Cuando la conversación recayó en estas filosofías, iban saliendo por la
puerta de la Glorieta. Ya estaban descuajadas las famosas alamedas de
castaños de Indias, quitada la verja y puestos a la venta los terrenos,
operación que se llamó _rasgo_. Esta palabra fue muy funesta
para la Monarquía, árbol a quien no le valió ser más antiguo que los
castaños, porque también me le descuajaron e hicieron leña de él.
Al pasar del Retiro a las calles, los paseantes recobraban su
compostura. Iban delante los niños dándose las manos. Los mayores, a la
vista de la población regular, cesaban en aquellas confidencias que
parecían fruto sabroso de la amenidad campesina. Era como pasar de un
país libre a otro donde todo es correcto y reglamentario. En su casa,
cuando trabajaba en el Camón sola o con Emilia, la Bringas solía rumiar
las expansiones de la mañana, añadiéndoles conceptillos que no se
atrevían a traspasar las fronteras del pensamiento. Sin desatender los
trapos, la soñadora dama se iba por esos mundos, ejercitando el derecho
de revisión y rectificación de las cosas sociales, concedido en el reino
de la mente a todos los que se creen fuera de su lugar o mal apareados.
«Ese Pez sí que es un hombre. Al lado suyo sí que podría lucir cualquier
mujer de entendimiento, de buena presencia, de aristocrático porte. Pero
como todo anda trocado le tocó esa mula rezona de Carolina... ¡Todo al
revés! ¿Qué mujer de mérito no se empequeñece y anula al lado de este
poquita-cosa de Bringas, que no ve más que menudencias, y es incapaz de
hacer una brillante carrera y de calzarse una posición
ilustre?... Ya, ¿qué se puede esperar de un hombre que, cuando le
ofrecen un gobierno, en vez de saltar de gozo se pone a dar suspiros y a
decir: «más que el bastón me gustan mis herramientas?...» ¡Oh, Pez,
aquel sí que es hombre! Ya sé yo qué mujer le correspondería si las
cosas del mundo estuvieran al derecho y cada persona en su sitio. Para
tal hombre, una mujer de principios, de mucha labia, señora de finísimos
modales, y que supiera honrar a su marido honrándose a sí propia; que
supiera darle lucimiento luciéndose ella misma; una dama que se creciera
cada día haciéndole crecer, porque el secreto de las brillantes carreras
de algunos hombres está en el talento de sus mujeres. Paquito decía ayer
que Napoleón no hubiera sido nada sin Josefina. Si en vez de esa beata
viviera al lado de Pez una dama que reuniera en sus salones lo más
selecto de la política, ya Pez sería ministro... De veras... ¡si yo
tuviera a mi lado un sujeto semejante...! Pero vaya usted a hacer
ministro a Bringas, un hombre que se pone de mal humor cuando hay que
dar agua con azucarillo a cualquiera que viene a casa; un hombre que
quiere que me vista de hábito y lleve a los niños con alpargatas. ¡Ah!,
roñoso, menguado, nunca serás nada... ¡Oh Pez!, si tuvieras por esposa a
la mujer que te corresponde, ¿cómo habías de consentir que saliera a la
calle hecha un adefesio para ponerte en ridículo?... Aprende tú, bobo,
de quien con cincuenta mil reales de sueldo vive con la
apariencia de doce mil duros de renta y paga veinticuatro mil reales de
casa. Y no es que tenga deudas, es que sabe agenciarse y saca partido de
su posición. Esto no lo sabrá nunca un poca-cosa, un pisa-hormigas que
me está predicando tres horas porque puse o no puse siete garbanzos más
en el cocido; esto no lo entiende quien no ve más allá de su sueldo
mezquino, y está temblando de que le den una cruz por no comprar las
insignias; quien no quiere ser gobernador de una provincia; quien se
opone a que el aguador me suba dos cubas más de agua, porque, según él,
con mojarse el palmito ya basta; quien sostiene que no necesito más que
diez y ocho varas de tela para un vestido, y me recomienda que adorne
los sombreros de los niños con cinta damascada de la que usan los
licenciados del ejército para colgarse el canuto; quien sostiene que el
pelo de cabra es más bonito que el gro, y llama cargazón a las capotas
sólo porque no son baratas; quien no me deja arreglar la bata con cintas
otomanas y se atrevió a proponerme que utilizara las cintas amarillas de
los mazos de cigarros del primo Agustín...».
