EPÍLOGO

No entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de

explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la

primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni

Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni

Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de

la señora.

--¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco

no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana ya habías

dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo,

fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros:

sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que

estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas

así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y

las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú

mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la

sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos,

allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre

que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!

No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco

ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la

misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y

fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo

diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se

enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa

dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un

asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca:

descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que

realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues

así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen superior

á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces

el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de

Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así

el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su

respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso

escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.

--No estés tan tristón--tartamudeó con blandura mimosa.

--Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta

enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal

que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después

que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo

que llega un hombre!

--Te pones tan lejos... Aquí, cerquita--murmuró la señora con el tono

con que se habla á los niños.

--No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la

guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la

manita me basta...

--¿No te gusto?

--No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y

así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!...

¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?

Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara

lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un

suspiro y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.

--Me voy--pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.

De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y

sujetándole.

--No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas

llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.

--Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy

que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la

despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree

que más vale así.

--No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego,

por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.

Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito

exclamó con firmeza:

--Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche.

Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene

soltarme. Tú decidirás.

Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que

todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores,

eternos, mal llamados por el comandante _clichés_; que regís las horas

normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable

torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una

persona extraña:

--Quédate.

El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se

presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por

casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á

Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que

siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido

resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y

repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la

noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el

contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.

Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo,

que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en

estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que

se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme;

aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni

puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene

algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura.

Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como

dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar

sutilmente--si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del

lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo--es la causa, la

génesis y el rápido desarrollo de aquella _idea_ inesperadísima, que

desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan

liviano y censurable modo en la romería del Santo...

¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca

especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la _idea_? ¿Fué

á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña

guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión,

el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con

la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa _idea_,

profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se

presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el

mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?

Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos

siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no

recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar

á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante

lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero

medroso:--Para siempre--y avisa que de malos principios rara vez se

sacan buenos fines.--Y reconstruya también á su modo los diálogos en que

la _idea_ se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y

terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de

rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus

flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos

disectores.

Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar

hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por

la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer,

abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se

puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos,

casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la

entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad

entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar

un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria

matutina.

--Está el gran día, chichi...--exclamaba Pacheco.--Vas á tener un

viaje...

--¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?

--Lo mismo que ahora. Verás.

--¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?

--No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me

case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento

diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar

un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?

--¿Escribirás las veces que prometiste?

--Boba.

--Simplón, monigote, feo.

--Reina de España.

--En Vigo..., ya sabes... formalidad.

--Hasta que el cura...--(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán

litúrgico muy significativo.)--Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla.

¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta

á ti pa casarme con ella.

Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben

figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de

la señora, preguntando:

--¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?

E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:

--Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie

saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que

ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...

El gaditano, siempre presumido, agregó:

--Y usté por ella.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 32 / 58 题