NOTAS

[1] Claudio Bernard nos parece exagerar algo cuando, a guisa de

ejemplos probatorios de su tesis, afirma que «no sabremos nunca por qué

el opio tiene una acción soporífera, y por qué de la combinación del

hidrógeno con el oxígeno brota un cuerpo tan diverso en propiedades

físicas y químicas como el agua». Esta imposibilidad de reducir

las propiedades de los cuerpos a leyes de posición, de forma y de

movimiento de los átomos (hoy diríamos de los iones y electrones), es

real, pero no parece que lo sea en principio y para siempre.

[2] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la desarrollada

por Schopenhauer (desconocida de nosotros al redactar la primera

edición de este discurso) en su libro _El Mundo como voluntad y como

representación_, t. I, páginas 98 y siguientes. Al tratar de la lógica,

dice «que el lógico más versado en su ciencia abandona las reglas de

la lógica en cuanto discurre realmente». Y más adelante: «querer hacer

uso práctico de la lógica es como si para andar se quisiera tomar antes

consejos de la mecánica». Parecido sentir expresa modernamente Eucken,

cuando afirma «que leyes y formas lógicas no bastan a producir un

pensamiento vivo».

[3] Hoy creo menos en el poder de la selección natural que al escribir,

treinta años hace, estas líneas. Cuanto más estudio la organización del

ojo de vertebrados e invertebrados, menos comprendo las causas de su

maravillosa y exquisitamente adaptada organización.

[4] En reciente libro, Ostwald corrobora esta reflexión, haciendo notar

que casi todos los grandes descubrimientos fueron obra de la juventud.

Newton, Davy, Faraday, Hertz, Mayer son buenos ejemplos.

[5] La brillante serie de descubrimientos eléctricos que siguieron

al encuentro de la pila de Volta, a principios del pasado siglo; la

pléyade de trabajos histológicos provocados por el descubrimiento de

Schwann acerca de la multiplicación celular, y la repercusión profunda

que el no muy alejado hallazgo de los rayos Röntgen ha producido en

toda la física (encuentro de la radioactividad, descubrimiento del

radio, del polonio, del fenómeno de la emanación, etc.), son buenos

ejemplos de esa virtud creadora, y en cierto modo automática, que posee

todo gran descubrimiento, el cual parece crecer y multiplicarse como la

semilla arrojada al azar sobre terreno fértil.

[6] La opinión vulgar aquí combatida ha sido repudiada elocuentemente

por casi todos los sabios. No resisto, sin embargo, a la tentación de

copiar una comparación presentada bajo diversas y brillantes formas

por nuestro incomparable vulgarizador científico D. José Echegaray,

cuya desaparición ha dejado a la ciencia española huérfana de un gran

talento:

«La ciencia pura es como la soberbia nube de oro y grana que se dilata

en Occidente, entre destellos de luz y matices maravillosos: no es

ilusión, es el resplandor, la hermosura de la verdad. Pero esa nube se

eleva, el viento la arrastra sobre los campos, y ya toma tintas más

obscuras y más severas; es que va a la faena y cambia sus trajes de

fiesta, digámoslo así, por la blusa del trabajo. Y entonces se condensa

en lluvia, y riega las tierras, y se afana en el terruño, y prepara

la futura cosecha, y al fin da a los hombres el pan nuestro de cada

día. Lo que empezó por hermosura para el alma y para la inteligencia,

concluye por ser alimento para la pobre vida corporal.» -- _Academia de

Ciencias_, sesión solemne del 12 de marzo de 1916.

[7] Esto se escribía en 1896. Actualmente, la fábrica de instrumentos

ópticos de Jena cuenta al frente de sus secciones nada menos que 33

investigadores matemáticos, ópticos, mecánicos y químicos, todos de

primera fuerza. Legiones de químicos trabajan también en las grandes

fábricas de productos químicos alemanas, demostrando que el único medio

de que la industria evite la rutina y el estancamiento es convertir el

laboratorio en antesala de la fábrica.

