Ya con lira sonora 25
Himnos dí á la beldad, hija del cielo,
Y á amor canté que sin cesar la adora;
Más ¿cómo al fin mi generoso anhelo
Podrá exaltarse de la hermosa fama
Hasta el templo inmortal? Ella me llama, 30
Y ya en mi pecho hierve
El canto de loor, sin que mis ojos {p. 240}
En esta sirte miserable vean
El grande objeto que ensalzar desean.
¿Cantara yo las haces españolas
En Pirene temblando al eco horrendo 5
Con que Mavorte en rededor rugía?
¿O á las naves británicas huyendo
Nuestra mísera escuadra entre las olas,
Amedrentadas ya con su osadía?
No, España, patria mía; 10
No son eternas, no, las torpes huellas
Que de tu noble frente
Empañan el honor; tú en otros días,
Con victorioso patriotismo bellos,
De gloria ornada y esplendor te vías. 15
¡Ah! ¿por qué yo infeliz no nací en ellos?
Entonces los Alfonsos esforzados,
El hijo de Jimena y gran Rodrigo,
Rayos horribles de la gente mora,
Con sus nervudos brazos no cansados 20
Desolación del bárbaro enemigo
Eran siempre en la lid espantadora.
¿Quién diera á mi deseo
Tantos lauros contar? Cada llanura
Fué campo de batalla, 25
Cada colina vencedor trofeo;
Los sitios mismos que el baldón miraron,
Miraron la venganza, y las afrentas
En torrentes de sangre se lavaron.
«Venid, venid, el Árabe decía, 30
Volad, hijos de Agar; ya los esclavos
El yugo intentan sacudir que un día
En su arrollado cuello
Vuestro valor indómito cargara.
¿Lo sufriréis? Las naves aprestemos, {p. 241}
Y el ancho valladar con que el destino
La Europa y Libia dividió salvemos.
Venid, venid; que nuestra fiera saña
Estremecida España 5
Sientra otra vez; acometed, y abiertas
De Calpe y de Tarifa os son las puertas.»
Mas no las puertas de Tarifa entonces
Al pérfido Julián obedecían;
El valor y el honor las defendían; 10
El honor y el valor que siempre fueron
Escudo impenetrable el más seguro.
¿Qué sin ellos valer el alto muro
Ni el grueso torreón jamás pudieron?
El hombre es solo quien guarnece al hombre. 15
¡Oh pueblo numantino!
¡Oh sagrada ciudad de alto renombre!
¿Quién sino tu constancia te ceñía
Cuando las olas del poder romano
Sobre ti vanamente se estrellaban, 20
Y sus feroces águilas temblaban?
Tal Guzmán impertérrito defiende
La fortaleza en donde
Quebrada el Moro su pujanza vía;
Que ataca en vano, y de furor se enciende, 25
Y truena, al fin, con la espantable saña
De nube que se rompe
Con estruendo fragoso en la montaña.
«¿Así será que la esperanza mía
Un hombre solo á contrastar se atreva? 30
Oye, Guzmán: las leyes del destino
Esta prenda infeliz de tus amores
A mi venganza dieron:
Hijo es tuyo, ¿le ves? Si en el momento
Ante mis pies no allanas {p. 242}
La firme valla del soberbio fuerte,
Tú, que le diste el ser, tú le das muerte.»
Así la iniquidad habla á la tierra,
Cuando, de orgullo y de poder henchida, 5
Mueve á los hombres espantosa guerra.
¡Oh! ¡no tembléis! Magnánimo á su encuentro
La virtud generosa se levanta,
Y sus soberbios ímpetus quebranta.
Ella elevó á Guzmán; de ella inspirado, 10
«Conóceme, tirano, respondía;
Y si es que espada en tu cobarde mano
Falta á la atrocidad, ahí va la mía;
Que yo consagro mi inocente hijo
Sobre las aras de mi patria amada.» 15
Esto sereno dijo,
Y arroja al campo la fulmínea espada.
Y estremécese el campo, y da un gemido
Al vacilar la víctima, do esconde
Su punta aguda el inclemente acero. 20
Calpe con gritos de dolor responde
Al grito universal, y del guerrero
También la faz valiente
Brotando riega involuntario el llanto.
¡Ah! tú padre de España eres primero; 25
Mira cuál ella la segura frente
Alza y su numen tutelar te aclama;
Mira á tu gloria despertar la fama,
Que, sus doradas alas desplegando
Y sonando la trompa refulgente, 30
Los grandes ecos de tu nombre envía
Del norte al mediodía,
Del templo de la aurora al occidente.
Y esta soberbia aclamación oyendo,
De horror y espanto el Berberisco herido, {p. 243}
Huye al mar confundido,
Entre sollozos trémulos diciendo:
«Huyamos ¡ay! á nuestra ardiente arena.
¿Cómo arrancar la tímida paloma 5
Podrá su presa al águila valiente
Del aire vago en la región serena?
Quiébrase el cetro á la africana gente,
Su trono se hunde, y la cruel venganza
Del Godo vencedor, estrago y ruina 10
Contra el ceño de África fulmina.»
Así temblando el Musulmán huía
Del Español guerrero,
Que sobre él centellando revolvía.
Bien como cuando su valor primero, 15
Sorprendido, el león pierde, y se amansa,
Y en sí el oprobio de servir consiente.
¿Cómo á tan vergonzoso vituperio
La generosa frente
Pudo ya doblegar? ¿Do fue el espanto 20
Que dio á la selva atónita su imperio?
¿Nació quizá para vivir esclavo?
No, que llega su vez, y ardiendo en ira,
Rompe, y se libra, y con feroz semblante
Del vil ultraje á la venganza aspira, 25
Bañando en sangre las atroces manos;
Y ruge, y amedrenta á sus tiranos.