La buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos
memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que la marquesa
viuda de Andrade se dedicó asiduamente--desde las dos de la tarde, hora
en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche--á la faena
del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el
siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas
el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió
hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los
demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes
como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada
continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete
amargo en la boca. Después de haber comido--por fórmula y sin
ganas--pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir
adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos
minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida
de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su
dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero
¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella
del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se
aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...
Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el
paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien,
mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la
historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable,
inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última
entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así,
mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los
celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien
prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á
bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las
gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más
amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de
todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco.
En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase
de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así,
delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que
estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios...
Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía,
en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la
acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese
á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será
enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué
cavilaciones más insensatas!
Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era
dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las
percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la
fantasía. No era la pesadilla que causa la ocupación de estómago, en
que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas
celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del
lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada
voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís,
adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente,
aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.
Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el
lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre
la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el
cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando,
otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas,
caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la
polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh
sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte
de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía
que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul
el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una
esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de
cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de
las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de
carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en
ráfagas violentas, cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar
desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo
levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos
pulmones.--¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena
ahí en el cesto...--Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla...,
nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso
plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez,
brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga
un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la
señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si
estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y
los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus
escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos
desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me
abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...
¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada
túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la
claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y
por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales,
cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre
el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles
rezuman gotas gordas; el suelo se encharca. Al principio, Asís revive
como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el
hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van
engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se
divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se
acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan
caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la
eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza
escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el
corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa,
hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el
corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á
borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...
* * * * *
Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...--¡Jesús!... ¿Quién?
¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?--Y la señora palpaba la
almohada.--Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas!
¿Quién está?... ¿Quién?
--Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios,
siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que
mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré
incomodarla... Me retiro, me retiro.
--Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida...
Estaba lavándome las manos.
Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que
lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se
compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy
presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que _La Epoca_, y
leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado.
Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas
señoritas de Amézaga...»
Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas
frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor
retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió
pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus
labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo,
reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.
--¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará
dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!
El gaditano,--lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo
adivinaba,--apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de
piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando
cortésmente:
--Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la
pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el
tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.
¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su
visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don
Gabriel...
Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el
tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en
concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron
Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las
ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y
educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa,
echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una
conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre
instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda
escapatoria masculina,--así la del que va en busca de la propia
felicidad, como la del que evita el espectáculo de la
ajena,--verbigracia Pardo.
Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á
reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de
una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.--¡Cómo escogen
las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel;
no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es _así_... Esta desazón,
además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí
que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu
pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al
entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante...
y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz.
Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la
raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los
ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual,
sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de
servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de
indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en
el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran,
con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no
tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son
malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V.
encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué
diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés...
Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y
constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no
lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura,
tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay
coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...
Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su
costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los
lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?
--Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el
bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...
Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le
exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale
huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar,
vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de
visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia
sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos
facultativos.»