Algo habrán columbrado ya nuestros lectores de la situación en que a
la sazón se encontraba la familia de Arganza y el señor de Bembibre,
merced a la locuacidad de sus respectivos criados. Sin embargo, por
más que las noticias que les deben no se aparten en el fondo de la
verdad, son tan incompletas, que nos obligan a entrar en nuevos
pormenores, esenciales en nuestro entender para explicar los sucesos
de esta lamentable historia.
Don Alonso Ossorio, señor de Arganza, había tenido dos hijos y una
hija; pero de los primeros murió uno antes de salir de la infancia,
y el otro murió peleando como bueno en su primer campaña contra los
moros de Andalucía. Así, pues, todas sus esperanzas habían venido a
cifrarse en su hija doña Beatriz, que entonces tenía pocos años, pero
que ya prometía tanta belleza como talento y generosa índole. Había
en su carácter una mezcla de la energía que distinguía a su padre y
de la dulzura y melancolía de doña Blanca de Balboa, su madre, santa
señora cuya vida había sido un vivo y constante ejemplo de bondad,
de resignación y de piedad cristiana. Aunque con la pérdida temprana
de sus dos hijos, su complexión, harto delicada por desgracia, se
había arruinado enteramente, no fué esto obstáculo para que en la
crianza esmerada de su hija emplease su instrucción poco común en
aquella época y fecundase las felices disposiciones de que la había
dotado pródigamente la naturaleza. Sin más esperanza que aquella
criatura tan querida y hermosa, sobre ella amontonaba su ternura,
todas las ilusiones del deseo y los sueños del porvenir. Así crecía
doña Beatriz como una azucena gentil y fragante al calor del cariño
maternal, defendida por el nombre y poder de su padre y cercada por
todas partes del respeto y amor de sus vasallos, que contemplaban
en ella una medianera segura para aliviar sus males y una constante
dispensadora de beneficios.
Los años en tanto pasaban rápidos, como suelen, y con ellos voló la
infancia de aquella joven tan noble, agraciada y rica, a quien por lo
mismo pensó buscar su padre un esposo digno de su clase y elevadas
prendas. En el Bierzo entonces no había más que dos casas cuyos
estados y vasallos estuviesen al nivel: una la de Arganza, otra la de
la antigua familia de los Yáñez, cuyos dominios comprendían la fértil
ribera de Bembibre y la mayor parte de las montañas comarcanas. Este
linaje había dado dos maestres al orden del Temple y era muy honrado
y acatado en el país. Por una rara coincidencia, a la manera que el
apellido Ossorio pendía de la frágil existencia de una mujer, el de
Yáñez estaba vinculado en la de un solo hombre no menos frágil y
deleznable en aquellos tiempos de desdicha y turbulencias. Don Álvaro
Yáñez y su tío don Rodrigo, maestre del Temple en Castilla, eran los
dos únicos miembros que quedaban de aquella raza ilustre y numerosa;
rama seca y estéril el uno, por su edad y sus votos, y vástago el
otro lleno de savia y lozanía que prometía larga vida y sazonados
frutos. Don Álvaro había perdido de niño a sus padres, y su tío, a
la sazón comendador de la orden, le había criado como cumplía a un
caballero tan principal, teniendo la satisfacción de ver coronados
sus trabajos y solicitud con el éxito más brillante. Había hecho
su primer campaña en Andalucía, bajo las órdenes de don Alonso
Pérez de Guzmán, y a su vuelta trajo una reputación distinguida,
principalmente a causa de los esfuerzos que hizo para salvar al
infante don Enrique de manos de la morisma. Por lo demás, la opinión
en que según nuestros conocidos del capítulo anterior le tenía el
país, y el rasgo contado por su escudero, darán a conocer mejor que
nuestras palabras, su carácter caballeresco y generoso.
El influjo superior de los astros parecía por todas estas razones
confundir el destino de estos dos jóvenes, y, sin embargo, debemos
confesar que don Alonso tuvo que vencer una poderosa repugnancia para
entrar en semejante plan. La estrecha alianza que los Yáñez tuvieron
siempre asentada con la Orden del Temple, estuvo mil veces para
desbaratar este proyecto de que iba a resultar el engrandecimiento de
dos casas esclarecidas y la felicidad de dos personas universalmente
estimadas.
