Desdeñemos toda norma estética que no goce de su bello y peculiar
contorno, de una propia sustancia bien distinta. También la nota
marginal de un texto que por sí misma no puede aislarse como texto. Mal
arabesco el que no pueda hacernos olvidar un poco el muro donde se
trazó. Mala aquella pincelada que no era precisa en la tela. Lo demás,
no es ni literatura: Menos mal si es buena erudición.
Quisiéramos que cada nota iniciase en el lector una inesperada melodía,
paralela a las ya gustadas en la obra glosada. Quisiéramos no tañer
viejas zampoñas, no repetir ajenos temas. ¡Quisiéramos tantas cosas!
También no tener miedo a perder el equilibrio. Un hombre equilibrado
suele ser necio o ruin. La balanza mental pocas veces está en el fiel:
Hay algo de plomo u oro en cada platillo. La vida lo fue amontonando
allí, insensiblemente. Cada vez que usamos de la balanza, hallamos en
ella pesos nuevos.
Ser imparcial es no ser nada. Tanto da neutralidad como vacío. Hay que
resignarse a juzgar con muchos contrapesos, o a enmudecer. Todo artista
—sea o no crítico— debe ser apasionado.