Poblóse la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles
chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió que caía y caía,
como sí aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo, hasta
que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de
pies á cabeza; y... despertó en su cama, tendido sobre el vientre, tal
como se había arrojado en ella.
Lo primero que el cura pensó fué que había pasado mucho tiempo.
Era de noche. Por la abierta ventana veíase el cielo azul y diáfano,
moteado por la inquieta luz de las estrellas.
Don Vicente experimentó la misma impresión de las damas de comedia que
al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde estoy?»
Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del sueño, discurría con
dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar cómo había
llegado hasta allí.
De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la obscura vega, fué
recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y
con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de
que le rindiera el sueño.
¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un sacerdote joven que
debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí, esta era la
palabra, y había sido en presencia de los que casi eran sus feligreses.
Lo que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron
á tal abuso.
Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus
sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el peligro y protestaba
contra la pasión que pretendía hacer presa en su carne virgen. ¡Qué
vergüenza! Salido apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa
atmósfera corruptora de las grandes ciudades, viviendo en el ambiente
tranquilo y virtuoso de los campos, y próximo, sin embargo, á caer en
los más repugnantes pecados. No; él resistiría á las seducciones del
_Malo_; acallaría el espíritu tentador que para mortificante prueba se
había rebelado dentro de él; afortunadamente, la torpe embriaguez con su
sueño le había devuelto la calma.
Oyéronse á lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto
había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto á emprender la
tarea diaria.
Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita,
veíase la inmensa vega, que á la difusa luz de las estrellas marcaba sus
masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era
absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba caldeada,
y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los
tostados campos.
Perfumes indefinibles había en aquel ambiente que aspiraba con delicia
el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del
aire puro de los campos.
Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que
tantas veces había visto á la luz del sol. Esta distracción infantil
parecía volverle á los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos
tropezaron con una débil mancha blanca, en la que creía adivinar la
alquería de la _siñá_ Tona y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de
fortaleza y de lucha!
Fué un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y
la placidez; desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne,
sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus
mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.
Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aun
estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de sedoso y
ardiente contacto, al par que percibía la fragancia de la carne, cuyo
misterio acababa de revelársele.
Y en aquel momento, ¡oh _Malo_ tentador! el infeliz, mirando la obscura
vega, veía, no la blanca é indecisa alquería, sino el _estudi_ envuelto
en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto había ensalzado
la _siñá_ Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad
y para él horrendo pecado, lo que jamás había de conocer y le atraía con
la irresistible fuerza de lo prohibido.
La maldita imaginación ponía junto á sus ojos las tibias suavidades, los
dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la
agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo
animado por el espíritu de la rebelión, la virilidad, que se vengaba de
tantos años de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus
oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese á
estallar á impulsos del deseo contenido y falto de escape.
Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en
San Antonio tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos
ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos
repugnantes; pero allí no habían espíritus malignos por parte alguna: lo
único real que acompañaba á las evocaciones de su imaginación, era la
cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos
misteriosos del campo que sonaban como besos.
Ellos allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta obscuridad que
había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las
iniciaciones: él, solo, inaccesible á toda efusión, planta parásita en
un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el
eterno frío de aquella cama de célibe.
De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que
le envolvía calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que
la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le
excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose á ciegas en su lóbrega
habitación.
No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo
sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios
ardorosos aquel fresco beso que le había despertado de su
desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión interna seguía,
y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su ser
producíale agudos dolores.
¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un
chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al
sentir la glacial caricia en su abrasada piel.
Lentamente volvió á la ventana, calmado por la fría inmersión. Un
sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era
momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba
pronto á dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al
día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el
ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el
porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula
que trabajaba incesantemente y que con sólo la voluntad había de anular,
vivir como un cadáver en un mundo que desde el insecto al hombre rige
todos sus actos por el amor, parecíale el mayor de los sacrificios.
La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado.
Cuando creía subir á envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces
de fondo desconocido.
Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda
sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo
misterio que acababa de revelársele y que el deber le obligaba á ignorar
eternamente.
Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora
que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que
continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su plétora de vida!
Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las
gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la
fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre á la roca
inconmovible de la fe jurada, indefenso á merced de la pasión carnal que
le devoraba las entrañas.
Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal
sacerdote; el sexo, que había despertado en él para siempre como
inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad, y en
este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al
desaliento, é inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los
ojos con las manos, lloró por los pecados que no había cometido y por
aquel error que había de acompañarle hasta la tumba.
Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.
Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche marcando una faja de
luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de montañas
iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos las
estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería en alquería,
y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban
las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.
¡Magnífico despertar! Tal vez á aquella hora Toneta, recogiéndose el
cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que
solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el
ventanillo de su _estudi_ para que la aurora purificase el ambiente de
pasión y voluptuosidad.
El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente
contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas
en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se
había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.
Abajo, en la cocina, encontró á su madre que preparaba el desayuno, y la
pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el
cura le lanzó al pasar.
Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una
espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura,
igual á la que él llevaba á la espalda cuando niño.
Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.
¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía
todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser
considerado como un ser superior.
Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción,
era para los infelices, para los que luchaban por la vida.
El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la
frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas hubiesen seguido
porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en
aquella blanda cama del _estudi_ nupcial, viendo cómo Toneta, al aire
sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa,
se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la
noche de bodas.
Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la
iglesia con su gangueo de vieja comenzó á llamarle á la misa primera.