Y luego, llevando sus ideas a un terreno muy distinto del de la caridad,
aunque también muy interesante, se dejó decir lo que a la letra se
copia:
«¿Me podrán decir ustedes dónde y cómo y de qué manera podría yo colocar
un poco de dinero, una cantidad que me sobra?... Que sea cosa segura y
con un producto moderado...».
El efecto que estas cláusulas hicieron en las dos amigas no fue tan
grande como debía esperarse. En la cara de Rosalía se pintaba una
incredulidad indiferente, que poco después se resolvió en alarma,
recordando que el préstamo de cinco duros solicitado un mes antes por
Cándida, había tenido un preámbulo parecido al que acababa de
oír. Milagros, sin tener confianza en lo que la García Grande decía,
sospechaba que hubiese algo de verdad en ello, o lo que es lo mismo, se
amparaba a lo absurdo como el desesperado que se agarra al clavo
ardiendo.
«Pero diga usted, Cándida... ¿Ese dinero lo tiene usted?».
--Hija mía, no sea usted material... No lo tengo precisamente en el
bolsillo, pero como si lo tuviera... Un día de estos me lo ha de traer
Muñoz y Sones...
--_(Con desaliento.)_ Un día de estos... ya.
--Y acostumbro pensar las cosas con tiempo... Francamente, no me gusta
tener gruesas sumas en casa, porque aun en esta vecindad palaciega hay
mala gente...
Sin dar importancia a los proyectos rentísticos de Cándida, Milagros
observaba el vestido. Por aquella época, la ilustre viuda empezaba a
declinar ostensiblemente en su porte y en la limpieza y compostura de su
vestimenta, si bien no había llegado, ni con mucho, al lastimoso extremo
de abandono en que la hemos conocido más tarde.
Los niños entraron del colegio, y Rosalía fue a darles la merienda.
«¡Qué mona está Isabelita!»--dijo Cándida a Milagros; y a poco de
decirlo, se dirigió hacia Columnas, dejando sola con su acerba pena
a mi señora la marquesa. Esta oyó el gorjear de los pequeños, la
voz de la mamá riñéndoles por su impaciencia y el chasquido de los besos
que Cándida les daba. Al poco rato apareció Rosalía en Gasparini, y
Milagros la vio ceñuda y risueña a un tiempo mismo, como cuando no
podemos sustraernos a los efectos de uno de esos lances cómicos que
suelen ocurrir en las ocasiones más tristes.
«Vea usted qué gracia--dijo Rosalía al oído de su amiga--. Me ha dicho
en el comedor, con mucho secreto, que le haga el favor de adelantarle
otros cinco duros».
Milagros se sonrió, como un enfermo que hace esfuerzos por distraerse.
Pronto volvió a caer en aquella honda tristeza que la aplanaba como una
fiebre consuntiva. Por su mente pasaba el terrible lance de la noche
próxima, los convidados que llegaban, los salones llenándose, ella
vestida con su gran falda de raso rosa, de enorme _pouff_ y larguísima
cola, afectando alegría, y el problema de la cena sin resolver aún.
Porque en tal noche no podía salir del paso con cuatro frioleras... ¡Qué
bochorno!... Rosalía vio los ojos de su amiga humedecidos por las
lágrimas, y quiso consolarla.
«Ese perdulario sin conciencia, esa inutilidad...»--fue lo único que se
le ocurrió.
D. Francisco entró al poco rato, menos vivaracho y humorístico de lo que
solía. Milagros le saludó de la manera más afectuosa,
quejándose luego de su desgraciada suerte y de lo inexorable que Dios
era con ella, no dándole más que penas sobre penas. Bringas la
confortaba con razones cristianas, aunque le tenía cierta ojeriza, ya
inveterada, por no haber recibido de ella el regalo de Pascua que
creyera merecer cuando le compuso la arqueta de marfil. Pero casi casi
había llegado mi amigo al perdón de la ofensa, aunque sin olvidarla; y
si se ha de decir verdad, no le agradaban mucho las intimidades de su
mujer con aquella señora, aun considerándolas puramente circunscritas a
lo concerniente al ramo de vestidos.
«¿No tendré el gusto de verle a usted mañana en mi casa?»--dijo la
marquesa.
D. Francisco se excusó con galantería, aprestándose a poner las manos en
su magna obra. Empezaba a notar que le eran perjudiciales las salidas de
noche... Su cabeza no estaba buena. Él lo atribuía a los nervios, y
quizás fuese efecto del tiempo, del nublado, pues parecía como si
quisiera desgajarse el cielo en agua, y nunca acababa de romper. Aquella
mañana se había sentido muy mal en la oficina... El jefe opinaba que
todo era cosa del estómago, recomendándole una pildorita de acíbar en
cada comida. Pero él era tan poco amigo de las botiquerías, que no se
determinaba a tomar nada... Por esta desazón se privaba de asistir a la
_soirée_ de Milagros, y se contentaría con leer la relación
que trajeran los periódicos.