[8] «Es el sentido común trabajando a alta tensión», según la frase

gráfica de nuestro Echegaray.

[9] Es singular la coincidencia de esta doctrina con la clasificación

en _clásicos_ y _románticos_ (talentos de reacciones lentas y talentos

de reacciones rápidas), dada por Ostwald en su reciente e interesante

libro sobre _Los grandes hombres_.

[10] Este ingenuo optimismo ha sufrido actualmente, con la

horrenda guerra internacional iniciada en 1914, franco y rotundo

mentís. Todo hacía creer, cuando esto se escribía, que la era

de las grandes contiendas europeas había pasado. Ferrocarriles,

telégrafos, periódicos, congresos, conferencias internacionales,

difusión de idiomas, etc., parecían órganos destinados a realizar,

tarde o temprano, la generosa aspiración de solidarizar y aproximar

cordialmente a las naciones europeas.

Espectáculo consolador era contemplar cómo por encima de las fronteras

se apretaban efusivamente las manos filósofos, sabios y obreros. Por

desgracia, Gobiernos militares y logreros insaciables actuaban en

sentido contrario, y ahogaban de continuo, merced a inoculación intensa

iniciada desde la escuela, la semilla del amor con el veneno del odio.

Al siglo XXI tocará comenzar nuevamente la obra, acaso quimérica, de

la reconciliación definitiva de los Estados de Europa, y de someter

definitivamente al derecho atávicas codicias y desapoderadas ambiciones

territoriales.

(Esta nota se escribió en 1916. Hoy, firmada la paz, arruinada Europa,

visto el fracaso de la candorosa concepción wilsoniana de la _Sociedad

de las Naciones_, enconado el odio de los pueblos vencidos, que sueñan

ya con próximos desquites, miramos con amargo escepticismo todo intento

jurídico de paz perpetua. ¡Triste es reconocerlo!; pero todo pueblo,

modelado en monarquía o en república, se hace ferozmente imperialista

en cuanto puede serlo. ¡Ay de los débiles o de los antipatriotas!)

[11] Tal estado de cosas ha variado algo en la actualidad. El tipo de

inventor que trabaja por afán de lucro abunda mucho hoy en Alemania y,

en general, en las naciones más adelantadas. La lucha por la patente y

la fiebre de la competencia industrial, han turbado la calma augusta

del templo de Minerva. ¿Es un mal o un bien?

[12] Actualmente, en virtud de una emulación creciente, los focos de

producción biológica se multiplican por doquier. Italia, Francia,

Inglaterra y singularmente los Estados Unidos compiten y en muchos

puntos sobrepujan a la hace algunos lustros insuperable labor de las

Universidades alemanas.

[13] Aunque, merced a plausibles iniciativas, figura la lengua alemana

en nuestro cuadro de asignaturas del Instituto, por desgracia el fruto

obtenido hasta hoy por nuestros escolares ha sido casi nulo, tanto

por la insuficiencia del tiempo destinado a tal estudio, cuanto por

el vicioso método de enseñanza. Cuando falta el tiempo indispensable

para dominar una lengua difícil, lógico sería no empeñarse en

enseñar _todo el alemán_, sino el _alemán científico_, es decir,

la suma relativamente escasa de reglas gramaticales y el caudal

no muy cuantioso de voces necesario para traducir las monografías

científicas. Lograr esto es obra de seis u ocho meses de labor asidua.

Al aficionado a los trabajos biológicos le aconsejamos que se suscriba

desde luego a una Revista alemana de su especialidad, por ejemplo, a

un _Centralblatt_ cualquiera. La lectura, al principio muy trabajosa,

de las monografías científicas, le resultará cada día más accesible.

El placer de obtener desde el principio algún fruto de sus afanes,

aumentará progresivamente su afición al trabajo.

[14] Si los celos internacionales lo consintieran, fuera mucho más

sencillo y práctico convenir en el empleo de una lengua viva, el

_francés_, por ejemplo, como idioma científico. A los entusiastas

del esperanto cabría preguntarles: Cuando viajéis por Francia, ¿os

resignaréis a no hablar francés?

