombre, porque hay algo de imponente, algo que subyuga y
domina en el premiado asesino de catorce hombres a la vez.
Aquí termina la vida privada de Quiroga, de la que he omitido una larga
serie de hechos que sólo pintan el mal carácter, la mala educación y los
instintos feroces y sanguinarios de que estaba dotado. Sólo he hecho uso
de aquéllos que explican el carácter de la lucha, de aquéllos que entran
en proporciones distintas, pero formados de elementos análogos, en el
tipo de los caudillos de las campañas que han logrado al fin sofocar la
civilización de las ciudades, y que últimamente han venido a completarse
en Rosas, el legislador de esta civilización tártara, que ha ostentado
toda su antipatía a la civilización europea en torpezas y atrocidades
sin nombre aún en la historia.
Pero aún quédame algo por notar en el carácter y espíritu de esta
columna de la Federación. Un hombre literato, un compañero de infancia y
de juventud de Quiroga que me ha suministrado muchos de los hechos que
dejo referidos, me incluye en su manuscrito, hablando de los primeros
años de Quiroga, estos datos curiosos: «que no era ladrón antes de
figurar como hombre público; que nunca robó, aun en sus mayores
necesidades; que no sólo gustaba de pelear, sino que pagaba por hacerlo
y por insultar al más pintado; _que tenía mucha aversión a los hombres
decentes_; que no solía tomar licor nunca; que de joven era muy
reservado, y no sólo quería infundir miedo, sino aterrar, para lo que
hacía entender a hombres de su confianza que tenía agoreros o era
adivino; que con los que tenía relación los trataba como esclavos; _que
jamás se ha confesado, rezado ni oído misa_; que cuando estuvo de
general lo vió una vez en misa; que él mismo le decía que no creía en
nada». El candor con que estas palabras están escritas revela su verdad.
Toda la vida pública de Quiroga me parece resumida en estos datos. Veo
en ellos el hombre grande, el hombre genio a su pesar, sin saberlo él,
el César, el Tamerlán, el Mahoma. Ha nacido así y no es culpa suya; se
abajará en las escalas sociales para mandar, para dominar, para combatir
el poder de la ciudad, la partida de la policía. Si le ofrecen una plaza
en los ejércitos la desdeñará, porque no tiene paciencia para aguardar
los ascensos, porque hay mucha sujeción, muchas trabas puestas a la
independencia individual, hay generales que pesan sobre él, hay una
casaca que oprime el cuerpo y una táctica que regla los pasos; ¡todo
esto es insufrible! La vida de a caballo, la vida de peligros y
emociones fuertes han acerado su espíritu y endurecido su corazón; tiene
odio invencible, instintivo, contra las leyes que lo han perseguido,
contra los jueces que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esa
organización de que se ha sustraído desde la infancia y que lo mira con
prevención y menosprecio. Aquí se eslabona insensiblemente el lema de
este capítulo: «Es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún a
contener o a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda su
energía, entregándose a toda su impetuosidad.» Ese es el carácter del
género humano y así se muestra en las campañas pastoras de la República
Argentina. Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conoció
sujeción de ningún género; su cólera era la de las fieras; la melena de
sus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos
en guedejas, como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se
enronquecía y sus miradas se convertían en puñaladas.
Dominado por la cólera mataba a patadas estrellándole los sesos a N por
una disputa de juego; arrancaba ambas orejas a su querida porque le
pedía una vez 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él;
abría a su hijo Juan la cabeza de un hachazo porque no había forma de
hacerlo callar; daba de bofetadas en Tucumán a una linda señorita a
quien ni seducir ni forzar podía. En todos sus actos mostrábase el
hombre bestia aún, sin ser por eso estúpido y sin carecer de elevación
de miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido;
pero este gusto era exclusivo, dominante, hasta el punto de arreglar
todas las acciones de su vida a producir el terror en torno suyo, sobre
los pueblos como sobre los soldados, sobre la víctima que iba a ser
ejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de manejar
los resortes del gobierno civil, ponía el terror como expediente para
suplir el patriotismo y la abnegación; ignorante, rodeándose de
misterios y haciéndose impenetrable, valiéndose de una sagacidad
natural, una capacidad de observación no común y de la credulidad del
vulgo, fingía una presciencia de los acontecimientos que le daba
prestigio y reputación entre las gentes vulgares.
