--Por lo que diré después, necesito no ocultar mi situación.

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V. BLASCO IBAÑEZ

LOS ENEMIGOS

DE LA MUJER

OBRAS COMPLETAS

DE

V. BLASCO IBAÑEZ

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER

OBRAS DEL AUTOR

CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[*]

DE CADA UNA DE ELLAS, HASTA NOVIEMBRE DE 1924

CUENTOS VALENCIANOS 60.000 ejemplares.

LA CONDENADA (cuentos) 64.000 id.

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes) 64.000 id.

ARROZ Y TARTANA (novela) 68.000 id.

FLOR DE MAYO (novela) 80.000 id.

LA BARRACA (novela) 104.000 id.

SÓNNICA LA CORTESANA (novela) 56.000 id.

ENTRE NARANJOS (novela) 88.000 id.

CAÑAS Y BARRO (novela) 64.000 id.

LA CATEDRAL (novela) 72.000 id.

EL INTRUSO (novela) 56.000 id.

LA BODEGA (novela) 60.000 id.

LA HORDA (novela) 44.000 id.

LA MAJA DESNUDA (novela) 49.000 id.

ORIENTE (viajes) 52.000 id.

SANGRE Y ARENA (novela) 186.000 id.

LOS MUERTOS MANDAN (novela) 56.000 id.

LUNA BENAMOR (novelas) 48.000 id.

LOS ARGONAUTAS (novela).--Dos tomos 48.000 id.

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS 164.000 id.

MARE NOSTRUM (novela) 104.000 id.

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela) 100.000 id.

EL MILITARISMO MEJICANO (artículos) 40.000 id.

EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas) 44.000 id.

EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela) 36.000 id.

LA TIERRA DE TODOS (novela) 66.000 id.

LA REINA CALAFIA (novela) 60.000 id.

NOVELAS DE LA COSTA AZUL 20.000 id.

LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA 40.000 id.

NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN

EL PAPA DEL MAR.

Á LOS PIES DE VENUS.

LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.

EL ORO Y LA MUERTE.

[*] En muchas repúblicas de la América de habla española se han

publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.

OBRAS COMPLETAS DE VICENTE BLASCO IBAÑEZ

LOS

ENEMIGOS

DE LA MUJER

(NOVELA)

97.000 EJEMPLARES

[Illustration: colofón]

PROMETEO

Germanías, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

ES PROPIEDAD.--Reservados todos

los derechos de reproducción, traducción

y adaptación.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.

AL LECTOR

En 1918, casi al final de la guerra europea, caí repentinamente enfermo

por exceso de trabajo.

Había realizado un esfuerzo enorme escribiendo para los periódicos de

España y América numerosos artículos, un cuaderno todas las semanas de

mi _Historia de la Guerra_ y dos novelas, _Los cuatro jinetes del

Apocalipsis_ y _Mare nostrum_. Además hice muchas traducciones y otras

labores literarias obscuras para la propaganda en favor de los Aliados.

Durante cuatro años trabajé doce horas diarias, sin ningún día de

descanso. Hubo semanas extraordinarias en las que aún fué más larga mi

jornada. Á esta tarea excesiva y abrumadora, que lentamente iba agotando

mis fuerzas, había que añadir las privaciones é inquietudes de la vida

anormal que llevábamos los habitantes de París: mala comida, escasez de

carbón, alumbrado defectuoso, noches en vela por las señales de alarma y

el bullicio de la gente al anunciarse un ataque aéreo de los «Gothas».

El frío de dos inviernos crudos, pasados casi sin calefacción, y el

exceso de trabajo, acabaron con mi salud, y por consejo de los médicos

me trasladé á la Costa Azul. No por tal cambio de ambiente dejé de

trabajar. Como en París escaseaba el combustible, fuí en busca del calor

del sol que nunca falta á orillas del Mediterráneo. Esto fué todo.

Me instalé en Niza, por unas semanas nada más. Como necesitaba seguir

trabajando, me sentí atraído por la soledad bravía del Cap-Ferrat,

península que avanza en el mar su lomo cubierto de pinos. Durante unos

meses viví en el Gran Hotel del Cap Ferrat como en un convento

abandonado. Muchos días fuí su único huésped, llevando una vida de

familia con su director y sus escasos domésticos.

Acababa de escribir _Mare nostrum_, y la soledad de esta costa junto al

frecuentado camino de Niza á Monte-Carlo parecía armonizarse con los

recuerdos de mi novela reciente. Pero las noticias del gran choque

europeo nos llegaban con enorme retraso, como si procediesen de un mundo

lejanísimo. Además, las privaciones, generales en toda Francia, aún

resultaban mayores y más penosas en este olvidado rincón.

Al fin me trasladé al Principado monegasco, que veía diariamente desde

mis ventanas, avanzando su doble ciudad de Mónaco y Monte-Carlo sobre la

llanura azul del mar. Como era país neutral, libre de los severos

reglamentos impuestos por la guerra, las gentes afluían á él en busca de

una existencia menos dura. Además, los administradores de su célebre

Casino procuraban que los víveres, el carbón y la luz fuesen más

abundantes que en las vecinas poblaciones francesas.

Apenas instalado en Monte-Carlo, vi con mis ojos de novelista un mundo

anormal que vivía al margen de la guerra, queriendo ignorarla, para

mantener tranquilo su egoísmo. Me admiró la tenacidad y la ceguera de

los jugadores, que en días de alegría ó incertidumbre, cuando se

disputaba sobre los campos de batalla el porvenir del mundo, sólo

pensaban en sus combinaciones y «sistemas» favoritos, como si no

existiese en la tierra nada más interesante.

Fuí estudiando de cerca esta sociedad extraordinaria, que luego se ha

modificado exteriormente al volver los tiempos de paz, y así empezó mi

composición de LOS ENEMIGOS DE LA MUJER.

Casi todos los personajes que aparecen en la presente novela tienen algo

ó mucho de real. Fueron observados directamente y son reflejos, más ó

menos fieles, de personas que aún viven ó murieron hace pocos años.

Esto no significa que el lector deba creerlos exactamente iguales á los

tipos que me sirvieron de modelos, por haberlos copiado yo con una

minuciosidad material. El novelista es un pintor y no un fotógrafo. Las

más de las veces, con varios personajes observados en la realidad

moldeamos uno solo. En otras ocasiones, un tipo complejo, estudiado

directamente, lo descomponemos en varios, repartiendo sus diversas

facultades entre numerosos hijos de nuestra imaginación.

