La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto á una barca
vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa
sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y
entoldado.
Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba á nuestras
espaldas, y á mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía
bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase
la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de
un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de
sarmientos, complicados arabescos en la arena.
Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en
el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo
rabioso, que á lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La
estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que
era un mar lo que parecía inundación de tisana.
Y mientras mirábamos la rojiza extensión en cuyo límite se marcaba como
ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret
tiraba de los _bolichones_ ó se arrojaba en el agua sucia.
El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban á
caer los _esparrellons_ como moscas.
Y eso que el _esparrelló_ era el bicho más ladino y malicioso que se
paseaba por el golfo.
¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba
el tal animalito, iba á contarme un cuento, que indudablemente sería un
sucedido, pues de no ser así no se lo habría contado á él su padre.
Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa, comenzó á
contarme el _sucedido_ con su seriedad de lobo de playa, en un
valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las
despobladas encías.
* * * * *
También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba
el _bolichó_ traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia
la arena seca á los incautos peces, atraídos por la frescura del agua
dulce y sucia.
El _esparrelló_ del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo
que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave
disgusto de su familia, acababa de ver caer á todos los suyos entre las
mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los
sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, sólo se
le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si
quisiera decir:
--Sálveme yo y perezca la familia; mejor es el agua turbia que el aceite
de la sartén.
Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que
conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.
El _esparrelló_ dejóse caer en la línea recta, y en una hondonada
abierta por las dragas en el fango, vió tumbado como un canónigo á un
_reig_ corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote
insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía
una agalla hacía temblar á todo el escamado enjambre.
¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas
cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semiobscuridad
del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en
una alcoba con las cortinas corridas.
El _esparrelló_ quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero
sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse á costa
ajena, y se limitó á pasar y repasar por las jadeantes narices del
coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.
¡Pero bueno era el _reig_ para inquietarse por tales caricias! Á fuerza
de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco, moviendo su
poderosa cola, pero tumbóse sobre el otro costado, y siguió bramando con
la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.
--¡Animal!--le gritaba el pececillo junto á una agalla--, ¡animal,
despiértate!
--¿Eh?--exclamaba el _reig_ entre dos ronquidos con su bronca voz de
borracho.
--Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de
Nazaret ha roto hostilidades, y á miles se lleva prisioneros á los
nuestros.
--Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.
--Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del _Toto_
explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el
_bolichó_ de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta
cuartos.
--¡Cincuenta demonios!--roncó con furia el _reig_, y dando un furioso
coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar,
mientras al ladino _esparrelló_ le temblaban todas las escamas con las
convulsiones de una risita aguda é insolente.
El _reig_ se amoscó al ver que tomaban á broma su prudencia, y avanzando
el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la
semiobscuridad.
--¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían
de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad y mi peso,
ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos
pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado
guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese _Toto_ de quien hablas
cuántas veces de una _morrá_ le he roto el bolichón de cuerdas. Si
repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes
que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan
ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á
morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me
han de caer las escamas de puro viejo.
--Lo mismo soy yo--dijo con petulancia el pececillo--; los míos se han
dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran
cosa el ser pequeño.
--Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más
fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón
todas las redes de esos pelagatos.
Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dió dos ó tres
coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al
_esparrelló_, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.
Pero el granuja se echó á un lado oportunamente, amoscado por tan
villanas caricias.
--Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no
está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en
cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me
alcanza.
--¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!
Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el _reig_ se
revolcaba en convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como
ronquidos, hacían hervir el agua.
--¡Calla, condenado, que el _Toto_ debe andar por arriba!
La advertencia devolvió al _reig_ su seriedad, pero le cargaba que aquel
bicho insignificante sacara á colación á cada momento el nombre del
pescador, y quiso vengarse.
--¿Que tú corres más?--dijo con su expresión de jaque testarudo--: eso
pronto se verá. Hagamos una apuesta: á ver quién llega antes al cabo de
San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás
comer en castigo á tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré
siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?
¡Pobre _esparrelló!_ Le temblaban todas las escamas al verse metido en
porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento ó de
allí á unas horas, optó por lo último.
--Conforme, grandullón--contestó con risita forzada--; cuando quieras
empezaremos.
--Vámonos á las aguas verdes, que esto está turbio.
Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos
que salen á tomar el fresco el _reig_ y el _esparrelló_ llegaron al
sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda
líquida.
El gigante dió unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el
agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.
--Mira, chiquitín; sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir,
porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto
como crees.
--Menos palabras, y al avío.
--¿Va ya, chiquillo?
--Cuando quieras.
--Pues ¡va!
¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel _reig_ era una tempestad. Al
primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un
estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los
morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había
naufragado veinte años antes, y estaba hundida en la arena como una
carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su
vientre.
Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo
á un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido
y un hervor que conmovía todo el golfo.
¿Y el _esparrelló?_ ¡Pobrecito! quiso seguir á su corpulento enemigo;
pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida
por cada coletazo del _reig_ le hacía perder camino, y á los pocos
minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.
Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó
hasta la cabeza del _reig_, y fijándose en las grandes agallas que se
abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución
y se coló por una de ellas.
No se estaba mal allí. Viajar gratis á doble velocidad y acostadito en
aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.
--¡Je! ¡je! ¡je!--reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por
la ventana de su guarida.
Y el _reig_ daba un salto, murmurando:
--Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos,
corramos.
Y cada carcajada del _esparrelló_ era como un espuelazo para el
pescadote.
¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y
en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos,
mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían
misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían
escapadas huyendo del brutal azote.
Después de los algares las colinas sumergidas, aquellos peñascales en
cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y
diáfanos como sombras.
¡Qué espantosa revolución llevaba el _reig_ á estos tranquilos lugares!
Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de
matón, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas que
tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras,
como si quisieran gritar con angustia:
--Atención, que llega ese loco.
Las almejas, gente tranquila que huye del ruído, al ver aproximarse el
torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas,
cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos
apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus
haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se
envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las
piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud;
las lapas agarrábanse á la roca con más fuerza que nunca; los
langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal
de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas,
esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada; y
en aquel mundo verdoso é inquieto, el paso veloz del enfurecido
animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de
carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y
colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.
Una rozadura del _reig_ bastó para arrancarle dos patas á una langosta,
y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba á ser su
procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretas, para pedir
justicia y venganza á algún tiburón de los que rondan aquellas islas.
Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún
putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote,
gritando:
--¡Á ese, á ese, que está loco!
Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba. Aquella maldita
risa del _esparrelló_ la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal
corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.
Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron á marcarse las
masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas
cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban á
depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.
El jadeante _reig_, que no podía ya con su alma, llegó junto á las rocas
y dijo con angustioso ronquido:
--Ya llegué.
Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:
--Yo primero.
El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se
pavoneaba ante el hocico del cansado _reig_, como si hubiera llegado
mucho antes.
El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un
trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero
encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con
expresión reflexiva.
--Bueno--roncó por fin--. En esto debe haber trampa, pero la palabra es
palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.
* * * * *
Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos
maliciosamente.
Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía
_intrínguilis_.
¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el
listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y á la
acometividad. Que vale más ser _esparrelló_ pequeño y malicioso, que
_reig_ enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo
todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla
para salir á tiempo.
Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me
ruboricé, murmurando para adentro:
--Este tío me conoce.