(Conforme era de presumir, hoy --1920-- el flamante _volapück_ ha sido

definitivamente olvidado. Presagiamos que le ocurrirá lo mismo al

_esperanto_.)

[15] Cuando los españoles asisten a un Congreso científico, deploran

que nuestra lengua tenga que eclipsarse ante el alemán, francés o

inglés. Estos patriotas inoportunos harían bien, antes de formular

sus quejas y provocar la sonrisa de los sabios, en meditar estos tres

irrebatibles asertos: 1.º Nuestra producción científica es, cualitativa

y cuantitativamente, muy inferior a la de las cuatro naciones que gozan

del privilegio de usar su lengua en los Congresos. 2.º A consecuencia

de esto, el castellano es desconocido de la inmensa mayoría de los

sabios. Si inspirándonos en un patriotismo quijotesco nos empeñáramos

en usarlo en los Congresos internacionales, provocaríamos la deserción

en masa de nuestros oyentes. 3.º En fin, naciones como Suecia, Holanda,

Dinamarca, Hungría, Rusia y Japón, cuya producción científica supera

con mucho a la española, jamás tuvieron la inmodestia de imponer en

dichos certámenes su lengua respectiva; sus sabios son harto avisados

para desconocer que, siendo ya excesiva la tarea de dominar las cuatro

lenguas citadas, resultaría tortura insoportable aprender una o dos más.

[16] Hoy no suscribiría yo, sin algunas restricciones, este concepto

mecánico, o si se quiere estrictamente físico-químico de la vida. En

ella (origen, morfología de células y órganos, herencia, evolución,

etc.), se dan fenómenos que presuponen causas absolutamente

incomprensibles, no obstante las jactanciosas promesas darwinianas y

los postulados de la escuela bioquímica de Loeb.

[17] Conocemos algunos que no se contentan con cerrar los armarios del

laboratorio, sino que los precintan y lacran al ausentarse.

[18] Existen actualmente (1923) laboratorios en España tan

suntuosamente dotados que los envidian los sabios más grandes del

extranjero. Y sin embargo, en aquellos se produce poco o nada. Es que

nuestros ministros y corporaciones docentes se han olvidado de dos

cosas importantes; que no basta declararse investigador para serlo

y que los descubrimientos los hacen los hombres y no los aparatos

científicos y las copiosas bibliotecas.

[19] Esto se escribía hace muchos años. Claro es que hoy (1923) después

de la guerra mundial habría que aumentar estos modestos presupuestos en

más de una mitad.

[20] El que esto escribe, el más humilde de los profesores españoles,

pecaría de ingrato si no hiciera constar un hecho que habla muy alto

en pro de la generosidad de nuestros Gobiernos. Bastó la mera noticia

telegráfica de que el premio _llamado de Moscú_, otorgado por el

Congreso internacional médico de París (1900), había sido adjudicado a

un español, para que _incontinenti_ se nos buscara en el rincón donde

laborábamos en silencio y se pusiera a nuestra disposición espléndido

laboratorio. La medalla de Helmholtz, y el premio Nobel, nuevos dones

de nuestra buena estrella, obtenidos después (1908), sin contar

las altas distinciones recibidas de las principales Corporaciones

científicas del mundo, nos proporcionaron la satisfacción de pensar que

el modesto sacrificio hecho por el Estado español no había sido estéril

para la Ciencia.

Y nuestro caso, afortunadamente, no es único. Todo el que en nuestro

país ha sido consagrado por la ciencia extranjera, consigue,

sin desearlas ni buscarlas, honra y prebendas. ¡A veces, hasta

demasiadas!... Sepan, pues, los egoístas que anteponen siempre el

galardón al merecimiento, que también en nuestra patria --y estoy por

decir que mejor que en el extranjero-- el cultivo serio de la ciencia

constituye razonable negocio.

[21] Conocida es la frase célebre de Bonaparte pronunciada ante el

Consejo de Estado cuando era Cónsul: «Si el hombre no envejeciera,

desearía que se pasase sin mujer».