Los templarios habían llegado a su período de riqueza y decadencia,
y su orgullo era verdaderamente insoportable a la mayor parte de los
señores independientes. El de Arganza lo había experimentado más de
una vez, y devorado su cólera en silencio, porque la Orden, dueña de
los castillos del país podía burlarse de todos, pero su despecho se
había convertido en odio hacia aquella milicia tan valerosa como sin
ventura. Afortunadamente ascendió a maestre provincial de Castilla
don Rodrigo Yáñez, y su carácter templado y prudente enfrenó las
demasías de varios caballeros y logró conciliarse la amistad de
muchos señores vecinos descontentos. De este número fué el primero
don Alonso, que no pudo resistirse a la cortés y delicada conducta
del maestre, y sin reconciliarse por entero con la Orden, acabó por
trabar con él sincera amistad. En ella se cimentó el proyecto de
entronque de ambas casas, si bien el señor de Arganza no pudo acallar
el desasosiego que le causaba la idea de que algún día sus deberes
de vasallo podrían obligarle a pelear contra una Orden, objeto ya
de celos y de envidia, pero de cuya alianza no permitía apartarse
el honor a su futuro yerno. Comoquiera, el poder de los templarios
y la poca fortaleza de la corona, parecían alejar indefinidamente
semejante contingencia, y no parecía cordura sacrificar a estos
temores la honra de su casa y la ventura de su hija.
Bien hubiera deseado don Alonso, y aun el maestre, que semejante
enlace se hubiese llevado a cabo prontamente, pero doña Blanca, cuyo
corazón era todo ternura y bondad, no quería abandonar a su hija
única en brazos de un hombre desconocido hasta cierto punto para
ella; porque creía, y con harta razón, que el conocimiento recíproco
de los caracteres y la consonancia de los sentimientos, son fiadores
más seguros de la paz y dicha doméstica que la razón de estado y
los cálculos de la conveniencia. Doña Blanca había penado mucho con
el carácter duro y violento de su esposo, y deseaba ardientemente
excusar a su hija los pesares que habían acibarado su vida. Así,
pues, tanto importunó y rogó que, al fin, hubo de recabar de su
noble esposo que ambos jóvenes se tratasen y conociesen sin saber el
destino que les guardaban. ¡Solicitud funesta, que tan amargas horas
preparaba para todos!
Este fué el principio de aquellos amores cuya espléndida aurora debía
muy en breve convertirse en un día de duelo y de tinieblas. Al poco
tiempo comenzó a formarse en Francia aquella tempestad, en medio de
la cual desapareció, por último, la famosa caballería del Temple.
Iguales nubarrones asomaron en el horizonte de España, y entonces los
temores del señor de Arganza se despertaron con increíble ansiedad,
pues harto conocía que don Álvaro era incapaz de abandonar en la
desgracia a los que habían sido sus amigos en la fortuna, y según el
giro que parecía tomar aquel ruidoso proceso, no era imposible que
su familia llegase a presentar el doloroso espectáculo que siempre
afea las luchas civiles. A este motivo, que en el fondo no estaba
desnudo de razón ni de cordura, se había agregado otro por desgracia
más poderoso, pero de todo punto contrario a la nobleza que hasta
allí no había dejado de resplandecer en las menores acciones de don
Alonso. El conde de Lemus había solicitado la mano de doña Beatriz,
por medio del infante don Juan, tío del rey don Fernando el IV, con
quien unían a don Alonso relaciones de obligación y amistad desde su
efímero reinado en León; y atento sólo a la ambición de entroncar su
linaje con uno tan rico y poderoso, olvidó sus pactos con el maestre
del Temple, y no vaciló en el propósito de violentar a su hija, si
necesario fuese, para el logro de sus deseos.
Tal era el estado de las cosas en la tarde que los criados de don
Alonso y el escudero de don Álvaro volvían de la feria de Cacabelos.
El señor de Bembibre y doña Beatriz, en tanto, estaban sentados en
el hueco de una ventana de forma apuntada, abierta por lo delicioso
del tiempo, que alumbraba a un aposento espléndidamente amueblado
y alhajado. Era ella de estatura aventajada, de proporciones
esbeltas y regulares, blanca de color, con ojos y cabello negros y
un perfil griego de extraordinaria pureza. La expresión habitual de
su fisonomía manifestaba una dulzura angelical, pero en su boca y
en su frente cualquier observador mediano hubiera podido descubrir
indicios de un carácter apasionado y enérgico. Aunque sentada, se
conocía que en su andar y movimientos debían reinar a la vez el
garbo, la majestad y el decoro, y el rico vestido, bordado de flores
con colores muy vivos, que la cubría, realzaba su presencia llena de
naturales atractivos.
