VI

Cuando arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en

el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así

que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del

ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:

--No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.

--¿Y á dónde te vas ahora?

--Por ahí,--respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á

andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del

hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro

cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más

ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le

siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.

--Algún día ha de ser...,--pensaba.--Está en una edad en que no se puede

tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el

pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro

escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con

algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese

fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda

y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan

poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.

Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el

pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar

en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo.

Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal

atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y

gritando:

--¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.

--Que pase á la sala... voy inmediatamente...--respondió desde alguna

oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin

esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la

cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble

sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores

variados, una _étagère_ con estatuitas de fundición, cacharros vulgares,

y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata

estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo

del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras

ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba

poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa

criaturas menores.

Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo.

Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul

pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del

trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los

brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la

maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura;

pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo

el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y

barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince

del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque

las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó

cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno,

Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno

de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son

terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos...

Cuánto va á sentir Eugenio...»

Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo

suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en

sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie

de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente

comentario.

--¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas!

¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir

con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?

--No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de

luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.

--¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí,

es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan

suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á

incienso. ¡Una santita mocarda!

Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió,

no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el

descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.

--¿Conque V. la conoce mucho?

--¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas

Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para

Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le

teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que

quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le

apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza

de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también

favores... favores gordos, doña Aurora.

--Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene

ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será

una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha

entrado.

Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de

su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é

hizo un mohín de difícil interpretación.

--¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V.

comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso,

hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...

--¡No, poco á poco!--exclamó alarmada ya la señora.--Para mí los buenos

antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá.

Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con

la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria,

sin que V. me explique...

Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en

aprieto.

--Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no

puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en

autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos

de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se

me figura que resultará una excelente doncella.

--V. se guasea, Rita,--dijo la señora dando vado á su impaciencia

creciente.--Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él

una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No,

hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V.

el enigma, y entonces...

Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que

hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás

y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor

lastimado.

Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca

respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de

levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían

aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará

que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de

campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la

sala la niña mayor,--la zangolotina de doce años,--saltando de júbilo y

exclamando:

--Mamá, mamá, tío Gabriel.

Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en

el suelo calculando:

--Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 39 / 58 题