Con arreglo á la conocida fórmula, copié la realidad «viéndola á través

de mi temperamento», ó más claramente dicho, la interpreté como me

pareció mejor, con arreglo á mis ideas y gustos.

Las desfiguraciones que impuse á la realidad no han impedido á ciertos

habitantes de la Costa Azul reconocer el origen de mis personajes.

Muchos de los que frecuentan el Casino de Monte-Carlo señalan á un gran

señor de origen ruso, y afirman que es el príncipe Lubimoff de LOS

ENEMIGOS DE LA MUJER. En un cementerio que existe junto al camino de

Monte-Carlo á La Turbie, muestran la tumba de la duquesa Alicia. Un

_gentleman_ aviejado y cada vez más flaco, que juega y pierde en los

primeros días de todos los meses, dice con desesperación á los que le

escuchan, cuando ve desaparecer sobre el tapete sus últimas fichas:

--Yo soy el lord Lewis que aparece en ese libro sobre Monte-Carlo,

escrito por «Ibanez», el novelista español.

V. B. I.

1923.

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER

I

El príncipe repitió su afirmación:

--La gran sabiduría del hombre es no necesitar á la mujer.

Quiso seguir, pero no pudo. Temblaron levemente los amplios ventanales,

cortados en su parte baja por el intenso azul del Mediterráneo. Entró en

el comedor un estrépito amortiguado que parecía venir de la otra fachada

del edificio, frente á los Alpes. Esta vibración, ensordecida por muros,

cortinajes y alfombras, era discreta, lejana, como el funcionamiento de

una máquina subterránea; pero un clamoreo humano, una explosión de

gritos y silbidos dominaba el rodar del acero y los bufidos del vapor.

--¡Un tren de soldados!--exclamó don Marcos Toledo abandonando su

asiento.

--Este coronel, siempre héroe, siempre entusiasta de las cosas de su

profesión--dijo Atilio Castro con sonrisa burlona.

El llamado coronel se colocó casi de un salto, á pesar de sus años,

junto á la ventana lateral más próxima. Alcanzaba á ver sobre el follaje

del gran jardín en declive una pequeña sección del ferrocarril de la

Cornisa sumiéndose en la boca ahumada de un túnel. Luego volvía á

reaparecer al otro lado de la colina, entre las arboledas y los

sonrosados palacetes del Cap-Martin. Los rieles ondulaban luminosamente

bajo el sol como dos regueros de metal líquido. Aún no había llegado el

tren á este lado, pero su estrépito creciente parecía animar el paisaje.

Las ventanas de las casas de campo, las terrazas de las «villas», se

punteaban de negro con la salida de las gentes que abandonaban la mesa

del almuerzo. Banderas de diversos colores empezaron á ondear en

edificios y tapias á ambos lados de la vía, desde media falda de la

montaña hasta la ribera del mar.

Don Marcos corrió á la ventana opuesta. Aquí, el paisaje era urbano.

Todo lo que alcanzaba la vista estaba bajo techo, sin otra concesión á

las expansiones del suelo que los aislados mechones verdes de los

jardines irguiéndose entra masas de tejas rojas. Era como un decorado de

teatro, partido en varios términos: primero las «villas» sueltas

rodeadas de árboles, con balaustres blancos y chorreando flores sus

murallas; luego el núcleo de Monte-Carlo, sus hoteles enormes erizados

de cúpulas y torrecillas, y en el fondo, esfumados por la distancia y el

polvo dorado flotante en la atmósfera, el peñón de Mónaco y sus paseos,

la enorme masa del Museo Oceanográfico, la catedral, de un blanco crudo

y reciente, y las torres cuadradas y almenadas del palacio del Príncipe.

La edificación subía desde la ribera marítima á la mitad de las

montañas. Era un Estado sin campos, sin tierra libre, todo cubierto de

casas de una frontera á otra.

Pero don Marcos llevaba muchos años de familiaridad con esta vista, y

buscó inmediatamente lo que había en ella de extraordinario. Un tren

enorme, interminable, avanzaba lentamente por la costa. Contó en voz

alta más de cuarenta vagones, sin poder llegar al término del convoy,

oculto aún por una revuelta.

--Debe ser un batallón... todo un batallón en pie de guerra. Más de mil

soldados--dijo con autoridad, satisfecho de mostrar su buen ojo

profesional ante los compañeros de mesa, que no le oían.

El tren estaba repleto de hombres, pequeñas figuras de un gris

amarillento que llenaban las ventanas de los vagones y ocupaban las

portezuelas y los estribos, con las piernas colgando sobre la vía. Otros

se agolpaban en los furgones de ganado ó se mantenían de pie sobre las

plataformas descubiertas, entre los carros militares y las

ametralladoras enfundadas. Muchos se habían subido á los techos de los

vagones, y saludaban abiertos de brazos y piernas como una X. Casi todos

se habían puesto en cuerpo de camisa, con las mangas dobladas sobre los

brazos, lo mismo que los marineros cuando se preparan para una maniobra.

--¡Son ingleses!--exclamó don Marcos--. ¡Ingleses que van á Italia!

Esta indicación fué mal acogida por el príncipe, que le tuteaba á pesar

de la diferencia de edad.

--No seas tonto, coronel. Cualquiera los conoce. Son los únicos que

silban.

Asintieron los otros tres sentados á la mesa. Todos los días pasaban

trenes militares, y desde lejos se podía adivinar la nacionalidad de los

hombres que los ocupaban.

--Los franceses--dijo Castro--pasan callados. Llevan tres años y pico de

lucha en su propio suelo. Son silenciosos y sombríos, como el deber

monótono é interminable. Los italianos que vienen al frente francés

cantan y adornan sus trenes con ramajes y flores. Los ingleses gritan

como un colegio en libertad, y silban, silban para expresar su

entusiasmo. Son los muchachos de esta guerra; van á la muerte con un

entusiasmo pueril.

Se aproximó la silba, con una estridencia de aquelarre. Fué pasando

entre la montaña y los jardines de Villa-Sirena; luego se alejó por el

lado opuesto, con dirección á Italia, disminuyendo paulatinamente al ser

tragada por el túnel. Toledo, que era el único que presenciaba el paso

del tren, vió cómo se animaban casas, jardines y pequeñas huertas á los

dos lados de la vía. Braceaban las gentes agitando pañuelos y banderas

para contestar á los silbidos de los ingleses. Hasta en la orilla

mediterránea, los pescadores, puestos de pie en los bancos de sus botes,

tremolaban las gorras mirando al lejano tren. El inquieto oído de don

Marcos adivinó un leve correteo en el piso superior. La servidumbre

abría sin duda las ventanas para unirse con un entusiasmo silencioso á

esta despedida.

