PARÍS Y EL REY VÍCTOR MANUEL

PORQUE viene con un hermoso penacho á la tierra de Francisco

I; porque viene con una bella reina á la tierra de las elegancias,

porque sabe saludar con largo y magnífico ademán, como en los buenos

tiempos viejos sabían hacerlo los grandes caballeros; porque, en fin,

viene en nombre de la augusta Hermana que fué madre de la cultura del

mundo, París saluda con su vibrante y vivo entusiasmo al hijo del

regalantuomo, á Vittorio Emanuele III, soberano de Italia.

A través de las edades sonríen los abuelos al ver que las dos gloriosas

naciones latinas desarrugan por fin las frentes. Una vasta ilusión

de paz pasa sobre los hombres de esta Europa que tanto tiempo hace

parecía presta á revolverse en sangre. Gozosos estarán en la eternidad

aquel Conde Verde, Amadeo VI, que con Juan el Bueno concluyó el primer

tratado que uniera en amistosos lazos á la dulce Francia y la dinastía

de Saboya, Fert, y aquel Conde Rojo, su hijo, que llevó la gracia

francesa de Bonne de Bory á su cama nupcial.

Y todos los grandes, que después fueron fraternos en los campos de

batalla con sus compañeros franceses en una igualdad de caballerosidad

y de valor que revelaba los orígenes de una misma sangre espiritual,

derivada de la antigua fuente de la nobleza y de la civilización

humana; hasta los últimos, hasta los de Magenta y Solferino, hasta los

Mazzini, hasta el prodigioso Mosquetero de la Libertad y aventurero

de la gloria que se llamó Giusseppe Garibaldi. Y el enorme Poeta de

Francia se siente feliz en su inmortalidad en este momento, en que sus

anhelos de unión y de concordia parece que quieren cumplirse, en que

una de sus generosas profecías semeja una realidad ...

El Capitolio saluda al Pantheon, el Pincio á Montmartre; el Tíber dice

cosas al Sena y Dante hace una seña á Hugo; los parisienses están de

fiesta; las parisienses han preparado cestos y ramos de sus más lindas

flores, pero sobre todo violetas y miosotis; filas de carretones

cargados de redomas de chianti vestidas de mimbre se estacionan frente

á los restaurants en que se saborean platos de allende el Alpe; los

bulevares lucen collares de bombas eléctricas y erigen astas rojas;

profusas banderas están libres al aire ó formando escudos y trofeos;

en el Luxemburgo la fuente de Médicis parece que no se manifestase tan

soñadora y clásicamente melancólica como de costumbre; su coloso parece

sonreir á la ninfa y la ninfa marmórea al coloso.

Todo eso es porque llega Vittorio Emanuele, y principalmente porque

viene trayendo á su lado á la que fué princesa de Montenegro, y hoy

es reina de los italianos. Pues si el monarca es grato y por ello

le recibe bien Lutecia grandiosa, la reina es de soberbia beldad, y

Lutecia gusta de las reinas y de las hermosas y se vuelve loca por las

hermosas reinas. Y ésta tiene, además de su belleza, su bondad, un

nombre armonioso y homérico, una romántica tierra de origen y una

leyenda de amor. Una leyenda de amor muy rara en las cortes, muy

escasa en la vida de esos esclavos de su propia púrpura que son los

porfirogénitos.

Todo eso place aquí mucho, y debe agradar en todas partes. Gracias á

la visita de esa pareja de reyes que se aman, y gracias á la gracia

buena de esta coronada señora, casi nadie se acuerda de la obra funesta

de Bismarck y Crispi; casi nadie piensa en las antiguas inquinas y

en las miradas recelosas que más de una vez estuvieron á punto de

ser odios, odios fraternos. Se diría que una tregua existe en las

antipatías y rencores que han movido las malas artes de la política en

ciertos puntos de la tierra. No se ven sino signos de simpatía. Ayer

no más se saludaba en la patria de Juana de Arco y de Napoleón al rey

Eduardo de Inglaterra; hoy, con mayores manifestaciones de afecto,

al aliado de Guillermo y de Francisco José. Todo eso es consolador y

es amable. El momento es propicio; que se aproveche el momento. Si

padecen las sombras del viejo canciller y del memorable Abastecedor

de la Muerte que fué Herr Krupp, tanto mejor. Se aleja un mañana de

choque y de duelo; ¿los soldados sirven sólo para las revistas lujosas

y paradas pintorescas? ¡Excelente! ¿La Guerra descansa ó se aburre?