[22] Aludimos aquí especialmente a los efectos de la concentración

mental y del trabajo intensivo, capaces de convertir al sabio en

perpetuo distraído, tan flojo y descuidado en la educación de sus hijos

como en la administración de sus bienes.

[23] Podríamos citar más de veinte jóvenes de gran capacidad y

excelente preparación cuya labor inquisitiva, apenas empezada, naufragó

con el matrimonio. Actualmente, y por lo que toca a la biología, casi

todos nuestros mejores productores son célibes.

[24] Citado por el notable profesor Pou y Orfila en un excelente

folleto donde trata del estudio de la Anatomía: _Observaciones sobre la

enseñanza de la Medicina_. Montevideo, 1906.

[25] El culto a la consecuencia, que en política pasa por virtud, en

ciencia resulta casi siempre señal inequívoca de orgullo o de cortedad

de luces. La variabilidad es uno de los rasgos que mejor traducen la

honradez del investigador. En nuestro concepto, quien no sepa abandonar

una opinión falsa se declara a sí mismo necio, viejo o ignorante;

porque, en efecto, solo los tontos, los decrépitos y los que no leen,

se obstinan en el error. Los consecuentes a ultranza parecen declarar

con su olímpico desdén a toda novedad científica: «valgo y sé tanto,

que todo cuanto la ciencia descubra no me hará corregir en un ápice mis

opiniones». El cerebro es un árbol cuyo ramaje se desarrolla y complica

con el estudio y la meditación; pretender, pues, que en materias

opinables no cambie, es querer que el árbol futuro no pase de arbusto

o no críe jamás ramas torcidas. La ciencia nos enseña que el hombre,

en el transcurso de su vida, se renueva material y mentalmente muchas

veces; que en la vida individual hay diversos _avatares_ que llegan

casi a interrumpir la continuidad de la conciencia y el sentimiento

de la propia personalidad. Las nuevas lecturas y la mudanza del medio

moral e intelectual cambian y mejoran continuamente el ambiente

interior y depuran y refinan nuestros juicios. Transcurridos los

cincuenta años, ¿quién se atreverá a defender sinceramente todas las

concepciones de su personalidad de los veinte, es decir, del pensar de

la juventud inexperta y generosa?

[26] Piadosa con los viejos, la naturaleza ha otorgado al cerebro el

excelso privilegio de resistir más que ningún órgano al implacable

proceso de la degeneración.

[27] Hoy nos preocupamos de la autonomía universitaria. Está bien.

Mas si cada profesor no mejora su aptitud técnica y su disciplina

mental; si los Centros docentes carecen del heroísmo necesario para

resistir las opresoras garras del caciquismo y favoritismo extra e

intrauniversitario; si cada maestro considera a sus hijos intelectuales

como insuperables arquetipos del talento y de la idoneidad, la flamante

autonomía rendirá, poco más o menos, los mismos frutos que el régimen

actual. ¿De qué serviría emancipar a los profesores de la tutela del

Estado, si estos no tratan antes de emanciparse de sí mismos, es decir,

de sobreponerse a sus miserias éticas y culturales? El problema central

de nuestra Universidad no es la independencia, sino la transformación

radical y definitiva de la aptitud y del ideario de la comunidad

docente. Y hay pocos hombres capaces de ser cirujanos de sí mismos. El

bisturí salvador debe ser manejado por otros.

[28] El relato de los extranjeros que visitaron España en la época de

su grandeza o en el comienzo de su declinación, y los testimonios de

nuestros escritores de los siglos XVI y XVII, demuestran que nuestra

preponderancia en Europa fue meramente militar y no cultural. Ciencia,

Industria, Agricultura, Comercio, todas las manifestaciones del

espíritu y del trabajo eran en la época de los Reyes Católicos y de

Carlos V sumamente inferiores a las del resto de Europa. Citando un

caso entre mil, Simón Abril, en sus _Apuntamientos a Felipe II_, se

lamentaba ya de que careciéramos de matemáticos, «con afrenta de la

nación y gran perjuicio de la república, pues España debe ir a buscar

los ingenios a extrañas naciones, con daño grave del bien público».