Cuando sólo quedaban visibles unos pocos vagones en la boca del túnel,

el coronel volvió á ocupar su asiento en la mesa.

--¡Mas carne al matadero!--dijo Atilio Castro mirando al príncipe--.

Pasó el escándalo. Continúa, Miguel.

Dos criados jóvenes, dos muchachos italianos, imberbes y de ademanes

torpes, vestidos con unos fracs que les venían algo grandes, sirvieron

los postres del almuerzo, bajo la mirada autoritaria de Toledo.

Este examinaba igualmente la mesa y los tres convidados, como si temiera

notar de pronto un olvido, algo que demostrase la improvisación del

almuerzo. Era el primero que se daba en Villa-Sirena después de dos

años.

La víspera había llegado de París el dueño de la casa, el príncipe

Miguel Fedor Lubimoff, que ocupaba ahora la cabecera de la mesa.

Era un hombre todavía joven, con el cuidado vigor que proporciona una

vida de ejercicios físicos: alto, membrudo y esbelto, la tez morena,

grandes ojos grises y el rostro largo, completamente afeitado. Las canas

esparcidas en sus sienes--que aún parecían más numerosas al contrastar

con el negro azulado de su cabeza--, unas cuantas arrugas precoces en

las comisuras de sus ojos y dos surcos profundos que se abrían desde las

alillas de su nariz, demasiado ancha, hasta tocar los extremos de su

boca, parecían denunciar el primer cansancio de un organismo poderoso

que ha vivido con demasiada intensidad, por considerar sus fuerzas sin

límites.

El coronel le llamaba «Alteza», como si fuese de una familia reinante y

no un simple príncipe ruso. Pero esto era cuando había alguien presente,

por una costumbre adquirida en tiempos de la difunta princesa Lubimoff,

y para sostener el prestigio del hijo, al que conocía desde niño. En la

intimidad, cuando estaban solos, prefería llamarle «marqués», marqués de

Villablanca, sin que el príncipe consiguiera torcer con sus burlas este

orden establecido por don Marcos en las categorías de su respeto. El

principado ruso era para los demás, para las gentes que se deslumbran

con la amplitud de los títulos, sin saber apreciar su mérito y su

origen; él prefería, como algo más noble, el marquesado español, á pesar

de que todos lo ignoraban en España, por carecer de consagración

oficial.

A los tres convidados del príncipe Miguel los conocía Toledo.

Atilio Castro era un compatriota, un español que había pasado la mayor

parte de su existencia fuera de su país. Trataba al príncipe con gran

confianza y hasta le tuteaba, á causa de un parentesco lejano. El

coronel tenía una vaga idea de que había sido cónsul en alguna parte,

pero por breve tiempo. Continuamente le hacía objeto de sus burlas, que

él tardaba en descubrir. Pero no sentía rencor por ellas, viendo que «Su

Alteza» las celebraba mucho.

--¡Hermoso corazón!--decía al hablar de Castro--. Ha llevado una vida

poco ejemplar, es un terrible jugador... pero un caballero, ¡lo que se

llama un caballero!

Miguel Fedor definía de otro modo á su pariente:

--Tiene todos los vicios y ningún defecto.

Don Marcos nunca pudo entender esto, pero lo aceptó como un nuevo motivo

para apreciar á Castro.

Sólo contaba el príncipe dos ó tres años más que él, y sin embargo

parecían separados por una diferencia de edad mucho mayor. Castro iba

más allá de los treinta y cinco años, y algunos le suponían veintitrés.

Su rostro, de ingenua expresión, algo aniñado, sólo adquiría cierta

respetabilidad viril gracias á un bigote rubio obscuro, recortado como

un cepillo de dientes. Este exiguo bigote y la raya correcta que partía

sus cabellos en dos masas idénticas y lustrosas eran los detalles más

visibles de su fisonomía en momentos de tranquilidad. Si se alteraba su

humor--lo que ocurría muy de tarde en tarde--, el brillo de sus ojos, la

contracción de su boca, las arrugas precoces de sus sienes, le daban un

aspecto inquietante, y diez años más caían sobre él de golpe.

--Malo para enemigo--afirmaba el coronel--. Es hombre que no conviene

tenor enfrente.

Y no por miedo, sino por espontánea admiración, celebraba sus talentos.

Hacía versos, pintaba acuarelas, improvisaba romanzas en el piano, daba

consejos sobre muebles y trajes, conocía las antigüedades. Don Marcos no

encontraba límites á su inteligencia.

--Lo sabe todo--decía--. ¡Si pudiera fijarse en una sola cosa!... ¡Si

quisiera trabajar!

Vestido siempre con elegancia, viviendo en hoteles caros y sin ninguna

renta conocida, el coronel sospechaba una serie de empréstitos amistosos

hechos al príncipe. Pero éste había permanecido ausente de Monte-Carlo

casi desde el principio de la guerra, y don Marcos encontraba á Castro

todos los inviernos instalado en el Hotel de París, apuntando en el

Casino, tratándose con gentes ricas. Unas cuantas veces, al verse junto

á la ruleta, le había pedido prestados «diez luises», necesidad

imperiosa de jugador que acaba de quedar limpio y ansía desquitarse;

pero, con más ó menos retraso, se los había devuelto siempre. Su vida

tenía un fondo misterioso, según don Marcos.

Los otros dos convidados le parecían de una existencia menos complicada.

El más antiguo en la casa era un joven moreno, casi cobrizo, pequeño de

cuerpo, con luengas y lacias melenas. Teófilo Spadoni, famoso pianista,

hijo de italianos--esto era indiscutible--, pero nacido, según él, unas

veces en el Cairo, otras en Atenas ó en Constantinopla, en todas las

ciudades adonde había emigrado su padre, pobre sastre napolitano. Tales

vaguedades y distracciones no resultaban extraordinarias en este

ejecutante prodigioso, que así que se levantaba del piano era una

especie de sonámbulo, incapaz de adaptarse regularmente á ninguna

función de la vida. Luego de dar conciertos en las grandes capitales de

Europa y América del Sur, se había quedado en Monte-Carlo, con una

inmovilidad que él atribuía á la guerra y don Marcos achacaba á su

afición al juego. El príncipe le conocía por haberle llevado á bordo de

su gran yate _Gaviota II_, en un viaje alrededor de la tierra, formando

parte de su orquesta.

