Hay una prosa dócil, maleable, amante otoñal que conoce su inminente
ruina. Otra dura, huidiza, virgen huraña que se resiste al beso.
Moldear carne tan macerada es fácil. Trabajar en mármol virgen es muy
penoso.
Hay prosa instrumento y prosa forma. Medio y fin. Estilo común y estilo
singular.
X
Se suele fustigar al mal escritor, sin advertir que el mal escritor no
existe, al menos como objeto de crítica. Sí existe el estilo común, es
decir, el estilo del que no lo tiene. En arte es nada el mal escritor
y solo es atendible la turba compacta, el engrudo aglutinante de la
masa. Porque un grito más bronco solo determina una mayor capacidad
para el insulto, una alusión más procaz es solo cierto afán mal
embozado de cotizar deprisa su vehemencia.
La turba espesa del estilo común merece atención como dolencia, como
veneno lento del ingenuo lector. Suprimido en las letras el estado
llano, el lector llegaría siempre al estilo singular, es decir, al
individuo-escritor. Primero habría asombro. Luego, labor comprensiva.
Por último, fruición de haber gustado buena fruta mental.
Ahora, la gran masa de lectores llega a la masa-escritora que escribe
«llanamente», es decir, sin relieve alguno, y, primero, siente la
fruición de tropezar con un igual, luego la gratitud que reclama un
sujeto resignado a sacrificar su individualidad por escribir en el
estilo común de su lector.