Avergüenza saber que casi todos nuestros generales y almirantes de las

guerras de Italia y Flandes fueron extranjeros. Cristóbal de Villalón,

que escribió también en el siglo de oro de nuestra historia, se

lamenta, amén de los defectos del carácter nacional, de la mediocridad

de nuestros gramáticos y humanistas, muy inferiores a los extranjeros.

(Véase su _Viaje de Turquía_.)

[29] En la cuenca del Ebro (Aragón especialmente), la columna del

pluviómetro rara vez alcanza 300 milímetros, y en Murcia y Almería

es raro el año en que se eleva a 250. En cambio, en todo el litoral

cantábrico pasa de 1.500; a veces sube a 2.000.

[30] La cifra de 40 millones supuesta por algunos, y sobre todo por

Macías Picavea, representa pura fantasía. Si hoy, no obstante el

florecimiento industrial de algunas regiones, el ensanche creciente de

las ciudades, el progreso notable de la agricultura y de la minería,

etc., nuestro territorio no produce mantenimientos ni aun para los 20

millones de habitantes que lo pueblan, ¿por qué arte milagroso pudo

antaño mantener 40 millones (no los tiene todavía la riquísima Francia)

con un suelo en gran parte sin roturar y con ciudades --salvo alguna

excepción-- reducidísimas, según atestiguan todavía las murallas

subsistentes de las más populosas?

[31] Antes de Buckle fueron muchos los extranjeros que atribuyeron

nuestra decadencia a la exaltación del principio religioso y al

desprecio de las artes útiles. Recuérdese, entre otras, la observación

de Montesquieu: «Mirad una de sus bibliotecas (las de España): las

novelas por un lado, y la escolástica por otro, ¿no es verdad que todo

ello parece obra de algún secreto enemigo de la razón humana?» Gráfica

es también esta frase de Voltaire: «La Inquisición y superstición

perpetuaron aquí (en España) los errores escolásticos; las matemáticas

fueron tan poco cultivadas de los españoles, que en sus guerras

emplearon siempre ingenieros italianos». Juicio análogo dejamos

estampado ya de nuestro Simón Abril, escritor de la época de Felipe II.

[32] Recuérdese la célebre polémica sostenida entre Sanz del

Río, Revilla, Perojo, etc., por un lado, y los tradicionalistas,

reforzados con el valioso apoyo de Menéndez Pelayo, por otro. Los

krausistas sostenían que el espíritu español se había desarrollado

solo parcialmente, desdeñando la razón y el entendimiento, y que,

no habiendo existido ciencia ni filosofía españolas, la historia de

estas disciplinas podía hacerse sin citar otros nombres que los de

los marinos heroicos que descubrieron las Américas y dieron la vuelta

al mundo. Al contrario, los tradicionalistas afirmaban que durante

el siglo de oro habíamos creado ciencia y filosofía altísimas y

originales, y que ello se debió, en gran parte, al fervor religioso y

al despotismo paternal de los reyes. En cuanto a mi humilde opinión,

formada después de pesar serenamente los argumentos de entrambas

escuelas, coincide casi completamente con el juicio de un escritor

francés imparcial de nuestros días. Dusolier, que siguió con interés

los incidentes de la famosa controversia, afirma: «Contrariamente a

los asertos, demasiado modestos o demasiado desdeñosos, de la escuela

krausista, creemos _que ha existido, en efecto, una ciencia y una

filosofía españolas; pero pensamos también que todo el talento de

Menéndez Pelayo no basta para probar que esta filosofía y esta ciencia

hayan sido muy importantes_». Dusolier: «Aperçu historique sur la

Médecine en Espagne», etc. París, 1906. Con relación a las matemáticas,

el mayor de nuestros actuales geómetras, el señor Rey Pastor, hace

notar, en bien documentado discurso, que nuestros geómetras del siglo

de oro y siguientes trabajaron a menudo sin conocer suficientemente

las grandes conquistas matemáticas del Renacimiento, singularmente las

debidas a los sabios italianos, franceses e ingleses.