Al lado del dueño estaba el último convidado, el más reciente en la

casa, un joven pálido, larguirucho y miope, que miraba á todos lados con

timidez, conteniendo sus movimientos. Era un profesor español, un doctor

en ciencias, Carlos Novoa, pensionado por el gobierno de su país para

hacer estudios de la fauna marítima en el Museo Oceanográfico. El

coronel, que vivía muchos años en Monte-Carlo sin tropezarse con otros

compatriotas que los que encontraba alrededor de las mesas de ruleta,

había sentido un orgullo patriótico al conocer á este profesor, dos

meses antes.

--¡Un sabio!... ¡un famoso sabio!--exclamaba al hablar de su nuevo

amigo--. Para que digan luego que todos los españoles somos brutos...

No podía explicar qué sabiduría era la de su compatriota. Es más: desde

sus primeras conversaciones había adivinado que el profesor era de ideas

opuestas á las suyas. «Un descreído de los que no tienen más Dios que la

materia», se dijo. Pero añadió á guisa de consuelo: «Todos estos sabios

son así: liberales é impíos. ¡Qué hacerle!...» En cuanto á su fama, la

tenía por indiscutible. Sólo así podía comprender que lo hubiesen

enviado á aquel Museo de Mónaco, enorme y blanco como una catedral,

cuyas salas había visitado una sola vez, con un respeto que le impedía

volver.

Cuando el profesor iba de tarde en tarde á Monte-Carlo, encontrándose en

el Casino con don Marcos, éste lo presentaba á sus amigos como una

celebridad nacional. Así había conocido á Castro y á Spadoni, los cuales

se limitaron á preguntarle si ganaba mucho en el juego.

Al anunciar el príncipe su llegada, Toledo obligó á su ilustre

compatriota á acompañarle á la estación, para presentarlo sin perder

tiempo.

--Una gloria de nuestro país... ¡Su Alteza, que ama tanto las cosas de

España!

Miguel Fedor había pasado en los mares una parte considerable de su

vida, y simpatizó con este joven modesto al conocer la especialidad de

sus estudios.

Hablaron largamente de oceanografía, y el día anterior, el príncipe

Miguel, que estaba habituado á tener una gran mesa por la que desfilaban

los comensales más diversos, dijo á su «chambelán»:

--Muy simpático tu sabio. Invítalo á almorzar.

Los convidados hablaban todos el español. Spadoni podía seguir la

conversación con lo que había aprendido en Buenos Aires, Santiago de

Chile y otras capitales de la América del Sur cuando seguía dando

«recitales» de piano á un empresario que al fin se cansó de explotarle

y de luchar con su inconsciencia.

Al empezar el almuerzo, había notado el coronel en el rostro de su

príncipe la preocupación de una idea fija. Hablaba preferentemente con

el profesor Novoa, asombrándose de la exigua retribución que le valían

sus estudios. Castro y Spadoni sólo atendían á los platos. Ya no eran

obra de un cocinero famoso al que daba el príncipe Miguel el sueldo de

un presidente de Consejo de ministros. El «maestro» había sido

movilizado por la guerra, y á la sazón hacía la cocina de un general en

el frente francés. Toledo había sabido descubrir después á una

cincuentona, menos variada en sus combinaciones que el artista

arrebatado por la guerra, pero más «clásica», más sólida y substanciosa,

y los dos comían con ese regodeamiento de los eternos abonados á

restoranes y hoteles cuando se ven ante una mesa sin economía y engaños.

Cerca de los postres, la conversación, que era ya general, recayó sobre

las mujeres, como ocurre en toda comida de hombres solos. Toledo tuvo la

sospecha de que el príncipe había empujado dulcemente á sus comensales á

hablar de esto. De pronto, Miguel resumió su opinión diciendo por dos

veces:

--La gran sabiduría del hombre es no necesitar á la mujer.

Y á continuación había pasado el tren de soldados ingleses como una nube

de gritos y silbidos.

Atilio Castro dejó que se perdiese en el túnel el último vagón, y dijo

con una sonrisa algo irónica:

--Esos silbidos parecen un comentario á tu hermosa frase; pero no hagas

caso de opiniones groseras. Lo que has dicho me interesa. ¡Tú abominando

de las mujeres, que las has tenido á miles!... Continúa, Miguel.

Pero el príncipe torció el curso de la conversación. Habló de sus

impresiones al llegar á Villa-Sirena después de una larga ausencia. De

la vida anterior á la guerra sólo quedaban el edificio y los jardines.

Toda la servidumbre masculina estaba movilizada: unos en el ejército

francés, otros en el italiano. Al día siguiente de su llegada,

maquinalmente había pedido el automóvil para ir á Monte-Carlo. No le

faltaban vehículos. Tres de las mejores marcas estaban como olvidados en

su _garage_. Pero los mecánicos también hacían la guerra, y además no

había esencia y era necesario un permiso para correr por los caminos...

Total: que había tenido que esperar el tranvía de Mentón ante la verja

de su jardín. Una novedad para él, un medio de locomoción interesante.

Creyó caer en un mundo olvidado al verse entre los pasajeros populares.

Le molestaba la curiosidad general. Todos se repetían en voz baja su

nombre; hasta el conductor mostró cierta emoción al ver en su coche al

propietario de Villa-Sirena.

--Y lo peor de todo, queridos amigos, es que estoy arruinado.

Spadoni abrió desmesuradamente sus ojos negros, como si oyese algo

inaudito y absurdo. Castro sonrió con incredulidad.

--¿Arruinado tú?... Me contentaría con la décima parte de tus escombros.

El príncipe asintió. Era como esos enormes trasatlánticos que, al

naufragar, hacen la fortuna con sus despojos de todo un pueblo de

miserables instalado en la orilla. Pero esta relatividad de la suerte no

evitaba que su ruina fuese cierta.

--Por lo que diré después, necesito no ocultar mi situación. Hace unas

semanas he vendido en París el palacio que construyó mi madre. Me lo ha

comprado un «nuevo rico». Yo, con la guerra, voy á ser un «nuevo pobre».

Tú sabes, Atilio, lo que me pasa desde que empezó esta pelea de

naciones. A los primeros cañonazos me enviaron de Rusia la octava parte

de las rentas que tenía en tiempos de paz: luego, mucho menos. La

revolución todavía recortó de un modo alarmante mis ingresos. Ahora, con

el compañero Lenine y la bandera roja, no llega nada, absolutamente

nada. No conozco siquiera la suerte de mis casas, de mis campos, de las

minas... Nada sé tampoco de los que administraban allá mi fortuna. Sin

duda los han asesinado...