¡Bravísimo! Y en este caso ello es muy justo y discreto ante las

futilidades peligrosas de las Cancillerías. ¿Por qué las dos grandes

Hermanas latinas habrían de ser las hermanas enemigas? Así, si en

Viena ó Berlín la militarizada gente no ve con buen mirar este paso de

efusión armoniosa, esta buena tendencia á no destrozarse por antipatías

irrazonadas, París y Roma, el Gallo y la Loba, están contentos ...

Los usos monárquicos se saben guardar bien en esta Francia, que tanto

de su esplendor y de su arte debe á los reyes ... El Protocolo es

una institución que aún se perpetúa y renueva los días de fausto de

épocas imperiales y reales ... La alta sociedad guarda sus títulos y

pergaminos, con rarísimas excepciones, y los nobles militantes en la

política republicana conservan sus denominaciones heráldicas. Hay aún

nobles socialistas que reciben á sus invitados y correligionarios con

pompa ultraconservadora y lacayos de libreas blasonadas.

El picador del Elíseo es un personaje, llámese Monjarret ó Troude; las

viejas maneras cortesanas se conservan en el palacio republicano que

habita el sonriente y honesto abogado de Montelimar; la señora Loubet

ha hecho por primera vez en los fastos presidenciales casi de reina

en la recepción de los reyes italianos, y esto con gran complacencia

del pueblo de París, que por más que se diga gusta de todos esos

fastuosos modos que recuerdan los gobiernos «bellos» del pasado. Los

ceremoniales, las ordenadas filas de carrozas de gala, los pintiparados

picadores, las pelucas, los lacayos de casacones y piernas enmalladas,

las escoltas vistosas, los coraceros radiantes de acero con el casco

empenachado de crin, las espadas desnudas de los oficiales gallardos,

los tambores, las trompas, los clarines que anuncian, y sobre todo los

reyes, las reinas, los emperadores, no importa qué reyes, no importa

qué reinas, no importa qué emperadores, son para los parisienses, antes

que todo, «espectáculo»; y lo que en un poeta hace despertar ideas de

antiguos esplendores y cabalgatas, y en un señor de cierta instrucción

evocaría desfiles de ópera cómica—cada cual habla desde su punto de

vista, Olimpo á bulevar—, al público da la sensación de fiesta, y

despierta en él la necesidad de las aclamaciones y de los vivas, la

alegría general. En las visitas que las testas coronadas hacen hay

mayor ó menor entusiasmo; pero siempre lo hay. En el azar, por

ejemplo, se veía al aliado en una futura probable guerra, al poderoso

amo de los rusos que ayudaría con sus inmensos ejércitos á su amiga

la Francia, y por eso el delirio de las ovaciones fué más que en

ocasión alguna extraordinario; en el rey Eduardo, á pesar de los

recientes resentimientos de Fashoda y de la antigua enemiga entre

las dos naciones, se saludó con afecto, más que á todo, al antiguo

príncipe de Gales, al conocido parisiense de París, loco de su cuerpo y

trasnochador insigne, bien amado de la ciudad de la galantería. En el

cha de Persia se saludaron su exotismo y sus fabulosos diamantes; y si

á Leopoldo no se le hacen sonoras manifestaciones, es porque es un rey

de casa, demasiado burgués y demasiado comerciante, y porque sin ton

ni son llega todos los días. Para el rey Vittorio Emanuele, repito, ha

habido el saludo que preludia la deseada unión de las naciones latinas,

y al mismo tiempo la simpatía cordial debida al jefe de un país con

quien se ha tenido en pasadas épocas la hermandad de las armas, el

nieto del fuerte y mostachudo Vittorio Emanuele II; y no hay duda, ha

habido también en el pueblo el deseo de mortificar á los reconocidos

contrarios, á los que siempre se han creído enemigos de mañana, que lo

fueron de ayer, á los dos emperadores de la Triple Alianza, el de la

Austria odiada de Italia y el de Alemania aborrecida de Francia.

