Iniciarse en las luchas del espíritu con unos ingeniosos ejercicios
de tiro, salir al campo con el rifle gallardamente enfilado hacia la
guerrilla mejor atrincherada es correr el albur de ofrecer una silueta
desnuda, fácilmente vulnerable por cualquier proyectil. Sumergirse
en la zona peligrosa es querer ser batido con igual vehemencia.
(Concedamos un poco a la moda profesional, a quien parece complacer tal
metafórica pirotecnia de polígono).
Dos suertes de blancos se ofrecen al ataque: los amplios y cercanos
de las triviales opiniones, y los de ciertas siluetas espirituales de
contorno definido por su patente labor, reconocida o no como eficaz. Ni
en estas ni en aquellos es fácil lograr una bella rosa de tiro, una de
esas apretadas rosas geométricas que los impactos, unidos entre sí por
mentales ligaduras, limitan en el blanco. Importa poco ver abrirse esta
rosa en zonas distantes del triángulo batido —defecto bien corriente, y
subsanable en un recluta—. Importa mucho una tal dispersión del haz de
proyectiles.
Son dos las fuentes de dispersión: Débil pulso o voluble pupila. Aunque
algún proyectil horade el corazón del blanco, pudo ser el azar quien
trazó la trayectoria. Es ley inflexible de polígono... y de libro: Dar
muchas veces, y armoniosamente. La armonía no es fruto del azar, que
solo produce simetría.
Máxima agudeza es necesaria si el blanco es silueta viva. El perfil
oscila, sufre relumbres de sol, se sumerge en negras proyecciones
de nube. En este difícil ejercicio, la dispersión es casi siempre
inevitable. Aun siendo blanco toda la silueta —juego siempre malogrado,
por excesivo, pues en ella quedan siempre inexpugnables zonas—, la rosa
geométrica es difícil de trazar. Habría que señalar bien un foco, el
más vulnerable; quizá el «talón» donde dirigir la bala.
Es infantil lanzar proyectiles al pecho de las siluetas, para que
apenas logren alzar a los pies del blanco... una graciosa nubecilla de
polvo.