El coronel levantó los ojos al techo: «¡La revolución!... ¡La falta de

un amo!»

--Un rico como tú--dijo Castro--siempre tiene reservas en los Bancos,

siempre encuentra quien le preste hasta que lleguen tiempos mejores.

--Tal vez; pero eso para mí casi representa la miseria. Mi administrador

me ha dicho, al salir de París, que debo limitar mis gastos, vivir con

arreglo á mis ingresos actuales. ¿Cuánto tengo?... No lo sé. El mismo

tampoco lo sabe. Está haciendo un balance de mi situación, cobrando á

unos, pagando á otros, pues, según parece, yo tenía muchas deudas. A los

millonarios nadie les exige con premura el pago de lo que deben... En

fin, tendré que vivir como un príncipe arruinado, con trescientos mil

francos al año; tal vez más... tal vez menos. No sé.

Castro y Spadoni hicieron un gesto nostálgico al oir dicha suma. Novoa

miró con respeto á este hombre que se llamaba su amigo y se creía en la

miseria con trescientos mil francos anuales.

--Mi administrador--continuó el príncipe--me habló de vender

Villa-Sirena lo mismo que el palacio de París. Parece que el «nuevo

rico» quiere quedarse con todo lo mío. ¡Liquidación completa!... Pero yo

me he opuesto. Este rincón es mío; lo he formado yo. Además, la vida

resulta imposible en el mundo, la guerra lo amarga todo. La existencia

en París es triste. No hay gente, no hay luz: los «Gothas» tienen

inquietas y nerviosas á las personas de nuestro mundo y las hacen

emigrar... Y he pensado instalarme aquí hasta que termine la demencia

europea.

--Va para largo--dijo Castro.

--Así lo creo. Este es un rincón agradable, un refugio dulce, que aún

hace más grato la egoísta consideración de que á estas horas sufren toda

clase de penalidades millones de hombres y mueren unos cuantos miles por

día... Pero de todos modos, no es lo mismo que antes. Hasta el

Mediterráneo resulta otro. Apenas se oculta el sol, mi buen coronel

tiene que enmascarar con negros cortinajes las ventanas y puertas que

dan al mar, para que los submarinos alemanes no se guíen por nuestras

luces... ¡Ay! ¿Dónde están los hermosos días de la paz? ¡Las fiestas que

hemos dado aquí! ¡Las veladas en el _Gaviota II_ cuando estaba anclado

en el puerto de Mónaco!...

Castro quedó con los ojos vagos, como si soñase despierto. Vió en su

imaginación los jardines de Villa-Sirena dulcemente iluminados,

envueltos en un halo lácteo que se desplomaba sobre las invisibles olas

lo mismo que un reflejo lunar. Los ventanales estaban rojos, esparciendo

en la cálida lobreguez de la noche risas, gritos, suspiros de violines,

romanzas amorosas que denunciaban un cuello femenil, blanco y

voluptuoso, hinchado por el deseo y por la música. Las gotas de luz

perdidas en el infinito cambiaban sus parpadeos con las estrellas

eléctricas medio ocultas en los negros follajes. Parejas enlazadas y de

paso lento desaparecían en las penumbras del jardín. Todas habían pasado

por allí: artistas célebres de París, de Londres ó de Viena; hermosas

_snobs_ de los dos hemisferios; señoras del gran mundo, sonrientes como

esclavas ante el potentado que podía saldar sus deudas con una firma.

¡Ah, las noches pompeyanas de Villa-Sirena!...

Spadoni veía el _Gaviota II_, palacio á hélice, que, cuando anclaba en

el gracioso puerto de La Condamine, parecía llenarlo por entero,

empequeñeciendo el yate del príncipe de Mónaco y los de los millonarios

americanos; alcázar de _Las mil y una noches_ rematado por dos

chimeneas, que paseaba por todos los mares del planeta sus gabinetes con

fuentes y estatuas, su biblioteca enorme, su salón de fiestas con un

estrado-escenario en el que cincuenta músicos, muchos de ellos célebres,

daban conciertos para un solo oyente visible, el príncipe Miguel, medio

tendido en un diván, mientras la brisa de los trópicos entraba por las

altas ventanas, acariciando las cabezas de los oficiales y altos

empleados del buque que se agolpaban en sus alféizares. El pianista veía

los puertos solitarios de los países históricos y muertos, con sus

rondas de gaviotas sobre la tranquila copa azul; las bahías gigantescas

llenas de humo y actividad de la América del Norte; las riberas

antillanas, con sus bosques de cocoteros, negros sobre un cielo

enrojecido por el ocaso; las islas del Pacífico, de duro coral, formando

un anillo en torno de un lago interior... ¡Y aquel mago omnipotente

confesaba la pérdida de sus riquezas!...

El príncipe, como si adivinase sus pensamientos, añadió:

--Todo eso ha terminado: no sé si por muchos años ó para siempre... Y

aunque vuelvan á ser las cosas algún día como fueron antes de la guerra,

¡cuánto tendremos que esperar!... Tal vez muera yo antes... Por eso voy

á hacer una proposición.

Se detuvo un momento, apreciando la curiosidad en los ojos de sus

oyentes.

Luego preguntó á Atilio:

--¿Estás contento de tu vida actual?...

A pesar de su tranquilidad sonriente y burlona, Castro hizo un

movimiento de sorpresa, como si le escandalizase esta pregunta. Su vida

era insufrible. La guerra había trastornado sus costumbres y placeres,

esparciendo á todos los vientos sus amistades. Ignoraba la suerte de

cientos de personas de diversa nacionalidad que llenaban su existencia

años antes y sin las cuales hubiera creído imposible vivir.

--Además, tengo menos dinero que nunca. Permanezco en Monte-Carlo porque

aquí juego; y aunque siempre acabo por perder (como pierden todos), algo

me queda entre las uñas que me ayuda á vivir... Pero ¡qué existencia!

Miró á Novoa como si le inspirase recelo su reciente amistad, pero luego

hizo un gesto de resolución.