Don Álvaro era alto, gallardo y vigoroso, de un moreno claro, ojos
y cabellos castaños, de fisonomía abierta y noble y sus facciones
de una regularidad admirable. Tenía la mirada penetrante y en sus
modales se notaba gran despejo y dignidad al mismo tiempo. Traía
calzadas unas grandes espuelas de oro, espada de rica empuñadura y
pendiente del cuello un cuerno de caza primorosamente embutido de
plata, que resaltaba sobre su exquisita ropilla obscura, guarnecida
de finas pieles. En una palabra, era uno de aquellos hombres
que en todo descubren las altas prendas que los adornan, y que,
involuntariamente, cautivan la atención y simpatía de quien los mira.
Estaba poniéndose el sol detrás de las montañas que parten términos
entre el Bierzo y Galicia, y las revestía de una especie de aureola
luminosa que contrastaba peregrinamente con sus puntos obscuros.
Algunas nubes de formas caprichosas y mudables sembradas acá y acullá
por un cielo hermoso y purísimo, se teñían de diversos colores según
las herían los rayos del sol. En los sotos y huertas de la casa
estaban floridos todos los rosales y la mayor parte de los frutales,
y el viento, que los movía mansamente, venía como embriagado
de perfumes. Una porción de ruiseñores y jilguerillos cantaban
melodiosamente, y era difícil imaginar una tarde más deliciosa. Nadie
pudiera creer, en verdad, que en semejante teatro iba a representarse
una escena tan dolorosa.
Doña Beatriz clavaba sus ojos errantes y empañados de lágrimas, ora
en los celajes del ocaso, ora en los árboles del soto, ora en el
suelo; y don Álvaro, fijos los suyos en ella, de hito en hito, seguía
con ansia todos sus movimientos. Ambos jóvenes estaban en un embarazo
doloroso sin atreverse a romper el silencio. Se amaban con toda la
profundidad de un sentimiento nuevo, generoso y delicado, pero nunca
se lo habían confesado. Los afectos verdaderos tienen un pudor y
reserva característicos, como si el lenguaje hubiera de quitarles
su brillo y limpieza. Esto cabalmente es lo que había sucedido con
don Álvaro y doña Beatriz, que embebecidos en su dicha, jamás habían
pensado en darle nombre, ni habían pronunciado la palabra amor. Y sin
embargo, esta dicha parecía irse con el sol que se ocultaba detrás
del horizonte, y era preciso apartar de delante de los ojos aquel
prisma falaz que hasta entonces les había presentado la vida como un
delicioso jardín.
Don Álvaro, como era natural, fué el primero que habló:
—¿No me diréis, señora—preguntó con voz grave y melancólica—, qué
da a entender el retraimiento de vuestro padre y mi señor para
conmigo? ¿Será verdad lo que mi corazón me está presagiando desde que
han empezado a correr ciertos ponzoñosos rumores sobre el conde de
Lemus? ¿De cierto, de cierto pensarían en apartarme de vos?—continuó,
poniéndose en pie con un movimiento muy rápido.
Doña Beatriz bajó los ojos y no respondió.
—¡Ah!, ¿conque es verdad?—continuó el apesarado caballero—; ¿y lo
será también—añadió con voz trémula—que han elegido vuestra mano para
descargarme el golpe?
Hubo entonces otro momento de silencio, al cabo del cual, doña
Beatriz levantó sus hermosos ojos bañados en lágrimas, y dijo con una
voz tan dulce como dolorida:
—También es cierto.
—Escuchadme, doña Beatriz—repuso él, procurando serenarse—. Vos no
sabéis todavía cómo os amo, ni hasta qué punto sojuzgáis y avasalláis
mi alma. Nunca hasta ahora os lo había dicho... ¿para qué había de
hacer una declaración que el tono de mi voz, mis ojos y el menor de
mis ademanes estaban revelando sin cesar? Yo he vivido en el mundo
solo y sin familia, y este corazón impetuoso no ha conocido las
caricias de una madre ni las dulzuras del hogar doméstico. Como un
peregrino he cruzado hasta aquí el desierto de mi vida; pero cuando
he visto que vos érais el santuario adonde se dirigían mis pasos
inciertos, hubiera deseado que mis penalidades fuesen mil veces
mayores para llegar a vos purificado y lleno de merecimientos. Era en
mí demasiada soberbia querer subir hasta vos, que sois un ángel de
luz, ahora lo veo; pero ¿quién, quién, Beatriz, os amará en el mundo
más que yo?
