Oh! vieux, dernier ami que mon pas réjouisse,
Leche mas yeux mouillés, mets ton cur près du mien,
Et seul pour nous aimer, aimons-nous, pauvre chien!
Y esta otra:
A ma bonne «Kiss» chérie.—26 Sbre. 1900.
Malgré tout!
Bonne Kissoute blanche.
Gaîté, sûre, mêlant ta voix claire à ma vie
N’enfermais-tu fidèle, et me léchant la main,
Sous ta forme de chien, tout le cur d’une amie?
Una, muy modesta, rodeada de conchas y hierbas:
A «Ivan», notre bon chien, aimant et fidèle.
12 Juin 1901.
Hay un recuerdo de pintor. Junto á la tumba humilde,
una tablita con la imagen del perro pachón, á quien se da
cita en la inmortalidad:
Au revoir dans l’infini, mon Philos.
Un inglés:
«Ruby Smith».—His litte Pet.—December 22nd 1901.
«Beloved Alec».—My faithful companion for
11 years.—June 9th 1901.
Encuentro la fotografía de un perrito de aguas sobre un
caballo:
1888.—A «Nenette».—1900.—Ma petite Nenette
chérie. De notre séparation la doleur est inmense. Et
je veux des fleurs chaque fois qu’à toi je pense.
Y una familia de japoneses: «Osaka—Tokio y Daimio», en un mismo
sepulcro, de lujo, cerca de Athos, enterrado bajo una fina placa de
porcelana.
Hay varias tumbas con citas de prosa y versos célebres sobre las
virtudes de los animales, y una estrofa original en la tumba de dos
perros de Mme. Tola Dorian, suegra de Jorge Hugo, el nieto del gran
poeta:
«Sapho» et «Djérid»
Amis de Tola Dorian
Si ton âme, Sapho, n’accompagne la mienne
Oh cher et noble ami, aux ignorés séjours.
Je ne veux pas du ciel! Je veux, quoi qu’il advienne,
M’endormir comme toi, sans reveil pour.
El departamento de los gatos es más pequeño que el de los perros;
pero en varios sepulcros de micifuces hay quejas plañideras y citas
de Baudelaire, que, como se sabe, era un gran amigo de los gatos. Y
la sección de los pajaritos es más chica todavía, aunque cuenta con
curiosas minúsculas tumbas, como las del jilguero Gazouillis, de
quien cuenta la leyenda que Paul y Jeanne lo encontraron al salir de
la escuela, y que era ciego, porque para que cantase mejor le habían
sacado los ojos sus primeros dueños.
* * * * *
Veamos bien las cosas. La parte anarquista que hay en mí se ablanda
si ahondo los motivos de tan inútiles derroches de sentimentalismo y
de francos. No soy un fanático en la lealtad perruna, porque he visto
prácticamente que ella no es tan fundamental como se cree. El perro es
interesado y sinvergüenza; el gato es vanidoso y maligno. Pero Voltaire
y Byron tenían razón: el estimable rey de la creación no es mejor que
los otros animales. Antes que Byron, alguien había escrito: «Mientras
más conozco á las gentes amo más á los perros.» Y Hugo, que descubrió
en ellos el sudor en la lengua y la sonrisa en la cola: «El perro es la
virtud, que, no pudiendo hacerse hombre, se hace bestia.» Me explico el
hombre triste, solitario, hosco á golpes de la vida, desconfiado de sus
semejantes, en esta inmensa selva de lobos bípedos en que vivimos y que
llamamos mundo. Desengañado, herido, burlado por la amistad, desgarrado
por el amor, desdeñado por la consecuencia, encuentra en un perro el
silencio afecto, la caricia de los ojos, la cuasi palabra del ladrido
inteligente, el salto que equivale á un apretón de manos. Y en sus
horas amargas mira al compañero cuadrúpedo como que quiere participar
de su dolor, como que le quiere consolar, como que busca la manera de
hacerse entender y como que comprende las palabras y las miradas.
Es un amigo, es una cosa en que poner el cariño que no halla colocación
por la maldad, por la falsía, por la ferocidad humana. Y ese hombre
quiere á su perro con el querer que pondría en un sér inteligente,
y con el egoísmo de quien se siente querido, así sea por esa ínfima
alma instintiva que apenas puede formular su volición en la prisión
misteriosa de su naturaleza. Él es su compañero de paseo y su ayuda
de caza. En el reposo de su soledad se echa á sus pies. En él hay una
vaga comprensión de justicia, como en el perro de Benvenuto ó el de
Montargio. Su bondad ó su maldad serán como las de su amo. El perro del
bandido será bandido, como el perro del ciego es limosnero, como el
perro del artista es soñador. La heroicidad no es ajena á su instinto.
Moustachu tiene aquí su estatua, como Cuatrorremos, el bombero, es
recordado en Santiago de Chile.
Perros y gatos domésticos, pájaros como el loro del _Corazón simple_,
de Flaubert, pasan, benéficos, en un ambiente de sentimiento, en la
estéril soledad de las viejas solteronas sin familia. ¡Pobres viejas
solas! El animal querido es para ellas todo su amor; en él ponen las
ternuras que no encontraron correspondencia ó que la suerte no pudo
premiar con la realización de un ardiente deseo. No hay marido, no
hay hijos, no hay más compañía que la de venales sirvientes, y si
la pobreza es mucha, la soledad reina. Entonces el gato sigue por
las habitaciones á la anciana; el perro se hace presente; come al
mismo tiempo el escaso puchero y duerme á veces en el mismo lecho. Es
una ayuda, es un espíritu, es un corazón que palpita al lado, y en
ocasiones ha sido el salvador de la vida. Mueren esos animales; el
desconsuelo es tan grande como si muriese una persona amada. Hay quien
los entierra en el jardín de su casa, y los llora y los recuerda por
toda la vida. Se creó el cementerio de animales, y allí van, con más
ó menos pompa, Bob, Turc, Sultán, León, Stop, Mistigris, Miau, Bijou,
Fifí, Lilí, Tití, y demás apelativos onomatopéyicos.
Desde la extraña necrópolis se ven las aguas del Sena, á un paso.
Arboles frondosos dan sombra, y el perfume de las flores abundantes
hace grato el aire. Al salir me llamó la atención un monumento sobre el
cual se alza una corona heráldica. Es el de una perra de la princesa
Cerchiara Pignatelli. La dedicatoria explica una vida de sufrimiento,
mitigada por la compañía del fiel animal, y ve uno cómo se juntan en
los mismos simples afectos, las sensibles porteras y las aristocráticas
damas. Las penas son las mismas. El dolor de la vida tiene las mismas
llaves que la muerte, y abre todas las puertas. No lejos, un gran pavo
real de bronce se levanta sobre artísticas rocas revestidas de variadas
flores.
La misma niña y la misma perra me despiden en la puerta. Sé que
la perra es conocida de todo el pueblo, y que es inteligente y ha
realizado varias proezas. No hace mucho tiempo, Spera—ese es su
nombre—intentó una buena acción, con un su semejante, pero no tuvo
éxito. Alguien ató á un perrillo una piedra en el cuello y lo echó al
Sena. El animalito logró sostenerse por un momento en unas ramas de la
orilla. Spera lo vió y se puso á ladrar desesperadamente. Llegaron los
guardianes del cementerio, y con ayuda de una caña, quisieron sacar al
pobre animal que se ahogaba. Fué imposible, pues el peso de la piedra
lo arrastró al fondo.
A falta de un _biefteack_ de despedida que ofrecerle, pasé á Spera la
mano por el lomo. Y volví á París.
[Ilustración]
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