XVII

Cuando la conversación recayó en estas filosofías, iban saliendo por la

puerta de la Glorieta. Ya estaban descuajadas las famosas alamedas de

castaños de Indias, quitada la verja y puestos a la venta los terrenos,

operación que se llamó _rasgo_. Esta palabra fue muy funesta

para la Monarquía, árbol a quien no le valió ser más antiguo que los

castaños, porque también me le descuajaron e hicieron leña de él.

Al pasar del Retiro a las calles, los paseantes recobraban su

compostura. Iban delante los niños dándose las manos. Los mayores, a la

vista de la población regular, cesaban en aquellas confidencias que

parecían fruto sabroso de la amenidad campesina. Era como pasar de un

país libre a otro donde todo es correcto y reglamentario. En su casa,

cuando trabajaba en el Camón sola o con Emilia, la Bringas solía rumiar

las expansiones de la mañana, añadiéndoles conceptillos que no se

atrevían a traspasar las fronteras del pensamiento. Sin desatender los

trapos, la soñadora dama se iba por esos mundos, ejercitando el derecho

de revisión y rectificación de las cosas sociales, concedido en el reino

de la mente a todos los que se creen fuera de su lugar o mal apareados.

«Ese Pez sí que es un hombre. Al lado suyo sí que podría lucir cualquier

mujer de entendimiento, de buena presencia, de aristocrático porte. Pero

como todo anda trocado le tocó esa mula rezona de Carolina... ¡Todo al

revés! ¿Qué mujer de mérito no se empequeñece y anula al lado de este

poquita-cosa de Bringas, que no ve más que menudencias, y es incapaz de

hacer una brillante carrera y de calzarse una posición

ilustre?... Ya, ¿qué se puede esperar de un hombre que, cuando le

ofrecen un gobierno, en vez de saltar de gozo se pone a dar suspiros y a

decir: «más que el bastón me gustan mis herramientas?...» ¡Oh, Pez,

aquel sí que es hombre! Ya sé yo qué mujer le correspondería si las

cosas del mundo estuvieran al derecho y cada persona en su sitio. Para

tal hombre, una mujer de principios, de mucha labia, señora de finísimos

modales, y que supiera honrar a su marido honrándose a sí propia; que

supiera darle lucimiento luciéndose ella misma; una dama que se creciera

cada día haciéndole crecer, porque el secreto de las brillantes carreras

de algunos hombres está en el talento de sus mujeres. Paquito decía ayer

que Napoleón no hubiera sido nada sin Josefina. Si en vez de esa beata

viviera al lado de Pez una dama que reuniera en sus salones lo más

selecto de la política, ya Pez sería ministro... De veras... ¡si yo

tuviera a mi lado un sujeto semejante...! Pero vaya usted a hacer

ministro a Bringas, un hombre que se pone de mal humor cuando hay que

dar agua con azucarillo a cualquiera que viene a casa; un hombre que

quiere que me vista de hábito y lleve a los niños con alpargatas. ¡Ah!,

roñoso, menguado, nunca serás nada... ¡Oh Pez!, si tuvieras por esposa a

la mujer que te corresponde, ¿cómo habías de consentir que saliera a la

calle hecha un adefesio para ponerte en ridículo?... Aprende tú, bobo,

de quien con cincuenta mil reales de sueldo vive con la

apariencia de doce mil duros de renta y paga veinticuatro mil reales de

casa. Y no es que tenga deudas, es que sabe agenciarse y saca partido de

su posición. Esto no lo sabrá nunca un poca-cosa, un pisa-hormigas que

me está predicando tres horas porque puse o no puse siete garbanzos más

en el cocido; esto no lo entiende quien no ve más allá de su sueldo

mezquino, y está temblando de que le den una cruz por no comprar las

insignias; quien no quiere ser gobernador de una provincia; quien se

opone a que el aguador me suba dos cubas más de agua, porque, según él,

con mojarse el palmito ya basta; quien sostiene que no necesito más que

diez y ocho varas de tela para un vestido, y me recomienda que adorne

los sombreros de los niños con cinta damascada de la que usan los

licenciados del ejército para colgarse el canuto; quien sostiene que el

pelo de cabra es más bonito que el gro, y llama cargazón a las capotas

sólo porque no son baratas; quien no me deja arreglar la bata con cintas

otomanas y se atrevió a proponerme que utilizara las cintas amarillas de

los mazos de cigarros del primo Agustín...».

