Conservar la línea del cuerpo y del espíritu. No amputar un solo
miembro, aunque nos escandalice, pero reducirlo a ley de armonía.
Ese imperioso anhelo de extirparse al alma y esparcirla destrenzada,
desmelenada, por el éter, que acomete a tantos espíritus centrífugos,
es solo un penacho generoso que debemos conservar para los días de gran
gala del espíritu, en que nos desperezamos sobre los muelles cojines de
la «azul fantasía».
Días de gran gala, días de ocio, días de ostentación... Recuérdese que
para el buen artista, todos son días de labor.
Al buen escritor se le conoce por su traje de diario.