[33] Cristóbal de Villalón, a quien debe considerarse como el precursor

de nuestros modernos regeneradores, decía ya un poco crudamente en

el siglo XVI (_Viaje de Turquía_), aludiendo al orgullo e insolencia

hispanos: «Entre todas las naciones del mundo somos los españoles los

malquistos de todos, y con grandísima razón, por la soberbia, que en

dos días que servimos queremos ser los amos, y si nos convidan una vez

a comer alzámonos con la posada». Villalón tuvo también una visión muy

certera de la esterilidad de nuestro suelo y de nuestra penuria militar

cuando, comparando España con Italia, preguntaba: «¿Paréceos que

podría mantener tantos ejércitos como Italia? Si seis meses anduviesen

cincuenta mil hombres dentro la asolarían, que no quedase hanega de pan

ni cántaro de vino, etc.» Y si esto se escribía por un español patriota

en tiempos de Felipe II, ¿cómo extrañarnos de que durante reinados

posteriores hayan repetido lo mismo numerosos extranjeros?

[34] Sabido es que el verbo _cerrar_, tan expresivo de nuestro grito

de guerra, significa _embestir_, _acometer_. Pero el pensamiento de

Bunge, de que España vivió casi aislada de las naciones cultas, es,

desgraciadamente, verdadero, y por eso lo citamos.

[35] Por lo demás, Saavedra participaba, como no podía menos, de los

sentimientos y prejuicios de su época. Ni se ha de olvidar que en

sus _Empresas_ defiende el interés egoísta del príncipe, no siempre

coincidente con el de la nación. Hay, pues, que perdonarle sentencias

como estas: «La ruina de un Estado es la libertad de conciencia... Muy

quietos y felices viven los esguízaros que no se ejercitan mucho en las

ciencias... Sobran Universidades... Con la atención de las ciencias se

enflaquecen las fuerzas y envilecen los ánimos... Con el estudio se

crían melancólicos los ingenios; aman la soledad y el celibato», etc.

[36] Estos intereses fueron casi del todo abandonados, salvo alguna

excepción, al advenir la dinastía austriaca. Y estoy muy cerca de

pensar que la independencia española acabó prácticamente con los Reyes

Católicos y el Cardenal Cisneros. Después, con excepción de algunos

períodos de cordura patriótica, fuimos a remolque de las ambiciones

dinásticas y de las codicias de monarcas que recibían a menudo el santo

y seña de las cortes extranjeras.

[37] Si la teoría de la superioridad de las razas hiperbóreas de

Europa, creada por el ingenuo francés Gobineau y coreada por sajones

y alemanes para su glorificación, hubiera detenido a los japoneses,

a estas fechas careceríamos de la prueba más decisiva acerca de la

eficacia del contagio y de la imitación, como generadores de la

grandeza de un pueblo. La ciencia, el arte, la industria y la milicia

habrían perdido colaboradores soberanos. Y nosotros los médicos no

podríamos aplaudir, entre otras vidas gloriosas, la de un Kitasato,

descubridor del microbio de la peste bubónica y fundador, con el alemán

Behring y el francés Roux, de los principios de la seroterapia.

[38] Han seguido después, con inesperado apoyo de la opinión pública,

la _Residencia de Estudiantas_, dirigida por la incomparable

educadora María de Maeztu, la _Residencia de párvulos_, y, en fin,

el _Instituto-Escuela_, que aspira a ser una Escuela-liceo de tipo

europeo, donde se junten las excelencias de una instrucción selecta

encomendada a profesores eméritos, con los beneficios de una sana y

confortadora educación del cuerpo y del espíritu.

[39] La guerra ha disminuido notablemente esta cifra, con daño grave

para la celeridad de nuestro progreso científico e industrial.