Algunas tardes, cuando Pez y Rosalía no podían salir a la terraza a

causa del mal tiempo, los tres tertuliaban en Gasparini. Tenían que oír

los elogios que D. Manuel hacía de la estupenda obra de su amigo. De pie

junto a él, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón,

mascándose el bigote, dejaba caer miradas de crítico sobre el

maravilloso cristal tan poblado de pelos como humana cabeza, en algunas

partes cabelludo, en otras claro, en todas como recién afeitado, gomoso,

pegajoso, con brillo semejante al de las perfumadas pringues de tocador.

«Es una maravilla... ¡Qué manos!, ¡qué paciencia! Esta obra debiera ir a

un Museo».

Y para sí, mascando más fuerte y metiendo más la mano en el bolsillo:

«Vaya una mamarrachada... Es como salida de esa cabeza de corcho. Sólo

tú, grandísimo tonto, haces tales esperpentos, y sólo a mi mujer le

gustan... Sois el uno para el otro».

Retirose aquel día del trabajo D. Francisco más fatigado que nunca. Veía

los objetos dobles y tenía la cabeza tan mareada como si estuviese a

bordo de un buque. Pero él confiaba en que tal desazón sería pasajera, y

se felicitaba del adelanto y bonito efecto de la obra. El ángel estaba

completamente modelado ya con aquellos increíbles puntos de pelo. El

sauce protegía con sus llorosas ramas la tumba, y era lástima que no

hubiese cabellos verdes, pues si tal existiera la ilusión sería

completa. Al fondo nada le faltaba ya; era un modelo de perspectiva

melancólica, hasta tal punto, que sólo quien tuviese corazón de peña

podía verlo sin sentir gana de hacer pucheros. Faltaban aún las flores

del piso y todo el primer término, donde Bringas discurrió a

última hora poner unas columnas rotas y caídas, así como de templo en

ruinas, con lo cual la idea de la desolación era representada del modo

más perfecto.

A principios de Junio vimos parte de este trabajo concluido; pero aún

restaban varias cosillas, girasoles chiquitos, pensamientos grandes,

amén de unas cuantas mariposas sentimentales de negras alas, posadas

aquí y allí, libando el dulce _macassar_ en los cálices de aquella flora

piliforme. Por los mismos días ocurrieron sucesos a los cuales el digno

artista era completamente extraño; mas por este motivo mismo no deben

ser aquí olvidados. Y fue que cuando se aproximaba el día señalado para

devolver a Torres su dinero, estaba Rosalía tan cabizbaja, que se podría

creer, viéndola, que le habían robado algo o inferido alguna descomunal

ofensa. Cálculos y más cálculos hizo, desbaratándose el seso, sin llegar

a la solución del temido problema, y los números negábanse a

complacerla, dándole la cifra que necesitaba... ¡Qué idea! ¿Acudiría al

Sr. de Pez? ¡Oh!, si llamara a esta puerta seguramente sería oída, pero

no se atrevía. Además, D. Manuel se marchaba a la sazón para los baños

de Archena, (pues sin un par de carenas anuales era hombre perdido), y

no volvería hasta el 20. El 12 se presentó Torres con sus ojos de huevos

duros impregnados de una dulzura atónita. Era la imagen de la

amabilidad, en el supuesto de que le están dando garrote. Su sonreír

empalagoso hizo a Rosalía el efecto de un fluido miasmático que se

filtraba en ella y la ponía enferma. ¡Y cuán impertinente su nariz

chica, y cuán cargante la maña de resobarse la barba, como si quisiera

extraer de ella alguna sustancia! Aquel hombre guapín, que siempre fue a

Rosalía indiferente, pareciole entonces un bonito verdugo que se le

presentaba con la cuerda y la hopa.

La de Bringas · 第 17 / 50 题