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Ya no hay cañas ni torneos,
Ni moriscas cantilenas,
Ni entre las negras almenas
Moros ocultos están;
Hoy se ven sin celosías 5
Miradores y ventanas;
No hay danzas ya de sultanas
En el jardín del Sultán.
Ya no hay dorados salones
En alcázares reales, 10
Gabinetes orientales
Consagrados al placer;
Ya no hay mujeres morenas
En lechos de terciopelo,
Prometidas en un cielo 15
Que los Moros no han de ver.
Ya no hay pájaros de Oriente
Presos en redes de oro,
Cuyo cántico sonoro
Cuyo pintado color 20
Presten al aire armonía,
Mientras en baño de olores
Dormita, soñando amores,
El opulento señor.
No hay una edad de placeres 25
Como fué la edad moruna;
Igual á aquélla ninguna,
Porque no puede haber dos;
Pero hay, en gótica torre
De parda iglesia cristiana, 30
Una gigante campana {p. 287}
Con el acento de un Dios.
Hay un templo sostenido
En cien góticos pilares,
Y cruces en los altares, 5
Y una santa religión.
Y hay un pueblo prosternado
Que eleva á Dios su plegaria
A la llama solitaria
De la fe del corazón. 10
Hay un Dios cuyo nombre guarda el viento
En los pliegues del ronco torbellino;
A cuya voz vacila el firmamento
Y el hondo porvenir rasga el destino.
La cifra de ese nombre vive escrita 15
En el impuro corazón del hombre,
Y él adora en un árabe mezquita
La misteriosa cifra de ese nombre.
Juan Eugenio Hartzenbusch.
(1806–1880)