Luego Vittorio Emanuele III es rey que se hace querer y estimar. En él

se ve al regenerador de su patria, hace poco abatida, y hoy triunfante

en el mundo, tanto en el progreso cívico como en el industrial y

comercial, pues la Italia trabajadora es hoy ciertamente una fuerza

innegable; en él se admira á quien tiende á resucitar el antiguo poder

de la influyente Roma en los asuntos de la tierra, al príncipe exacto,

rígido, hábil, que sabe manejar los hilos de su política interna y

exterior, y que, á pesar de sus ligas con el césar germánico, ha

tenido siempre en mira la grandeza da su raza sobre el orbe, la

vieja hegemonía mundial por tanto tiempo en poder de los bárbaros,

y que quién sabe si, á pesar de todo, no volverá á los hijos de la

civilización grecorromana antes del fin del siglo XX.

Pequeño de cuerpo, como tantos grandes guerreros y monarcas, es vivaz

y marcial, amacizado de método y de educación, forjado á duros hábitos

aún en medio de las sedas palatinas, bajo la severidad del noble

Humberto y la bondad graciosa y sabia de la reina Margarita, verdadera

perla entre las perlas de las actuales monarquías. Su carácter es

firme y reflexivo; su voz afable. Como todos los Saboyas, domina con

los ojos. Estudioso y atento al progreso, se ha nutrido de libros

y ha observado los hechos. Se cuentan de sus años primeros, entre

preceptores y militares, interesantes anécdotas. Sus dos principales

profesores, Luigi Morandi y el coronel Osio son para él, por un lado,

el carácter de la cultura, y, por otro, la cultura del carácter. Por

eso pecan de poco informados los biógrafos y escritores que le juzgan

tan solamente dado á secos cálculos y á especulaciones prácticas tan

solamente.

No importa que la socialista Paula Lombroso lo pinte como un varón

para quien la poesía es «como los bombones para los niños»; París sabe

que si no es un rey de ensueño—poco precisos á estas horas los reyes

de ensueño—ni un rey de fantasías y estéticas nada avenibles con el

asunto de manejar en el siglo XX la suerte de un gran pueblo,

es monarca de «humanidades», como sienta á quien nació en la cuna

del humanismo; que sabe sus clásicos, que conoce á fondo de Nepote á

Horacio, y que tuvo una «profesora de poesía» en su madre encantadora,

que más de una vez desde los años de su infancia le leyó la honda y

armoniosa lección del vasto Poeta, del sumo Dante. Y luego dejadle

sus automóviles de cuando en cuando, pues para versos su suegro los

compone, como su esposa, que es poesía morena y viviente. Dejadle sus

automóviles, y sobre todo dejadle con sus monedas y medallas, que ser

profundo numismata como él es ser ya mitad sabio y mitad artista. Su

gentileza en su visita á este país ha sido completa, y jamás jefe

de Estado ha sabido cumplir mejor la delicada empresa. Cuando en lo

alto de las decorativas columnas alzadas en la Avenida de la Ópera el

león de oro de San Marcos y la loba de oro de Roma se perfilan sobre

el triste cielo parisiense, representan más que una cortesía: son un

símbolo. El rey de Italia es el bienvenido, porque sabe encarnar el

alma y las aspiraciones de su estirpe, y Francia le reconoce digno.

Desde su entrada á la ciudad que le hospeda, entre los gritos de

entusiasmo, en las avenidas adornadas, la compañía del excelente

presidente burgués, que hace muy bien lo que puede, y al lado de su

esposa, toda gracia y sencillez noble, junto al Arco del Triunfo, junto

á la tumba de Napoleón, en todas partes adonde la cortesía oficial

le ha llevado, ha tenido, discreto y correcto, un buen gesto ó una

buena palabra. Cuéntase—_y se non è vero è bene trovato_—que en los

Inválidos, cuando el séquito oficial llegó al lugar en que, según su

deseo, reposa el dueño del Águila, se quedó un buen rato en silencio,

y luego: «Yo también soy sucesor de Napoleón Bonaparte ...» «¿Cómo?»,

insinuó M. Loubet. «¿No fué el emperador también rey de Italia?...»

Y así siempre es aplaudida su cordura. Esa cordura que se demostró

recientemente, cuando en momentos en que el Papa agonizaba, suspendió

su viaje, respetuoso, pensando quizás en que uno de sus antepasados

ciñó á su frente la pontificia tiara, y en que el ser cortés no quita

la valentía de los que llevan por lema: «¡Siempre adelante, Saboya!»

* * * * *

No he visto de cerca más que á dos reinas—por culpa ó gracia de

ocasional misión:—la de España y la de Portugal. A otras he visto de

lejos, y á las demás en fotografías, pinturas ó grabados. Pues bien:

confieso que nunca he admirado belleza coronada más seductora que la de

la princesa greco-oriental que de la corte cuasi primitiva y legendaria

del principado de Montenegro salió á ser reina de la maravillosa

Italia. Aquí parece exótica; á mi me ha parecido antigua conocida. «De

esos ojos no tenemos aquí», me decía una espiritual francesa. «Pues

allá, del otro lado del mar, los tenemos como esos—le contesté—, en

rostros de ese fino y trigueño de bronce, dulce y sonrosado. ¡Esos son

ojos criollos!»

En efecto: la reina Elena es semejante á una de esas soberbias,

estupendas criollas, que coronadas de opulentas cabelleras negras, son

reinas de hermosura en Montevideo y Buenos Aires, Lima ó la Habana. Es

una de esas mujeres llenas del sol y sangre que llevan la primavera

ardiendo por donde van. Y en su gallarda beldad guarda una cultura y un

talento que son celebrados por todas partes. Su país es país de balada.

Su madre hila en el huso la lana como una reina de Homero. Su padre es

poeta. Ella es artista de corazón, pinta, canta, toca el violín y el

piano. Y un alma dulce y caritativa, sentimientos de alta virtud. Dicen

que las aristócratas farnienteras de su corte sonríen de sus hábitos

de «mujer de su casa», de sus conocimientos de cocina ... La _Pastora_

de Cettigne debe á su vez sonreir benévolamente. Morena del país de la

nieve, ella vive su leyenda de amor verdadero, y en su rey mira á su

marido. Y no se ha extrañado de ir de un vuelo amoroso, de su tierra

escondida, de sus montes de águilas y lobos, á ser la soberana de un

reino que también fué de Lobos y de Aguilas ...

La pequeña Zita escribe, al dictado de su abuela, una institutriz que

fué de la casa de Montenegro: «...en la capilla del Instituto vi por la

primera vez, de cerca, á la princesa Elena, bella, esbelta, inmóvil,

como es lo usual durante los oficios griegos, en que sólo el sacerdote

va y viene continuamente con sus diáconos, por las tres puertas que se

encuentran delante del misterio del altar». _La princesse avait vraiment

l’air d’une belle image._ La volví á ver á menudo así, y la admiró

siempre; era mi sola compensación para el suplicio de permanecer de

pie. Por otra parte, intenté hacer la intención de no ir á la iglesia

sino cuando esperaba la presencia de las princesas; á primera vista

me he sentido atraído por la actitud de firme voluntad de la princesa

Elena. Un día de verano vino con una falda de simple _crêpe_ oriental;

el corpiño ligeramente escotado. Con su lindo talle, redondo y firme,

su aire recto y elegante, tenía el aspecto de una joven diosa, cuyas

espaldas esperaban que se les prendiese un manto ... de emperatriz. Mi

impresión había sido tan fuerte, que un diplomático bien informado,

al cual se la manifesté, me dijo sonriendo: «¡Cuidado, señora!, ¡está

usted haciendo política!»

«En ese entonces el zarevitch no se había casado todavía con una

alemana. Otra vez la encontré encantadora también en traje nacional,

camiseta de muselina sedosa y bordada, _veste_ de terciopelo rojo

galoneada de oro, y capitea en la cabeza; pero la hallaba mejor con

el traje europeo, y nunca olvidaré la visión que tuve el día en que

la idea de un «manto de corte», se había impuesto á mi imaginación á

consecuencia de cierto aire de reina que había advertido en esa joven

fisonomía en que el destino ponía un signo que yo leí, deseando se

realizase por sentimiento romanesco de estética, pues yo amaba ya

espontáneamente á la princesa. Pero, ¿es, en verdad, la suerte de una

reina lo que el corazón debe desear?»

Esas sencillas impresiones de una profesora completan un retrospectivo

retrato de la magnífica y joven soberana. En cuanto á la pregunta

final ... ¡quién sabe! Antaño el mundo era distinto, y la posición real

no tenía los peligros de ahora. Antaño ... pero, ¿y María Antonieta, y

María Estuardo, y más allá?... Mas el instante es de cantar á la reina

bella y artística, no de consideraciones filosóficas. El pueblo de

París la canta por boca y guitarra de sus _camelots_:

Viens, Hélène (bis),

Viens!

À la table de France,

On nous offre bombance

Ah!

Viens Hélène (bis),

Viens!

Et le soir, en cadence

Nos pincerons un’danse.

Eso se canta con el aire de _Viens, Poupoule_, y valga la intención. La

Prensa forma sus más floridos ramilletes de frases; los poetas escriben

sus ritmas de ocasión. Pero entre éstos ninguno ha escrito más lindo

saludo que un gracioso, un conocido versificador incoherente, que deja

por un momento sus ya fatigantes monorrimos y dice un precioso decir.

Entre sutilezas dice cosas como éstas. Dicen los enamorados:

Que vers nos paroles

Ta Grâce s’incline

Reine des gondoles

Et des mandolines;

Reine de Venise,

Soyez-nous propice;

Aux amants soi bonnte

Reine de Verone;

Vois le doux cortege

Qui viens t’implorer;

Acueille et protege,

Reçois á tes pieds,

Le voile des vierges

Et le blanc bouquet,

Reine du Correge

Et du Tintoret!

Nous sommes les fiancés,

O reine jolie,

Qui venons vous saluer

Avec courtoisie;

Nous, les artistes pas riches,

Qui ne devions de sitôt

Voir les rives de l’Adige

Ni le Lungarno;

Voici qu’avec toi s’avance,

Près de moi pauvre homme

La grave Beauté de Rome,

Trout l’art exquis de Florence.

Reçois en échange

Notre foi ardente,

O reine du Dante,

Et de Michel-Ange!

À chaque fenêtre,

Et dans tous les yeux,

Reine des poètes

Et des amoureux,

Paris radieux

Paris tout en fête,

Paris tout fleuri,

Paris te sourit.

Et le voile tombe

Enfin du secret

Que gardait Joconde:

Elle t’attendait.

Un ramo de rosas de Francia tenía en la mano el día primero en que la

aclamó la muchedumbre de París, hirviente y contenta. Un ramo de rosas

de Francia, que significa la juventud, la vida, el hechizo de amor, y

al propio tiempo la salutación de esta tierra dulce y gloriosa. El gran

penacho de plumas blancas se agitaba á los antiguos vientos de Galia

... Y yo miraba á su lado la figura de la princesa montenegrina, de la

reina que habita el Quirinal ... la mano fina con el ramo de rosas,

la cabellera negra, el talle soberbio, los ojos, los grandes ojazos

criollos. Y me uní á la voz de la multitud: «¡Viva Italia!»

[Ilustración]

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Parisiana Obras Completas, Vol. V · 第 7 / 33 题