Algunas tardes, cuando Pez y Rosalía no podían salir a la terraza a
causa del mal tiempo, los tres tertuliaban en Gasparini. Tenían que oír
los elogios que D. Manuel hacía de la estupenda obra de su amigo. De pie
junto a él, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón,
mascándose el bigote, dejaba caer miradas de crítico sobre el
maravilloso cristal tan poblado de pelos como humana cabeza, en algunas
partes cabelludo, en otras claro, en todas como recién afeitado, gomoso,
pegajoso, con brillo semejante al de las perfumadas pringues de tocador.
«Es una maravilla... ¡Qué manos!, ¡qué paciencia! Esta obra debiera ir a
un Museo».
Y para sí, mascando más fuerte y metiendo más la mano en el bolsillo:
«Vaya una mamarrachada... Es como salida de esa cabeza de corcho. Sólo
tú, grandísimo tonto, haces tales esperpentos, y sólo a mi mujer le
gustan... Sois el uno para el otro».
Retirose aquel día del trabajo D. Francisco más fatigado que nunca. Veía
los objetos dobles y tenía la cabeza tan mareada como si estuviese a
bordo de un buque. Pero él confiaba en que tal desazón sería pasajera, y
se felicitaba del adelanto y bonito efecto de la obra. El ángel estaba
completamente modelado ya con aquellos increíbles puntos de pelo. El
sauce protegía con sus llorosas ramas la tumba, y era lástima que no
hubiese cabellos verdes, pues si tal existiera la ilusión sería
completa. Al fondo nada le faltaba ya; era un modelo de perspectiva
melancólica, hasta tal punto, que sólo quien tuviese corazón de peña
podía verlo sin sentir gana de hacer pucheros. Faltaban aún las flores
del piso y todo el primer término, donde Bringas discurrió a
última hora poner unas columnas rotas y caídas, así como de templo en
ruinas, con lo cual la idea de la desolación era representada del modo
más perfecto.
A principios de Junio vimos parte de este trabajo concluido; pero aún
restaban varias cosillas, girasoles chiquitos, pensamientos grandes,
amén de unas cuantas mariposas sentimentales de negras alas, posadas
aquí y allí, libando el dulce _macassar_ en los cálices de aquella flora
piliforme. Por los mismos días ocurrieron sucesos a los cuales el digno
artista era completamente extraño; mas por este motivo mismo no deben
ser aquí olvidados. Y fue que cuando se aproximaba el día señalado para
devolver a Torres su dinero, estaba Rosalía tan cabizbaja, que se podría
creer, viéndola, que le habían robado algo o inferido alguna descomunal
ofensa. Cálculos y más cálculos hizo, desbaratándose el seso, sin llegar
a la solución del temido problema, y los números negábanse a
complacerla, dándole la cifra que necesitaba... ¡Qué idea! ¿Acudiría al
Sr. de Pez? ¡Oh!, si llamara a esta puerta seguramente sería oída, pero
no se atrevía. Además, D. Manuel se marchaba a la sazón para los baños
de Archena, (pues sin un par de carenas anuales era hombre perdido), y
no volvería hasta el 20. El 12 se presentó Torres con sus ojos de huevos
duros impregnados de una dulzura atónita. Era la imagen de la
amabilidad, en el supuesto de que le están dando garrote. Su sonreír
empalagoso hizo a Rosalía el efecto de un fluido miasmático que se
filtraba en ella y la ponía enferma. ¡Y cuán impertinente su nariz
chica, y cuán cargante la maña de resobarse la barba, como si quisiera
extraer de ella alguna sustancia! Aquel hombre guapín, que siempre fue a
Rosalía indiferente, pareciole entonces un bonito verdugo que se le
presentaba con la cuerda y la hopa.