[40] No por unas docenas, como solemos nosotros, por centenas se

cuentan los japoneses pensionados en Berlín, Viena, Londres y París.

Aún hoy, en que el Imperio del Sol naciente ha recogido ya frutos

gloriosos de su educación europea, existen en Berlín más de 400

pensionados japoneses. ¿Cuántos de ellos se contarán en Inglaterra,

Francia y los Estados Unidos? Trátase de un formidable ejército de

intelectuales que asaltan los laboratorios, devoran los libros de

ciencia y laboran heroicamente por la hegemonía intelectual y política

de su país.

El éxito japonés ha contagiado a la China, que prepara su renacimiento

intelectual sosteniendo en el Japón 10.000 estudiantes becarios, 600 en

los Estados Unidos y unos 300 en Europa, con delegaciones permanentes

en estos países para vigilarlos y cuidarlos.

(Esto se escribía en 1913. Claro es que la horrenda guerra europea

habrá acarreado en estos países iguales deplorables consecuencias que

en España.)

[41] En Alemania los jóvenes suelen entrar en la Universidad a los diez

y ocho o veinte años, para abandonarla a los veintisiete o veintiocho;

porque aunque la ley señala un mínimo de cinco años de estudios

académicos y otro de voluntariado en otras Universidades (en junto seis

años), la formalidad y reflexión del estudiante tudesco, admirablemente

secundadas por la previsión del padre de familia, le llevan a

prolongar la carrera, ampliando el conocimiento de las disciplinas más

importantes o de aquellas para las cuales siente viva predilección.

[42] Las noticias que hemos podido procurarnos de Chile y de la

Argentina revelan que, exceptuados unos pocos profesores alemanes,

atenidos a su misión de crear e inocular la ciencia, los demás, es

decir, la inmensa mayoría, fueron arrollados por la fiebre del negocio,

a que pocos emigrantes resisten.

[43] Después de la guerra mundial, es casi seguro que aumentará en

proporciones considerables el éxodo de los sabios, a causa de agobios

económicos insoportables en Alemania, y desconocidos o muy atenuados en

las naciones neutrales.

[44] El método actual de invitar a ciertas lumbreras extranjeras para

dar algunas conferencias en nuestros centros docentes, lo consideramos

poco provechoso. Es preciso que el sabio invitado profese por lo

menos un curso y que, asistido del material necesario, enseñe a sus

discípulos la técnica de la investigación.

[45] Los brillantes resultados obtenidos por Italia mediante el

método de la importación de sabios extranjeros se debió sin duda a la

excelencia de los mismos; pero esta excelencia obedeció a condiciones

difícilmente renovables. Aparte el culto del alemán hacia la patria

del arte, la comodidad y brevedad del viaje, el conocimiento casi

general entre los tudescos ilustrados de la lengua italiana, etc., en

el éxito influyó sobremanera la Revolución alemana del pasado siglo

con la reacción subsiguiente, la cual obligó a expatriarse a muchos

hombres de mérito tachados por sus ideas liberales. Actualmente Italia,

consciente de su robustez intelectual, utiliza exclusivamente el método

del pensionado.

[46] Hoy añadiría también a los _políticos de altura_. Una ley que

excluyera irrevocablemente de los Consejos de la Corona a todo político

que no hubiera permanecido por lo menos tres años en las escuelas

extranjeras (singularmente en las de Alemania, Inglaterra y Francia),

sería decisiva para el éxito de nuestra renovación cultural, agrícola

e industrial. Si esto se hubiera hecho antes del 98, habríase evitado

la pérdida de las Colonias; porque, aparte otros factores de que no

debo ocuparme aquí, casi ninguno de nuestros ministros y generales

de entonces tenía la menor idea del arrollador poderío marítimo,

militar e industrial de los Estados Unidos. Nadie está capacitado para

salvaguardar eficazmente los intereses de su patria, si previamente

no conoce a fondo las fuerzas políticas y los recursos morales y

materiales de las ajenas naciones.

Reglas y consejos sobre investigación científica (Los tónicos de la voluntad) · 第 29 / 29 题