--Debo hablar con entera confianza. El profesor nos decía hace poco lo

que gana: unas quinientas pesetas al mes; menos que cualquier empleado

del Casino. Yo voy á ser franco igualmente. Vivo en el Hotel de París:

Atilio Castro no puede estar alojado en otra parte: debe conservar sus

amistades. Pero paso grandes apuros muchas semanas para pagar mi cuarto,

y como en malos restoranes, en bodegones italianos, cuando no me

convidan. La cama me cuesta tres ó cuatro veces más que la mesa. Las

tardes malas, en que pierdo hasta la última ficha, me contento con un

emparedado de jamón á crédito en el _bar_ del Casino. Yo soy de la

escuela de un jugador de Madrid al que llamábamos «el maestro», y que

nos decía: «Jóvenes, el dinero se ha hecho para jugar: y lo que quede,

para comer.»

--Y sin embargo, tú amas la buena mesa--dijo el príncipe.

Las lamentaciones de Castro tomaron una gravedad cómica. Con la guerra

se habían olvidado las buenas costumbres. Nadie tenía casa; todos vivían

en el hotel, y las escaseces del momento servían de pretexto para que

los dueños de los «Palaces» lujosos diesen comidas de figón, escasas y

malas. Un convite sólo servía para engañar el hambre.

--Hace muchos meses, tal vez años, que no he comido como hoy, y eso que

me he sentado á las mesas de todos los grandes hoteles de la Costa Azul.

Ya no creía que existiesen en el mundo pollos como los que nos han

servido. Los consideraba pájaros de ensueño, aves mitológicas.

El coronel sonrió, inclinando la cabeza como si recibiese un elogio.

--¿Y tú, Spadoni--siguió preguntando el príncipe--, vives bien?

--Alteza... yo... yo...--dijo el músico balbuceando ante la repentina

pregunta.

Castro intervino para sacarle adelante.

--El amigo Spadoni, como pianista, encuentra siempre mesa franca en las

«villas» de unas cuantas señoras valetudinarias y melómanas que habitan

en Cap-Martin. Le convidan también con frecuencia unos ingleses de Niza.

Tampoco tiene que preocuparse de pagar hotel. Dispone de toda una

«villa», grande, elegante, bien amueblada, que le dan como sepulturero.

Novoa hizo un movimiento de asombro al oir esto.

--Así es--continuó Atilio--. Disfruta de una casa magnífica, á cambio de

guardar una tumba.

--¡Oh, señor profesor!... No le haga caso--gimió el músico con una

expresión de víctima.

--Pero á todas estas ventajas--siguió diciendo Castro--une un terrible

inconveniente: es más jugador que yo. En el Casino tiene un mote: «el

señor del 5». No juega otro número. Todo lo que pilla lo pone al 5, y lo

pierde. Yo soy «el señor del 17», y me va tan mal como á él... Además,

tiene á sus amigos los ingleses. ¡Unos tipos! Todos los días vienen de

Niza en un landó de dos caballos, y como si no tuviesen bastante con el

juego del Casino, se colocan una tabla forrada de verde sobre las

rodillas y sacan la baraja. ¡Jugar al _poker_ ante el paisaje de la

Cornisa, que las gentes vienen á ver de todas las partes del mundo!... Y

nuestro artista, cuando hace el cuarto con los dos ingleses y una vieja

_miss_, pierde ante el Mediterráneo, dorado por la puesta de sol, todo

lo que le ha producido algún concierto en Cannes ó en Monte-Carlo.

Spadoni intentó hablar, pero se contuvo viendo que el príncipe se

dirigía á Novoa.

--A usted no le pregunto: conozco su situación. Vive en el viejo Mónaco,

en la casa de un empleado del Museo, y su alojamiento no debe ser gran

cosa. Además, como decía Atilio, gana usted mucho menos que un

_croupier_ del Casino.

Y mirando á sus convidados, añadió:

--Lo que yo quiero proponerles es que vivan conmigo. La invitación

resulta egoísta, no lo oculto. Pienso permanecer aquí hasta que se

restablezca la tranquilidad de Europa y la vida vuelva á ser agradable.

Sólo con mi coronel, acabaríamos por odiarnos los dos. Ustedes me

acompañarán en mi agujero.

Quedaron los tres estupefactos por la inesperada proposición. Novoa fué

el primero en recobrar la palabra.

--Príncipe, usted apenas me conoce. Nos vimos por primera vez hace tres

días... No sé si debo...

Le interrumpió el príncipe con voz algo seca y un ademán imperioso de

hombre acostumbrado á no admitir objeciones.

--Nos conocemos hace muchos años; nos conocemos toda la vida.

Luego añadió con un tono halagador:

--No es gran cosa lo que ofrezco. La servidumbre resulta escasa. No hay

más criados que mi viejo ayuda de cámara y esos dos monigotes italianos

que ha podido reclutar el coronel. Todo el resto del servicio lo hacen

mujeres... Pero aun así, nuestra vida será agradable. Nos aislaremos del

mundo, que está loco; no hablaremos de la guerra. Llevaremos una

existencia plácida y cómoda, como en aquellas abadías que durante la

Edad Media fueron frescos oasis de tranquilidad y de estudio en medio de

violencias y matanzas. Comeremos bien; el coronel me responde de ello.

La biblioteca del yate está aquí: al vender el buque ordené á don Marcos

que la instalase en el último piso. El amigo Novoa va á encontrar libros

que tal vez no conoce. Cada uno hará lo que quiera; monjes libres, sin

otra obligación que la de acudir á la hora de refectorio. Y si «el señor

del 5» ó «el señor del 17» quieren dar una vuelta por el Casino, podrán

hacerlo, y alguien se encargará de llenarles los bolsillos. Hay que dar

algo al vicio, ¡qué diablo! Sin los vicios, la vida no valdría la pena

de ser vivida.

Un silencio de aprobación acogió estas palabras del dueño de

Villa-Sirena.

--Lo único que exijo--continuó el príncipe después de una larga

pausa--es que vivamos solos, entre hombres. ¡Nada de mujeres! La mujer

debe quedar excluída de nuestra existencia en común.

El pianista abrió los ojos con asombro; Castro se removió en su asiento;

Novoa se quitó los lentes con un gesto maquinal de sorpresa, volviendo

en seguida á montarlos en su nariz.

Hubo otro silencio.

--Eso que propones--dijo al fin Atilio sonriendo--me recuerda una

comedia de Shakespeare. ¡Nada de mujeres! Y el protagonista acaba por

casarse.

--La conozco--contestó el príncipe--; pero no acostumbro á ajustar mi

vida á las comedias, ni creo en sus enseñanzas. Puedo asegurarte que no

me casaré, aunque con ello desmienta á Shakespeare y al rey francés de

cuya crónica sacó el argumento de su obra.

