Y ella le contestó: _Mais oui, ma bonne dame!_

La venganza ministerial llegó por fin, y el conde de Montebello no es

ya embajador. Todo por el sombrero.

Ahora, ¿estaba correctamente la embajadora, en el almuerzo, con

sombrero? Una autoridad, el príncipe de Sagan, no ha podido dar su

opinión. Se ha pedido la del director del _Gaulois_, Arthur Meyer. Yo

hubiera preferido la del general Mansilla. Meyer ha contestado que sí.

«Porque esa es la moda.» Un joven _arbiter elegantiarum_, competente

autoridad, por su saber y distinción mundanos, agrega: «M. Meyer podía

decir también que esa es la moda «americana», y que el sombrero para

almorzar nos ha venido de los Estados Unidos. Existe en Francia, para

esa especie de casos que dan lugar á controversias, una referencia

excelente y una autoridad infalible: la tradición. Ella está hecha de

gusto, de _savoir-vivre_, de experiencia, de una práctica secular de

las cosas de la etiqueta. La tradición, mejor que todos los tratados de

ceremonial y que el código de los usos á la moda, indica la manera de

acomodarse según las circunstancias. Solamente la tradición no se

adquiere. _Il faut y être né_, como decía el conde d’Orsay. Viejas

señoras de provincia, un poco ridículas, con sus atavíos pasados de

moda, tendrán siempre, en esas cuestiones de etiqueta, más tacto y más

gracia que la más elegante de las americanas». ¿No es esta la mejor

respuesta á la plutocracia triunfante?

* * * * *

Ahí tenéis un caso en que el americanismo importado por una parisiense

como la señora de Montebello, que, fuera de todo, es una hermosísima

mujer, ha causado en la sociedad francesa un asunto ruidoso, y en el

mundo de la diplomacia una catástrofe, cuya principal víctima es su

excelente marido, poco simpático, por otra parte, al actual Gobierno

republicano, aunque su nobleza, muy reciente, se la deba á la República.

Los americanos no pueden legislar entre los atenienses sobre aticismo,

entre los parisienses sobre gracia y elegancia, entre los aristócratas

sobre distinción y _tean_.

A propósito del matrimonio del conde Boris de Castellane con Miss

Gould, decía, apenas pasada la boda, una fina lengua bulevardera:

«Mientras su padre viva él no podrá ser sino el segundo de su familia

por el _sprit_.» Mientras su madre aparezca en los salones su esposa no

será sino la segunda en rango. Pero la pareja buscará la inteligencia

del lujo; el conde de Castellane debe tener el _home_ de una mujer que

hubiera «nacido», no en el palacio de una _parvenu_. Y si da comidas,

los invitados deberán ser más escogidos que los _menus_.

Y en la guerra de los encajes y de los sombreros, de los corsés y de

las enaguas, el Tío Samuel debe limitarse, por ahora, á comprarlos

hechos en París.

[Ilustración]

Parisiana Obras Completas, Vol. V · 第 11 / 33 题