No obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados
después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la
cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora,
aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la
espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón
asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar
una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los
perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la
cama.--«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso»,
advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado
después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera.
Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»
Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba
pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en
seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y
en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia.
Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo
diría.»
Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con
agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada _fábrica de
chocolate_, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en
ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa,
despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita
en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de
niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon
del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría
colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y
luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al
acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un
modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias
nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le
dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera
declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse
conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también
estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos
dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno...
así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de
explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto
sea _querer_; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos _esto_
de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como
_aquello_ que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún
mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el
soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le
ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»
Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y
venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se
permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en
la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido.
Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el
gabinete, haciendo compañía al _hijo de la víctima_, como se llamaba á
sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo
tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería
si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín
Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en
aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á
atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos
ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo
ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la
volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que
oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué
dibujos de _La Ilustración Ibérica_, se inclinó hacia el estudiante y le
dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:
--Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado
que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar
discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra
bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»
Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno
suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se
quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos
trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don
Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con
golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la
chimenea.
--¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que
no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática
Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se
compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una
Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...
La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy
entretenido en ajustarse la trompetilla.
--V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si
está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.
Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con
tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la
Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada
época anunciando la caducidad de la vida.
--La verdad es--intervino Laín Calvo--que todos estamos hechos unos
pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como
las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?
--Decía--le gritó Rojas--que para cuidar de sus males quiere á
Esclavitud, la doncella de doña Aurora.
--¡Aire!--exclamó el sordo.--No, pues con los cuidados de una rapacina
así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble,
caray. A no ser que sea como el rey David...--Y añadió encarándose con
Rogelio.--¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la
niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?
Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía
alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad
no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se
puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez
habitual), y contestó tartamudeando:
--No, yo... Yo... al señor de Febrero...--Y para su coleto
decía:--«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»
Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la
precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la
cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba
por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño,
quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un
molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente,
notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin
que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á
darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se
adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió
acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No
puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele
aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio,
desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya
no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería
principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la
aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura,
insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel.
Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría
anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el
alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina.
«¡Ay... alabado sea Dios!--decía.--Parece que se me han sosegado mis
huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya
tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á
cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de
convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la
respiración.
--Hoy sí que viene volando--pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y
sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á _aquello_ importancia
ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un
desordenado latir.