XXXI

Iniciarse en las luchas del espíritu con unos ingeniosos ejercicios

de tiro, salir al campo con el rifle gallardamente enfilado hacia la

guerrilla mejor atrincherada es correr el albur de ofrecer una silueta

desnuda, fácilmente vulnerable por cualquier proyectil. Sumergirse

en la zona peligrosa es querer ser batido con igual vehemencia.

(Concedamos un poco a la moda profesional, a quien parece complacer tal

metafórica pirotecnia de polígono).

Dos suertes de blancos se ofrecen al ataque: los amplios y cercanos

de las triviales opiniones, y los de ciertas siluetas espirituales de

contorno definido por su patente labor, reconocida o no como eficaz. Ni

en estas ni en aquellos es fácil lograr una bella rosa de tiro, una de

esas apretadas rosas geométricas que los impactos, unidos entre sí por

mentales ligaduras, limitan en el blanco. Importa poco ver abrirse esta

rosa en zonas distantes del triángulo batido —defecto bien corriente, y

subsanable en un recluta—. Importa mucho una tal dispersión del haz de

proyectiles.

Son dos las fuentes de dispersión: Débil pulso o voluble pupila. Aunque

algún proyectil horade el corazón del blanco, pudo ser el azar quien

trazó la trayectoria. Es ley inflexible de polígono... y de libro: Dar

muchas veces, y armoniosamente. La armonía no es fruto del azar, que

solo produce simetría.

Máxima agudeza es necesaria si el blanco es silueta viva. El perfil

oscila, sufre relumbres de sol, se sumerge en negras proyecciones

de nube. En este difícil ejercicio, la dispersión es casi siempre

inevitable. Aun siendo blanco toda la silueta —juego siempre malogrado,

por excesivo, pues en ella quedan siempre inexpugnables zonas—, la rosa

geométrica es difícil de trazar. Habría que señalar bien un foco, el

más vulnerable; quizá el «talón» donde dirigir la bala.

Es infantil lanzar proyectiles al pecho de las siluetas, para que

apenas logren alzar a los pies del blanco... una graciosa nubecilla de

polvo.

Ejercicios · 第 33 / 51 题