Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió á luz el fondo de la
sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo
abrían en la masa de arroz, el meloso _socarraet_, el bocado más
exquisito de la _paella_.
De vino, no digamos. Á un lado estaba el pellejo, vacío, exangüe,
estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran
interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro
contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático el
líquido.
Á los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz; se
reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y
lanzando poderosos regüeldos.
Salían á conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por
voluntad ó por fuerza; el tío _Tripa_, que había muerto hecho un santo
después de una vida de trueno; los _Donsainers_, huídos á Buenos Aires
por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun
mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor
cuantía que estaba en San Agustín ó San Miguel de los Reyes, inocentones
que se echaron á valientes sin contar antes con buenos protectores.
¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto
ó se hallaran pudriendo en la cárcel ó en el extranjero. Aquéllos eran
valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos
de hambre, á quienes la miseria obliga á echárselas de guapos á falta de
valor para pegarse un tiro.
Esto lo decía el _Bandullo_ pequeño, aquel trastuelo, que se había
propuesto alterar la reunión pinchando á Pepet, y á quien sus hermanos
lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más
comprometedora! Con chicos no puede irse á ninguna parte.
Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y
parecía haber ido á la _paella_ por el sólo gusto de insultar á Pepet.
Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel lunar
largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de
acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía
latir las venas de su frente.
Sí señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen
corazón, sino estómago hambriento; _ruqueròls_ que olían todavía al
estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían á estorbar á las
personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no; y no
pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era
mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.
Por fortuna, estaban presentes los _Bandullos_ mayores, gente sesuda que
no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban á
Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían
al oído, excusando la embriaguez del pequeño:
--_No fases cas: está bufat._
¡Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso! Se crecía ante
el silencio é insultaba sin miedo alguno.
Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos
embusteros. Valientes de _mata mòrta_ como los melones malos. Él conocía
un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor:
mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le
hacía corrococos á María la _Borriquera_, la cordobesa que cantaba
flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy
bruto: tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para
hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba
cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.
Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos
mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso
corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y
extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.
Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:
--_Aixó es mentira... ¡Mocós!_
Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué recto á los ojos,
separándolo Pepet de una zarpada é hiriéndose el dorso de la mano con
los vidrios rotos.
Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron adentro
lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus
silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió á relucir un
verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos
como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido
metálico.
La reunión dividióse instantáneamente en dos bandos. Á un lado los
_Bandullos_ cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el
morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían á
emanciparse, y al otro, rodeando á Pepet, todos, absolutamente todos los
convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de
la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.
Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los
otros empezaran.
¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había
insultado á un hombre, y de hombre á hombre no va nada.
Al fin el reñir es de hombres.
Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se
sabe: hay que estar á todo. Dejar sitio y que se las arreglen los
hombres como puedan.
Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros
por la superioridad del número, colocáronse ante los _Bandullos_
mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.
En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente.
Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin
ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.
Pero las razones eran inútiles. Estaban frente á frente los dos
enemigos, á la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por
entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las
telarañas que envolvían las uvas.
El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca, y cubriéndose
el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de
la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de
Cuarte.
Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia
atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo
del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún
carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus
campos.
Iba á correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana
curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.
El bicho maldito no se aquietaba y seguía insultando. ¡Á ver! Que se
atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la _tanda_ al suelo.
¡Y vaya si se atracó! Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia
del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa,
encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una
catapulta.
De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño
_Bandullo_, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un
costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levantó en el
aire.
Cayó el chicuelo, llevándose ambas manos al costado, á la desgarrada
faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante á
un aplauso.
¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.
Los _Bandullos_ lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y
hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como
dispuestos á cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando
para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.
Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor de la
familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aun no se había
acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y
mala intención.
El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre
la faja, fué llevado por sus hermanos á la tartana, que aguardaba cerca
de la alquería desde que trajo por la mañana todo el _arreglo_ de la
_paella_.
¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están
en desgracia.
Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de
dolor.
Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo
lavó en la acequia y volvió á guardarlo con tanto cariño como si fuese
un hijo.
El ribereño había crecido desmesuradamente á los ojos de todos aquellos
emancipados que le rodeaban, y de regreso á Valencia, por la polvorienta
carretera, se quitaban la palabra unos á otros para darle consejos.
Á la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor
el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía á quien le
hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus
hermanos para enseñarle la obligación.
Á quien debía mirar de lejos era á los _Bandullos_ que quedaban sanos.
Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no
podían de frente, lo mismo les daba á traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no
lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la
familia.
Pero al valentón ribereño aun le duraba la excitación de la lucha y
sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había
venido á Valencia para pegarles á los _Bandullos_; donde estaba él no
quería más guapos: ya había asegurado á uno; ahora que fuesen saliendo
los otros y á todos los arreglaría.
Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y
meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de guantadas al que
intentara acompañarle.
Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos.
Conque... ¡largo y hasta la vista!
¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de
relatar en cafetines y timbas la caída de los _Bandullos_, añadiendo con
aire de importancia que habían presenciado la terrible _gabinetá_ de
aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.
Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los
_Bandullos_. No había más que verle á las once de la noche marchando por
la calle de las Barcas con desembarazada confianza.
Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la _Borriquera_.
¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le
había dicho antes de recibir el golpe, á ella le cortaba la cara, y
después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.
Aun le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le
dominaba después de haber _hecho_ sangre.
Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los
_Bandullos_, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con ánimos para de la
primera rebanada partirlos en redondo.
Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo, y el
valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba
su vista y le zumbaban los oídos.
¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.
Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes
de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.
Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y
más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por
parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los _Bandullos_ la
protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo,
al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.
--_Ben mòrt está._
Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del
muerto, guardándose algo en el bolsillo.
Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver,
esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de algunos fósforos la
cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y
vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun manaba
sangre.
Le habían cortado una oreja como á los toros muertos con arte.