--Pero lo que pretendes es absurdo--prosiguió Castro--. Yo no sé lo que

pensarán los demás, ¡pero impedirme á mí que...!

Y con el gesto completó su protesta.

Después, al ver que el príncipe había quedado pensativo, añadió:

--¡Cómo se conoce que estás harto!... Has conseguido en tu vida cuanto

deseaste, y ahora quieres imponernos...

El príncipe, como si no le hubiese escuchado durante su ensimismamiento,

le interrumpió:

--Ya que no puedes vivir sin eso... ¡sea! No tengo empeño en

martirizarte. Continúa siendo esclavo de una necesidad que es obra más

de la imaginación que del deseo. Ahora que conozco verdaderamente la

vida, me asombro de que los hombres hagan tantas necedades por el

descubrimiento y posesión de treinta centímetros de piel oculta. Puedes

satisfacer tu fantasía cuando gustes... pero ¡nada de mujeres!

Los tres oyentes se miraron con asombro, y hasta el coronel, que se

mantenía impasible siempre que hablaba su señor, mostró en sus ojos

cierta sorpresa. ¿Qué quería decir el príncipe?...

--Tú no ignoras, Atilio, lo que es una mujer. En la mayor parte de los

pueblos de la tierra sólo existen hembras: jóvenes y viejas, pero no hay

mujeres. La mujer, la verdadera mujer, es un producto artificial de las

civilizaciones maduras, algo como las flores de invernadero, de una

belleza complicada y perversa. Sólo en las grandes ciudades que llegan á

ser decadentes, porque no pueden ir más allá, se encuentra á la mujer.

No siendo madre, como lo son las pobres hembras, da todo su tiempo al

amor, prolonga maravillosamente su juventud y piensa en inspirar

pasiones á la edad en que las otras viven como abuelas. ¡A esa es á la

que yo temo! Si entra aquí, se acabó nuestra sociedad, nuestra vida

tranquila y dulce.

Se levantó de la mesa el príncipe, y todos hicieron lo mismo. El

almuerzo había terminado y pasaron al _hall_ inmediato, donde estaba

servido el café. Miró el coronel en torno con inquietud, examinando las

cajas de habanos, la enorme licorera con sus frascos de diversos colores

puestos en fila.

Mientras cortaba la punta de un cigarro, Lubimoff continuó, dirigiéndose

siempre á Castro:

--Cuando desees... eso, te bastará con elegir en los alrededores del

Casino. Cien francos ó doscientos; y luego, ¡adiós!... ¡Pero las otras!

¡Las mujeres! Esas penetran en nuestra existencia, acaban por

dominarnos, quieren que nuestra vida se moldee en la suya. Su amor por

nosotros no es en el fondo mas que una vanidad igual á la del

conquistador que ama la tierra que ha hecho suya con violencia. Todas

ellas han leído (casi siempre á tontas y á locas, pero han leído), y las

tales lecturas dejan en su voluntad un residuo de deseos indefinidos, de

caprichos absurdos, que sirven para esclavizarnos á nosotros, que

también nos movemos á impulsos de viejas lecturas... Las conozco. He

encontrado demasiadas en mi vida. Si entran aquí mujeres de nuestro

mundo, se acabó la paz. Me buscarán á mí por curiosidad y por codicia,

pensando en mi historia y mi fortuna; os perturbarán entablando

rivalidades entre vosotros; será imposible la vida que yo deseo...

Además, somos pobres.

Atilio protestó sonriendo: «¡Oh! ¡pobres!»

--Pobres para hacer las locuras de antes--continuó el príncipe--; y para

el amor se necesita dinero. Eso del amor desinteresado es una invención

de las pobres gentes, que se consuelan con embustes. La moneda brilla en

el fondo de todo amor. Al principio no se piensa en tal cosa: el deseo

nos ciega; sólo vemos lo inmediato, la dominación de la persona

dulcemente adversaria. Pero en todo amor que se prolonga, se acaba por

dar dinero ó por tomarlo.

--¡Tomar dinero de una mujer!... ¡Nunca!--dijo Castro, perdiendo su

sonrisa irónica.

--Acabarás por tomarlo si andas entre mujeres, siendo pobre. Las de

nuestra época no tienen otra preocupación que el dinero. Cuando su

amante es un hombre rico, se lo piden aunque posean una gran fortuna.

Creerían valer menos si no lo hiciesen. Y si les gusta un pobre, le

fuerzan á que reciba sus dádivas. Lo dominan mejor envileciéndolo:

sienten con ello la satisfacción egoísta del que hace una limosna. La

mujer, eterna mendiga del hombre, experimenta el mayor de los orgullos,

se cree un ser extraordinario, una heroína, cuando á su vez puede dar

dinero á uno del sexo que la ha mantenido siempre.

Novoa, con una taza en la mano, escuchó atentamente al príncipe. Hablaba

de un mundo desconocido para él. Spadoni, con los ojos vagos, pensaba en

algo distante mientras sorbía su café.

--Ya lo sabes, Atilio--continuó Lubimoff--: ¡nada de mujeres!... Así

llevaremos la gran vida. La mañana libre; sólo nos veremos á la hora del

almuerzo. Abajo, en nuestro puertecito, quedan varios botes. Pescaremos

á las horas de sol, remaremos. En las tardes, irás á tu Casino; tal vez

salga yo también para asistir á algún concierto. Se acerca la primavera.

Por las noches, sentados en una terraza, bajo las estrellas, el amigo

Novoa, sabio de nuestro convento, nos explicará las melodías del cielo;

y Spadoni, nuestro músico, se sentará al piano para deleitarnos con la

música terrestre.

--¡Magnífico!--dijo Castro--. Casi eres un poeta al describir nuestra

vida futura. Me has convencido. Vamos á ser felices. Pero no olvido tu

permiso para la hembra y tu prohibición de la mujer. ¡Nada de faldas en

Villa-Sirena! Hombres nada más, monjes con pantalones, egoístas y

tolerantes, que se reunen para vivir dulcemente mientras arde el mundo.

Atilio se mantuvo pensativo unos instantes, y continuó:

--Nos falta un nombre: nuestra comunidad debe tener un título. Nos

llamaremos... nos llamaremos «Los enemigos de la mujer».

Miguel sonrió.

--Que el título quede entre nosotros. Si lo saben fuera de aquí, podrían

creer otra cosa.

Novoa, animado por su reciente confianza con unos hombres tan distintos

á los que había tratado hasta entonces, aceptó el título con aplauso.

