XV

No obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados

después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la

cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora,

aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la

espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón

asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar

una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los

perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la

cama.--«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso»,

advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado

después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera.

Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»

Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba

pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en

seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y

en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia.

Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo

diría.»

Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con

agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada _fábrica de

chocolate_, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en

ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa,

despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita

en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de

niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon

del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría

colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y

luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al

acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un

modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias

nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le

dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera

declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse

conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también

estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos

dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno...

así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de

explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto

sea _querer_; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos _esto_

de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como

_aquello_ que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún

mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el

soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le

ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»

Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y

venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se

permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en

la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido.

Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el

gabinete, haciendo compañía al _hijo de la víctima_, como se llamaba á

sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo

tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería

si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín

Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en

aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á

atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos

ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo

ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la

volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que

oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué

dibujos de _La Ilustración Ibérica_, se inclinó hacia el estudiante y le

dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:

--Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado

que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar

discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra

bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»

Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno

suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se

quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos

trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don

Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con

golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la

chimenea.

--¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que

no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática

Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se

compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una

Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...

La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy

entretenido en ajustarse la trompetilla.

--V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si

está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.

Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con

tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la

Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada

época anunciando la caducidad de la vida.

--La verdad es--intervino Laín Calvo--que todos estamos hechos unos

pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como

las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?

--Decía--le gritó Rojas--que para cuidar de sus males quiere á

Esclavitud, la doncella de doña Aurora.

--¡Aire!--exclamó el sordo.--No, pues con los cuidados de una rapacina

así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble,

caray. A no ser que sea como el rey David...--Y añadió encarándose con

Rogelio.--¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la

niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?

Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía

alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad

no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se

puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez

habitual), y contestó tartamudeando:

--No, yo... Yo... al señor de Febrero...--Y para su coleto

decía:--«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»

Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la

precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la

cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba

por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño,

quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un

molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente,

notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin

que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á

darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se

adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió

acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No

puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele

aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio,

desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya

no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería

principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la

aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura,

insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel.

Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría

anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el

alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina.

«¡Ay... alabado sea Dios!--decía.--Parece que se me han sosegado mis

huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya

tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á

cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de

convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la

respiración.

--Hoy sí que viene volando--pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y

sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á _aquello_ importancia

ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un

desordenado latir.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 47 / 58 题