Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al
llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.
Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme
caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en
los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase
en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los
enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos,
canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y
abandonadas á cada instante.
Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las
operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana,
brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y
menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de
llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el
espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban
algunos aguaduchos.
_El Retor_ quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los
vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel
rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la
frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que
con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los
desnudaran con la desdeñosa mirada.
_El Retor_ vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de
él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían
algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino
juntos: á ella no le gustaba esperar.
Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como
marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la
misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de
prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera
de regatas.
Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero
estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía
moverse.
El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de
aquella _Flor de Mayo_, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su
Pascualet.
Al día siguiente comenzaba la pesca del _bòu_ y salían todas las barcas.
Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El
día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en
el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba
la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las
zaparrastrosas de la playa.
Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de
mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos
que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban
una barca tan maja como la suya.
Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del _Retor_, se
agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al
horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las
perrerías de las maestras de la fábrica.
Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las
agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca
cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como
negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que
esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.
Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres
ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é
inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano
una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer
que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras
más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro
alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no
podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza
del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué
escándalo! ¡Y aquella _púa_ tenía cuatro hijos!
_El Retor_ sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! _¡Redeu!_ no estaba
mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una
pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar
á Dios los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi
tranquila!
Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto,
envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus palabras tenían una
vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada por _el Retor_.
Este parecía transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer
á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba.
Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un hombre se
mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando vuelva á
casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para
hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía
él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas
mujeres, que están en el mundo para que los hombres se pierdan y nada
más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor
de su Dolores y de Roseta.
De poco le servía la aclaración, pues su hermana, al ver iniciado el
tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su
dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya una gente!
ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el que
no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa
de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía
ella asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría
Dios sabe cómo. De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de
los hombres que, ó por pillos las irritaban, arrastrándolas á la
imitación, ó por tontos nada veían y no aplicaban á tiempo el remedio.
No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le sobraba razón á Rosario para
hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por vengarse de las
perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar ejemplos.
En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de que
sus mujeres fuesen como eran.
É irreflexiblemente miró de tal modo al _Retor_, que éste, á pesar de su
rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante.
Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó
dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la
gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los
asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la
fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más
atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba
de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación,
como aseguraba muy bien don Santiago el cura.
Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se
habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores,
gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién
dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano;
¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena,
le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á
Dolores con el mismo respeto que á una madre!
Y _el Retor_, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al
recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego
á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.
Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano
con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de
aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba
de sospechas.
Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño
que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo
dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la
mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última
categoría.
Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía
acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.
Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron
por algunos instantes. _El Retor_ estaba pálido y se mordía uno de sus
dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas.
Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano
algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia
de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro
gesto de aquel rostro siempre bondadoso.
No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo
que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que
visitara su casa lo menos posible.
_El Retor_ la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz,
engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión
hubiese encendido una hoguera en su estómago.
Emprendió de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugándola con sus
callosas manos. No; él no procedería nunca feamente con su Tonet. ¿Qué
culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada?
Cerrarle la puerta sería perderle; justamente, si su mala cabeza se iba
sentando un poco, lo debía á los buenos consejos de Dolores; de aquella
pobrecita á la que muchos odiaban por envidia, nada más que por envidia.
Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras
con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á Roseta.
¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera tranquilo, se reía
de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si hubiese
ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el
camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte
de la colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden
olvidarse?
Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente el recuerdo de los
amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero cuando se pasa
hambre, _¡redeu!_ no se olvida por nada del mundo al compañero de
miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel perdido,
digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro. ¿Qué
se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le
cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.
Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra.
Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación; Pascual,
con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y
cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento.
Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con dirección al
Cabañal.
_El Retor_ habló por fin, mostrando necesidad de desahogar su
pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se
notaba en las contracciones de su frente.