--Yo confieso, señores, que, según la distinción hecha por el príncipe,

no he conocido jamás á una mujer. ¡Pobres hembras... y pocas! Pero me

gusta el título, y acepto ser uno de «los enemigos de la mujer», aunque

la tal mujer no se pondrá nunca ante mi paso.

Spadoni, como si despertase de pronto, se encaró con Castro, continuando

en alta voz sus pensamientos.

--...Es una martingala que inventó un lord ya difunto y que le hizo

ganar millones. Ayer me lo explicaron. Primeramente, pone usted...

--¡Ah, no, pianista del demonio!--clamó Atilio--. Ya me explicará eso en

el Casino, si es que tengo la curiosidad de oirle. Me ha hecho usted

perder mucho con sus martingalas. Mejor es que siga con su número 5.

El coronel, que había escuchado en silencio la conversación sobre las

mujeres, pareció ligar dos ideas cuando Castro mencionó el juego.

--Ayer tarde--dijo al príncipe con un tono algo misterioso--encontré en

el Casino á la duquesa...

Un gesto de muda interrogación cortó sus palabras. «¿Qué duquesa?»

--Haces bien en preguntarle, Miguel--dijo Atilio--. Tu «chambelán» es el

hombre mejor relacionado de la Costa Azul. Conoce duquesas y princesas á

docenas. Lo he visto comiendo en el Hotel de París con toda la vieja

nobleza de Francia que viene á Monte-Carlo para consolarse de lo que

tardan en volver sus antiguos reyes. En las salas privadas del Casino

besa manos llenas de arrugas y hace reverencias ante una porción de

momias horribles con nombres antiguos y famosos. Unas le llaman

simplemente «coronel»; otras se lo presentan con el título de «ayudante

de campo del príncipe Lubimoff».

Don Marcos se irguió, ofendido por el tono zumbón con que se hablaba de

su gloria, y dijo altivamente:

--Señor de Castro, soy un viejo soldado de la legitimidad, he derramado

mi sangre por la santa tradición, y nada tiene de particular que...

El príncipe, sabiendo por experiencia que su coronel no conocía el valor

del tiempo cuando empezaba á hablar de la «legitimidad» y de «sangre

derramada», se apresuró á interrumpirle.

--Bueno; ya lo sabemos. Pero ¿qué duquesa es la que encontraste?...

--La señora duquesa de Delille. Me ha preguntado muchas veces por Su

Alteza, y al decirle yo que acababa de llegar, me dió á entender que se

propone hacerle una visita.

Lubimoff contestó con una simple exclamación, quedando luego silencioso.

--Bien empezamos--dijo Castro riendo--. ¡Nada de mujeres! E

inmediatamente el coronel nos anuncia la visita de una de ellas, y de

las más temibles. Porque reconocerás que la tal duquesa es una mujer de

las que tú nos has pintado.

--No la recibiré--dijo el príncipe resueltamente.

--Esa duquesa es prima tuya, según creo.

--No hay tal parentesco. Su padre fué hermano del segundo marido de mi

madre. Pero nos hemos conocido de niños, y guardamos recíprocamente un

recuerdo detestable. Cuando yo vivía en Rusia se casó con un duque

francés. Sintió el mismo deseo que muchas ricas de América: un gran

título nobiliario para dar envidia á las amigas y brillar en Europa. Al

poco tiempo se separó, señalando al duque una pensión, que es lo que

deseaba tal vez el noble marido. No tengo por mujer apetecible á la tal

Alicia... Además, ha vivido la vida á su gusto... casi tanto como yo. Su

reputación se iguala con la mía. Hasta le atribuyen amores con personas

que no ha visto nunca, lo mismo que hacen conmigo... Me han dicho que en

los últimos años se exhibía con un muchachito, casi un niño... ¡Ay! ¡Nos

hacemos viejos!

--Yo los he visto en París--dijo Castro--; fué antes de la guerra.

Luego, en Monte-Carlo, la he encontrado siempre sola, sin divisar á su

jovenzuelo por ninguna parte. Debió ser un capricho... Lleva tres

inviernos aquí. Cuando llega el verano se traslada á Aix-les-Bains ó á

Biarritz; pero apenas el Casino recobra su esplendor, vuelve de las

primeras.

--¿Juega?...

--Como una condenada. Juega fuerte y mal, aunque los que creemos jugar

bien acabamos perdiendo lo mismo. Quiero decir, que pone el dinero en la

mesa aturdidamente, en varios sitios á la vez, y luego ni se acuerda de

qué puestas son las suyas. Revolotean en torno de ella los «levantadores

de muertos», y cuando gana, siempre se le llevan algo de lo suyo. Ha

estado dos años jugando nada más que con fichas de quinientos y de mil.

Ahora sólo juega con las de cien. Pronto usará las rojas, las de veinte,

como este servidor.

--No la recibiré--insistió el príncipe.

Y tal vez para no decir más de la duquesa de Delille, se separó

repentinamente de sus amigos, saliendo del _hall_.

Atilio, deseoso de hablar, interrogó á don Marcos, que conversaba con

Novoa, mientras el pianista seguía soñando, con los ojos abiertos, en la

martingala del lord.

--¿Ha visto usted últimamente á doña Enriqueta?

--¿Me pregunta usted por la Infanta?--contestó el coronel gravemente--.

Sí; ayer la encontré en el atrio del Casino. ¡Pobre señora! ¡Si esto no

es una lástima!... ¡Una hija de rey!... Me contó que sus hijos no tienen

qué ponerse. Ella debe doscientos francos de cigarrillos en el _bar_ de

los salones privados. No encuentra quien le preste. Tiene además una

mala suerte espantosa: todo lo pierde. Estos tiempos son fatales para

las personas de sangre real. Casi lloré escuchando sus miserias, y sentí

no poder darle más. ¡Una hija de rey!...

--Pero su padre renegó de ella cuando se fué con un artista

obscuro--dijo Atilio--. Y además, don Carlos no era rey de ninguna

parte.

--Señor de Castro--repuso el coronel, irguiéndose como un gallo--,

tengamos la fiesta en paz. Usted sabe mis ideas: he derramado mi sangre

por la legitimidad, y el respeto que le tengo á usted no debe servir

para...

Novoa, queriendo tranquilizar á don Marcos, intervino en la

conversación.

--Este Monte-Carlo es una playa á la que llegan toda clase de despojos,

vivos y muertos. En el Hotel de París hay otro individuo de la familia,

pero de la rama triunfante, de la que gobierna y cobra.

Los enemigos de la mujer · 第 1 / 37 段