Es inagotable el repertorio de anecdotas de que está llena la memoria de
los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen
un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta
tintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe. ¿Qué
diferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandar
partir en dos el niño disputado, a fin de descubrir la verdadera madre,
y este otro para encontrar un ladrón? Entre los individuos que formaban
una compañía habíase robado un objeto, y todas las diligencias
practicadas para descubrir el raptor habían sido infructuosas. Quiroga
forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantos
soldados había, hace en seguida que se distribuyan a cada uno, y luego
con voz segura, dice: «Aquél cuya varita amanezca mañana más grande que
las demás, ése es el ladrón.» Al día siguiente fórmase de nuevo la
tropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de las varitas.
Un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras.
«¡Miserable!--le grita Facundo con voz aterrante--, ¡tú eres!...» Y en
efecto, él era; su turbación lo dejaba conocer demasiado. El expediente
es sencillo: el crédulo gaucho, temiendo que, efectivamente, creciese su
varita, le había cortado un pedazo. Pero se necesita cierta superioridad
y cierto conocimiento de la naturaleza humana para valerse de estos
medios.
Habíanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas las
pesquisas habían sido inútiles para descubrir al raptor. Facundo hace
formar la tropa y que desfile por delante de él, que está con los brazos
cruzados, la mirada fija, escudriñadora, terrible. Antes ha dicho: «Yo
sé quién es», con una seguridad que nada desmiente. Empiezan a desfilar,
desfilan muchos, y Quiroga permanece inmóvil; es la estatua de Júpiter
Tonante, es la imagen del Dios del Juicio Final. De repente se abalanza
sobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: «¿Dónde
está la montura?» «Allí, señor»--contesta, señalando un bosquecillo.
«Cuatro tiradores»--grita entonces Quiroga. ¿Qué revelación era ésta? La
del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez
un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo;
Facundo le interrumpe diciendo: «Ya este pícaro está mintiendo; ¡a
ver... cien azotes...!» Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno
que se hallaba presente: «Vea, patrón; cuando un gaucho al hablar esté
haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo.» Con los
azotes, el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que se
había robado una yunta de bueyes.
Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz, para
confiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron el
hombre; levanta la cara después de habérselo anunciado varias veces, lo
mira y dice continuando de escribir: «¡Eh!... ¡Ese es un miserable!
¡Pido un hombre valiente y arrojado!» Averiguóse, en efecto, que era un
patán.
De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que, al paso
que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle
una reputación misteriosa entre hombres groseros que llegaban a
atribuirle poderes sobrenaturales.
CAPÍTULO II
LA RIOJA.--EL COMANDANTE DE CAMPAÑA
The sides of the mountains enlarge
and assume an aspect at
once more grand and more barren.
By little and little the scanty vegetation
languishes and dies; and
mosse disappear, and a red burning
hue suceeds.
ROUSSEL. _Palestine._
En un documento tan antiguo como el año de 1560 he visto consignado el
nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja.
Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de San
Juan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas por
valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la
parte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblos
y Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a la
fama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el oriente se extiende
una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en
cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubierta
hasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de La
Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusalén al pie
del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanura
arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes
regulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas; a veces es
una muralla lisa con bastiones avanzados, a veces créese ver torreones y
castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de
extensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, en
despecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa que alimentó en otro
tiempo millares de rebaños.
El aspecto del país es, por lo general, desolado; el clima, abrasador;
la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace _represas_
para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He
tenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina es
parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra,
la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos,
vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se crían donde
corre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación de
montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y
erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como
los cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estas
reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los
campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no
causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial
de los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso la
vista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la
barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de
aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe, que cabalga en burros
y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggady. Lugares
hay en que la población se alimenta exclusivamente de miel silvestre y
de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El _llanista_
es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable y
más bárbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre no
lo acosa.
Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos el
aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los
recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices
orientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo la lucha de dos
familias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en los
feudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Médicis. Las
querellas de Ocampos y Dávilas forman toda la historia culta de La
Rioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder
largo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos y
gibelinos, aun mucho antes de la revolución de la independencia. De
estas dos familias han salido una multitud de hombres notables en las
armas, en el foro y en la industria, porque Dávilas y Ocampos trataron
siempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tiene
consagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró no
pocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La Logia de
Lautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señorita
Doria y Dávila, para reconciliarlas.