En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho sólo fuese una
broma de la gente. Porque si algún día resultara verdad, _¡recristo!_ á
él no le conocía nadie en el pueblo. Se tenía miedo á sí mismo en
ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las cuestiones; muchas veces
perdía su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba á pasar por
majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su
mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con
_aquello_, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de
plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre,
hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto
á Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el
aire de señora que tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no
decirlo! había pensado en que alguien se la podía quitar, y entonces
_¡redeu!_ entonces sentía deseos de apretarla el gaznate y salir por las
calles mordiendo como un perro rabioso. Sí; eso es lo que él era; un
perro mansote, que si llegaba á rabiar acabaría con el mundo ó tendrían
que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad,
adquirida y sostenida á fuerza de trabajos.
Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como si ésta fuese la que
iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si
despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de
excitación teme haber dicho demasiado.
Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían separarse. Ella hacia
la barcaza de la playa y _¡espresions á la mare!_ Él iba á su casa.
Hasta bien entrada la noche le duró al _Retor_ la impresión del
encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los tripulantes
de _Flor de Mayo_, todo lo había olvidado, todo.
Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experimentó la más
leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que todo era
mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había.
Todo lo olvidó para hablar de la salida del día siguiente. La _Flor de
Mayo_ formaría pareja con una barca que había alquilado. Que Dios le
diese buena suerte, y no tardaría en construir otra embarcación como
_Flor de Mayo_.
En la tripulación figuraba un marinero, al que _el Retor_ oía como un
vetusto oráculo: el _tío Batiste_, el pescador más viejo de todo el
Cabañal; setenta años de vida de mar, encerrados en un armazón de
pergamino curtido, que salían por la negra boca oliendo á tabaco malo,
en forma de consejos prácticos y de marítimas profecías. Lo había
enganchado el patrón, no por lo que pudiera ayudar á la maniobra con sus
débiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tenía de la costa.
Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran
plaza sin bache y agujero que no conociera el _tío Batiste_. ¡Ah! si él
pudiera convertirse en un _esparrelló_, nadaría por abajo, sabiendo
siempre dónde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros,
leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.
Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía sentir todas las
ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada sabía si
estaban sobre los profundos algares, sobre el _Fanch_ ó sobre las
colinas misteriosas llamadas los _Pedrusquets_, que evitaban los
pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran trizas.
Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre
los _Muralls de Confit_, la _Barreta de Casaret_ y _Ròca de Espiòca_;
arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras
puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando
nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro
pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la
lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las
redes para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio
de hombre! parecía que sus setenta años se los había pasado abajo en
compañía de los salmonetes y de los pulpos.
Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles; por ejemplo, que el
que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro de sacar algún
muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el día de
la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse
nunca.
Por eso él se conservaba bien á pesar de sus setenta años, y eso que
nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía callos en el
sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del _bolich_; y no
sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no
como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de
camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo,
sino á bordo de faluchos de la matrícula, barcos más valientes que
Barceló, que iban á Cuba con vino y traían azúcar, mandados por patrones
venerables, envueltos en su ranglán, y con sombrero de copa; y antes se
acababa el mundo que faltaba á bordo la lamparilla encendida ante el
Cristo del Grao y el rosario á la puesta del sol.
Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el _tío Batiste_,
moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable,
hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompañando sus
palabras con juramentos de castillo de proa y _me caso_ en esto y en lo
de más allá.
_El Retor_ le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo á su antiguo
maestro el _tío Borrasca_, y oyéndole pensaba en su padre. La demás
gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reíanse del
viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y que
el cura le reservaba la plaza de sacristán.
_¡Chentòla!_ Ya verían quién era él cuando saliesen al mar; aun les
llamaría cobardes en más de una ocasión.
Al día siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento.
Por la noche se hacían á la mar las barcas del _bòu_, llevando los
hombres á la pura conquista del pan.
Todos los años se repetía la emigración viril, pero á pesar de esto las
más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en los muchos
meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la primavera.
