La comida dió que hablar en el pueblo.
Seis onzas, según cálculo de las más curiosas comadres, debió gastarse
la buena de doña Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus
arrendatarios.
Era una satisfacción ver en la casa más grande del pueblo aquella mesa
interminable cubierta de cuanto Dios cría de bueno en el mundo, fuera
del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una
concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba
estaba en que al día siguiente saldría en letras de molde en los
papeles de Valencia.
En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las
blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado parte en la
ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre
sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de
la mesa algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona y los
amigos de la familia junto con lo más _distinguido_ del pueblo,
labradores acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la
_paella_, hablaban del rey legítimo que está en Venecia y de lo
perseguida que en estos tiempos de liberalismo se ve la religión.
Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino, se alegraba la gente y
sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus compañeros de
mesa; aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el
alzacuello desabrochado y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de
satisfacción á la bendita señora.
El único que mostraba seriedad era el nuevo cura. No estaba triste: su
gravedad era producto del ensimismamiento. Su imaginación huía desbocada
por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida anterior.
La vista de todos los suyos, su elevación en aquel mismo lugar donde
había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían recordar la
época en que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba á recorrer los
caminos, capazo á la espalda, siguiendo á los carros para arrojarse
ávidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante que dejaban las
bestias.
Aquella había sido su peor época, cuando tenía que gemir y alborotar
horas enteras para que la pobre madre se decidiera á engañarle el hambre
nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera previsión.
La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba
al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.
Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la _siñá_ Tona, aquel hermoso
campo cercado de encañizadas en el que se cultivaban las flores como si
fuesen legumbres. Recordaba á Toneta greñuda, tostada, traviesa como un
chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras,
y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte: ella á Valencia
todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por
doña Ramona, que, en vista de su afición á la lectura y de cierta viveza
de ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria
rural.
Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente
todo su pasado.
¡Cómo amaba él á aquella buena hermana, que tantas veces le había
fortalecido en los momentos de desaliento!
En invierno salía de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.
Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y
clase había de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan moreno con
algo más, que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el
pecho á guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los
textos latinos y teológicos que bailoteaban á su espalda como movible
joroba. Así equipado pasaba por frente al huerto de la _siñá_ Tona,
aquella pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el
mismo momento que se abría su puerta para dar paso á Toneta, fresca,
recién lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos
enormes cestas en que yacían revueltas las flores mezclando la humedad
de sus pétalos.
Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia
Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas
del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía
encenderse antes de que llegasen á la tierra los primeros rayos del sol.
¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las obscuras
acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas,
que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de
brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con
nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la
parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los
caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de
ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres
agachados, que á cada movimiento hacían brillar en el espacio el
culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con
cestas en la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente
y maternal _¡bòn día!_ á la linda pareja que formaban la florista
garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento
parecía escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que
iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.
El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre
seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tenía ánimos para
sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba su
robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas
explicaciones en cuyo laberinto penetraba á cabezadas.
Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su
madre; él á conquistar poco á poco el dominio de las ciencias
eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría á
ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de
Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los
albañiles, que hundían sus cucharas en la humeante cazuela de mediodía,
Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el
mercadillo de las flores, donde encontraba á Toneta atando los últimos
ramos y á su madre ocupada en recontar la calderilla del día.
Tras estos agradables recuerdos, que constituían toda su juventud, venía
la separación lenta que la edad y la divergencia de aspiraciones habían
efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no impunemente
sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.
En la última parte de su carrera, comenzó á sentir con vehemencia el
fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba á formar parte de
una institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las
llaves del cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la
Iglesia; las luchas de los papas con los reyes en el pasado, y la
influencia del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era
ambicioso, no pensaba ir más allá de un modesto curato de misa y olla;
pero le satisfacía que el hijo de unos miserables perteneciese con el
tiempo á una clase tan poderosa, y mecido por tales ilusiones se entregó
de lleno á la vocación que iba á sacarle del subsuelo social.
Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet
funciones de sacristán, y llegó á ser hombre sin sentir apenas el
despertar de la virilidad en su vigorosa complexión.
Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le
causaban horror, teniéndolas como tentaciones del _Malo_. La mujer era
para él un mal, necesario é imprescindible para el sostenimiento del
mundo; _la bestia impúdica_ de que hablaban los Santos Padres.
La belleza era amenazante monstruosidad, temblaba ante ella poseído de
repugnancia y sordo malestar, y sólo se sentía tranquilo y confiado en
presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la
luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su
contemplación provocaba en el seminarista explosiones de indefinible
cariño, y también participaba de éste aquella otra criatura terrenal y
grosera á la que él consideraba como hermana.
No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta resultaba para él una
hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompañaba desde su
infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que en aquel
momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le parecía
que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificábase con
expresión celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada
y su pañuelo de pájaros y flores convertíase en cerúleo manto, lo mismo
que en la otra, cuya belleza se ensalza con los más dulces nombres que
ha producido idioma alguno...
Pero sintió á sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce
somnolencia.
Era la _siñá_ Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento
venía á hablar con el cura.
La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su
amiga. Como buena cristiana, sabía el respeto que se debe á un
representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet
siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no
podría menos que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad?
Pues si lo había conocido tan pequeño... si era ella quien lo había
llevado de pañales á la iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba á
hacerle tales pamplinas á un chico á quien consideraba como hijo? Aparte
de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se le quería de veras. Si
no vivieran el tío _Bollo_ y la _siñá_ Tomasa, Toneta y ella eran
capaces de irse con él como amas de llaves: pero ¡ay, hijo mío! no iba
el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por _Chimo
el Moreno_, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada que decir,
mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San Juan si
era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba un hombre,
el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de
unos pantalones, y como el _Moreno_ servía para el caso (siempre
mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se
casara.
Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su
aprobación.
Bueno; pues á _eso_ se había acercado ella... ¿Á qué? Á decirle que
Toneta quería que fuese él quien la casase. Teniendo un capellán casi en
la familia, ¿para qué ir á buscarlo fuera de casa?
El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los
casaría.