«Todavía, todavía--dijo la cuitada con lúgubre tristeza--, no sé, no
sé... Quizás no haya nada... Me pasan cosas horrorosas... No me pregunte
usted. Eso se queda para mí, para mí sola. Permítame usted que no diga
una palabra más. Mi buen maridito es una alhaja... pero no me
corresponde a mí contar sus proezas... Demasiado públicas son por
desgracia... No se ría usted de mí si me ve llorar. Ciertas cosas...».
Bringas no sabía qué decirle. Despidiose ella con un fuerte apretón de
manos, y un afectuoso _Hasta mañana_.
En la sala y en el pasillo las dos amigas se secretearon un ratito.
«He preparado el terreno--dijo Milagros con agonía--. Ahora aventúrese
usted... sin miedo. De seguro...».
--¡Ay!, hija mía, usted delira, usted sueña despierta. Sí sabré yo...
--Entonces... quiere decir que no hay solución para mí--murmuró la
afligida señora abrazando a su amiga, y apretándose contra ella.
Rosalía, conmovidísima, no le dijo nada.
«Al menos--tartamudeó la marquesa--, cuéntele usted lo que me pasa...
Puede ser que Dios le toque al corazón».
--Se lo contaré en cuanto se vaya Cándida. ¡Pero si viera usted qué
pocas esperanzas tengo!... Mejor dicho, no tongo ninguna... ¡Y
yo!, ¿y yo, que me veo en un conflicto igual? ¿Qué inventaré yo de aquí
a mañana?... Y ahora que me ocurre, ¿por qué no acude usted a su
hermana?
--Por Dios, hija, no sé cómo dice usted eso. ¡Mi hermana!... ¡Me ha
salvado ya tantas veces! ¡He abusado tanto! No puede ser. No nos
hablamos ahora. Hace días tuvimos una cuestión. En fin, antes que acudir
a mi hermana, iré a Su Majestad, me echaré a sus pies...
--Sí, sí, seguramente... es lo mejor.
--No, no, no... Creo que de aquí a mañana me moriré de dolor. ¿Está
abierta la capilla? Voy a rezar un rato, a ver si el Señor me ilumina...
Adiós, adiós... Volveré mañana, a ver, a ver si hay alguna esperanza.
El abatido rostro de Rosalía revelaba bien que tal esperanza no era más
que un sueño de aquella mente arbitrista. Deba hacerse constar que la
pena de nuestra muy alta señora de Bringas era motivada por sus propias
dificultades, no por las de su apreciable amiga. Confiaba tanto en las
peregrinas dotes de Milagros, que decía para sí: «No sé cómo será, pero
ella saldrá del paso». Cuando la marquesa le dio el último apretón de
manos, Rosalía le dijo:
«Ya me contará usted mañana cómo lo ha arreglado».
Y cuando fue hacia el nicho de Bringas para contarle el caso,
él le tomó la delantera con estas acerbas palabras:
«¿Qué enredos trae ahora la Tellería? Lo de siempre, apuritos. Ya no hay
incautos que fíen a esa gente el valor de dos reales. La casta de bobos
se va acabando a fuerza de recibir chascos».
La boca de Rosalía tenía un sello. No osaba pronunciar una sola palabra.
Clavados en su mente, como un _Inri_, tenía la imagen de Torres y los
funestos guarismos de la suma que era indispensable pagarle. Confesar a
su marido el aprieto en que se veía era declarar una serie de atentados
clandestinos contra la economía doméstica, que era la segunda religión
de Bringas. Pero si Dios no le deparaba una solución, érale forzoso
apechugar con aquel doloroso remedio de confesarse y con sus
consecuencias, que debían de ser muy malas. No, Cristo Padre; era
preciso inventar algo, buscar, revolver medio mundo, ahondar en las
entrañas oscurísimas del problema para dar con la clave de él. Antes que
vender al economista el secreto de sus compras, que eran tal vez el
principal hechizo de su vida sosa y rutinaria, optaba por hacer el
sacrificio de sus galas, por arrancarse aquellos pedazos de su corazón
que se manifestaban en el mundo real en forma de telas, encajes y
cintas, y arrojarlos a la voracidad de la prendera para que se los
vendiese por poco más de nada. Heroísmo hacía falta, no lágrimas.
Pensando en esto, retirose al Camón para pensar mejor, pues allí tenían
siempre sus ideas más claridad. Cándida, después de enredar un rato con
los niños, fue a dar conversación a Bringas. Rosalía la oía desde su
taller, sin distinguir más palabras que _administrador y papel del
Estado... consolidado... revolución... generales Canarias...
Montpensier... Dios nos asista_... Hablaban de negocios altos y de
política baja. De repente la dama oyó violentísimo estrépito, como de un
mueble que viene a tierra y de loza que se rompe. Al fuerte golpe siguió
un grito de Bringas, mas tan agudo y doloroso, que Rosalía se quedó sin
aliento, fría, parada... ¿Qué era? ¿Se había caído la bóveda y cogido
debajo al mejor de los maridos?