—¡Ah!, ninguno, ninguno—exclamó doña Beatriz retorciéndose las manos
y con un acento que partía las entrañas.
—¡Y sin embargo, me apartan de vos!—continuó don Álvaro—. Yo
respetaré siempre a quien es vuestro padre; nadie daría más honra a
su casa que yo, porque desde que os amo se han desenvuelto nuevas
fuerzas en mi alma, y toda la gloria, todo el poder de la tierra me
parece poco para ponerlo a vuestros pies. ¡Oh, Beatriz, Beatriz!,
cuando volví de Andalucía, honrado y alabado de los más nobles
caballeros, yo amaba la gloria porque una voz secreta parecía decirme
que algún día os adornaríais con sus rayos, pero sin vos que sois la
luz de mi camino, me despeñaré en el abismo de la desesperación, y me
volveré contra el mismo cielo.
—¡Oh Dios mío!—murmuró doña Beatriz—. ¿En esto habían de venir a
parar tantos sueños de ventura y tan dulces alegrías?
—Beatriz—exclamó don Álvaro—, si me amáis, si por vuestro reposo
mismo miráis, es imposible que os conforméis en llevar una cadena que
sería mi perdición y acaso la vuestra.
—Tenéis razón—contestó ella haciendo esfuerzos para serenarse—. No
seré yo quien arrastre esa cadena, pero ahora que por ventura os
hablo por la última vez y que Dios lee en mi corazón, yo os revelaré
su secreto. Si no os doy el nombre de esposo al pie de los altares
y delante de mi padre, moriré con el velo de las vírgenes; pero
nunca se dirá que la única hija de la casa de Arganza mancha con una
desobediencia el nombre que ha heredado.
—¿Y si vuestro padre os obligase a darle la mano?
—Mal le conocéis; mi padre nunca ha usado conmigo de violencia.
—¡Alma pura y candorosa, que no conocéis hasta dónde lleva a los
hombres la ambición! Y si vuestro padre os hiciese violencia, ¿qué
resistencia le opondríais?
—Delante del mundo entero diría: ¡no!
—¿Y tendríais valor para resistir la idea del escándalo y el bochorno
de vuestra familia?
Doña Beatriz rodeó la cámara con unos ojos vagarosos y terribles,
como si padeciese una violenta convulsión, pero luego se recobró casi
repentinamente, y respondió:
—Entonces pediría auxilio al Todopoderoso, y él me daría fuerzas;
pero, lo repito, o vuestra o suya.
El acento con que fueron pronunciadas aquellas cortas palabras
descubría una resolución que no habría fuerzas humanas para torcer.
Quedóse don Álvaro contemplándola como arrobado algunos instantes, al
cabo de los cuales le dijo con profunda emoción:
—Siempre os he reverenciado y adorado, señora, como a una criatura
sobrehumana, pero hasta hoy no había conocido el tesoro celestial que
en vos se encierra. Perderos ahora sería como caer del cielo para
arrastrarse entre las miserias de los hombres. La fe y la confianza
que en vos pongo es ciega y sin límites, como la que ponemos en Dios
en la hora de la desdicha.
—Mirad—respondió ella señalando el ocaso—; el sol se ha puesto, y es
hora ya de que nos despidamos. Id en paz y seguro, noble don Álvaro,
que si pueden alejaros de mi vista no les será tan llano avasallar mi
albedrío.
Con esto el caballero se inclinó, le besó la mano con mudo ademán,
y salió de la cámara a paso lento. Al llegar a la puerta volvió la
cabeza, y sus ojos se encontraron con los de doña Beatriz, para
trocar una larga y dolorosa mirada, que no parecía sino que había de
ser la última. En seguida se encaminó aceleradamente al patio, donde
su fiel Millán tenía del diestro al famoso _Almanzor_, y subiendo
sobre él salió como un rayo de aquella casa, donde ya sólo pensaba
en él una desdichada doncella, que en aquel momento, a pesar de su
esfuerzo, se deshacía en lágrimas amargas.
[Ilustración]
[Ilustración]