Los patrones mostrábanse atareados por los últimos preparativos. Iban al
puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar las garruchas,
correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo de la
cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y
hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas
para que aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen
despacharlos.
Cuando _el Retor_ fué á comer á mediodía, encontró en la cocina de su
casa á la _siñá_ Tona, que lloraba hablando con Dolores.
La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vió á su
hijo, le increpó con ira.
Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía imposible que fuese
padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la _Flor
de Mayo_ para hacer el aprendizaje de _gato_. ¿Estaba bien aquello? Una
criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó cuando más jugando
en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á pasar
fatigas y quién sabe si algo peor.
Ella se oponía, sí señor; el chico no debía conformarse con aquel
martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le había ocurrido
tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el chico para
impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama!
Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela
amarilla, descalzo, para mayor _carácter_, con una faja que se le
enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada
como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del _tío Batiste_
y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le infería
rogando por él.
No iría á jugar más á la playa; que se guardase la abuela sus meriendas;
él era hombre y quería ir al mar como segundo _gato_ de la _Flor de
Mayo_.
Sus padres se reían con las insolencias del muchacho. ¡Demonio de chico!
_El Retor_ se lo hubiera comido á besos.
La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la muerte. Pero el padre
se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que mataban al chico.
¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como habían
ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la _agüela_ que fuese un
vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es
donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle _un buen pasar_,
mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo
lo que es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le
ocurre, y porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos
sabían, ya se figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir
ahogados. ¡Vamos... calle, calle y no haga reir!
Pero la _siñá_ Tona no podía callar. Estaban todos endemoniados. El
maldito mar les atraía para acabar con la familia. Ella no descansaba.
¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la noche! Ya sufría
mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted
bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse; lo
hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería,
no debía mirarles más á la cara.
_El Retor_, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa
ante la cazuela humeante. Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet!
Su padre había de hacerle el mejor marinero del Cabañal. Y para extremar
sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel envoltorio.
Volvió á llorar la _siñá_ Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no
la dejaba dormir; había reunido la noche anterior todos sus ahorros,
bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo: un chaleco
salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al maquinista
de un vapor inglés.
Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se
plegaba con gran flexibilidad. _El Retor_ la contemplaba sonriendo. Bien
estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres! algo había oído de tales
chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él nadaba como un atún
y no necesitaba adornos.
Pero entusiasmado como un niño ante el regalo, abandonó la comida y se
probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto
de una foca, haciéndole respirar angustiosamente.
Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero moriría de
sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo,
apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el
salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga
dentro del caparazón.
Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano entrapajada. Era un
golpe que había recibido aquella mañana; y lo decía de un modo, que su
hermano no quiso preguntar más ni le sorprendió la extraña mirada de
Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna riña que habría tenido en
la taberna.
Con una mano inútil, para nada servía en la barca. Debía quedarse en
tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos días, pues
pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena.
Mientras hablaba _el Retor_ con gran tranquilidad, lamentándose de que
su hermano no fuese á bordo de la _Flor de Mayo_, Tonet y su cuñada
bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados.
Á media tarde comenzaron los preparativos para la salida del _bóu_.
Más de un centenar de barcas formadas en doble fila frente á los
muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que saluda,
moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas
embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las
numerosas armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que
Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse
en grupos con el hatillo á la espalda y el aire resuelto, como las
bandas de almogávares llegaron á la playa de Salou para ir en
embarcaciones iguales ó peores á la conquista de Mallorca. Tenía aquel
embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que
forzosamente hacía recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de
Aragón, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andalucía que
se destacaba sobre el clásico y risueño cielo de la Grecia.
Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los niños corrían por los
muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y cascos
incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la
emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro
para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se
dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de
muerte á los audaces argonautas.
Y por las pendientes tablas que unían las barcas con el muelle, pasaban
pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el mísero
rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la
extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte,
para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel,
puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se
conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en
apetitosa salsa. El hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer
á la opulencia.
Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos del verano, enormes,
hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando
como un chisporroteo de oro; el mar se extendía tranquilo fuera del
puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá en la línea divisoria
destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual una isla
flotante.
Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas tragábase hombres y
más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo de la pesca,
que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual
podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían
desolados por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los
últimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el
tonelillo del vino.
Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: más de mil
hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las oficinas
acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles
se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda.
Había en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo
inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del _bòu_ para insultar á
los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse entre
las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la
buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y
porque tenía gracia decirles algo á los... _lanudos_ que se iban
tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres.
Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se
preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de guijarros
para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia.
Era una diversión brutal, propia de las playas levantinas, donde las
bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del
marido y la fidelidad de la mujer.
Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de fuego el rosario de
faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz
sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques
brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas.
Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos
como manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían
dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris.
¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que en la lobreguez
transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespón
ó sutiles alas de grandes mariposas negras.
La pillería había ocupado lo más saliente de las escolleras para saludar
á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse! Había que
agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.
Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando
las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la
obscuridad se reconocía a las _parejas_ y á los que iban en ellas.
--_¡Adiós!_--gritaban las mujeres de los tripulantes--. _¡Bòn viache!_
Pero la pillería había roto ya en espantoso e infamante vocerío. ¡Vaya
unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban á
espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias. Era un
carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.
_¡Lanudos!_ ¡más que _lanudos!_ Iban á pescar tan tranquilos, dejando
solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de acompañarlas. _¡Muuu!
¡muuu!_...
É imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gentío que,
por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos á
los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por el sustento
de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban mano
á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando
con los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería.
Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos duendes que bullían
en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas
por la estrecha garganta de la dársena.
Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de berrear, la
provocación partía de las mismas barcas. Molestábales á los pescadores
que saliese su _pareja_ en silencio, y partía de ella alguna voz de
marinero socarrón preguntando mansamente:
--_¡Che! ¿qué no dieu algo?_
Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el eterno grito de _lanudos_,
confundiéndose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes,
misteriosa señal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y
navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras
embarcaciones que seguían el mismo rumbo.
Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo á las pedradas, casi
confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían quedado atrás
por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque un
hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar
casi pegado á sus espaldas.
Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la respiración de su
cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su aliento
abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de
Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la
muda adoración.
Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y ágil, la misma mano
entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no podía mover sin
terrible dolor.
Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenían una noche de
libertad: ya no serían entrevistas rápidas con zozobra y peligro.
Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra más... hasta
que volvieran _el Retor_ y su hijo. Tonet iba á acostarse en la cama de
su hermano, como si fuese el amo de casa.
Y este placer criminal, este adulterio, al que se unía la traición al
hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad; les hacía
estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con vibraciones
puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la
intensidad del placer.
Un grito de la chicallería les sacó de su somnolencia amorosa.
--_¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de Mayo!_
Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para el pobre Pascualo
estaba reservado lo más fuerte de la fiesta.
Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en
tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus voces al ronco
gritar de la pillería.
_¡Lanudo!_ Cuando volviera á tierra habría que acercarse a él capa en
mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia,
como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le
decían la verdad y nada más.
Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de los bárbaros, pero
Dolores, impúdica y audaz, reíase de veras, como si le hiciera mucha
gracia la rociada de insultos que recibía su panzudo. ¡Oh! Era legítima
hija del _tío Paella_.
La _Flor de Mayo_ atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de
su popa salió la alegre voz del patrón, satisfecho de las ovaciones que
merecía.
--_¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!_
Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que dijeran más? Pues allá
va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz que contestó á
la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes.
Á ver si callaba el muy _lanudo_. Á pescar sin cuidado. Tonet ya se
quedaba con Dolores para consolarla.
_El Retor_ soltó el timón y se puso en pie de un salto.
--_¡Morrals!_--rugió--; _¡cochinos!_...
No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas las que quisieran; pero
eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente.