Entró medio á tientas, porque el cuarto estaba casi á oscuras, á causa
de que la jaqueca de la niña no le consentía ver luz. No tardaron sin
embargo las pupilas de Gabriel en acostumbrarse á aquella penumbra lo
bastante para distinguir, en el fondo del cuarto, la blancura de las
sábanas y la cabeza de Manuela sobre el marco de su negrísimo pelo. Al
acercarse el comandante, levantóse Juncal y se retiró discretamente. La
montañesa yacía inmóvil, con los ojos cerrados, y de la cama se alzaba
ese olor especial que los enfermeros llaman _olor á calentura_, y que se
nota por más ligera que sea la fiebre.
A la cabecera de la cama estaba vacante la silla que el médico había
dejado; pero Gabriel la separó, é hincando una rodilla en tierra, puso
la mano derecha sobre el embozo de la sábana.
--Manuela--cuchicheó.
La enferma abrió los ojos, sin responder.
--¿Qué tal te encuentras?
--Muy bien.... algo cansada.
--¿Te incomodo?
--No señor.... Siéntese, por Dios.
--Quiero estar así. ¿Me das la mano?
Sacó Manuela su mano morena, ardiente, abrasada, y la entregó como se la
pedían. Gabriel la tomó y la rozó suavemente con los labios. La niña
hizo un movimiento para retirarla. Gabriel silabeó en tono suplicante:
--No, hija mía, déjamela... Oye, Manuela... ¿Te molesta oir hablar?
--Bajito, no.
--¿Y podrás responderme?
Inclinó la cabeza, diciendo que sí.
--Manuela... ¿Te ha dicho algo de mí el señor cura?
--Ya sé los favores que le merezco--articuló la montañesa.
--Ninguno. Ese es el error. ¡Favor! No disparates. Mira en qué postura
estoy. Pues figúrate que en esa misma te lo pedía, ¿entiendes? Como
favor para mí, para mí. Vivo muy solo en el mundo; no tengo á nadie, á
nadie; y me hacías falta, y me darías la vida. Pero ya no se trata de
eso. De otra cosa más pequeñita y más fácil. Anda, monina, no me lo
niegues. ¿Verdad que no? Si es facilísimo; si no te cuesta trabajo
ninguno. Que no pienses en rejas ni en conventos; ¡mira qué poco, y qué
sencillo! Te quedas aquí, al lado de tu padre. Yo también me quedo. Si
estás triste, te acompaño; si enferma, te cuido; verás como discurrimos
maneras de distraerte. Y de aquello que te pedí primero, no se habla
nada... Nada. Te lo juro por la memoria de tu pobre mamá: ¿á que así me
crees?
Manuela no abrió los labios. Con el balanceo suave de su cabecita pálida
y porfiada, daba el _no_ más redondo del mundo.
--¿No quieres? Que no? ¿Qué te diré, qué te haré para convencerte y
traerte á buenas? Terquita de mi alma... ¡pobrecita! respóndeme con la
boca, dime... qué hago, cómo te conquisto? Pídeme tú algo... muy
grande... muy atroz! Verás cómo soy mejor que tú, cómo te doy gusto...
Te me has vuelto muy mala.
Los lánguidos ojos de la montañesa resplandecieron un instante, entre el
oscuro cerco que los rodeaba; alzó un poco la cabeza; apretó la mano de
su tío, y dejó salir con afán:
--¿De veras me hará lo que yo le pida?
--Oro molido que fuese, monina... Dí, dí.
--¿Me da palabra?
--De honor, de caballero, de todo lo que exijas. ¿Qué es ello? Salga.
--Que se vaya por Dios, que se vaya á Madrid corriendo... antes que
aquel que está allí solito... y desesperado! se desespere de vez, y...
y...--No pudo proseguir: las lágrimas, de pronto, le nublaron las
pupilas y le trabaron la voz en la garganta.
Aquel que ve el interior de los corazones sabe que Gabriel Pardo recibió
el golpe como honrado y valiente, presentando el pecho y con animoso
espíritu. Allá en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, se alzó
una voz que gritaba:
--Cura de Ulloa, ni tú ni yo... tú un iluso y yo un necio. Quien nos
vence á los dos, es... el rey... No, el tirano del mundo!
--Así se hará, hija mía--dijo en alta voz.--¿Quieres que me marche hoy
mismo?
--Pudiendo ser... ¡Dios se lo pague! Atienda, escuche...--silabeó
acercando tanto su boca al oído de Gabriel, que éste sentía en la
mejilla un aliento enfermizo y volcánico.--Haga usted para que no se
desconsuele mucho... y dígale que así que yo esté en el convento, él
vuelve aquí, y mi padre queda satisfecho, y todos bien, todos bien.
--Adiós--respondió lacónicamente el artillero, que se levantó del suelo,
se inclinó sobre la montañesa y le dió un besó á bulto, hacia la sien.
* * * * *
Quiso ir á pie hasta Cebre, y Juncal, por supuesto, se empeñó en
acompañarle. En lo alto de la cuesta, donde se domina á vista de pájaro
el valle de los Pazos, se volvió, y estuvo buen trecho con los brazos
cruzados, la vista clavada en el tejado de la solariega huronera, en el
estanque del huerto que destellaba fuego á los últimos rayos del sol, en
los lejanos picos y azuladas crestas que servían de corona al valle.
Estas contemplaciones paran, y debiera callarse por sabido, en un
suspiro muy hondo. Pardo llenó este requisito, y acordándose de todo lo
que había venido á buscar allí diez días antes, pensó, con humorística
tristeza:
--Otro caballo muerto.
Aquella tarde, el gran ardor de la canícula daba señales de aplacarse
ya, y eran preludio y esperanza de frescura y acaso de agua las nubes
redondas y los finos _rabos de gallo_ que salpicaban caprichosamente el
cielo. Una brisa fresca, vivaracha, que columpiaba partículas de
humedad, hacía palpitar el follaje. A lo lejos chirriaban los carros
cargados de mies, y las ranas y los grillos empezaban á elevar su
sinfonía vespertina, saludando á la lluvia y al viento antes de que
hiciesen su aparición triunfal y refrigerasen la tostada campiña. Todo
era vida, vida indiferente, rítmica y serena.
Gabriel Pardo se volvió hacia los Pazos por última vez, y sepultó la
mirada en el valle, con una extraña mezcla de atracción y rencor,
mientras pensaba:
--Naturaleza, te llaman madre... Más bien deberían llamarte madrastra.